16 noviembre, 2021

Un Charly para todos

de María del Mar Ramón | Ensayos

El pasado 23 de octubre fue el cumpleaños 70 de Charly García, cantante, poeta, leyenda, compositor, multiinstrumentalista, semidios, tragedia y épica de la Argentina. A través de los ojos de Charly García existe gran parte de la historia contemporánea del país: el miedo y la resistencia metafórica de los años de la dictadura —“Estamos en la tierra de nadie, pero es mía./ Los inocentes son los culpables, dice su señoría”—, la primavera, inspiración y libertad democráticas —los hermosos discos Clics modernos, Piano bar y Cómo conseguir chicas—, y la decadencia ostentosa de los noventas del Say No More y La hija de la lágrima.

Si ese fin de semana sonaron canciones de Charly en todas las esquinas, en todos los escenarios y en todas las fiestas, es porque Charly es una parte inescindible de esta tierra. Hijo y padre de la música y de la extraña manía que tiene Argentina de inventar mitos y narrárselos una y otra vez, Martín Rodríguez lo describió así en su columna de la revista Panamá: “Tenía tanto cuerpo que nos quitaba el nuestro. Charly no inventó el aparato crítico con el que debió ser escuchado. En eso no se parece a Borges. Lo que leemos sobre Charly es una invención que él no domina ni así lo pretende. Tampoco ‘describió’ la sociedad. Simplemente nació enchufado a ella. En eso sí se parece a Borges: puede ser enterrado en Ginebra o el Central Park, pero si pasás el Himno Nacional al revés suena Eiti Leda.”

Parece una obviedad, pero no hace falta ser argentina ni vivir allí para entender o entregarse a Charly. Tampoco hace falta ser mexicana para llorar con Juan Gabriel. Ambos son, a su manera, en sus momentos y productos de su cultura, esencialmente poetas. La poesía buena emociona y conmueve. La poesía buena es un gozo, un instante de éxtasis, y no se emociona a nadie siendo predecible. Parte de lo que hace a la buena poesía constituye un factor de sorpresa: que las palabras se escondan en un lugar inesperado y corten la respiración.

Soy muy nueva en el universo de Charly García. No soy argentina y en mi casa no estaban los casettes de Sui Generis, ni poníamos a Serú Girán cuando emprendíamos el viaje familiar en vacaciones, pero Charly es mucho más que la memoria emotiva. Y me atrevería a decir que escucharlo por primera vez —desprovisto de contexto, despojado de sí mismo y de las miles de imágenes de él mojado de lluvia en sus conciertos, de sus declaraciones explosivas, de su estrecho vínculo con la realidad argentina, un Charly flaco y empalidecido, un Charly que saltaba del piso nueve de un hotel en Mendoza—, es una experiencia especialmente singular. Charly sin Charly sigue siendo Charly.

Hay discos como Piano bar que, escuchados enteros, son un golpe y un abrazo en el universo García, una introducción a algo más que canciones sueltas, buenas y pegadizas. Se trata de una introducción a obras conceptuales y complejas. Ahí está, por ejemplo, la canción “Total interferencia”, que culmina todo el recorrido emocional y afectivo del álbum, pasando por aquello de “Nos gustaban las canciones de amor, / nos gustaban esos raros peinados nuevos” y por aquella pregunta, íntima y frustrante: “¿por qué no te animás a despegar?” Entonces se llega a esa última canción, y ahí el verso es la melodía. Cuando una espera que la canción baje, algo pasa con la música. Algo se eleva sin advertirlo mientras Charly canta “pa-ra-vi-vir” y el gozo se hace presente. ¿Cómo puede un artista lleno de letras brillantes componer también melodías que erizan la piel? ¿Cómo puede alguien registrar, traducir e interpretar la tristeza, el miedo, la angustia y la belleza?

Finalmente, lo que hace a un “artista popular” tiene mucho más que ver con la capacidad de síntesis que con una especie de folclor. La imagen clara, sofisticada y sencilla que logra Charly en sus letras excede las odiosas convenciones de consumo cultural de la clase social. Hay un Charly para todas y todos porque todas y todos podemos entenderlo; podemos entender lo que queramos de él, pero ya nos habrá dado algo. Está el Charly que dice “estás buscando direcciones en libros para cocinar” de “Superhéroes”, o el Charly que es capaz de componer “la fiebre de un sábado azul y un domingo sin tristeza” de “Viernes 3am”, un tema que Pedro Aznar (quien hacía parte de Serú Girán, la banda con la que lo tocó) dijo alguna vez no poder ensayar sin llorar. Un tema que cuando Charly lo cantó en el Unplugged, ese Charly excesivo e insoportablemente lúcido, dijo a manera de prólogo antes de empezar con el piano: “Por favor, lloren”. Hubo un Charly capaz de cantarle a su propia muerte cuando era un poco más que un niño: ​​“Te suplico qué me avises/ si me vienes a buscar. / No es porque te tenga miedo, / solo me quiero arreglar”.

Por supuesto que también hay un Charly casi excesivamente argentino, que cantó el himno nacional versión rock y que dice “Sentir hasta resistir, el karma de vivir al sur”; que mete bandoneones y tangos, y que después da vuelta con un sintetizador, un piano y un disco enteramente grabado en Nueva York. Pero si los poetas conmueven y los cantantes populares capturan una esencia y logran una síntesis, Charly es las dos cosas en su máxima expresión, y por eso se trasciende a sí mismo, a su país, a su propio mito local e incluso a su idioma. ¿Por qué? Porque cualquiera que se haya enamorado sabe que un amor real es como vivir en aeropuertos, y eso se puede traducir a cualquier lenguaje sin perder su universalidad. Pero no todos lo pudimos decir, y menos pensar. Solo Charly.


María del Mar Ramón / Bogotá, Colombia, 1992. Autora de la novela La manada (Planeta, 2021) y del libro de ensayos Coger y comer sin culpa, el placer es feminista (Planeta, 2019). Es columnista de Vice en español y ha escrito en diversos medios latinoamericanos, como PlayBoy Colombia, Latfem y Página 12. Participó de la antología de cuentos Cuerpos (Seix Barral, 2019). Vive en Argentina desde el 2012.