8 octubre, 2018

Nadar es escribir y viceversa

de Julio Trujillo | Ensayos

A la poesía y a la natación se les relaciona desde que en el mundo hay agua y humanos, tal vez porque comparten un mismo objetivo: ser un ritmo, educar a la respiración y fluir. El nadador se hace escritura sobre la página del agua y el poeta nada en el agua de la página. Y, claro, el momento culminante de este no tan caprichoso cruce de imágenes es su punto de convergencia: cuando el poeta se avienta literalmente al agua.

Muchos son los poetas nadadores, pero acaso el primero haya sido, famosamente, Heráclito, quien a la mitad de un río se dio cuenta de que no estaba rodeado simplemente de agua sino del acontecer. Baudelaire nos cuenta de Edgar Allan Poe que, de joven, era capaz de llevar a cabo hazañas de gran fortaleza física (lo cual contradice la imagen más bien lánguida y paliducha que tenemos de él), y sus biógrafos confirman que en cierto verano nadó diez kilómetros contra la corriente, de Ludlams Wharf a Warwick, y que el regreso a Richmond lo hizo enérgicamente a pie… Los poetas de la Generación del 27 también eran afectos a ese deporte, y dicho gusto se refleja en sus poemas, curiosamente, a través de la figura de las nadadoras: Salinas, Alberti y Guillén escribieron composiciones sobre mujeres braceando en el agua. De la misma generación, la hoy olvidada Concha Méndez es autora de estos cuatro refrescantes octosílabos:

Del mar salí llena de algas,
con el bañador ceñido.
Y tras andar por la isla
bajo un árbol me he dormido.

Justo descanso, bajo un árbol, para quien ha estado nadando en el mar. “La fatiga es el destino del nadador”, nos dice Gaston Bachelard en El agua y los sueños, y agrega: “El salto en el mar reaviva, más que cualquier otro acontecimiento físico, los ecos de una iniciación peligrosa […] Es la única imagen exacta del salto en lo desconocido”. Pues no es lo mismo el cartesiano rectángulo de una alberca que el agua violenta e impredecible de los océanos. Quien haya nadado seriamente en el mar, lejos de la orilla, habrá sentido la adrenalina de un subyacente peligro y la dependencia, crucial, de una respiración bien controlada, con pulmones, alvéolos y bronquios trabajando sincronizadamente para mantener un nado óptimo, rítmico, bien acoplado al elemento en el cual se está. ¿No sucede lo mismo con la escritura de poesía, que también se basa en la orquestación de un aparato respiratorio para mejor discurrir? Un poema que respira mal, se ahoga, igual que un nadador en la mitad del mar.

Un poeta inglés llama la atención por su casi enloquecida relación con el mar: Algernon Charles Swinburne, quien no obstante haber nacido en Londres pasó largas temporadas junto a las olas en la isla de Wight. Uno de sus primeros recuerdos es el siguiente: “En cuanto al mar, su sal debe haber estado en mi sangre desde antes de mi nacimiento. No puedo recordar un goce anterior al de ser tenido en lo alto de los brazos de mi padre y enarbolado entre sus manos, luego arrojado como la piedra de una honda a través de los aires, gritando y riendo de felicidad, la cabeza por delante en las olas que avanzaban…” Esa imagen de su padre lanzándolo al mar (al que se solía referir como “madre”) lo definió para siempre, y la presencia de las aguas violentas sería constante en su poesía. Extravagantísimo, también tocó temas que en su momento eran tabú, como el sadomasoquismo, el lesbianismo, los rituales paganos y muchas formas de pulsión de muerte. Era alcohólico y le gustaba que lo azotaran… Ay, Swinburne. En 1868, en Normandía, nadando en el mar y ya sin fuerzas para regresar a la orilla, fue rescatado ni más ni menos que por Guy de Maupassant. Para él, nadar era un constante desafío, y llegó a dirigirse al mar con estas palabras: “Una vez más, voy a nadar en contra de ti, voy a luchar, orgulloso de mis nuevas fuerzas, con plena consciencia de mis fuerzas sobreabundantes contra tus olas innumerables”. La natación entendida como una resistencia, y la poesía, por supuesto, también. “Cada ola hace sufrir, cada ola azota como una correa”, escribió, y podemos entender que esas ondas fueran las primeras flageladoras de su piel. Una imagen de Victor Hugo le hubiera fascinado a nuestro alucinado poeta: “el agua está llena de garras”.

