9 agosto, 2021

El gran merodeador de la vida: comentarios a Un acueducto infinitesimal, de Ernesto Lumbreras

de Pura López Colomé | Ensayos, Reseñas

Ernesto Lumbreras, Un acueducto infinitesimal. Ramón López Velarde en la Ciudad de México (1912-1921), Calygrama, México, 2019, 151 pp.

Cualquier lector de López Velarde sabe, con mayor razón si ha leído biografías o retratos suyos, que el líquido vital, de diversas maneras, severamente simbolizado en su “lágrima” metafórica, lo persiguió desde niño. Diríase que su condición humana llevaba integrado un sistema de irrigación para transportarlo en forma de flujo continuo, un acueducto. Y por añadidura infinitesimal, muy pequeñito, como el orificio de donde emerge la emoción incontenible: el lagrimal. De su persona al mundo, y de las realidades de la “patria espeluznante” a él, de manera irreversible y cerrada como el hortus conclusus que se hidrata solo. Por eso me parece tan afortunado el título que Ernesto Lumbreras (Ahualulco de Mercado, Jalisco, 1966)  eligió para su libro en torno a los años del poeta en la Ciudad de México, ese idilio con la urbe donde a la postre moriría. Su vida real y poética (la misma cosa) se podría simbolizar, de hecho, con el acueducto romano, construcción donde primero se captaba el agua; esta pasaba a la conducción desde un depósito de cabecera (caput aquae), derivando después a la distribución por canales a terrenos y zonas minuciosamente estudiados. Podemos avanzar por todos estos pasos justo en referencia al poeta. La madre captó el líquido inicial y, rota la fuente, lo dio a luz en medio de la más profunda religiosidad católica. En la pila bautismal comenzó el traslado por la fontanela, y una vez filtrada por las capacidades intelectuales alojadas debajo, se distribuiría a través de canales, venas y arterias, ya transformada en sangre devota, a su obra, sus amores, su profesión, su sentido moral como jefe vicario de una familia muy numerosa y hasta como actor político. Pero sin derramarse, siempre volviendo a su mismidad de apantle. No de otro modo continúa vivo hasta hoy, latiendo, ameritándose en la sombra.

Las aproximaciones a la vida y milagros, la travesía terrenal de Ramón López Velarde, siempre me han parecido (incluso las que abiertamente se han ubicado del lado de la ficción) una lección de anatomía. Ante los misterios del cuerpo, incluso creyendo que hallarían el espíritu, los antiguos facultativos procedían a la disección. Justo esto se ha llevado a cabo con el corpus de la obra literaria y la correspondencia, intentando descubrir pistas conducentes al enigma del alma creadora. Esta obra más bien escueta, aunque muy complicada de desbrozar, parece una verdadera fuente santa, perpetuo surtidor para la Academia. Más que en los andamiajes y esquemas, yo creo en las respuestas y los hallazgos del arte; en Rembrandt pintando el escepticismo cuestionador, la angustia hiperbórea, protestante y contenida, vestida con enorme formalidad y hasta con sombrero de ala ancha, la tensión más bien fría, llena de curiosidad, de quienes, con arrogancia, ostentan unas manos muertas entre las manos vivas, a sabiendas de que el ánima es sutil y se escapa.  Como pintores, los novelistas en ocasiones han llegado a dar en el blanco de asuntos que ni los forenses detectaron.

No podría definir la de Lumbreras como una novela en el sentido estricto de la ficción. Es una especie de novela de caballerías al cervantino modo, donde al principio de cada capítulo se adelantan los temas y detalles a tratar. Solo que el protagonista no es quijotesco o inventado, sino que encarna a un hombre documentable, “constatable”. Con todo, algo de fantasioso o ilusorio tiene este ser, misterioso desde un principio, para el cual el autor no quiere aventurarse de más, y opta por presentar una persona gozante y doliente, si bien conjeturada, elucubrada, especulada, conformada con algunos hechos y datos documentales, pero con una nube de paradojas sobrevolándola hasta cuando duerme y sueña. Tal como ocurría al explicarles a lectores de otras latitudes en los años setenta y ochenta que la obra de García Márquez nada tenía de “realismo mágico”, y sí mucho de una manera de vivir que incluía joyas y diamantes escondidos en las naranjas, así, en este Un acueducto infinitesimal, se merodea a un ser conformado por dudas reales e irresolubles, incertidumbre en llamas, contradicciones, absurdos, poesía puesta en práctica a saber cómo, verdades innombrables hasta en la intimidad. Se nos ubica delante de un hombre falible que aspira a no serlo: un escritor en borrador, un poeta en bosquejo, construido con palabras, una persona de humo espléndidamente hecha texto, disuelta entre imágenes emocionadas y emocionantes. Lumbreras ha creado un “sujeto” quizás novelesco, no novelado, una combinación de personaje y ave fénix cuyo testamento es una sutil obra literaria que, al final, nos deja satisfechos solo en el mundo de las interpretaciones.

