30 agosto, 2021

La poesía de Francisco Martínez Negrete

de José María Espinasa | Ensayos


La imagen del poeta rebelde, fuera de la ley, antisistema, hereje, iconoclasta, ¿de dónde viene? De Villon y su vida criminal, de Hölderlin y su locura, de Rimbaud y su negación absoluta incluso de la literatura, de los vanguardistas incendiarios y magos del fuego de artificio, de los poetas políticos asesinados, de los beats y después el rock and roll. O de todos ellos recogidos por el imaginario romántico a fines del siglo XX. El poeta es oposición, negación, fuerza destructiva según una leyenda forjada en la imagen más inmediata y superficial del romanticismo a lo Lord Byron —la vida debe ser una obra de arte—, y su poder es tan fascinante que constatar su poca densidad no le resta un ápice a su atracción. Y en esa tesitura surgen muchas voces; entre ellas, a finales de la década de los setenta, la Francisco Martínez Negrete (1956-2016), a quien recuerdo más bien de forma borrosa en los años en que mi generación hacía sus pininos editoriales con revistas como El Zaguán, Cuadernos de Literatura, Palos de la Crítica, Versus y Cartapacios, en algunas de las cuales participó.

En la bruma de las evoluciones personales y las diferentes trayectorias de cada quien y cada cual, reaparece unos años después, ya bien definido en la memoria, con su arrolladora simpatía y su vocación por el reventón, en el panorama de La Guadalupana, cantina que convocó, en su años de fama, a algunos de los grupos literarios —más alrededor del trago que de las álgidas discusiones de años antes, reuniones que solían terminar en largas noches sin huella, como un eco del vivir acelerado de la generación anterior—. Había que vivir peligrosamente y morir joven, antes de que los años y desencantos acumulados nos pasaran la factura. Las drogas y el alcohol hicieron estragos, y la aparición del sida puso un freno de mano a la carrera desbocada y cambió las prácticas no solo sexuales, sino también culturales y sociales.

Paco seguía ahí, un paradójico protagonista tras bambalinas, viviendo la poesía más que escribiéndola. Después de vernos con asiduidad en el reventón nos empezamos a ver en el trabajo —fue un editor y corrector notable—. Vivía —vivió— la leyenda del poeta y un día decidió darle carne, forma, textura y empezó a llevar sus libros a las editoriales. Tuvo antes la entereza de dejar el alcohol y las drogas, no sin recaídas y una lucha feroz contra sí mismo. No dejó nunca, no tenía por qué hacerlo, su atracción por las mujeres, pues el amor al final, como en el final de toda leyenda, redime el pasado y, en especial, todo porvenir. Y su sobriedad elegida hizo también de la amistad un arte. Se volvió para muchos de nosotros una presencia imprescindible.

Fue tal vez ese destino de rebelde sin causa lo que hizo que al medio literario le costara trabajo tomárselo en serio como poeta. En pocas antologías de su generación se le incluye y sus poemas fueron juzgados muchas veces como poemas de circunstancia, síntomas de una época. Y, sin embargo, ahora es evidente que fue un hombre que leyó mucho, que pensó lo que leía y lo que escribía, y que tal vez sea hora ya de pensar en cambiar esa perspectiva sobre sus escritos. A lo largo de su vida publicó nueve libros de poemas y dejó dispersos textos y traducciones en revistas.

Mi generación, la de los escritores surgidos en los años setenta, tuvo un extraño destino en el que se mezclaron euforia y pesimismo, embriaguez, delirio y silencio, mucho silencio. Algunos de ellos se disfrazaron de diablos de feria para evitar que se vieran las angelicales alas plegadas con sigilo. Uno de ellos fue Martínez Negrete. Sus amigos lo querían —lo quisimos mucho— y tenía muy pocos enemigos; conocía de rock una barbaridad y su presencia era una constante en fiestas y reuniones. “Era”, porque hace cinco años se murió y nos dejó más solos.

Junto con Ana María Jaramillo en Ediciones Sin Nombre le publicamos una curiosa trilogía —El temple, Cambiar de corazón y Quién te supiera espejismo— de la que se sentía orgulloso. Déborah Holtz y Juan Carlos Mena le publicaron también un libro: Qué epidemia de rosas (Baladas de amor y pérdida) [Dirección de Literatura, UNAM / Trilce Ediciones, 2017]. Fue jefe de redacción del Periódico de Poesía en la tercera época impresa, dirigida por David Huerta.

