5 julio, 2021

El cortejo pagano

de Luis Vicente de Aguinaga | Ensayos
Retrato de Ramón López Velarde por Saturnino Herrán.

Fernando Fernández ha citado en varias ocasiones estas palabras de Octavio Paz: “Nos hace falta un estudio de veras completo sobre las creencias de López Velarde”. La frase de Paz, escrita en 1963, conserva toda su vigencia. En términos generales, la crítica parece haberse conformado con repetir que Ramón López Velarde (1888-1921) fue un católico ferviente, sincero en su devoción y fatalmente atraído por el pecado.

Apenas unos cuantos conocedores, algunos en el campo del periodismo cultural, otros en el ámbito de la investigación académica, se han esforzado por describir el catolicismo de López Velarde. Casi ninguno, sin embargo, ha juzgado necesario situar a López Velarde a las afueras del catolicismo convencional. En mi opinión, por mucho que se haya insistido en la imagen de un López Velarde fervorosamente católico, cosa que nada cuesta reconocer que fue, también es legítimo reconocer en paralelo que sus creencias no fueron solamente católicas.

El sentimiento religioso de López Velarde, de sus primeros a sus últimos poemas, es indudablemente sincrético. Los temas recurrentes de su obra —las nupcias imposibles, la generosidad sensorial del universo, la inminencia de la muerte y el retorno a la tierra— encuentran casi siempre una manera cristiana y a la vez pagana de manifestarse. La galería de santas, vírgenes, mártires y hermanas de su poesía es también un abundante santuario telúrico en el que la madre Tierra convive con sátiros, bacantes y diosas de la fertilidad, y con la muerte misma.

Con lo anterior quiero decir que López Velarde, si bien católico devoto, fue un católico singular, y no precisamente por saberse pecador. A mi juicio, la singularidad religiosa del zacatecano es visible no tanto en su biografía como en su obra. Si en materia de técnica literaria fue un discípulo de Leopoldo Lugones, y si el primer Amado Nervo fue para él “nuestro as de ases”, en sus creencias López Velarde fue más bien un descendiente de Rubén Darío: un pagano y, en particular, un seguidor de Dionisos, “el dios que vendrá” (según la recordada expresión de Hölderlin).

En dos notables ensayos publicados en 2016 y 2019, respectivamente, José Homero señala que buena parte de la crítica, seducida por la “dualidad funesta” y la “moral de la simetría” del repertorio lopezvelardeano, ha insistido en leer al poeta en función de tensiones y contrastes binarios. Más que oposiciones tajantes, viene a decir José Homero, en López Velarde hay un “vaivén” y un “flujo” entre significados que, contrarios en un principio, se compenetran y amplían unos a otros. Así, en una prosa tan sugerente como “La dama en el campo”, la casta señorita de “olor civilizado” que López Velarde convierte, por fantasía, en una pastora “vestida de negro y sobre la cosecha”, es una contemporánea del poeta y al mismo tiempo es la reservada Proserpina, hija de Ceres, que se pasea entre las espigas, radiante por la opulencia de los cultivos y enlutada por la cercanía del otoño.

Proserpina, forma latina de la Perséfone griega, es madre de Dionisos en los relatos de muerte y resurrección —metáforas de la esterilidad y la fertilidad en el ciclo agrícola— que dieron fundamento a numerosos ritos antiguos. La resurrección cristiana es, como se sabe, un avatar de la resurrección dionisiaca. Yo abrigo un sentimiento de confirmación, más que de sorpresa, cuando López Velarde afirma: “Uno de los dogmas para mí más queridos, quizá mi paradigma, es el de la Resurrección de la Carne”.

Dos festivales dionisiacos tenían lugar en el antiguo calendario griego: las dionisias rurales, al comenzar el invierno, y las dionisias urbanas, en primavera. No son otras las referencias del calendario lopezvelardeano: bien visto, el primer poema de La sangre devota (“En el reinado de la primavera”) es el anverso del poema inconcluso de sus últimos años, “El sueño de los guantes negros”, de contenido explícitamente invernal. A su vez, “El sueño de los guantes negros” debe leerse a la par de un poema juvenil que López Velarde no incluyó en La sangre devota, “El adiós”, como bien ha mostrado Fernández: el invierno del fin es el invierno del comienzo, que a su vez conduce a la primavera.

El vocabulario dionisiaco abunda en la obra del jerezano. Si bien la mujer virginal está “exenta de pagano sensualismo”, la patria es “concebida […] como la cesta de frutos efectivos que recogemos de la tierra” y el mundo mismo, al comenzar el otoño, es recorrido por un “cortejo pagano”. El poema es un “ditirambo”; la voz del poeta, convertida en un “clamor pagano y nazareno”, es en uno de sus hemisferios un “son mariano” y, en el otro, un “son de orgía”, y la mujer idealizada retoza en la hierba “cual las fieras del Baco / de Rubens”, y se amotinan las prostitutas como “satiresas”, y el poeta se siente, como el sátiro Marsias, “desollado”.

No me parece accidental que, al referirse a una cantante admirable, López Velarde haya enfatizado sus rasgos más definitivamente órficos. Orfeo es un sacerdote de Dionisos de la misma forma que la contralto “en cuya garganta se subleva el trueno y se pacifica la brisa” es una representante de Orfeo. Aquella cantante, Gabriella Besanzoni, personificaba para el poeta “el apogeo de las contradicciones: benigna y brusca, fanatizada e impía, celeste y zoológica”. En el vaivén de los contrarios que se alían hay lugar para un catolicismo colindante con el paganismo. Es el vaivén de un cosmos hechizado: “Una sola cosa sabemos: que el mundo es mágico”. Así, ante los prodigios de la vida y la muerte, López Velarde acatará “un solo mandamiento: venerar”.


Luis Vicente de Aguinaga / Guadalajara, 1971. Poeta, ensayista y traductor. Recibió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes y el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta en 2004, así como el Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos en 2005 y la Medalla Wikaráame al Mérito Poético en las Lenguas de América 2019. Qué fue de mí (2017) es su libro de poemas más reciente.