5 julio, 2021

Ramón López Velarde y sus contemporáneos

de Vicente Quirarte | Ensayos
Manuscrito de «El sueño de los guantes negros», página 2

Año de 1888. A la una de la mañana del 15 de junio nace en la ciudad de Jerez, Zacatecas, José Ramón López Velarde Berumen, hijo de José Guadalupe López Velarde y María Trinidad Berumen. En Lisboa nace Fernando Pessoa el 13 de junio; en Madrid, Ramón Gómez de la Serna el 3 de julio; en St. Louis, Missouri, Thomas Stearns Eliot el 26 de septiembre; Thomas Edward Lawrence, en Gales, el 16 de agosto; el 14 de octubre viene al mundo Katherine Mansfield, en Wellington, Nueva Zelanda, y en un hotel de Nueva York, Eugene O’Neill el 16 del mismo mes.

México se encuentra al final del segundo periodo del gobierno del general Porfirio Díaz. Tras reformas a la Constitución de 1857, es reelecto para una tercera administración el 1° de diciembre de 1888. Zacatecas es gobernado por Marcelino Morfín Chávez. Federico Gamboa publica su libro de cuentos Del natural y Rubén Darío Azul, obra fundamental del modernismo hispanoamericano. El físico alemán Heinrich Hertz (1857-1894) descubre las ondas electromagnéticas, en su honor llamadas hertzianas. Guillermo II ocupa la corona de Alemania.

Ramón López Velarde muere de neumonía, el 19 de junio de 1921, cuatro días después de haber cumplido los 33 años. De los escritores antes mencionados, fue el primero en abandonar este mundo. No todos los autores nacidos el año de nuestro Ramón escribieron en verso, pero sí lograron hacer del lenguaje una navegación en que la “aventura y el orden” marcaron una nueva pauta. Desde su respectiva trinchera, todos modificaron de una vez y para siempre el género en que mejor se encontraron. Incluso el legendario Lawrence de Arabia, aunque fue autor distinguido del libro Los siete pilares de la sabiduría, logró trascender más por el genio de su vida, al hacer de sus acciones aventuras ejemplares. “He was a poet, a philosopher and a mighty warrior”.(Fue un poeta, un filósofo y un guerrero poderoso).

De los siete escritores nacidos en 1888, una era mujer, nacida Kathreen Beaumont. Llegó al año 35 de su edad, antes de que una enfermedad de los pulmones, en este caso la tuberculosis, la arrancara del mundo. Lo dejaba tras haber escrito algunos cuentos perfectos que modificaron el arte de narrar, bajo el nombre de Katherine Mansfield. Dos autores fueron premios Nobel: Eugene O’Neill, el primero concedido a un dramaturgo, y T. S. Eliot, por haber modifidicado el pensamiento poético y crítico en lengua inglesa. Dos de ellos, Fernando Pessoa y T. E. Lawrence, murieron a los 47 años, en 1935, mientras Ramón Gómez de la Serena lo haría en 1953, a los 65 años. El más longevo fue Eliot, que murió en 1963, a los 75 años.

Los poetas no tienen biografía. Tienen destino, subrayó León Felipe. Lo demuestra López Velarde, quien se afanó, en sus versos, por desempeñar su propia aventura y así tratar de vivir “la formidable vida de todos y de todas”. Junto a sus contemporáneos Eliot y Pessoa, buceó en su “interior de hombre” y supo hacer de los pequeños cuidados de cada día la pequeña e ignorada obra maestra. Escribe Eliot en la “Canción de amor de Alfred J. Prufrock”, aquí en traducción de Rodolfo Usigli:

¿Me atrevo
a perturbar el Universo?
En un minuto hay tiempo
Para decisiones y revisiones que un minuto trastocará.
Porque yo las he conocido a todas ellas,
He conocido las noches, las mañanas, las tardes,
He vaciado mi vida con cucharillas de café;
Conozco las voces que mueren en un diminuendo
Al fondo de la música en un cuarto alejado.
Así, ¿cómo pudiera yo atreverme?

Y responde con semejantes interrogantes el Fernando Pessoa-Álvaro de Campos, de “Tabaquería”, en versión de Rodolfo Alonso:

Seré siempre el que no nació para eso;
Seré siempre sólo el que no tenía cualidades;
Seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta
Al pie de una pared sin puerta
Y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
Y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.

