30 agosto, 2021

La muerte se pasea por la Alameda

de Diego Alfaro Palma | Ensayos

Armando Uribe (1933-2020) debe haber nacido viejo. No sé si he visto fotos de él de joven. ¿Fue joven? Es posible que siempre haya vestido igual. Desde el principio de los tiempos. Es de esos personajes que ganaron eternidad por construir una efigie: es el Cristo Pantocrátor de la poesía chilena, y a la vez uno de los mejores ensayistas que hayan pisado las calles de Santiago. Pocos hombres y mujeres de letras tuvieron tantas apariciones estelares como las de él. Pedro Lemebel posiblemente sería otro, o Raúl Zurita —quiero sacar de esta lista a Lafourcade, ya que era un escritor que efectivamente vivía en los medios—. Uribe era para los periódicos de Chile lo que Stella Díaz era para el espacio público. No sé si mucha gente ha meditado sobre eso, sobre el poder eléctrico que generan los oficiantes del verso en la opinión pública de este país-isla. Es cierto: nuestro sujeto de atención era un diplomático de los que ya no existen, un abogado descreído del rubro, un crítico que parecía tomar baños de ácido sulfúrico.

Dicen que no salía de su casa, pero una de las últimas veces que lo vi fue a cuadras de la suya, en la presentación de Apocalipsis apócrifo, en una lectura que fue mítica. Uribe leía con la fuerza de una empresa de demolición. He escuchado a pocos poetas concentrar tanta oscuridad en su voz y, al mismo tiempo, dejarme dudoso de la calidad de sus poemas. Porque efectivamente era un poeta para ser leído, palabra a palabra, sílaba a sílaba. Cuando le preguntaban a Georges Perec si se consideraba un escritor él prefería definirse como un hombre de letras, lo cual aplica para Uribe: efectivamente, creo que su poesía la escribía así, posando una “u”, una “j”, una “rr”. Cruje el lenguaje igual a un carruaje antiguo y su paso resuena sobre el camino resquebrajado del verso. Es probable que haya tenido algo de medieval, algo de Arnaut Daniel, ese cultor del que se cuenta hacía sonar la hojarasca en sus poemas sobre el otoño. La disposición del oído en Odio lo que odio es de una maestría no fácil de encontrar: “En las orejas de los muertos mientras tienen orejas / resuenan huecas las violencias verbales de los vivos”. En ese libro publicado en 1998, Uribe domestica una palabra resistente a la domesticación: la muerte. Casi no hay poema en donde no aparezca, casi no hay poema en toda su producción en que no aparezca, o se la aluda, haciéndose cargo de una desaparición inminente, anhelada incluso, de la que hay que hacer frente con honor y una mueca de ironía; con intensidad. En sí su trabajo es un absoluto de palabras intensas, de rasguños, putrefacción, fúnebres y zarzamoras, en una apropiación de un léxico del Antiguo Testamento cruzado por los Siglos de Oro, los grandes monódicos griegos, la síntesis oriental y la crudeza de la poesía italiana de posguerra.

Sin Uribe el acceso a la poesía de Ezra Pound, Giuseppe Ungaretti o Eugenio Montale hubiera sido otra. Su ensayo Pound y sus sucesivas traducciones del vate de Ohio son, sin lugar a dudas, uno de los mejores trabajos latinoamericanos de reflexión, aprehensión y transformación creativa de una influencia. Eso lo conocí de primera mano, cuando el poeta Armando Roa Vial me pidió que lo ayudara a hacer una reedición de Homenaje a Ezra Pound desde Chile; en esa labor que duró casi un año, transcribí varias de las versiones de Uribe, las que iba comparando con los originales: aparecía en mi mente de estudiante toda esa versatilidad que desarrolló en el trasvase de una lengua a otra. A esa reedición logré agregar varios textos nuevos hechos en Chile sobre Pound, corregir erratas y escribir un epílogo. Yo pensé que el proceso terminaría con un encuentro con Uribe, pero no fue así. Hasta que un día, sin saber cómo, él llamó a la casa de mis padres y yo contesté el teléfono. Cómo consiguió el número es algo que me sigue pareciendo un misterio. Preguntó por el señor Diego Alfaro, con su voz ronca de tabaco. Le dije que yo era ese señor, aunque en verdad no era señor. “Me quería comunicar con usted por su excelente trabajo en la reedición del libro que hice hace ya años con Roa. Me he dado cuenta de que incluso me corrigió un verso”, dijo y lanzó una risa breve. Me invitó a visitarlo a su departamento en Santiago y creo que con eso me hizo la tarde. Cuando le conté a mi papá, creo que él nunca se sintió tan orgulloso de mí: “¡Te llamó Armando Uribe!”. Mi papá nunca había leído sus poemas, ni sus libros biográficos, ni nada de él, pero lo conocía como personalidad pública y admiraba sus juicios. Esto me lo recordó él mismo el día que falleció el poeta, con un mensaje desde Ecuador, creyendo tal vez que yo iba a estar mal de ánimo, pero creo que, como a muchos, la repetición de la palabra muerte nos hizo entender la pérdida e inmediatamente saber que era un paso inminente, un evento previsto, una escena preparada al dedillo.

