15 octubre, 2018

Un desliz de la respiración

de Reina María Rodríguez | Inéditos

La cabaña

I

Junto a los pilotes donde estuvo
la cabaña de Thoreau
hay un vacío
y la laguna azul
es fría.
No me puedo agachar ya
y haces un cuenco con las manos
para lavar los restos de un helado
que por el sendero avanza
entre mis dedos bajo el sol,
derritiéndolo.
Me parece un azul de siglos,
un azul íntimo: infinito
que promete el verano que vendrá
indiferente
a la inscripción que muere
en la piedra
donde me apoyo para sostener apenas
un cuerpo erguido,
y hubo algo allí:
un desliz de la respiración
entrecortada
o un ritmo insuficiente
donde todo termina.

Recostada al árbol
que pudiera ser un jacinto pelado,
las botas se resbalan sobre trozos de nieve
en reserva de un frío mayor
que ya pasó sobre nosotros,
rindiéndonos.
Han sido sólo cuatrocientos metros —dices—,
para convencerme de la veracidad
de una distancia corta,
alargada en la mente
y relativa siempre de lo real.
Pero no es cierto.
Han transcurrido kilómetros desde
donde el jacinto florece para ti,
en la ventana de un comedor ajeno:
una familia, un perro
y donde el pájaro
depredador de una confianza,
por un momento confió en nosotros
cuando retrocedió,
pero no pudo acostumbrarse a su sombra:
porque tal vez no era un jacinto
ni un último azul el de sus alas
tiesas en la maceta ni mucho menos,
un amor.

II

Habías llorado sobre la vainilla
que recorría el sendero
con su hilo depredador
y el agua de la laguna muerta
sacrificando
aquel vuelco del pasado,
con el susto contra el estómago:
de un barquillo espumoso
cayendo
contra lo que no podrá ser.


Otro dique

El principio del hombre fue el mar salino…
Charles Olson, Llámenme Ismael

No es el dique del Pacífico
lo que habrá que romper
—no hay después,
y ahora sólo pienso en el después
cuando no hay dique ya.
Sólo esta obsesión de volver
como si regresar fuera morir
para adentrarme en el mar
(de la calamidad)
de donde nunca me fui
y navegar
hacia un puerto
donde las Ítacas
no vuelvan a confundirme
y su persecución
termine.

He perseguido sin razonar
cosas imposibles.
He puesto un tabique luego
para contenerlas:
personas que se atropellan
con tanta fragilidad
que el corazón no aguanta
y van agarradas a uno,
hundiéndonos.

No es un mar,
sino la densidad
que la visión oscurece
creando lo que va a suceder,
lo que vendrá:
pedazos sueltos de hielo
—de historias—
que flotan
obsesivamente
a la deriva
y no pueden unirse
por más que lo pretendan
cuando la conciencia
les proporciona moverse
resistir,
pero no cambiar.

Vuelvo a recoger
trozos de nieve que van a caer
con su avalancha
con alguna promesa
incumplida
sabe dios dónde
por hombrecitos
que no patinarán sobre mí
ambiciones
nunca más.


Reina María Rodríguez La Habana, Cuba, 1952. Ha recibido el Premio Casa de las Américas en 1984, el Premio Nacional de Literatura en 2013 y el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda en 2014, entre otros. Es autora de títulos como Para un cordero blanco, En la arena de Padua, Páramo, La foto del invernadero y Bosque Negro.