*

Asomarse al álbum fotográfico de un autor, ver sus primeras imágenes, equivale a conjeturar lo que será el futuro de cada uno. “El niño es el padre del hombre”, escribió William Wordsworth. Sin embargo, nada parece turbar el edén de la ciudad de Wellington donde aparece la niña regordeta Kass y el niño Ned en compañía de sus hermanos. Un Pessoa de 13 años ya muestra el gesto hierático que caracteriza sus futuros retratos.

Las cartas y las fotografías integran la biografía incómoda, el testimonio que a veces no se quiere. Baste recordar aquellas imágenes prohibidas por Ernest Hemingway donde luce una gran sonrisa después de haber matado a un león. Katherine Mansfield detestaba la fotografìa tomada de ella en 1917.

Son notables las cartas enviadas por el niño Baudelaire a su madre. Notables por lo que dice y cómo lo dice, porque lo admirable es que no hay prácticamente errores gramaticales en ellas, y todo es elegancia. “Lujo, calma y voluptuosidad”, exigiría el poeta francés.

Ha llegado hasta nosotros una fotografía de López Velarde, tomada a los dos años de su edad, es decir en 1890, donde es notable la fuerza de su mirada, la agudeza y la ironía con la cual observa la vida que comienza. Es como si advirtiera la llegada de la prima Águeda o las caricias hechas por Fuensanta al practicar el para ella inocente juego del baño, que el poeta conservará y transformará en su personal alquimia.

“Padre soltero de la poesía mexicana”, llamó Hugo Gutiérrez Vega al poeta Ramón López Velarde (1888-1921). En efecto, López Velarde no engendró hijos, pero cada día aumenta el número de quienes pretenden ser sus herederos, como se multiplica el número de estudios y lecturas de su vida y de su obra. Gracias a las pesquisas de Elena Molina Ortega y de Samuel Noyola Vázquez, tenemos el privilegio de leer una carta infantil del poeta, en que da testimonio de su primera estancia en la capital. La epístola está fechada el 22 de febrero de 1896, es decir, cuando el poeta estaba por cumplir ocho años de edad.

Ser. Lic. Dón
Guadalupe López Velarde
i doña Trinidad Verumen
De López Velarde

MIS MUY  amado papsasito i mamsita

con mucho e resivido y acavamo de rrevir sus muy finos rengloncitos que acavo de resivir perdone la repetición grasias a Dios yo estoy sin novedad no e salido a pasiarme a ninguna parte pues mi tio Don Pascual sigue con el dolor como usted sabe rrara vez puede salir no estoy en México si no en el puente de santana pues rrara vez salgo al centro de la capital ayer tuve una visita i jugamos toda la tarde aparte de la noche pues aun se fue llorando i yo me quede triste i para divertirme me puse a jugar al toro me acosté i dormi muy agusto grasias a Dios tengo muhos deseos de verlo tanto a ustedes como a mi tillena i mis hermanitos mandanme mi vendisión.

La carta no tiene puntuación. El uso del polisíndeton se alía a la urgencia de comunicarlo todo de manera simultánea, así como la vivencia infantil de regresar a las raíces de la tribu original. Sin decirlo de manera abierta, el niño expresa su nostalgia de la casa familiar y su necesidad de reintegrarse a ella lo más pronto posible.

López Velarde pudo haber hecho suya la frase de Baudelaire: “el genio no es más que la infancia recuperada a voluntad”.  Como el poeta francés, el mexicano quiso prolongar su infancia, extenderla más allá de sus límites cronológicos. El poema “Ser una casta pequeñez” expresa el deseo del niño por permanecer en ese estado donde realidad y deseo son una sola entidad. El adulto Ramón desea regresar a esa etapa de inocencia y ser de nuevo “la frente limpia y bárbara del niño”. Sin embargo, el drama surge cuando la idea determina su condición sensual: “mi experiencia licenciosa y fúnebre” clausura toda idea de inocencia y deja al poeta en una situación trágica, en esa zona donde naufraga la persona y surge el poema.
 

Ser una casta pequeñez…

      A Alfonso Cravioto

Fuérame dado remontar el río
de los años, y en una reconquista
feliz de mi ignorancia, ser de nuevo
la frente limpia y bárbara del niño…

Volver a ser el arrebol, y el húmedo
pétalo, y la llorosa y pulcra infancia
que deja el baño por secarse al sol…
Entonces, con instinto maternal,
me subirías al regazo, para
interrogarme, Amor, si eras querida
hasta el agua inmanente de tu pozo
o hasta el penacho tornadizo y frágil
de tu naranjo en flor.

