Reina sobre la tierra un cetro enjuto, que con rudeza maternal / la soba. Como un árbol sin ramas y sin fruto, aquí / manda la escoba. // Al ver la faz del mundo cenicienta de pena, “Levántate”, le ordena, y la ceniza, la / ceniza postrada, atomizada, atomizada y queda, sube como la brisa. Canta, rueda. // Y una vez más se arrulla, mas la risa / la vuelve polvareda, y, a una palabra suya, se organiza.
[…] la ética de la traducción no debería vincularse solo a la estética sino también a los aspectos políticos, especialmente aquellos relacionados con la capacidad de la traducción de hacer visibles, audibles y presentes a otras voces, a otras comunidades; con la capacidad que tiene de desmarginalizar poéticas diferentes junto con el poder de instalar o restablecer discursos que han sido injustamente ignorados u obliterados.
Vuelve a mirar las flores del vergel bajo la lluvia gris / y la sorpresa gemela que dan los cielos de un rosa helado. / Una y otra vez, soporta cada llamamiento; / La experiencia multiplicada por dos —el deber obligado. / Educa al trémulo espíritu, al nervio instantáneo / que sirve al maestro esquizofrénico, / o el amor ciego podría vagar por ahí /como un Doppelgänger sin hogar.
A la poesía de Rocío Cerón (Ciudad de México, 1972), el libro le queda estrecho; su poesía no está atrapada en este objeto. El libro acá es un soporte, entre varios, para una poesía que se expande, impulsada por la transformación. Sus poemas son ondas que fluyen desde el centro de la idea, exploraciones en búsqueda del sonido, para seguir derroteros insospechados, sin despreciar ninguna dimensión expresiva dentro de la palabra “poesía”. Mientras más estados se permita el verso, mayor será su alcance. Toda su obra habla de contaminaciones, préstamos, mutaciones y permisos. La materia poética no es inerte ni fija, se recrea a sí misma hasta el infinito.