 

Un esquema reversible

Michel Schneider define al escritor como alguien que “muere toda su vida, con largas frases y pequeñas palabras”. Esta original biografía de Lumbreras podría transformarse, entonces, en una tanatografía, la escritura de la muerte, una muerte que vive para conmemorarse, además, a un siglo de distancia de la desaparición mundana de quien la plasmó.

Lumbreras quiere ocuparse de los años que el poeta vivió en la Ciudad de México de manera permanente, aunque se reconoce incapaz de no tomar en cuenta la lejana ocasión, de muy niño, en que la visitó por primera vez y se dejó deslumbrar por ella. Comienza a morir en esas frases y palabras de una carta amorosa que escribe a sus padres a los 7 años, “un papelito doblado en cuatro partes” donde el niño habla de la enfermedad del tío que lo ha acogido. Pasa dos semanas ahí y, muy breve y emotivamente, pone por escrito esa vida burbujeante. Con la misma expresión parca y excitada, se despide del mundo más de dos décadas después entre sofocos, asfixiándose al final del libro, refiriéndose a lo esencial, llamándolo por su nombre: “¡La vida!… ¡La vida!”. Cierra el enigma inicial con un enigma final: “pide a su madre que llore en sus manos para después beber el llanto materno y, entre la asfixia y el delirio […] partía de este mundo a un misterio mayor”.

La serpiente se come la cola. La exposición del tema único en redondo parece ofrecerle a Lumbreras la clave para su esquema. Cada capítulo de esta aventura narrativa va precedido de la mención de las pautas, las escalas del viaje, cosa que quien conduce este barco aborda con destreza y seriedad, acompañándolas de notas justas —aunque nunca excesivas— en que da cuenta de sus investigaciones, su propio y detallado recorrido por todo el canon lopezvelardeano de estudios, análisis y escritos de todo tipo. Sin embargo, es aquí donde yo propongo el esquema reversible de lectura: se puede leer el texto de este autor haciendo caso omiso de las notas, o bien, las notas casi como texto a renglón seguido, haciendo caso omiso del texto principal. Se sostienen ambos per se, acaso con las ilustraciones a manera de edecanes en ambos registros. También se podría optar por una tercera manera de leer este Acueducto: acudiendo tan solo a la lectura de ciertas notas que abundan ancilarmente en cuestiones de la evolución de la plástica mexicana, por ejemplo, o de conflictos y criterios muy distintos de interpretación entre críticos. ¿Qué me dio en lo personal la lectura del texto principal y de las notas por separado, sin necesidad de que una aterrice, certifique, la realidad de la otra? La narración de Lumbreras me permitió el disfrute de una vida que se deja llevar por sus propias emociones compartidas y las intuiciones certeras que de ellas se derivan. A continuación, ofrezco el ejemplo por antonomasia de este eje. Un vislumbrado López Velarde, en el colmo del burbujeo interior de sentimientos exacerbados, acaba de recibir los primeros ejemplares de Zozobra. Y, sin prurito alguno, Lumbreras interpreta lo que le ocurre y empuja sus pasos de una manera brillante, a la cual habría estorbado cualquier nota, por más interesante que fuera:

Baja al centro de la ciudad, rumbo al Zócalo, caminando por la calle Jesús Carranza, el hermano del presidente, personaje de infausta memoria. Avanza y medita. Medita y avanza. ¿A quién dedicará el primer ejemplar de su segundo libro? ¿A Margarita Quijano? ¿A Manuel Aguirre Berlanga? ¿Al doctor González Martínez? Marcha sin prisa por la acera sombreada hasta llegar a la esquina de la Escuela Nacional Preparatoria. Ha quedado de encontrarse en el Salón Rojo con los antiguos bohemios, Pedro de Alba y Enrique Fernández Ledesma, pero todavía es temprano para la cita prevista a las tres de la tarde. Baja entonces por la calle Donceles hasta llegar a San Juan de Letrán y se detiene en la puerta de una casona que tiene un balcón con geranios y agapandos. Como si fuera un santo y seña en clave Morse, toca la aldaba tres veces, la última vez con un toque de gong tibetano. Mientras abren el portón, baja el ala de su sombrero para cubrirse el rostro y no ser descubierto in fraganti por un conocido al momento de entrar en una casa de mujeres en kimono. Finalmente, una muchacha recién bañada, con una toalla a modo de turbante, enfundada en una bata azul de oriental zafiro, abre la puerta y lo invita a pasar tomándolo de la mano izquierda. El salón de sillones solferinos, completamente vacíos, huele a sándalo y anís. Antes de ponerse cómodo y tirarse en el sofá, el poeta coloca su paquete en la mesa de centro. Su anfitriona, curiosa y niña mala, imagina que el licenciado López ha traído un regalo para todas las muchachas y se abalanza sobre el envoltorio y lo abre rasgando con sus manitas el papel de estraza. Justo, en ese momento, han bajado por una escalera de mármol y ónix otras nueve chicas más, vestidas a la moda romana del periodo de la decadencia. Cada una, entre bulla de fiesta, coge su ejemplar de Zozobra y agradece el obsequio plantándole un beso de carmín en la mejilla. Sin reclamos ni objeciones, el poeta recibe en su carne morena esos labios de tulipán y seda, para luego, con la estilográfica de firmar acuerdos en el Ministerio, estampar cariñosas dedicatorias a Marlene, Rubí, Sisi, Lola…

