13 mayo, 2024

Los días del obrador. Sobre la poesía reunida de Pedro Provencio

de Miguel Casado | Ensayos, Reseñas

 
Pedro Provencio, Obrador. Poesía reunida (Marcos Canteli, introducción), Madrid, Dilema, 2023, 534 pp.
 
 

 
 
La palabra obrador nombra un taller artesanal (que suele ser de pastelería, pero no necesariamente) y, también, a la persona que obra, que actúa, con una etimología (operator, operarius) muy próxima a la de obrero. Pedro Provencio (Alhama de Murcia, España, 1943) ha titulado así su propuesta de poesía reunida, atraído seguramente por el arraigado sonido de la palabra, y para hacer presente la cualidad de un trabajo artesano, de quien se afana, objeto a objeto, cada vez inevitablemente distinto, para convertir la materia en obra. Este volumen le muestra al lector atento la importancia de su escritura, la singularidad de la vía que ha ido trazando, una vía por la que se ha de sentir admiración.

Con la actitud de vigilancia del obrador, Provencio ha sometido a crítica la idea de poesía reunida y entrega una selección de sus libros (apenas la mitad de sus títulos, y en un orden no cronológico) que ofrece un texto autónomo, una lectura con sentido propio. Desde el índice y desde las primeras páginas de Obrador, se perciben la complejidad que, de manera creciente, ha venido distinguiendo la poesía de Provencio y su continua voluntad de investigación, su inconformismo permanente. Una opción, podría decirse, de jugársela cada vez; como él ha escrito: “Sólo puede cobrar sentido lo que consigue expresarse en el brocal del pozo”.

Por todo esto, la poesía de Provencio pide lecturas múltiples; no una inmediata lectura lineal, sino la atención continuada de quien no tema repetirse ni contradecirse; es renuente a la simplificación y el resumen, a la interpretación unívoca, se las arregla siempre para permanecer abierta. Obrador comienza con 104 días, libro publicado en 2003. Compuesto como el diario de 104 jornadas sucesivas de una primavera y un verano, con anotaciones situadas en la mañana, la tarde o la noche, lleva a evocar una frase de Travesía, la última sección de Obrador, frase que ofrecería en el cierre del volumen la guía para su principio, el signo de un recorrido circular: “Libro que contenga todo lo que en un día pueda decirse de ese día. Este día”. Aspiración máxima y también, desde otro punto de vista, mínima, bien concreta —y el gesto significativo de traerlo todo al presente, este día.

Al empezar a leer el diario, se percibe la intensidad de las breves notas que lo integran; aunque pronto nos damos cuenta de que lo pregnante de su palabra no radica en lo que sucede, sino en la atención de quien anota. El diario no recoge una crónica de hechos, sino que registra el movimiento de la conciencia en todas sus formas: pensamiento, relato, emoción, memoria… —formas, todas ellas, hilvanadas y truncadas a la vez, sumando en su sucesión y negándose a un desarrollo, frases que son siempre nítidas y también forman grumos, obstruyen el flujo. Es un diario del presente, cuyas palabras miran también adentro, anotan el runrún de la vida interior —subidas y bajadas, enroques, súbitos impulsos, luz—. Es un espacio de expresión y reflexión, de opinión y de singular intimidad.

Tras 104 días, el volumen incluye Onda expansiva, libro de 2012, el más extenso y el último hasta ahora de Pedro Provencio: una composición coral que da la palabra a las 191 víctimas mortales de los atentados de Atocha, el 11 de marzo de 2004, en Madrid; cada una de ellas tiene su espacio, encabezado por su nombre y su lugar y fecha de nacimiento, y la de muerte, compartida por todos.

