Miguel Casado

/ Valladolid, España, 1954. Es poeta, crítico, ensayista y traductor, autor de más de una veintena de títulos de ensayo y de poesía. Mereció el Premio Hiperión de Poesía, en 1987, por su libro Inventario, y fue finalista del Premio de la Crítica de Castilla y León en 2016 por El sentimiento de la vista. Ha traducido a autores como Paul Verlaine, Francis Ponge, Arthur Rimbaud y Bernard Nöel, entre otros. Su libro de ensayos más reciente es La ciudad de los nómadas (Dirección de Literatura, UNAM / DGP Secretaría de Cultura, 2018).


“Lo que aún no tiene forma me protegerá”: Desde la poesía de Roberto Bolaño

Reelaborando mitos de signo romántico, como el vínculo entre poesía y derrota, el de los poetas malditos o el poder del sueño, esta centralidad de lo poético atraviesa, como la más característica mirada personal, todos sus libros. ¿No será en el fondo un rechazo de este criterio, rechazo que se remonta a la célebre condena platónica, lo que lleva a menospreciar la poesía de Bolaño, como forma de expresar desagrado sin enfrentarse al prestigio de sus novelas?

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Cosas contemporáneas: Una lectura de Gastão Cruz

Diría, por mi parte, que La moneda del tiempo es uno de los libros de poemas más emocionantes que conozco, y eso, contando con que el laboratorio en que consiste traducir no resulta demasiado propicio para emocionarse. Quizá algunas zonas de aquella tradición romántica ya habían explorado lo que aquí parece determinante: la voz del poeta es reflexiva, toma distancia para mirar y pensar, pero a la vez consigue que el pensamiento sea sensorial, se haga material en los sentidos, que el pensamiento sea una forma de emoción.

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La traducción de poesía como tiempo soberano

Cada vez que he de escribir algo relacionado con la traducción releo “La tarea del traductor”, de Walter Benjamin; es uno de los textos más extraños que conozco, nunca parece el mismo: ese modo de hablar extremadamente abstracto que, sin embargo, se compone de palabras tan fuertes y consistentes, tan materiales, de metáforas tan precisas y directas. Desde hace años, la lectura en estos casos se me ha duplicado y releo también el ensayo de Paul de Man sobre “La tarea del traductor”, que tiene efectos similares aunque su lengua asuma tanto poder analítico.

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Cuevas de hielo, cúpula de sol

Cuenta la tradición que Coleridge soñó en 1797 uno de sus poemas más famosos, “Kublai Kan”; al despertar, lo transcribió como al dictado, hasta que un visitante lo interrumpió y olvidó el resto. Borges atribuye al historiador persa Rashid al-Din la noticia de que el Gran Kan había antes soñado el plano del palacio que evoca el poema: “En Xanadú, Kublai Kan / mandó que levantaran su cúpula señera…” Pero no parece que haya palacio en los versos de Coleridge, sino un laberíntico río subterráneo, un mundo de heladas cavernas a las que no llegaba el sol.

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La crisis como forma

Palabras arrojadas a ese hueco, los versos de Víctor M. Díez se tienen en el fiel de la conexión entre realidad y poesía. Y entienden que esto no depende solo de las imágenes, sino de que el lugar de la voz pueda él mismo ser el mundo. Pues, igual que el espacio o el sujeto, se agujerea el texto: “el poema, abierto por debajo, va dejando / un reguero sin sentido”. Escritura en la modalidad de la crisis. “Las palabras son ese alambre de espino enrollado que hiere las manos al intentar desliarlo”.

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El libro de las comunidades

Dice Llansol: “todo comunica por incomprensión”, y reconozco esta clave en una nota de Apontamentos sobre a Escola da Rua de Namur, texto fragmentario de raíz autobiográfica: “El libro de las comunidades nació de la tentativa de reconducir al habla y a la convivencia de grupo a una niña española aparentemente autista que habían llevado a la escuela donde yo enseñaba”.

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