Pero el más conocido de todos los poetas nadadores es sin duda Lord Byron (1788-1824), enemigo de la teoría y adicto a la acción. Cojo de nacimiento y obligado a usar durante toda su vida un botín ortopédico, fue tal vez esta circunstancia la que lo llevó a compensar su discapacidad con incontables proezas natatorias, que incluyen maratónicas sesiones en el Tamésis y el Tajo y peligrosas inmersiones nocturnas en los canales de Venecia después de alguna juerga, siempre con testigos, pues su gusto por poner el cuerpo a prueba era sólo equiparable a su gusto por el exhibicionismo. Una de dichas proezas es célebre: buen lector de mitología griega, Byron conocía bien la historia de Leandro y Hero, que es una historia de amor y natación. Hero era una sacerdotisa de Afrodita que vivía en lo alto de una torre en Sesto, en una orilla del Helesponto (hoy Estrecho de los Dardanelos); enamorado de ella, Leandro nadaba todas las noches desde Abidos para verla, guiado por una antorcha que Hero encendía desde la torre. Una noche de tormenta, la antorcha se apagó, Leandro se confundió y finalmente murió ahogado: al ver su cuerpo inerte, Hero se arrojó desde lo alto. Este mito ha tenido muchísimos ecos en la historia de la literatura, de los cuales destaco dos: las líneas que le dedica Ovidio en sus Heroidas y en las que Hero le ruega a Neptuno que no se ensañe contra un joven que nada, pues es más digno de él atacar naves y flotas; y el magistral soneto XXIX de Garcilaso de la Vega, en el que expone el desfallecimiento del nadador y le hace hablarle así a las olas en los tercetos finales:

como pudo, esforzó su voz cansada,
y a las ondas habló de esta manera
mas nunca fue su voz de ellas oída:

“Ondas, pues no se excusa que yo muera,
dejadme allá llegar, y a la tornada
vuestro furor ejecutá en mi vida”.

A Leandro no le importa morir, sino no ver a Hero, y suplica a las olas que lo maten hasta su regreso, pero las olas no lo escuchan… Estando en el Bósforo con un amigo, Byron no resistió la tentación de desmitificar el mito y, sin pensarlo demasiado, se arrojó junto con su amigo a las aguas del viejo Helesponto. Y lo lograron, no sabemos exactamente después de cuántas horas de nado. Lo que sí sabemos es que hay un poema resultante de la hazaña (“Written After Swimming From Sestos to Abydos”) en el que Byron, socarrón, se compara con Leandro y dice: él perdió su vitalidad y yo mi buen humor, pues él se ahogó y a mí me dio calentura. “Las olas —escribió también en Childe Harold— reconocen a su maestro”.

No puedo abandonar estos apuntes sin mencionar al gran poeta nadador de nuestra lengua: el argentino Héctor Viel Temperley (1933-1987), para quien la natación fue una experiencia religiosa y que es autor, entre otros, de un libro titulado El nadador y de otro titulado Crawl. “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada”, reza el famoso estribillo del primer libro. Pero lo que hace al segundo, Crawl, un ejercicio poético excepcional, es que con sus versos, su sintaxis y su disposición en la página, Viel Temperley quiere emular, y lo logra, el braceo mismo y el ritmo de la modalidad del crawl. Esas páginas de Viel no son sobre el acto de nadar, son natación:

Vengo de comulgar y estoy en éxtasis,
      aunque comulgué como un ahogado.

Julio Trujillo / Ciudad de México, 1969. Es poeta. Cursó la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM. Se ha dedicado a la edición de suplementos y revistas culturales, como la Revista de la Universidad de México, la Revista Mexicana de Cultura, El Huevo y Letras Libres. Es autor de los libros Una sangre (Trilce, 1998), Proa (Marsias, 2000), El perro de Koudelka (Trilce, 2003), Sobrenoche (Taller Ditoria, 2005), Bipolar (Pre-Textos, 2008), Pitecántropo (Almadía, 2009), Ex profeso (Taller Ditoria, 2010), La burbuja (Almadía, 2013) y El acelerador de partículas (Almadía, 2017).