No importa si Londres o nosotros

Claro que todos mis prejuicios
de mujer se me vinieron encima, porque en el merendero
sólo había hombres que comían tocino y huevos y jitomate
(si estuviera en Portugal, serían sándwiches de queso),
pero pensé: Estoy en Londres, estoy
solita, a mí qué me importan los hombres, los ingleses
ni se meten tanto con una como los nuestros,
y así…

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Píramo y Tisbe

Cuando Publio Ovidio Nasón, nacido en Sulmona el 20 de marzo del año 43 a. C., se mudó a Roma siendo aún un adolescente, los rayos de la más gloriosa generación de poetas en lengua latina iluminaban todavía la gran ciudad. Lucrecio había muerto apenas doce años antes de que naciera Ovidio. Otros grandes poetas habían ya imitado, asimilado y recreado todo lo mejor de los mejores poetas griegos que los precedieron: Catulo a Calímaco y a Safo; Virgilio a Homero, a Hesíodo, a Teócrito y a Apolonio de Rodas; Horacio a los líricos arcaicos y a los alejandrinos. Habían surgido, además, tres poetas que habían llevado la elegía a lugares que no conoció en lengua griega: Cornelio Galo, Tibulo y Propercio.

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El palacio de mis encantamientos

Victor Segalen (1878-1919) es uno de esos inevitables personajes de vida rocambolesca y poética: nacido en Brest, Francia, Segalen fue médico, oficial de marina, etnógrafo, arqueólogo y poeta. Aunque no le gustaba el mar ni la navegación, disfrutaba en cambio de los desembarcos y las expediciones por tierra. Pasó dos años en Tahití, donde tuvo la suerte de comprar los últimos croquis de Paul Gauguin, que había fallecido tres meses antes de su llegada. Poeta de signo trágico (vivió hasta los cuarenta años), Victor Segalen escribió un célebre diario con ensayos sobre Rimbaud (El doble Rimbaud) y Paul Gauguin (Gauguin en su último paisaje) que fueron publicados de manera póstuma, en 1978.

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Un ciclón parado sobre el rizo de los dioses

Respetando el mundo vigesimal,/
llamas a los dioses de los veinte días:/
caimán, que representa el día de la tierra;/
vivacidad, que representa el día del viento;/
noche de espíritu maligno, el día de las casas;/
el día de maíz;/
que los días se sienten en círculo.

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El instinto que nos dice

El corazón de la madre ilumina/
el territorio de la mano./
Con impulsos rápidos /
sube el dedo más largo/
para agarrar al pájaro salvaje./
El dedo que indica el silencio/
está coronado de estrellas./
Por la ladera derecha/
se desliza el pez rojo…

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El hacha de un sismo repentino

Por eso me enamoré de las casas. Y también así de los hombres / que se parecen a las casas./ Llevan sandalias de paso pero no viajan/ sólo la mirada por las ventanas sueña/ hasta el otro lado. Empollan silencio.

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Sus intensas imágenes de estrellas

Señor crucificado, en tu cruz nadas
sin movimiento. En infernales sueños
se mueve el cuerpo a veces pero en vano
y se vuelve uno con la eterna pérdida.

De una culpa que se ahoga eres el náufrago,
la redención del mundo en la colina.
Tuyo el cuerpo torcido por nosotros
en paciencia propicia para enmienda.

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El error es realista

Están errados. construyen. construyen errando. construyen / al cuadrado o en cuarteto un asunto gigantesco errado./ sea lo que sea lo causan errando, se somete a la caída./ está en pie y no. caída simple. pseudocinético./ una leve desorientación no significa error aún.

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Tres poemas

¿Quién ganó? El imperio babilonio
y el mesero de las patillas.

El bigote la sacó en la sexta,
casa llena, puntas en curva;

se enderezó justo a tiempo para lanzar
la bola de tenedor a su base.

El pelo púbico escenificó su retorno cuando
apenas redescubrimos los Playboys ochenteros.

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Por favor, planta este libro

Esta primavera de 1968 es perfecta/ para mirar en nuestro interior y observar/ cómo nuestros corazones buscan claridad/ para abrirse al mundo, así como las flores y vegetales/ buscan al sol cada día en sus corazones/ para mirarse en él como en un gran espejo,/ en donde ven reflejados sus deseos de vivir y/ crecer con belleza.

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