Yo, sintiéndome bien en la aromática
vecindad de tus hombros y en la limpia
fragancia de tus brazos,
te diría quererte más allá
de las torres gemelas.

Dejarías entonces en la bárbara
novedad de mi frente
el beso inaccesible
a mi experiencia licenciosa y fúnebre.

¿Por qué en la tarde inválida,
cuando los niños pasan por tu reja,
yo no soy una casta pequeñez
en tus manos adictas
y junto a la eficacia de tu boca?

*

Una fotografía tomada en 1921 muestra a Eugene O’Neill de pie, vestido de oscuro, el gesto serio, cuando había recibido su segundo premio Pultizer tras la producción de su obra Anna Christie. La segunda lo muestra, ya maduro, en 1946, es decir, a los 58 años.  Aparece sentado, tan meditabundo como en la primera, pero vestido con un traje claro. Los años acumulados nos hacen ir en busca de la claridad, la juventud pasada. Ramón López Velarde llegó al fin de sus días terrestres en 1921, para ser fiel a la oración enunciada en su poema “Gavota”:

Señor, Dios mío, no vayas
a querer desfigurar
mi pobre cuerpo, pasajero
más que la espuma del mar.

La fotografía de O’Neill joven lo muestra vestido de oscuro, austero y sombrío, vestido “de temible luto ceremonioso”, como aparece el joven López Velarde y el joven Pesosa. En la época en que vienen al mundo todos querían aparentar mayor edad de la que en ese momento tenían, como muestra el gesto inocente y ya maduro del adolescente T. S. Eliot.

*

Los grandes solitarios son grandes caminadores, escribió Gaston Bachelard. En su adolescencia, T. E. Lawrence recorre a pie el territorio que entonces era Siria. Las fotografías más conocidas de Fernando Pessoa lo representan presuroso, blindado en su gabardina y armado de su sombrero y sus inseparables, inevitables, necesarios anteojos, lo último que pidió en su lecho de muerte. Si creemos en la leyenda, López Velarde enfermó de pulmonía por recorrer a pie y sin abrigo la distancia entre el centro de la capital y su casa en la entonces avenida Jalisco. Todos vivieron una época en que la máquina aceleraba de modo inverosímil las potencias humanas. Lawrence viajó desde el camello hasta el Rolls-Royce blindado; supo del tren militar inmortalizado en la Revolución; la velocidad terminó por ser la droga más poderosa de Lawrence, quien moriría a bordo de su motocicleta; Pessoa abordó varias veces el tranvía amarillo que lo llevó por las colinas sinuosas de su natal Lisboa. El joven O’Neill confiaba en la fuerza de sus músculos para impulsar su kayak. Pero en conjunto fueron caballeros andantes que hicieron de la locomoción bípeda “su forma de estar solos”, como sentenció Pessoa.

*

Thomas Steans Eliot era en 1948, año en que recibió el Premio Nobel de Literatura, la figura más importante de la poesía y el pensamiento crítico en lengua inglesa. El mundo acababa de salir de una conflagración planetaria, y Eliot había dejado testimonio de sus efectos desde la estrofa inicial de “Burnt Norton”, en la aproximación de José Emilio Pacheco:

El tiempo presente y el tiempo pasado
Acaso estén presentes en el tiempo futuro.
Tal vez a ese futuro lo contenga el pasado.

*

“Mi verdadera obra maestra es el hijo que no tengo”, concluye López Velarde en uno de sus poemas en prosa más conocidos. Tampoco Pessoa ni Lawrence pensaron nunca en reproducirse. Katherine Mansfield se afanó todo el tiempo en ser madre, sin lograrlo. Sus embarazos fueron más mentales que físicos. Esta tarea de reproducirse no estuvo cerca de las ambiciones de nuestros autores. O’Neill tuvo tres hijos, peo el destino de ellos resultó tan trágico como los de los personajes del autor. Esta inminencia, este a punto de, siempre parece haber perseguido a nuestros autores, como si la rugosa realidad —la frase es de Rimbaud— fuera inferior a la imaginación.