Lo mismo podría decirse de un tránsito, paso a paso, de las notas que conciernen a los distintos temas que contextualizan esta vida, ya sean acontecimientos políticos, históricos o meramente relacionados con publicaciones, amigos, etcétera. ¿No es mejor dejar su autonomía a la riqueza de la semblanza, con todo lo conjetural o novelístico con que el autor quisiera revestirla, y la suya a la documentación igual de sustanciosa? Por este motivo acudo a Marcel Schwob cuando afirma que “los biógrafos desgraciadamente han creído que eran historiadores.  Y así nos han privado de retratos admirables”.  Si cada individuo vale por su singularidad, Lumbreras se la ha insuflado a este retrato del poeta jerezano.

 

El modo literario, algunos ingredientes formales de la densidad conjetural

Antes que nada, Lumbreras conforma a un personaje tímido, cohibido (nunca pusilánime) que recorre la ciudad haciéndola poco a poco y dosificadamente espejo de su vida adulta.  Siempre de los siempres busca apoyo, nunca de los nuncas se arriesga por cuenta propia. Hay numerosas instancias que nos lo confirman. Para muestra bastaría el botón de su entrada al mundo literario centrado en la capital. Quiere conocer a José Juan Tablada, por ejemplo, y no se anima a hacerlo solo. Del mismo modo en que seguía y merodeaba a las mujeres que le interesaban, de lejecitos y en la sombra, estudió mucho antes el lugar donde este poeta vivía. Por fin se decidió: “Para contrarrestar su timidez, se hizo acompañar del escritor guanajuatense Jesús Villalpando, con el que se pudo terciar la conversación sin duda apabullante y seductora de Tablada […]  Los dos jóvenes escritores salieron de la mansión oriental, deslumbrados por haber compartido unas horas con una de las más severas aristocracias de nuestra poesía”. Esto con respecto a un hombre que tiembla y, a consecuencia, queda un poco paralizado respecto de su propia escritura. Las cosas cambian después, aunque siga necesitando sostén, soporte: “Para junio de 1914, con el espaldarazo de Tablada, Ramón López Velarde reactiva la fe en su trabajo poético”.

A pesar de su inseguridad, agravada por el hecho de saberse provinciano, se va abriendo paso en los diferentes círculos, ámbitos. Precisa los “buenos oficios” de Saturnino Herrán; el “padrinazgo” de dos santones de la lírica del momento; “intermediación de amigos comunes”. Tarda tres años y medio en darle una carta a Margarita Quijano, “hasta que un día se atrevió”. Está en dos lados, entre el sí y el no; padece “bipolaridad intelectual”, “duplicidad psicológica”. Todos sus amigos, colegas e incluso familiares lo describen como muy reservado, lleno de “perennes titubeos”. Esta característica temperamental, anímica, espiritual se vuelve esencia del personaje propuesto por Lumbreras: queda cortada a la medida del misterio de toda su vida privada y, sobre todo, de su poesía.

