9 agosto, 2021

El jardín prestado

de Valeria Tentoni | Ensayos

Se aplana el horizonte, se aquieta la mente. Desde que llegué al pueblo mis sentidos necesitan, poco a poco, de mucho menos para encenderse, pero es con grandes estruendos, como un motor que nadie acciona desde hace tiempo. En medio de la segunda noche, por ejemplo, me despertó el silencio: era tan absoluto que sentí que me podía hundir en él, un cráter negro del que me separaba un único paso en falso, ¿pero cuál?

En este jardín prestado de pueblo prestado tengo la impresión de que todo es signo mayor, incluso el quiebre de una rama seca. La última imagen que conservo antes de la pandemia es la de un señor gigante y hermoso con una trampa para lauchas cortando un pedacito de queso con sus manos de bestia y clavándolo justo en el centro del pequeño mecanismo, un mecanismo tan austero y simple que no se le podría tener confianza sino apenas fe. El gigante se pasea por mi cine mental; está agachándose en la cocina, lo veo de rodillas cuando deja la trampa bajo la mesada. Después, y todavía desde el suelo, me sonríe como deben sonreír los dioses. Sé que en ese momento sentí un gran amor y no supe por quién, pero así y todo me cuesta creer que haya sido la última escena significativa antes del encierro. ¿Por qué vuelve a mí en estos días? ¿Qué cosa rige los algoritmos de mi cabeza?

Durante los primeros meses intenté conducir mis entusiasmos y me inscribí en distintos cursos. En uno de ellos me enseñaron que, a simple vista, todas las estrellas que titilan en el cielo quedan prácticamente en un mismo plano. Que desde nuestra posición y sin el auxilio de ciertos artilugios no distinguimos bien, entre las que vemos, cuál está más lejos, cuál está más cerca. También me explicaron que el cielo es un concepto, que el cielo no existe. Con los recuerdos, de algún modo, ocurre igual: extraemos de nuestras canteras —a veces también con auxilio— un puñado y quedamos con esos, salvo que alguna cosa provoque nuevas erupciones. De repente toda la infancia es una única vuelta en calesita, la tarde en que nos reventamos la rodilla en la vereda y vimos por primera vez nuestra propia sangre, un recreo infinito en el mismo patio escolar, la sensación de tomar agua del vaso telescópico el día que se nos cayó un diente de leche.

Leo al pasar que los cerebros no son para pensar. Que están ahí no para que tironeemos de ellos como de un hueso que no entrega nuestro perro, sino para mantenernos a flote, vivos. Para avisarnos de un millón de maneras diferentes que necesitamos tomar agua, dormir, caminar. Pasan los días en el pueblo y mi oído queda ahuecado, como una palta sin carozo. Después de que cae el sol, mientras riego, puedo identificar la pequeña música de las hortensias agradecidas, el limonero enfermo. Así también el vuelo intempestivo de un colibrí me puede partir el corazón al medio; mi boca se abre como una granada y no soporto lo que veo, la ruta frenética y majestuosa, impredecible, que dibuja. Quiero ser el colibrí, quiero ser la flor, el camino que hace hasta tocarla. El hueso, me pregunto, ¿para qué el hueso, y por qué como si no fuese un peligro?

En el jardín prestado aprendo a quedarme quieta, consciente de que alcanzará con volver a la ciudad para que lo olvide. Los horneros a mi alrededor ya no interrumpen sus caminatas, que yo confundía con saltos. Día tras día observo las contorsiones de un falso banano que, estimulado por mis atenciones diarias, se va sacando hojas nuevas en una esquina. Miro cómo se retuerce, cómo se esfuerza en guardar su secreto de la luz, y pienso que la poesía es eso: proezas antes de ocultamiento que de revelación. Aprendo a no interrumpir el sacrilegio de las tortugas en el cantero, comiéndose las flores. Son las mismas flores que vi crecer directo de la arena hace muchos años, en un jardín salado en el que nada aceptaba crecer. Descubro que también una tortuga puede impacientarse, que una planta puede sentir vergüenzas, que las alquimias que se completan en lo oscuro de un jardín son las que lo apuntalan.

