Ante el rumor de la niebla

Mariana Bernárdez y yo participamos de una misma lengua poética. O, para afinar mejor, de una misma intención, donde la poesía no es una sucesión de imágenes paralelas a la vida que busque iluminar a esta última u otorgarle a la realidad un sentido diferente, sino un constante indagar en las señales que acaban marcando un sendero por el que caminar a tientas, en busca de no se sabe qué exactamente, pero con la certeza de que ese no saber encierra todo el conocimiento que necesitamos. “Entreme donde no supe/ y quedeme no sabiendo”, que decía Juan de Yepes, autor tan presente en Rumor de niebla.

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El país del ahora

Yo lirio, tú lirias. De un campo lirio, ¿yo lirio, yo lírico? Y si lirio de un campo, ¿de cuál hablamos? ¿De la memoria, de una extensión de palabras, de un conjunto de representaciones que suceden en el tiempo y, por el poema y el sueño, fuera de él? La bucólica sugerencia («De un campo lirio/ ay, de mí Llorona») del pentasílabo que conforma el título deja de ser solo eso al torcerse el lenguaje: la verbalización de un sustantivo ya nos sugiere algo más que de facto nos conflictúa; esto y la inmediata evocación de la canción mexicana, que solo se canta cuando la boca es herida, pozo de tequila, oráculo del pasado.

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Anne Carson y Marilyn Monroe

Sus obras son palimpsestos: una capa bajo otra capa bajo otra capa. Todo conectado con todo: los hexámetros yámbicos y las tetas de Marilyn Monroe, el tsunami que se desata en L.A. y Helena de Troya que se evapora en un cuarto del motel Best Western, la propia Marilyn que se afilia a un grupo de talibanes y Jack el Destripador.

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Los pequeños mundos de Kaneko Misuzu

La melancolía y tristeza, tan presentes aquí, apelan también a la niña y al niño que cada uno de nosotros fue, y la soledad que transmiten refuerza a su vez esa sensación de descubrimiento infantil al servir de ventana a los pequeños mundos que nos rodean. Sin embargo, esta mirada no carece de malicia: Kaneko sabía que los niños pueden ser crueles y egoístas; e incluso aquellos poemas impregnados de cierta inocencia, las más de las veces implican, justamente, la pérdida de esta a cambio de tomar consciencia de la vida de los demás —a cambio de la empatía y la destrucción de ese egocentrismo pueril—.

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Arturo Gutiérrez Plaza: Balance general

Hemos crecido en la convicción de que la exuberancia representa el rasgo mayor de la poesía latinoamericana. Exuberancia entendida como profusión, elocuencia oracular, fraseo caudaloso, imaginación imbricada, versatilidad formal y hasta exotismo. La nota aplica de modo entrecruzado en periodos y exponentes, del culteranismo novohispano a Rubén Darío, de Neruda y Lezama al neobarroco de Marosa di Giorgio, José Kozer, Néstor Perlongher, Coral Bracho, por citar unos cuantos, amén de otras escrituras fuera de esa frecuencia: Vallejo, César Dávila Andrade, Olga Orozco, Álvaro Mutis, Enrique Lihn, Diana Bellessi. En la poesía venezolana dos poetas de fabulación sinuosa y expansividad telúrica: José Antonio Ramos Sucre y Vicente Gerbasi. El polo opuesto de esta amotinada y concurrida sensibilidad instaurada ya en nuestro inconsciente poético hasta constituir un hecho cultural, sería el de una poesía que, arraigada en el talante idiosincrático de Hispanoamérica, ha encontrado su tono y punto de mira en la frugalidad, el minimalismo, la agudeza, el realismo filosofante, la emoción introspectiva.

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Para traducir la luz

Entrar en Lo que se pudo ver, de Anaïs Abreu D’Argence (Ciudad de México, 1982), es como sumergirse en un bosque de niebla donde las cosas aparecen y desaparecen de inmediato, los contornos apenas se vislumbran y la solidez misma de los objetos se pone en entredicho.

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Hurtado, el deslenguado

En Teorema del equivoco Hurtado favorece un nuevo registro: el de un hombre vociferando imágenes contundentes, pero rotas, como si alguien estuviera aplastándole el cuello con el pie para desfigurar su voz y convertirla en un canto muy original, en una especie de miasma lírico y prosaico que se anuncia como una bofetada a las buenas costumbres, donde intercala estrategias narrativas y poéticas con coloquialismos para que quien lo lea aprenda un nuevo dialecto dentro de la lengua hurtadiana.

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Un álbum polifónico

Guerrero apuesta, en este título, por una serie de historias que conviven entre sí a cuatro niveles, como presencias alucinantes: con guiños históricos, con referencias familiares y teniendo como ejes rectores la preeminencia lúdica del planteamiento, de la imagen y el equilibrio a través del uso mesurado del lenguaje —y lo que cuenta.

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Relectura de una prosemática

¿Por qué no es lo mismo un poema en prosa que un prosema? Si esto no fuera una reseña sobre un prosemario, la discusión merecería ocuparnos de muchos aspectos. No obstante, Juan Sobalvarro da una explicación eficaz al referirse justamente a los prosemas de Mejía.

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La palabra exacta del fracaso

En la primera parte de Nada notable, mirando al pasado de frente, Loera lanza una piedra, que bien podría ser una canica o una pelota, para trazar el recorrido de este libro. ¿Dónde colocar la mirada durante en ese trayecto?, ¿en las ausencias que proyectan una sombra amplificada?, ¿en los juegos de la calle donde una persona aprende a nombrarse en plural?, ¿en las advertencias de la mamá, en las voces de las tías o en la visita mensual de la mujer que acude a cobrar la renta?, ¿frente al espejo donde nunca hubo clases de rasurar?

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