29 octubre, 2018

Ramón Xirau: el tiempo tiene la palabra

de Josu Landa | Ensayos



(Primera parte de dos).

Las cosas, las ideas, la palabra

Ramón Xirau (1924-2017) era un pensador-escritor bifronte. Su estro fluyó por la vertiente del ensayo filosófico y por la del poema.

Eso lo sabe todo el mundo, hasta el punto de que sacarlo a colación parece cosa de Perogrullo.

Pero no está de más recordarlo, porque en esa disyunción aflora el sentido del recurso a la palabra en Xirau. No sólo en su despliegue como escritura, sino también como voz de maestro.

También era un pensador-escritor bilingüe. Pero el bilingüismo de Xirau luce más bien como la suma de dos monolingüismos. Toda su poesía brotó en catalán. En él, los procesos de composición poética cerraron por completo el paso a cualquier otro idioma. Tan firme oclusión induce a José Emilio Pacheco a confesar que “nadie me ilustró como Xirau sobre el lazo indisoluble entre poesía y lengua materna”.1

A modo de alto contraste, en el caso de Ramón Xirau, el español predomina en el plano del logos y en el de la vida cotidiana, aunque sin negarse al juego interlingüístico, no sólo con el catalán, sino con otras opciones (como el francés y el inglés).

¿A son de qué esa autolimitación catalana del poeta Ramón Xirau? De seguro, porque en su caso es el catalán el verbo que se le ha hecho carne y lo ha hecho a él la persona que se las ve con las cosas y demás presencias del mundo.

Acierta José María Espinasa, traductor y editor de Xirau, cuando advierte que éste “supo apartar de su literatura la tentación de filosofar en verso…”2 Pero esa escisión entre teoría y poesía no tiene por qué responder, en el caso de Xirau, a una conveniente y calculada decisión sobre los usos de la palabra, según campos diferenciados por alguna convención académica o crítica.

Aquí, cabe sospechar, más bien, el reconocimiento de dos funciones distintas de la palabra, por parte del pensador-poeta. Por un lado, la palabra en procura denodada y persistente de una conciliación con lo que nombra: poco menos que una identidad palabra-cosa: la palabra que supera la acción del devenir en sí misma y en lo que dice, al dar cuenta de la cosa-como-tal. Por el otro, el logos en el flujo del devenir propio ocupado en enlazar con el devenir del pensar: el brotar de las ideas.

En ambos casos, es el tiempo lo que tiene la palabra.

Por un lado: tiempo de conciliación, de unificación, de comunión, de palabra/cosa-como-tal. Tiempo del instante eterno: nudo de pasado, presente y futuro: tiempo en son de no-tiempo, por ser momento desasido del devenir: tiempo del mirar fijo en el aura de la cosa-como-tal: tiempo del oír el acto-como-tal: tiempo del tocar lo dado-como-tal: tiempo del decir poético.

Por el otro: tiempo del pensar, del comprender, del inventar: tiempo de lo que adviene y deviene: tiempo del poner-aquí la presencia libre, en movimiento: tiempo del re-presentar: tiempo del decir teórico.

La prosodia de las cosas

No parece descabellado afirmar que cada poemario —e incluso cada poema— de Ramón Xirau es una suerte de holograma. En su sentido literal, “holograma” viene a ser la escritura o la imagen que da cuenta de todas las partes y dimensiones de un fenómeno. Aquí pretende significar, en especial, el caso en que el miembro de una totalidad representa al conjunto: que en esa muestra está presente, a escala, la estructura completa del todo.

La evidente unidad de la obra poética de Xirau hace que, en lo esencial, el acercamiento a cada uno de sus componentes equivalga a acceder al conjunto. Así, entrar en tratos con el libro Ocells/Pájaros, por caso, viene a ser lo mismo que vérselas con la Poesía completa (2007), en catalán y castellano, en traducción y edición del poeta mayor, Andrés Sánchez Robayna, publicada por el Fondo de Cultura Económica.

Cada uno de los poemarios de Ramón Xirau se nos presenta como un arca ocupada, no tanto por nombres de prójimos como por voces que nos presentan cosas, fenómenos naturales nimbados por artificios de figuración poética, que procuran asir la discreta fuerza de la “naturaleza viva”, y “faunas de la tierra” y de otros ámbitos, todos ellos signados por un gran poder simbólico. En Ocells/Pájaros, se le da cabida, por ejemplo, a árboles como el cerezo, hojas, granadas y otros frutos, huesos, espigas, ramas, venados, olas, juncos… pero, sobre todo, las omnipresentes barcas (barques) —que siempre recuerdan a Canciones para cantar en las barcas, de José Gorostiza—, naves, bajeles, “blancas velas” y, claro, aves que han de volar “hacia la mirada”.

Hay así, en los poemas de Ramón Xirau, una musicalidad sustentada en la pura prosodia de las cosas de las que aquéllos se hacen eco. Acaso, porque lo que da cuerpo a los versos del poeta-filósofo son palabras como cosas o palabras-cosas, que trasuntan realidades vivas, con su tono, su cuerpo, su tremor y su sombra. Se diría que el léxico de Xirau es un almacén de presencias tangibles más que un inventario de vocablos.

Cuando la voz del poeta graba en el aire y el papel la proposición-sentimiento “Desconozco ese pájaro que pasa”, el adjetivo demostrativo “ese” confiere al sustantivo “pájaro” una precisión entitativa. Y el sencillo registro de que aquél “pasa”, en su simplicidad, proyecta a la intuición expresada la fuerza de un acontecimiento vivaz, en la medida en que plasma de manera terminante la fugacidad de lo que existe. Más aún cuando se trata del último verso de un poema (“Cántico, campanas”).