*

Al principio de su libro central, Los siete pilares de la sabiduría, Lawrence escribe un texto único en la historia de la literatura, pues se trata de un poema de amor que abre un libro de memorias de guerra. El 1º de marzo de 1920, Pessoa escribe su primera carta a Ofelia Queiroz, donde establece una especie de poética cuando dice que “todas las cartas de amor son ridículas”. El romance epistolar continúa, pero más tarde el poeta le confesará: “Queda por saber si el matrimonio, el hogar (o lo que sea), son cosas que sean compatibles con mi vida de pensamiento. Lo dudo. Por ahora, y en breve, quiero organizar esa vida de pensamiento y de trabajo mía”. Por su parte, López Velarde escribe: “Soy, en verdad, indigno de la mujer sana porque estoy contagiado de la enfermedad de mi tiempo: la pecaminosa inquietud. Y la mujer sana es, para nuestra inquietud rastrera y sin esperanza, como una flor que se concediese al lodo. Porque nuestra inquietud no es la del mancebo sobre quien gotea la cera ardiente de Psiquis. Vamos sin rumbo, solicitados por imanes opuestos, y si una gota de cera nos da el éxtasis, la otra nos quema con lumbre sensual.” Y Gómez de la Serna concluye: “La mujer representa a mi lado el idilio porque el idilio es imprescindible para la tranquilidad creadora. Durante cuarenta años no ha habido noche en que no descanse mi mano sobre el arco pomposo de la mujer, ese otero o alcor que es la cadera femenina enarcada en el sueño”.

*

Aunque en su libro The Life of Katherine Mansfield, Antony Alpers se refiere a las revistas literarias como “pirotecnia de juventud”, no deja de reconocer la trascendencia que tienen para tomar el pulso de una época. El estado de una sensibilidad. En abril de 1912, Katherine se convierte en editora de la revista Rhytm, de su amante J. M. Murry. Aún casada, la autora da muestra de una gran liberalidad, y a sus 24 años se descubre una escritora segura de sí misma, de su talento y su poder de seducción, características todas que provocarán los celos de Virginia Woolf, a la que conocerá en 1917. En abril de 1915, después de largas expectativas por establecer un manifiesto y una poética que otorgue a los autores portugueses su lugar en el mundo, aparece en Lisboa el primer número de la revista Orpheu. En 1916 se publica en México la revista de actualidades Pegaso, dirigida por tres poetas: Enrique González Martínez, Efrén Rebolledo y Ramón López Velarde. En su número inicial, en la primera página, López Velarde publica su crónica “Avenida Madero”, calle donde se encontraba la revista. En la primavera de ese mismo 1916, Lawrence es responsable de los primeros números del Boletín Árabe. En 1922, mismo año de la publicación de Ulises de James Joyce, Eliot funda la revista Criterion, que habría de convertirse durante mucho tiempo en eje de la crítica literaria.

*

En marzo de 1914, en su casa de la Rua Passos Manuel, en una alta cómoda, Pessoa “escribe… en una especie de éxtasis, cuya naturaleza nunca sabrá definir, treinta y tantos poemas de una sola sentada” (Joao Gaspar Simoes, p. 151). Cinco meses antes del estallido de la Primera Guerra, había nacido Alberto Caeiro, y con él los poemas de “El guardador de rebaños”, algunos de los más citados de su autor. Gómez de la Serna tenía su lugar predilecto en el café del Pombo, y la importancia que concedía a su espacio de trabajo se aprecia en la acumulación de imágenes y objetos que guardaba en su torreón de la calle de Velázquez. La Academia Mexicana de la Lengua conserva el original del poema de López Velarde “El sueño de los guantes negros”, donde es posible examinar el método de trabajo de nuestro poeta: sabía qué quería decir pero no había encontrado la palabra justa, causante de los desvelos de Flaubert.


Vicente Quirarte / Ciudad de México, 1954. Es doctor en Literatura Mexicana por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua e integrante de El Colegio Nacional. Su obra incluye libros de poesía, narrativa, teatro, crítica literaria y ensayo histórico. Su poesía reunida fue publicada en 2000 por la UNAM bajo el título Razones del samurai. Otros libros suyos son Peces del aire altísimo, Invitación a Gilberto Owen, Vergüenza de los héroes, Sintaxis del vampiro, Fantasmas bajo la luz eléctrica, Elogio de la calle y México. Ciudad que es un país. Ha recibido el Premio Xavier Villarrutia, el Premio 2020 del Instituto de Estudios Históricos de las Revoluciones en México, el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde y el Premio Universidad Nacional.