16 noviembre, 2021

Yo: una más entre las cosas

de Moriana Delgado | Reseñas

Rebeca Leal Singer, Oscilo entre ver mi teléfono y verte a ti, Valparaíso Ediciones, Madrid, 2021, 66 pp.

Le pregunto cuál es el título y la respuesta me causa estragos de inmediato. Oscilo entre ver mi teléfono y verte a ti (Valparaíso, 2021), primer poemario de Rebeca Leal Singer (Ciudad de México, 1994), encuentra un modo de reconciliar la mirada bifurcada. Cuando pronunció el título, comprendí que había formas distintas de atender la misma oración de manera semántica; para ella, este oscilar a manera de péndulo humano era una nueva forma de mirada exhilarante y bipartita; para mí, la descortesía inherente de salir con cualquier chico en su momento. “La técnica no es ni buena ni mala”, dice Didi-Huberman en el segundo epígrafe del poemario, “depende de lo que se hace con ella”. ¿Cómo leer, entonces, el título? ¿Acaso el libro me mira a mí, lectora, a medias? ¿Será que la voz en realidad se refiere a sí misma en segunda persona? O será que no toda mirada indica algo; que solo implica eso: el malabar de sostener ambos mundos en dos ojos.

El libro abre con el poema “Selfie” que a su vez abre con un espejo, como si lo primero que viéramos fuera nuestro rostro compungido en un ángulo desfavorable. Este yo, o self, un anglicismo de carne y estructura ósea del cual deriva el neologismo para autorretrato fotográfico, también es un pronombre reflexivo que casi siempre funciona como objeto directo o indirecto al interior de un sintagma. Me imagino al self frente a un espejo, tratando de tomarse una selfie, creándose a sí mismo en el reflejo así como se desdobla y se crea en el lenguaje.

El yo lírico de Leal Singer indaga su origen en las rebanadas ultradelgadas de las papas fritas, en el léxico familiar, en las sillas acapulco, incluso en el inicio de la relación entre Grimes y Elon Musk (mientras escribo esto, leo en Twitter que se han separado). En ese mismo poema, “El Basilisco de Roco”, la voz admite su cometido:

Ojalá fuera un poema sobre inteligencia artificial
verdaderamente inteligente y malvada,
sobre computadoras vivas y tenebrosas
y no sobre yo despierta

Más allá de la idea de identidad en términos de herencia geográfica que el poemario a veces reconsidera, la proveniencia de la voz lírica sucede en la fisura de realidades. De ahí la conciencia de su estructura poética, el yo convertido en ficción, en artificio autorreflexivo. Luz sobre la pantalla: “Entonces una lágrima voló por mi cara y aterrizó/ en la pantalla agrietada de mi teléfono”.

Entrar a la última parte del poemario es como entrar a una tienda de antigüedades en la que los objetos en los estantes, es decir en los poemas, recrean la nostalgia de algo que alguna vez fue tendencia y novedad. “Lo que pasa es que nos sentimos solitarios viviendo entre las cosas”, dice Liesel Mueller en el primer epígrafe del libro. La colección asume su voluntad curatorial: una casa en la cual los objetos se vuelven protagónicos, quizá por el eco que refractan cuando la voz los considera y colecciona:

Lámpara Tiffany:
la habían encontrado.
Lámpara Tiffany:
en una vieja y triste tienda de antigüedades.
Lámpara Tiffany: la compraron.
Lámpara Tiffany: yo compré una también.

La voz, vulnerable a ratos, vívida siempre, transita por el libro en un eterno buscarse y hallarse, entre esa íntima muestra de vitrina: objetos que retienen nuestra mirada, significan por su desuso, y cargan en su obsolescencia una forma de belleza. Quizá uno de los triunfos de la voz es que, a lo largo de esta indagación entre lámparas, sillas, y espejos, dialoga con el lector, recreando una suerte de conversación que oscila entre hablarnos y hablarse, vernos y verse a sí misma.

El libro de Leal Singer logra su visión: entrar y asir ese intersticio liminal, encontrarnos partidos y repartidos como astillas de conciencia que se encajan a las cosas. Quizá sea inevitable mirar pantallas, pero el mundo bidimensional no tiene mucho sentido si no podemos regresar al mundo de lo tangible, aunque después de leer el libro de Leal Singer, reconsidero qué es lo táctil: qué tan lejos de nuestra mirada está el mundo en el que nuestra piel es piel y no píxel color piel. La búsqueda del libro, si es que se puede hablar en términos de búsqueda, no es por el origen en sí, sino por lo que origina la fisión del yo: ese manto de ficción que vestimos, y que a la hora de encontrarnos en un espacio intermedio, somos y no somos, como las cosas —conciencias con alma de objeto.


Moriana Delgado / Ciudad de México, 1993. Estudió Letras Inglesas en la UNAM. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Programa Jóvenes Creadores del FONCA. Actualmente estudia en el Taller de Escritores de Iowa (Estados Unidos). Además de escribir poemas, le interesa el mandarín en su forma simplificada.