Ambos libros, de origen y enfoque tan distintos, tienen en común su composición: forman un mosaico, disgregado en múltiples teselas, pero también estructurado. En realidad es la misma apuesta de 104 días, que con Onda expansiva adquirirá una nueva, y enorme, dimensión. Y se percibe con claridad el trabajo exigente, riguroso, para formalizar, para dar cauce al flujo de los días y las vidas, de las voces y los silencios; así, un esquema compositivo se repite a lo largo de muchas páginas, en cada día y cada voz se van sucediendo las mismas secciones, los mismos rasgos de cada sección. Y, no obstante, todo se siente variable, aleatorio, imprevisible: la formalización da cauce a lo informe. El sentido se hace móvil; la realidad no parece tener otra consistencia que el tiempo, y sólo la palabra le da cuerpo, acogiendo su dispersión y su descentramiento.

La lengua va atravesando las estructuras, asumiéndolas y socavándolas. Algunas frases aisladas formulan esta poética: “Nudos, sí, pero ni uno solo/ igual a otro: ése es el ritmo”; o también: “No soporto escribir dos poemas seguidos en un mismo ritmo; en seguida me pongo en guardia”. Así, la articulación de los textos se basa en la discontinuidad, la distribución de la página en fragmentos de extensión variable, el movimiento sinfónico de las teselas, los grandes mosaicos tan regulares como cambiantes. Y en Travesía (1995)—quizá el lugar en que con más nitidez sugiere Provencio una poética de la composición­— puede leerse: “En vez de ritmo hay una expectativa permanente […], la armonía tiende al infinito”.

Cabe aún, en este juego tan peculiar de formalización y dispersión, otro tipo de tejido que completa el funcionamiento de los libros: las teselas están aisladas, no se engarzan a las contiguas y, sin embargo, resuenan en otros lugares, forman enlaces virtuales en la distancia, conexiones de sentido, acordes más o menos leves, de modo que la lectura va dejando luces y ecos, sugiere hilos que seguir, descubre al avanzar todos los caminos que no están aún desbrozados. Estos hilos no crean relato, son tan autónomos como poco a poco perceptibles: el sol, el escriba, el gorrión, el maestro, el verbo ser, una banda de música, el arpista, el pueblo de la infancia —sus ramblas, el hermoso y duro trabajo del esparto: “esparto humedecido/ y machacado sin descanso, pero a mano/ en callo vivo, con maza de madera/ cilíndrica y robusta, pero todo el día/ para que el relente de la noche lo oree/ y el nuevo sol lo seque abierto,/ flexible, vaporoso…” Lo social es aquí un choque, una alarma, el umbral de lo inaceptable: “mucho mirar por la ventana/ y nada que comer”. Este aviso, Eso y nada (2001) lo repetirá en el verso suelto que cierra cada poema: “Señal de odio sumiso”, “¿Señal de que nada ha cambiado?”, “Señal de que algo está ocurriendo”…

Y hay también un hilo más grueso, que resulta decisivo en Onda expansiva, iluminando quizá el conjunto de la obra. Provencio se fija en algo del 11-M que no siempre aparece a la vista: la inspiración religiosa de los atentados, y entiende que hay una responsabilidad común a las tres grandes religiones monoteístas —la musulmana, la judía, la cristiana—, en su historia y en componentes innegables de su doctrina: la superioridad de cada una respecto a todas las demás, la exclusividad de la salvación, el uso de la violencia para defender su fe, la irracionalidad: “bajo el filo del hacha/ desde siempre esgrimida/ por dioses y criaturas de dioses”, “maldito el que viene en nombre del dolor”, “palabra de Dios/ matadlos a todos”…

Este análisis —aun matizado en muchos tonos, de la indignación a la parodia— destaca por su fuerza y contiene el núcleo de una firme posición moral y existencial, que se desdobla en dos direcciones. En primer lugar, encuentra un inesperado vínculo entre el fanatismo religioso y la concepción económica basada en el consumo: “¿cómo van a creeros/ si no compráis?” —no me puedo extender en ello, pero, según los poemas, esta lógica económica ayuda a distinguir quiénes, según cierta manera de hablar, serían los nuestros—. En segundo lugar, se acoge la certeza científica de que el llamado espíritu es el producto de una serie de operaciones químicas: “el trifosfato de adenosina creó el espíritu”, “el primer enlace de partículas/ […]/ fue/ tan certero que ahí sigue, convertido/ por la materia en lo que sea el espíritu”. Y, aunque la composición en teselas e hilos se oponga a cualquier pensamiento global, en la lectura se dibuja un sencillo y limpio materialismo. No como solución, sino como contrapunto: “Antes de que llegaran los dioses y los héroes/ tú ya estabas aquí, gorrión pandillero”…

