8 octubre, 2018

¡Oh, Fortuna!

de Emiliano Álvarez | Reseñas

Carmina Burana. Cantos de goliardo y poemas de amor (Francisco Rico, editor y traductor). Madrid, Galaxia Gutenberg, 2018, 260 pp.


Los Carmina Burana —la pronunciación es “Cármina” (esdrújula); el artículo, masculino y plural— son un conjunto de poemas provenientes del codex Buranus, manuscrito del siglo XIII, hallado en el monasterio de Benediktbeuren, en Bavaria. Su variedad refleja el “gusto amplio” de su compilador, un monje anónimo: “Los temas y las formas de las composiciones son variados en extremo. Los poemas rítmicos alternan […] con los cuantitativos; los satíricos, amorosos y tabernarios no impiden la presencia de un puñado de canciones y dramas religiosos”.1 Al parecer, todos provienen de las actuales Francia y Alemania. Su lengua es, mayormente, el latín.

De lo anterior se desprenden consideraciones importantes. La así llamada Edad Media nos mete siempre en aprietos. Cubierta por un velo de ignorancia, es concebida como una época oscura. Pestes, guerras, hambrunas, estupidez. ¿Cómo podría haberse escrito buena literatura entre tanto desastre? Las que se consideran sus cumbres literarias son todas tardomedievales, y fueron escritas ya en lenguas vernáculas. Así, borramos la ingente poesía latina del medioevo, cuyo alejamiento se ve acrecentado por otra situación paralela: el latín medieval tampoco ha tenido muy buena prensa entre los eruditos. No fue sino hasta hace poco que surgieron más y mejores esfuerzos por atender esa vasta producción, sin la cual no podemos explicarnos el camino de la poesía a lo largo del tiempo.2 (Sin esa “música verbal”, medieval y latina, sería difícil, por ejemplo, comprender a fondo a Petrarca, Dante y Manrique.) La edición aquí comentada es uno de esos esfuerzos, y un ejemplo a seguir, por sus cualidades: su introducción —que podría presentarse por sí sola como un texto de divulgación fundamental—, su trabajo ecdótico y sus escasas pero invaluables anotaciones.

En segundo lugar está la distinción que Rico hace entre poemas “rítmicos” y “cuantitativos”. Para no detenerme en algo que él mismo explica, diré solo que un poema “cuantitativo” es aquel que tiene una estructura métrica regular —de acuerdo con los lineamientos latinos—, y un poema “rítmico”, aquel que no lleva un cómputo constante de pies, sino que se va anudando conforme una estructura intuitiva.

En tercer lugar, están los temas de este cancionero particular. La edición tiene por subtítulo Cantos de goliardo y poemas de amor. Ello se debe a que, lejos de incluir las más de 250 composiciones contenidas en el codex, nos presenta una entrañable antología que sigue dos ejes temáticos. Uno, el amor —espiritual y carnal—; otro, la vida y la visión de mundo de un personaje arquetípico de la cultura medieval: los goliardos, esos estudiantes pobres, parias urbanos, bebedores compulsivos, clérigos entregados a la mala vida y críticos mordaces del statu quo. Los poemas suelen alabar esos motivos tan poco solemnes. Para muestra, un botón: la primera estrofa de “In taberna quando sumus”:

In taberna quando sumus,           Cuando estamos en la taberna,
non curamus quid sit humus,         no nos importa qué sea la tierra,
sed ad ludum prosperamus,           sino que nos precipitamos al juego,
cui semper insudamus.             que es nuestro perpetuo desvelo.
Quid agatur in taberna,              Lo que se hace en la taberna,
ubi nummus est pincerna,           donde el dinero es copero,
hoc est opus, ut queratur:            esto sí que importa averiguarlo.
sed quid loquar, audiatur!            ¡Pero escuchad lo que os voy a decir!

O la quinta:

Bibit hera, bibit herus,                Bebe el ama, bebe el amo,
bibit miles, bibit clerus,              bebe el caballero, bebe el clérigo,
bibit ille, bibit illa,                  bebe éste, bebe aquél,
bibit servus cum ancilla,            bebe el siervo con la criada,
bibit velox, bibit piger,          bebe el activo, bebe el perezoso,
bibit albus, bibit niger,             bebe el blanco, bebe el negro,
bibit constans, bibit vagus,          bebe el constante, bebe el versátil,
bibit rudus, bibit magus.         bebe el rudo, bebe el mago.

Rico advierte que su traducción es literal; nos invita a leer el latín y a gozarlo en voz alta. Me regodeo, pues, en esta oración pagana, en este canto de bacante tabernera, en sus versos pareados, en sus pies machacones que me piden ponerme de pie y celebrar la embriaguez. Pero hay algo inquietante: “cuando estamos en la taberna, / no nos importa qué sea la tierra”. El alcohol, con su euforia fácil, nos aturde para olvidar que algo fúnebre nos llama. Por eso bebemos todos. Por eso esta invitación dionisiaca tiene un doble cariz rítmico: de rezo en el murmullo, de puro relajo al alzar la voz.

El poema tiene un ritmo tan marcado que su entonación latina, aunque trastabillemos, no resulta complicada. Con todo, creo que el lector iberoamericano echará en falta –aquí y en el resto del libro— una traducción de otro tipo, más “fiel” que “literal”.

Una mínima contribución a dicha causa:

Cuando en la taberna estamos,
ya de la tierra olvidados,
sólo nos importa el juego,
que es nuestro eterno desvelo.
Lo que se hace en la taberna,
donde sirve la moneda,
esto sí que importa verlo.
¡Oíganme! ¡Estén atentos!

Una mucho mayor expectativa de vida y la alienación en que vivimos nos han alejado de la inmediatez ansiosa del pasado. El carpe diem, el tempus fugit y demás tópicos latinos no significan nada si no dejamos escurrir algo de cera; si no nos permitimos ver de frente, con su lúgubre flama, nuestra fugacidad. Digo esto porque los Carmina burana, irreverentes y burlones, son un buen antídoto para nuestro fastuoso narcisismo. La danza de la muerte no ha acabado. La rueda de la Fortuna sigue su curso.



[1] Francisco Rico, en su “Invitación a la lectura de los Carmina Burana”, que hace las veces de introducción en este libro, p. 15.

[2] La desatención a la literatura medieval me recuerda a lo que, en México, hemos hecho con los tres siglos de virreinato, todavía la época más larga desde que diera inicio el violento mestizaje que nos convertiría en el país que somos. En ese sentido, son loables los esfuerzos por rescatar nuestra literatura colonial. Como ejemplo de ello, y por la emoción que me produce su reciente publicación, está la antología Entre frondosos árboles plantada, coordinada por Mar Gámiz, Jorge Comensal, Andrés Íñigo y Leopoldo Laurido.


Emiliano Álvarez Ciudad de México, 1987. Ha sido becario de la FLM y del FONCA. Desde 2011, es subdirector de La Dïéresis (editorial artesanal). En 2017, obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino por su libro Sólo esto.