22 octubre, 2018

Cápsula

de Pura López Colomé | Visitas guiadas

Sabido es que la poesía, lenguaje cargado de energía al máximo, no se puede explicar. Lo único que nos es dable a los autores, si acaso, es ofrecer comentarios en torno al poema —a la manera que se hace en una lectura en público—, definiendo así la inspiración no como un llamado, una iluminación que llega al privilegiado ser del poeta desde otra esfera, no, nada de eso, sino como un mero detonador (distinto en cada persona), aquello que desencadena la visión profundizadora del sentido de cada cosa en este mundo, llevada a cabo por un enamorado de la palabra. Esta descarga, esta repentina explosión quizás se deba a una conversación, un dolor físico o metafísico, el amor, una experiencia concreta, un sueño, un recuerdo, un sonido, otra obra de arte, una palabra, en fin. Quizás.

Comenzaré por decir que, con cada libro, trato de dar un golpe al timón (¿una gran oportunidad y corta, escribiendo siempre lo mismo?). En Una y fugaz (2010), poemario al que pertenece “Cápsula”, todo comenzó a desgajarse, a desmoronarse y reconstruirse, a partir de un sonido, un vocablo tan seco como la madera con que se construye una balsa, y tan aromático como ella. En ese vehículo, nave de locos a flote en una suerte de laguna Estigia, me impulsaba la necesidad de que la palabra misma llevara la batuta o el bisturí revelando los porqués de la vida, las búsquedas espirituales, la existencia o no del destino de cada quien —el mío en particular como miembro de la especie—. Intenté empujarla apenas hasta que se deslizara por su cuenta, “en balsa amante” llena de apego a la vida, “embalsamándola” como a un cuerpo muerto, oloroso a aromas atractivos a los sentidos. Sola ya, entonces, me demostró su voluntad propia: me llevó de corbata, como ese demonio chocarrero de López Velarde que lo devolvía al lodo cada vez que se pasaba de listo creyendo medirse con los poderes supremos. Conducida por la inercia expresiva (y no al revés, o sea, creyendo yo dominarla), una especie de diálogo con las tinieblas me fue hundiendo. La palabra disolvió las fronteras de los tiempos verbales, los sujetos, los objetos, gritándome, casi insultándome, arrojándome al pantano de la verdad más profunda: esto no es un juego, me susurraba; esto no se toma a la ligera, la búsqueda tiene un precio: ¿te sientes capaz de pagarlo?, ¿quieres que nos hablemos al tú por tú?

Curiosamente, esta voz encapsulada y elástica que me retaba y retrataba de cabo a rabo, no deseaba permanecer en el encierro, sino también salir de mí para ir a clavarse en otros terrenos fértiles. De nuevo, algo en que insistía Paz: el lector termina de escribir el poema. Quien aprecia la obra cierra su círculo. La artista Gilda Castillo logró un eco pictórico después de leer “Cápsula”, consolándome, curando un poco mi soledad al demostrarme, al hacerme experimentar en carne propia, que yo podría haber escrito el poema a la inversa —es decir, inspirada en sus series de óleo, acuarela, grabado, del centro a la periferia y viceversa.

Cápsula

en
balsa amante
plena de aromas,
áloe, almizcle embalsamante,
cuan insignificante la ilusión,
perpetuidad deslizándose en el cuerpo;
al fin bullen
sus concéntricos pesares
en un prístino espejismo
alas aliteradas, aves alicaídas
en la mira de algo etéreo,
cascabel que nadie agita,
movimiento imaginario
de sierpe en tornasol,
campanilla late que late
“por lo que más quieras”,
latinizándose, contrayéndose,
licuándose hasta ser
“te lo imploro”,
defecto a flote en el espejo,
memoria si acaso de emociones
cuyo borde ha rebasado
una
sola
gota:

me hacían aparecer de golpe,
me llamaban pronto a escena,
personaje de monólogo sorpresa
no importa cómo ni dónde,
presa del reflector
(esa luminosa liquidez)
que me desnuda
y bautiza tal por cual,
una
buena
para nada.

Entretanto retumbaba el altavoz,
retemblaba en sus centros la tierra
enviando al quinto cielo
tanta falsedad, tanta iniquidad,
tanta inútil y fugaz vía negativa,
tantas sordomudas imágenes de cera
con un “propio” cifrado en apariencia,
un mensaje escrito entre los labios:
“pon tu lengua a prueba,
si sí, sí; si no, no: sino
a prueba de balas”.
Todo emergerá intacto si obedeces,
tu azoro, el mundo, este museo;
y te dejará sin habla
tal como creíste haber nacido,
te estallará por dentro
cual ráfaga intergaláctica
en gritos apagados y sublimes,
oasis vivo, carne y hueso
que no puede despertar.

Se alejará
solo
tu existir,
querrá con todas sus fuerzas
unirse a la distancia, al olvido,
ah, ese recuerdo,
desnaturalizándose
sin despedirse,
neutral bondad
en punto muerto.

*

Ruego en caudal, anchuroso,
así te llames en llamas al llamarme,
así me convoques, revoques y desboques,
sábetelo bien:
aquiescente,
me encerré bajo tu llave,
mordí el anzuelo
con la mano en la cintura.

Murmuras,
no te dueles ni te quejas,
te sumerges en las hondas ondas
de todos esos días
que soñé vivir.
Y no te veo por ningún lado.

*

Órgano que palpita
(se oye hasta en el último rincón)
y ya no es mío,
órgano que palpitas
(en mi único rincón)
y no eres mío:
me he extraviado (encandilado)
ululando sin tiempo ni persona.
Pero esta vez,
por esta vez,
esta
sola
vez,
quítate la máscara:
déjate caer a fondo,
suéltame.

(Del libro Una y fugaz)


Pura López Colomé Ciudad de México, 1952. Es poeta, traductora y ensayista. Recibió el Premio Nacional de Traducción de Poesía 1992 por Isla de las estaciones, de Seamus Heaney, y el Premio Xavier Villaurrutia 2007 por Santo y seña. Ha traducido a autores como Hilda Doolittle, Robert Hass, William Carlos Williams, Philip Larkin y Breyten Breytenbach, entre otros. En 2013 publicó Poemas reunidos (1984-2012) en la colección Práctica Mortal del Conaculta.