1 octubre, 2018

Los derrotados (fragmentos)

de Jaime Reyes | Dossier

1
Van hacia atrás, atropellándose,
y nada sino la mueca del dolor en que se hallan les importa.
Semejantes a los amorosos no oyen, no ven, están llenos de polvo, de viejo miasma y de calor.
Bajo los muelles se reúnen a darse besos de lata y aserrín,
y se cogen las manos y bailan a la luz del alcohol
y cantan y creen en la vida, pero en nada creen, están solos, solos como ellos mismos.
Han dejado el cáncer en el cuello de sus padres, y, a veces,
en el sueño de gusanos que les llena se sobresaltan, gritan, se revuelcan;
pero al llegar el día buscan afanosos bajo las cloacas
y entonces se reconcilian con todo e intuyen que una vez más han ganado.
Son las víctimas, y porque desde el principio están vencidos
y lo saben y se burlan de los que creen ganar, son ellos los victimarios.
A nadie podrán vencer, lo saben también, y por ello desde el principio son los victoriosos,
los que siempre se salen con la suya, los estériles,
los que todo lo tienen porque nada pueden perder.
Nada les importa, están solos, son como locos, ensoberbecidos, gritando,
Aullando, encolerizados. Prendidos a la furia van secuestrando camiones,
levantan adoquines, atacan y casi en la victoria se sienten impotentes.
Lo saben. Saben que nada podrán hacer y por eso nada les importa.
Porque han descendido hasta el fondo de sí mismos y han encontrado infiernos,
desolación, bruscas risotadas de los que orgullosos se aman sobre la ciudad,
no se esfuerzan, conocen que todo es inútil y que nada se salvará.
Ellos tienen la certeza de la verdad cogida por el cuello, azotándola,
y en ella azotan a los amantes y a los que trabajan y a la buena gente
con su sombra de mierda tras la huella de sus hijos.
Roban, y saben que rogar es entregarse.
Asesinan, y saben que hacerlo es dar amor, el amor, el bendito fuego del arrasamiento.
Los derrotados abren la boca para recibir veneno,
abren los brazos para recibir cadáveres de arena
y se sienten felices, insoportablemente felices.

3
Y cuando ellos vieron y oyeron no dijeron nada;
ni siquiera se movieron;
pero sí voltearon sus ojos y los movieron hacia todos lados.
Al lado de ellos, sus hijos los miraron
y tampoco dijeron nada
y sus miradas no decían nada,
sus miradas estaban transparentes
y ellos seguían atrás de sus padres
y sus padres sintieron como si alguien clavara un clavo en sus carnes,
pero no se movieron ni dijeron nada ni lloraron siquiera
ni recordaron las pisadas de los batallones dentro de sus cabezas
asesinando gente impunemente y pregonando la paz.
Lo único que oyeron fue sus dedos al rozar los botones,
prender la radio y oír las noticias.
Pero nada dijeron, nada pidieron que evitara la matanza.
Y los jóvenes, astrosos y melenudos,
se escondieron bajo los puentes, a orillas de las carreteras,
frente a los durmientes en las estaciones,
y se llenaron de polvo y agua de cloacas
y después se fueron haciendo blandos, transigentes e iguales,
hasta que aceptaron el orden establecido
y sus carnes, vestidos, modo de hablar y actitudes fueron
fuente de ingresos para el turismo y el presidente los aceptó
y premió a algunos de ellos y ellos se sintieron felices,
volviendo a reptar por las calles, a la luz del día.


Jaime Reyes Ciudad de México, 1947 – 1999. Poeta, autor de libros como Isla de raíz amarga, insomne raíz (1976) y La oración del ogro (1984). Obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia en 1977 y el Premio Nacional de Poesía otorgado por la Universidad Autónoma de Zacatecas en 1983.