Más de lo que esperaba
Sin nada que perder
tomé parte en una fila muy larga.
La tarde era perfecta, la lluvia
había dejado como herencia
charcos parduscos y transeúntes mojados.
Alguien, detrás de una ventana,
revelaba secretos que no alcanzaba a oír.
Un perro al otro lado de la acera
escribía un grafiti indescifrable con su orina espesa.
Nadie supo cómo
cegar a Polifemo: el sol se puso
a gritar a través de la parvada.
De forma repentina, me hallé delante de un local cerrado.
Sin darme cuenta, era ya el primero en la fila.
Nunca habría imaginado que llegaría tan lejos.
Vicisitudes en la búsqueda de la heroicidad
Me arranca de las sábanas
una imagen, un par
de palabras que, como cerillas
en la oscuridad, iluminan
lo que podrían ser unos versos.
Me incorporo (mi cuerpo en esas condiciones
está a merced de la fuerza
de gravedad igual que un árbol muerto
sujeto apenas por su último rizoma empecinado).
Me calzo una pantufla. No sé si de este
o aquel lado del sueño el pie derecho
patea la otra debajo de la cama.
Menos que despierto,
vertido sobre mis cuatro extremidades
como un líquido amorfo derramado,
tanteo en la oscuridad y no hallo nada.
Las yemas de mis dedos rozan el objeto
del deseo y en mala hora,
en su vehemencia, lo lanzan más adentro,
fuera de mi alcance.
Levantado a altas horas,
parado sobre una chancla solitaria,
como un ave zancuda que figurara un 4,
me percato de que las cerillas
allá arriba cedieron.
Olvidado el objeto que me puso de pie
sólo guardo la certeza
de que en ropa de dormir
y a gatas
buscando sepa qué
nadie sale del trance siendo un héroe.
Podría ser cualquiera de nosotros
Un hombre decide súbitamente entrar
y lo echan a patadas.
Otro saluda con una reverencia pasada
de moda, y el viento, en retribución,
le vuela el bisoñé.
Un tercero se pasea por la plaza
llevando un libro de Cayo Plinio Segundo.
Un último, que podría
ser cualquiera de nosotros,
mira a su alrededor y tiene una revelación,
o no una revelación como tal,
pero, diríase, comprende un poquito,
o quizá no entiende nada,
o tal vez ni siquiera se percata
de la bala perdida, ese ultimátum,
que ya sale a ver quién se la paga.

Autor
Luis Paniagua
/ San Pablo Pejo, Guanajuato, 1979. Poeta, ensayista, promotor cultural, editor y autor de Los pasos del visitante (Premio Punto de Partida 2004), Maverick 71 (Premio Literal Latin American Voices 2013), Casa (Premio Hispanoamericano de Poesía San Román 2014), Umbrales (2018), La patria es pradera de corderos segados por el filo y el veneno (2019), Claro rastro del mundo oscurecido (Premio Bellas Artes de Ensayo Literario Malcolm Lowry 2020) y Entre los árboles, la voz (Premio Nacional de Literatura Laura Méndez de Cuenca 2022).