mayo 2024 / Inéditos

El milagro de mirar más lentamente

 
La luz del amanecer

Amanece: los ojos miran con candor un mundo renacido.

Antes de respirarnos su luz, muy cerca de las pestañas, el amanecer se cuela
por una pequeña ventana que tenemos en el alma.

El mundo ahora es un territorio reverdecido en el que se derrama la luz.

Todavía encandilados por los sueños, saludamos al sol a tientas.

Hay un arte muy sutil y consiste en adivinar, con los ojos cerrados, que amanece.

Amanece, hemos atestiguado, desde nuestro sueño, la lenta maduración de una
luz.

Amanece: nos despierta el lloro del mundo ante una luz bautismal.

Víspera del día, el despertar es frágil y la luz todavía está prendida con alfileres.

Ojalá que la luz del amanecer convenza a tus ojos de que aún quedan cosas por
mirar.

La luz del día cambia nuestra mirada, los ojos se sorprenden con su nueva patria.

Amanece y nuestras miradas jóvenes aún no se acostumbran al asombro del
mundo.

Amanece: dejemos que la luz se regocije con nuestros ojos, todavía llenos de
castidad.

Amanece, solicitemos el milagro de mirar más lentamente el mundo.

 
 
 
El amanecer de los animales

Desde la más temprana creación, el mundo decidió confiar a los pájaros la
alabanza del amanecer.

De hecho, el amanecer se inventó por gratitud a los pájaros.

¿Qué es el amanecer? Un poco de luz adornada de trinos.

En la madrugada, ya hay millones de ávidos ojos, de todas las especies,
instalados en la sala de espera del amanecer.

Antaño, la humanidad gruñía y, junto con sus animales aliados, se revolcaba de
gusto con la luz del alba.

Un animal que hablaba me dijo: "Antaño, la buena humanidad se sorprendía y
se sonrojaba con el amanecer".

Desde la más cerrada oscuridad, la luz anida y se prepara a trinar.

Hay mañanas nubladas, frías y húmedas en que los pájaros, más que trinar,
tiritan.

Lo mejor del alba: esos pájaros solitarios que se adelantan a anunciarla.

Ciertos animales no reconocen al amanecer por la luz, sino por el olor.

En una semántica todavía impregnada de sueños, los primeros trinos de la
mañana son los únicos lenguajes reconocibles.

Ya casi clarea, los perros responden con bravura a los ladridos del amanecer.

Trinos, la noticia del amanecer que pasa de pico en pico.

Aconsejó: "Como una perra a sus cachorros, hay que lamer el alba. Así podrás
darle forma y brillo al día."

Imitemos el feliz oficio de los pájaros: exaltarse con el amanecer.

Amanece y algo muy poderoso, el canto de un pájaro, nos apega a este día que
pensábamos ya no era nuestro.

Los gallos no sólo anuncian los primeros rayos del sol, también verifican su
calidad y los cuentan uno por uno.

Es una hora ambigua, en que los ruidos surgen y vuelven a sofocarse, algunos
animales ya rondan en los patios, esperando que el amanecer caiga del cielo.

Muy temprano, con su pata de felpa en mi rostro, el gato reclama su primera
ronda de alimentos y arrumacos.

Los animales despiertan con mucho apetito y hacen sus juegos pugilísticos,
predatorios y celebratorios, ellos sí se saben resucitados.

Cuando las mascotas se nos trepan por las mañanas lamen en nuestra barbilla
los restos de nuestros sueños.

Amanece y entre las labores de los pájaros destacan pasar lista al mundo y
cantar a todo lo que ha sobrevivido y, también, a todo lo que ha nacido durante
las horas de oscuridad.

 
 
 
Escribir al amanecer

Lo más difícil de escribir en el alba es despertar la pluma.

Amanece: para el escritor, el lenguaje de los sueños ya está reseco, pero las
palabras de la vigilia aún no se cuecen.

Al despertar, después de haber sido retenidas por el sueño, manan todas juntas:
la conciencia, la orina y la escritura

En las primeras horas del alba, no es el autor el que escribe: todavía se exhibe
su pesadilla.

Amanece: no te busques del todo en la prosa de la vigilia, pero tampoco te
quedes perdido en los versos del sueño.

Amanece: pronto saludaremos a los primeros seres vivos, pero, antes, debemos
escoger nuestras palabras más jóvenes y preciadas.

Amanece: nuestras palabras aletargadas, escasas de oxígeno, respiran y, poco
a poco, aprenden a renombrar lo vivo.

Al alba, ¿qué germina primero?, ¿el trino o la palabra?

Las letras que forman los nombres del día salen del vientre del alba, pulcras,
pero desfallecientes.

Como a los pájaros, a las palabras hay que darles sus migas muy temprano.

El amanecer: la hora en que todo ruido se sabe poesía.

El amanecer deposita sus poemas en el aire, por si alguien se interesa en
escribirlos.

Un amanecer cualquiera: el paisaje parece familiar, pero el poeta sabe que todas
las cosas han mudado de nombre.

Un triángulo: tú, el alba y la palabra.

 

 


Autor

Armando González Torres

/ Ciudad de México, 1964. Poeta y ensayista mexicano. Estudió en El Colegio de México. Publica en numerosas revistas y suplementos culturales de México y el extranjero. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores. En 1995 ganó el Premio Nacional de Poesía Gilberto Owen; en 2001, el Premio Nacional de Ensayo Alfonso Reyes; en 2005, el Premio de ensayo Jus 2005, Zaid a debate; en 2008, el Premio Nacional de Ensayo José Revueltas, y en 2015, el Premio Nacional de Ensayo Malcom Lowry. Es autor de volúmenes de poesía como Los días prolijos (2001) y La peste (2010), y de numerosos libros de ensayo y aforismos, entre los que destacan ¡Que se mueran los intelectuales! (2005), Las guerras culturales de Octavio Paz (2002)y Sobreperdonar (2011).

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