El pensamiento, por tanto, habría de mantenerse parcial y disperso para no cuajar doctrina ni autoridad. Y quizá por ello las voces de Obrador a menudo tienden a afilarse hacia el aforismo, sea en prosa sentenciosa o en caligrafía lírica: “Embocadura de tierra: el árbol/ suena hacia las raíces”. En ese rumbo, el habla irá dejando paso a la escucha de lo que casi no está dicho. La rotundidad de algunas afirmaciones no cristaliza por su falta de continuidad; su resonancia se propaga sin apenas sonar —en esto, la voz y el silencio acaban casi fundiéndose: “Despegas cuidadosamente del papel la línea/ que dice yo y descubres el cobijo de la resonancia/ del acorde final”. No hay que olvidar que a ese yo esporádico de los poemas, en su adolescencia, le habían asignado como instrumento en una banda de música la caja de resonancia y que “el maestro” le aseguró que había sido el más afortunado. Por aquella zona de 104 días podía leerse: “Entre un parche y otro de la caja se refugiaba un ser vivo de pura tensión que con cada nota vibraba y crecía hacia dentro de sí mismo”.

Todo se deja abierto, como para reiniciar el itinerario circular tras cubrirlo: “La línea retorcida que dibuja las letras esboza nudos encadenados pero no cierra del todo ninguno”. Este movimiento abierto de ida y vuelta tiene su lugar también en el flujo temporal, y en buena medida esto lo subraya Embrión (1991), protagonizando un contacto entre el principio y el final que se extiende por todo el volumen: “una orilla es alguien/ que acaba de morir, la otra/ un recién nacido”, “¿Qué música es ésta que requiere intérpretes/ muertos recientes y recién nacidos?”, “vislumbrar el resplandor que forman juntas/ la despedida y la bienvenida”. La vida, para Provencio, como desarrollo material que es, se mueve con radical inmanencia; sin embargo, el flujo circular que sus libros impulsan da forma a una trascendencia de la vida, que no se remite a su exterior o a un más allá, sino a las demás vidas, a la continuidad de la vida.

En la presentación de Onda expansiva, se subraya que quien muere por voluntad ajena “se queda para siempre con un gesto interrumpido de ir a decir algo”. Pese a la terrible diferencia de esta muerte con otras muertes, no deja de ser cierto que tal “gesto interrumpido” podría ser el de cualquier fallecimiento. Lo que el admirable trabajo formal de Pedro Provencio en Obrador muestra es que ese gesto, realmente interrumpido, también realmente se prolonga, aun si lo hace en lo no dicho, ese lado oculto que late en una conversación, o en la resonancia, en la energía tensa de la resonancia. Y no sólo lo muestra, sino que estos mismos poemas son parte del desbordamiento del gesto ininterrumpido de la vida.

 

 


Miguel Casado / Valladolid, España, 1954. Poeta, crítico, ensayista y traductor, autor de más de una veintena de títulos de ensayo y de poesía. Mereció el Premio Hiperión de Poesía, en 1987, por su libro Inventario, y fue finalista del Premio de la Crítica de Castilla y León en 2016 por El sentimiento de la vista. Ha traducido a autores como Paul Verlaine, Francis Ponge, Arthur Rimbaud y Bernard Nöel, entre otros. Sus libros más recientes de ensayo son La ciudad de los nómadas (2018), Un discurso republicano (2019) y Fidelidad, ¿qué alientas? Lecturas de José-Miguel Ullán (1994-2022) (2022). Su poesía fue recientemente reunida bajo el título Deseo de realidad (2023).