Un día de 2009 a las cuatro de la tarde, toqué el timbre de ese departamento que quedaba justo en frente al Parque Forestal. Su hija me hizo pasar. Uribe no estaba bien de salud, me pidió disculpas, pero me instó a volver. Y regresé a los días de haber salido de imprenta mi primer libro, que le entregué en mano con una dedicatoria. El poeta lo abrió y leyó un par de poemas en silencio. Fumaba, para variar fumaba. Fumé con él. Luego leyó un par en voz alta, entre el humo. Hablamos de poesía, y me comentó que una joven amiga suya le había mandado poemas míos con anterioridad. Me instigó a seguir porque un primer libro, un Transeúnte pálido, era un gran primer paso pero nada definitivo.

Uribe falleció el 20 de enero de 2020. Estoy seguro de que alcanzó a oír los bombazos de carabineros, las sirenas y los cantos del estallido social, que tuvo su epicentro a cuadras de su departamento. Por esos días su efigie reapareció en forma de afiche, específicamente de grabado. Sostenido en la base del monumento al presidente Manuel Balmaceda, entre medio del tumulto y el viento cargado de lacrimógenas, vi su cara, su gesto funerario, vestido de terno y, bajo él, un emblema: “Uribe tenía razón”. Más claro, imposible. Uribe el poeta, Uribe el crítico mordaz, estaban presentes en la memoria colectiva, o al menos en parte de ella, por la tenacidad de su denuncia contra la corrupción, las vueltas de chaqueta, la amnistía y la entronización de Pinochet en plena democracia, figura que por lo demás fue material de uno de sus ensayos más contundentes, El fantasma de la sinrazón: en esas páginas se muestra a Pinochet como emblema de una repetición histórica forjada a sangre y fuego, un epítome de la violencia física, verbal e institucional presente en los últimos treinta años.

Ahora, cuando Santiago es un muelle abandonado, en esta pandemia que pareciera un apéndice a su Apocalipsis, leo sus Memorias para Cecilia con cierto encanto. Sin duda, es uno de los más geniales libros biográficos que se hayan escrito porque, en primer lugar, incumple todas las normas: a veces no hay orden cronológico, sus opiniones sobre poesía se mezclan con sus opiniones de la religión, se ríe de cosas mundanas, se ríe mucho, habla de amores y amigos y viajes, y aunque a ratos parezca pechoño, siempre resulta ser un pícaro. Es el otro Uribe, el que le tenía resquemor a la palabra muerte, al que le gustaba hacer bromas y jugar con las palabras: un malabarista verbal. En esas páginas pareciera dejar una recomendación importante: no aceptar a la poesía es, definitivamente, aceptarla.

 

* Ensayo extraído de Trabajos voluntarios, de próxima aparición por Editorial Aparte.


Diego Alfaro Palma / Limache, Chile, 1984. Publicó los libros de poesía Paseantes (2009), Tordo (2014, Premio Municipal de Santiago) y Litoral Central (2017), el libro-objeto Bolsas (2017) y la plaquette Los sueños de los sueños de Kurosawa (2017); también editó la Poesía reunida de Cecilia Casanova y tradujo El pensamiento zorro de Ted Hughes.