Basta una palabra / para alterar nuestro sistema / e ir al borde / al vacío  / Basta una palabra / para regresar a una infancia / a una casa / un momento / que se esparce en el cráneo / y nos arrastra / a un eterno toque de queda / / Somos evidencia / de que aún el silencio / descalabra

—Yo soy tu madre / ¿Acaso no recuerdas quién soy yo? / ¡Yo soy tu madre! / ¿En dónde estás / mi venerable hijo, / dime si estás bien, / dime si estás en casa, / o si te encuentras en lo más alto, / vives con el creador, / vives en la tierra, / o estás perdido?

El metalurgista se va al norte, / a la central de Palo Seco. / Aguacero inadvertido, / sargazo gigante, / chanchullo que no se ve. / Dice adiós, hasta nunca. / Te quiero comer, dice, / pero el paraíso, / como el mantenimiento de las calderas, / requiere de un tiempo / que no transita por el cableado…

Creo sinceramente que un editor es un intermediario, un mediador: alguien que hace de enlace entre autor y lector y que pone al alcance de este último una obra que de otro modo quizá no llegaría a sus manos, o lo haría en condiciones peores.