¿Qué componentes lingüísticos y discursivos emplea el autor para, como Mary Shelley, echar a andar a este López Velarde conjetural? Para empezar, el Acueducto burbujea de preguntas: “¿Pasaría por la cabeza del niño López Velarde que esta urbe, pujante y desinhibida, cesárea y babilónica, significaría tanto para su destino?”; “¿Cuáles son los votos de pobreza, castidad u obediencia que metaforiza en relación con la sensualidad sanguínea que alude el título de su libro?”; “¿A qué tipo de devociones se compromete la sangre…?”; “¿Se pudieron haber cruzado Saturnino Herrán y RLV en una avenida […], en el andén […]?”; “¿Acudiría RLV al entierro de Fuensanta en esa hora solapada de un crepúsculo de abril?”; “¿Cómo leerían esas premisas vasconcelistas la mente y la sensibilidad de RLV?”; “¿Pesaba en su memoria y en su conciencia esta trampa del destino?”; “¿Qué escenarios calificaría…?”; “¿O intuía…?”, etcétera. Preguntas que obviamente quedan en el aire de un personaje en la perpetua cuerda floja de la duda. Interrogantes que uno tendría que contestar con otras incertidumbres, y así hasta el fondo del callejón sin salida de esta enorme paradoja vital y poética.

Para continuar, las descripciones se sostienen en tiempos verbales condicionales, pospretéritos, futuros probables que reflejarán más y más situaciones hipotéticas: forjará… estaría al tanto… pasaría en limpio… esbozaría alguna vez… Y estos quedarán coronados por adverbios ad hoc: a cada párrafo se van multiplicando los posiblemente, los probablemente, los quizás, los casi innumerables tal vez.

 

Lo que no y lo que sí

Más allá de los profundos secretos que toda vida encierra (con llave), y esta en particular, está lo que se documenta, se estudia, se sabe o se va descubriendo en torno a autores tan especiales como Ramón López Velarde. Si el lector se interesa en los hechos cronológicos de su vida; la situación y el momento histórico que le tocaron en patria chica y patria grande; las escenas tanto política y social como económica, religiosa, artística y literaria de su tiempo; los amigos y colegas que lo rodearon y valoraron o envidiaron; las mujeres (incluyendo a la madre) que conformaron el engranaje del eterno femenino tan importante en su persona y su obra; si esto busca el lector, le saltará a la vista abundantemente, capítulo tras capítulo, igual que en tantos otros libros que se han escrito sobre el tema. Así pues, no es la exposición exhaustiva de detalles lo que otorga originalidad a Un acueducto infinitesimal. En mi opinión, enaltece la contribución de Lumbreras la conformación concreta y real de un personaje inasible, de humo, cuya realidad interior es narcótica y a la vez objetiva; una especie de nube de contornos identificables, que hasta podemos comparar con equis o ye figuras, y en el acto comienza a disolverse. Lumbreras interroga como se interrogaría el propio poeta frente al espejo. Llama la atención la coincidencia de su gran pregunta con la de T. S. Eliot, y en cambio, el sí y el no que proyecta el halo de cada una. Los dos poetas nos trasladan a una esfera estupefaciente (casi sugiriendo que ahí confluyen los caminos material e inmaterial, semejantes al de “Primero Sueño” de Sor Juana, al “Segundo Sueño” de Ortiz de Montellano, al “Sueño de los guantes negros” de nuestro poeta). En “El retorno maléfico”, López Velarde, entornando “párpados narcóticos” lanza su famoso “¿Qué es eso?” encerrando nuestras almas en una “gota categórica”, que parece derramar el vaso de la enorme pila bautismal de este mundo, mientras que su contemporáneo inglés, después de ubicarnos frente a un “paciente anestesiado” nos conmina a no preguntar “¿Qué es eso?”, a no ir más allá, no complicarse la existencia, sino a quedarse aquí, en este universo tangible aunque contingente, oscilante entre el amor y el dolor, con los pies en la tierra, asistiendo a una exposición de Miguel Ángel. Eliot escucha a las sirenas y sabe que no cantan para él. López Velarde, por su cuenta, multiplica los signos de interrogación al lado de su imagen, en un reflejo sin fin en las ondas de un estanque, ese inasible “fulgor abstracto” de la patria de José Emilio Pacheco. Es este el personaje de Ernesto Lumbreras, de carne y hueso, devoto y devorado por la sangre, que a cada paso aterra y espeluzna por sus búsquedas del mysterium tremendum, el cual nos acompaña de este lado y nos aguarda del otro.


Pura López Colomé / Ciudad de México, 1952. Es poeta, traductora y ensayista. Recibió el Premio Nacional de Traducción de Poesía 1992 por Isla de las estaciones, de Seamus Heaney, el Premio Xavier Villaurrutia 2007 por Santo y seña, y el Premio Bellas Artes de Literatura Inés Arredondo 2019, por el conjunto de su obra. Ha traducido a autores como Hilda Doolittle, Robert Hass, William Carlos Williams, Philip Larkin y Breyten Breytenbach, entre otros. En 2013 publicó Poemas reunidos (1984-2012) en la colección Práctica Mortal del Conaculta. Su título más reciente es Visita guiada a una sala de estar (2018).