Nada de esto me pertenece y es un alivio, que es el modo en que comienzan las desesperaciones nuevas. El cielo regurgita y al sol le sigue la tormenta. ¿Por qué nos burlamos de los principios milenarios todo este tiempo, con todas esas estrellas apelmazadas emitiendo sus señales sin que nadie sea capaz de levantar la vista?

“La separación entre la melancolía y la dicha no es más ancha que el filo de un cuchillo”, subrayo. Después abandono el libro, me desentiendo. Varias veces escuché decir que los peces tienen memoria corta y que por eso no sufren en la pecera. No dedico demasiado tiempo a contrastarlo, mejor decir nada. Quizás era una de esas frases que se les dicen a los chicos para que no sufran, como si una cosa así fuera posible. Se supone que al tercer minuto los peces lo olvidan todo y retoman su vehemencia exploratoria, su desembarco. No alcanzan a angustiarse por el vidrio ni a ensayar hipótesis que ya lo están viendo todo de cero otra vez, bailando entre burbujas artificiales. Las preguntas son las de siempre, pero no retenemos ninguna respuesta. Quizás esa sea nuestra manera de mantenernos con vida, el modo en que nuestro cerebro suelta el hueso para encargarse de cosas más importantes.

Una vez, el poeta David Wapner compartió una experiencia de taller con niñas y niños. Si no recuerdo mal, habían estado trabajando con masilla y uno de los asistentes, de unos siete años de edad, había logrado armar las piernas de su monigote valiéndose de la figura del arco. “¡El niño acaba de inventar el puente!”, escribió. Wapner tenía razón, pero además de tener razón tenía la sensibilidad suficiente como para verlo y valorarlo, la grandeza de felicitar al niño por inaugurar en pleno siglo XXI la era del arco. Con el invento de ese niño cruzamos ríos, montañas, visitamos islas, caminamos sobre aguas en la que los peces olvidan una y otra vez la dirección de las corrientes que combaten.

Leo en otro libro que durante décadas debatieron acerca de la pertinencia o no del ombligo de Adán en las pinturas. Imagino a Miguel Ángel con el pincel en la mano, su cavilación. El mundo comenzó otra vez ese día, y hubo otros comienzos traídos del polvo. Mientras tanto el colibrí ya dejó en paz a la estrelicia y se convirtió en una fantasmagoría, algo que pudo o no haber ocurrido. Descarto este libro también. Queda en la cocina, junto a la ventana. Afuera está el día y yo estoy adentro, royendo. Todos los libros comienzan a parecerse entre sí, también los que escribo, los que me propuse terminar.

El tiempo reposa.

Yo me levanto.

Una noche veo un bichito de luz. Aquí sí que comienza algo, me digo. Hace demasiado tiempo que no veía uno y recuerdo, entre todo lo que no recuerdo, la primera vez que escribí a este insecto. Lo recuerdo, precisamente, porque lo escribí. ¿Escribir es un modo de aprender de cero, de esconderse mejor, de pelar un hueso? En ese entonces era otra. Deseaba otras cosas, temía a otras cosas. Un vidrio se estiraba frente a mis ojos y yo lo golpeaba una y otra vez, como una mosca sucia e inocente. ¿Cambia el signo, se quiebra una rama? ¿En un lugar al que ya no puedo volver —porque no se puede volver nunca a ninguna parte— el hombre con manos de bestia sonríe todavía frente a su trampa perfecta? ¿Ya pasaron tres minutos?


Valeria Tentoni / Bahía Blanca, Argentina, 1985. Escritora y periodista. Ha publicado los libros de poesía Batalla sonora, Hologramas, Ajuar, Antitierra y Piedras preciosas, así como los libros de relatos El sistema del silencio y Furia diamante. Es editora del blog literario de Eterna Cadencia, una librería de Buenos Aires.