Las frecuentes anáforas y golpes de énfasis subrayan esa música de las presencias obstantes —a un tiempo sólidas y vivas— en los surcos del poema. Un ejemplo:

Son ciervos, ciervos son,
leves, delicadísimos, ¡ah, escurridizas ramas!

Son ciervos, ciervos son.
La muchacha los mira, mira
muy cerca de la fuente.

Sí, ciervos, ciervos son.

Mapas de intemperie

Las cosas son y están en los poemas de Ramón Xirau.

El primero de esos dos verbos da cuenta del estado literalmente esencial por el que cosas como las que se acaban de mencionar fijan su anclaje en la realidad del poema, en virtud de que lo hacen también en la del mundo.

El segundo (estar) refiere indirecta pero inmediatamente un encuadre relacional de las referidas cosas. Es decir, implica un horizonte existencial: un orden de condiciones de patencia y fijación de las presencias, en la medida en que entablan un régimen de conexiones a un tiempo estables y dinámicas. Esta dimensión “acondicionadora” (además de condicionante) de lo existente real-poético comporta de igual modo, a su turno, un tratamiento técnico-artístico concreto.

Lo antedicho puede simplificarse de modo “maireniano”:3 las cosas nombradas por Ramón Xirau son y están en su intemperie. Así, cada uno de sus poemas se presenta, también, como un mapa de intemperie.

La verdad de esa afirmación, relativa al orden existencial de la materia poética que da sustancia a los poemas de Xirau, implica una atmósfera estética específica. Así, a la musicalidad de las presencias registradas por la voz poética la entorna la luminosidad pictórica de su intemperie de referencia.

Se trata de una luz intensa y nítida, a la par de omniabarcante: el cuerpo por demás leve de la Intemperie: la carne en que acaso puede encarnar de mejor manera la Presencia absoluta, en su silenciosa y firme labor de hacer mundo a cada paso dado por su Luz.

En el plano concreto de cada poema de Ramón Xirau, esa Luz-Intemperie acontece a diario en el Mediterráneo: el mundo real de referencia del poeta, con independencia de dónde haya residido personalmente. Allí ocurren “enjambres de luz pura”. También “batallas de oro en la mañana”. Aunque Xirau echó raíces en México, su orbe poético profundo y verdadero es el de los cielos, las olas y las costas del Marenostrum mediterráneo. Y ello, en virtud de que para nuestro poeta se trataba de un “mar” —es decir, un “universo” interior.

Convertir en poesía esa Luz-Intemperie-Presencia implica notorias dificultades. Pero la intuición poética comporta, por fuerza, la labor de articular un discurso artístico: una posibilidad del logos que no se obliga a dar cuenta de lo que es en cuanto que es —como sucede con la retórica filosófica—, sino a plasmar lo vivido con artilugios guiados por una intención estética.

En el caso de Ramón Xirau, la idea de lo estético abarca las dos opciones significativas de la noción de aísthesis: sentir las presencias y labrar a lo bello —y a veces a lo divino— esa incidencia anímica, de manera que lo presente-obstante opere como tal en el corpus del poema. De esta maniobra artística habrá de brotar, a su vez —al menos, ése es el juego y la intención— lo vivido como goce del poema. Pues —bien lo asienta Ida Vitale, refiriéndose al estro tan mediterráneo de Xirau— el registro de cosas en su intemperie, que es cada uno de sus poemas, resulta de un “ejercicio de belleza”.4 De ese modo, el texto poético adquiere la densidad de una presencia ante la que no es posible ser indiferentes.

Ése es el ámbito en el que las cosas y acontecimientos presentes en el poema aparecen como presencias re-creadas, reinventadas, en el encuadre de su intemperie existencial, alinderado por el sol y el cielo, con sus elementos, arriba; por las aguas, los vientos —de hecho, “el centro del Viento”—, las olas, los puertos, incluso los “caminos” y la noche, “las playas delirantes” sin menoscabo de los alciónicos momentos de quietud, los horizontes siempre presentes pero siempre inalcanzables, en los dominios del mar —el mismo de Ungaretti, por cierto: el que “ilumina de inmenso”—, las rocas, los jardines, las arboledas, las fuentes, el silencio, los “arroyuelos en las piedras”, “las pisadas del sol en el jardín”, “las encendidas flores del hielo” y tantas otras cosas arraigadas en la tortuosa y pletórica de vida piel de la Tierra.

Ésas son las pruebas del estar ahí de la Presencia: la constatación de las cosas dispuestas a la palabra en el tiempo: también la facticidad del ser-tiempo en la palabra.


* Texto leído en el «Homenaje Póstumo a Ramón Xirau. Poesía, filosofía y vida», efectuado durante los días 28 y 29 de agosto de 2018, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, bajo los auspicios de ésta y del Instituto de Investigaciones Filosóficas.


1 J. E. Pacheco, “Ramón Xirau y la poesía mexicana”, en Presencia de Ramón Xirau, México, UNAM (Dirección de Literatura), 1986, p. 71.
2 J. M. Espinasa, prólogo a Lugares del tiempo, México, Sin Nombre, 2002, p. 10.
3 De “Juan de Mairena”, junto con “Abel Martín”, el más fecundo de los desdoblamientos del célebre poeta sevillano Antonio Machado.
4 I. Vitale, “Oh, barcas. Todo es ejercicio de belleza”, en Presencia de Ramón Xirau, p. 41.


Josu Landa / Caracas, Venezuela, 1953. Es filósofo, ensayista y poeta, profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Entre sus libros de poesía, cabe destacar Treno a la mujer que se fue con el tiempo (1996), Estros (2003) y Anafábulas (2014). Algunos de sus libros de ensayos son Tanteos (2009), Canon City (2010) y Maquiavelo: las trampas del poder (2014).