Ramón López Velarde regresa a la Ciudad de México (2)

Al poco de llegar a la gran metrópoli, el poeta busca a conocidos y amigos que trató durante su primera estancia, de finales de marzo de 1912 a mediados de febrero de 1913. Muy pronto se le verá en el estudio de Saturnino Herrán, en la calle de Mesones 82. El pintor aguascalentense se ha ido forjando poco a poco un nombre, en medio de una generación brillante, donde habrán de figurar José Clemente Orozco, Diego Rivera, Ángel Zárraga, Roberto Montenegro y otros más.

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Ramón López Velarde regresa a la Ciudad de México

Proveniente de San Luis Potosí, el joven abogado Ramón López Velarde llega en tren, la noche del jueves 10 de enero de 1914, a la Estación de Colonia de la Ciudad de México. A diferencia de otros puntos del país, la capital goza de tranquilidad y bullicio. Los banquetes en honor al general Huerta, “el salvador de la Patria”, son noticia frecuente en los diarios. El 24 de diciembre, el asesino intelectual de Madero y Pino Suárez celebró su cumpleaños número 62 en un salón-comedor de Palacio Nacional donde, en un momento estelar de la noche, José Juan Tablada dedicó al usurpador estas palabras: “Se evocan de Cuauhtémoc la figura / su alma y su faz de bronce, no en vano / pues renovaste su épica bravura / al triunfar en Bachimba y en Rellano.”

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Poesía, donde se la encuentre

Borges descubrió la historia y el epitafio de Droctulft en cierta página del libro La poesia de Benedetto Croce. Busqué ese libro por años; al fin, mi esposa Celina y yo dimos con él en una librería de Roma, cerca o dentro de la estación Termini, hacia fines de octubre de 2010. Diez días más tarde, creo, encontré la Historia Langobardorum de Pablo el Diácono, en un reducto de Asís, al lado de los ciertamente insulsos Fioretti de San Francisco. Como sea, siempre quise saber más sobre el animoso y transfigurado guerrero Droctulft…

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Anne Carson. Haz una glosa con eso

Lo moderno, escribió la crítica francesa Marthe Robert, no es una cuestión de edad. En cuanto a lo nuevo, muy pronto será vetusto si no explicita a fondo qué lo fuerza a romper con la tradición. La frase recuerda —contra el apuro de las modas— que el arte es y ha sido siempre, al menos desde el primer trazo humano en las cavernas, un palimpsesto (una constante recreación o “decreación”), y que la calidad de una obra suele coincidir con la profundidad de campo de sus referencias.

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Poesía y rock en lenguas originarias: Vayijel

Cuando le dieron el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, en 2016, estuve de acuerdo parcialmente. El cuestionado premio buscaba otra ruta, un respiradero, una salida y variedad más allá de la literatura. Mi indecisión se debía a que considero que la poesía de Silvio Rodríguez es superior a la de Dylan. Pero Silvio es cubano, lo cual limita y afecta el sentir generalizado en una sociedad que se proclama plural pero es capitalista —así es la debatida democracia: simulación de muchos matices—.

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La ruta múltiple de Elsa Cross

La obra poética de Elsa Cross es amplia y compleja. Abarca no sólo su propia creación, sino una serie de hallazgos que, tanto en su trabajo de traducción como en sus ensayos, revelan una pertinaz preocupación: en un principio, por establecer puentes, y más allá, por explorar caminos inéditos y en ocasiones peligrosos, en los cuales se ha internado para conferir, a través de la palabra, realidad a lo inexistente.

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La traducción de poesía como tiempo soberano

Cada vez que he de escribir algo relacionado con la traducción releo “La tarea del traductor”, de Walter Benjamin; es uno de los textos más extraños que conozco, nunca parece el mismo: ese modo de hablar extremadamente abstracto que, sin embargo, se compone de palabras tan fuertes y consistentes, tan materiales, de metáforas tan precisas y directas. Desde hace años, la lectura en estos casos se me ha duplicado y releo también el ensayo de Paul de Man sobre “La tarea del traductor”, que tiene efectos similares aunque su lengua asuma tanto poder analítico.

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Para encarar la oscuridad

Cada cierto tiempo retorna la pregunta por la pertinencia social de escribir poemas.

Preciso: escribirlos según el personal albedrío, no de acuerdo a determinada coacción política o religiosa, pues los poemas que se ciñen a la descripción del mundo postulada por este o aquel credo siempre son aplaudidos como espléndidos por los devotos del credo tal.

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Un balance mal urdido. Diminutivo y plegaria en Olvido García Valdés

El humanismo occidental, en todas sus variantes (neo-estoica, neo-platónica, racionalista, idealista), puso el listón alto. De ahí la constante proliferación, intensificada en la era contemporánea, de humanismos disminuidos —la criatura in-soberana (Benjamin), la vida desnuda (Agamben), el yo subalterno (Spivak), el sujeto finito (Nancy)— en todas las tradiciones enraizadas en dicha ilusión cultural, especialmente en aquellas contaminadas por el materialismo antropológico de Nietzsche y Heidegger.

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