Ahora, en tiempos de pandemia e invadido por cierta nostalgia, releo su poesía y me sorprende lo buena que es y lo olvidada que está, ecuación cada vez más frecuente en nuestra aritmética literaria. Paco, como le decíamos, tuvo siempre un espíritu polémico y festivo; participó en la revista Versus —cuyo nombre define ya una actitud—. Y si bien publicó con cierta frecuencia en editoriales universitarias o independientes, no figura en las varias antologías que consulté en busca de algunos datos biográficos. Aparece, sí, creo, porque no encuentro mi ejemplar para cerciorarme, en la Asamblea de poetas de Gabriel Zaid, que a principios de los años ochenta marcó la dispersión generacional al constatar que no se pueden contar los granos de arena en la playa, ni los poetas en la tierra, a pesar de que se celebre su frescura y su calidez paralela. Como el crítico tiene inevitables raptos de historiador, creo necesario señalar que si alguien se animara a reunir su poesía completa, nos sorprendería su calidad y el lugar que debería ocupar en la literatura de un nuevo milenio.

Releo contra el tiempo: Qué epidemia de rosas es un libro extraordinario. Su voz se había afinado y se mostraba muy seguro de sí mismo, sin temor a la emotividad y capaz de reinventar el amor, como querían Rimbaud y, en su cauda, el Roberto Bolaño de los años setenta. Pudo comulgar con el efímero infrarrealismo, pero su ritmo, claramente cantado, era sin embargo poco conversacional. Tenía, sin que se le notara, una gran conciencia y control de la escritura (muchos libros de arte de los años ochenta y noventa deben a su buen oficio como corrector y redactor su calidad editorial), y su celebración del mundo fue una disposición consciente a nombrar y sentir el dolor y el desencanto, pero inmune al resentimiento y al rencor, incluso si este tuviera una condición histriónica. Por eso lo sentimos, al leerlo, permanentemente arrebatado por la emoción, dispuesto a correr los riesgos que ella exige. El ritmo de la poesía cambió con la influencia del rock, pero conservó su carácter escrito en poetas como Paco. La noción de letrista como término descalificativo no le atañe.

El secreto de su ritmo está, por un lado, en el fraseo, y por otro en el encabalgamiento y en un manejo preciso de la cesura. En algunos poetas esto se dio con el acercamiento a la tradición popular (pienso en el son para poetas como Francisco Hernández y Ricardo Yáñez) pero también, probablemente por su origen en el folk y el country, en la fascinación del rock. El texto se convierte en un abracadabra, en un conjuro y una cadencia (y el poema se canta, pero sobre todo se baila y el baile, más que la canción, se hace en compañía). En cierta manera la “barbarie” devolvió al poema una condición ritual. Tal como lo definió en su momento una de las figuras legendarias del movimiento beat, Allen Ginsberg, el poema es un aullido o, más precisamente, un grito, pero el poeta hace del grito melodía, matiz, elemento diferencial, y no se reduce a una reacción instintiva: el poeta salvaje es, en cierta manera, la cúspide de la elaboración lingüística y formal, literaria —artística— en el sentido más amplio. Y eso lleva a la poesía a querer ser parte de una cotidianidad sin abandonar su concepción cotidiana, a tratar de hacer que sí se pueda vivir —oír, ver— la vida en un grito.

Baste ver la diferencia que puede haber entre una lírica separada no solo por una mentalidad vigente durante un siglo largo, sino por la irrupción del rock: en los años cincuenta, en México, Alí Chumacero escribe Responso del peregrino, y Ginsberg, Aullido: un abismo separa los dos extraordinarios textos, pero forman parte de la cordillera. Para entender esto visualmente, hay que pensar en otra versión de la metáfora de las dos orillas. Se le suele ver como las dos orillas de un río o, en casos extremos, las dos orillas del océano, pero pensémosla ahora, para reforzar su sentido, como las dos orillas de una barranca, con el caso extremo del Cañón del Colorado: ¿Cómo lo que yo digo en una orilla se escucha en la otra? No hay puente posible de agua o de piedra sino de aire, puramente sonoro. Por ejemplo, la pintura —El grito de Münch— y el cine —India Song de Marguerite Duras— nos muestran que los gritos más ensordecedores son aquellos que tienen una cierta mudez, gritan en silencio. Por eso, en un poeta como Paco, la lucha por la intensidad expresiva es fascinante y dota de sentido al acto de escribir y al escrito (que no necesariamente son lo mismo).

Paco muestra que la condición estridente que el aspecto bárbaro de la lírica inspirada en el rock parece tener, es justamente eso: apariencia. Y que su aspiración comunicativa es la transparencia. El carácter juguetón de Qué epidemia de rosas pertenece a un poeta en absoluta madurez y ya no necesitado de espantar ni de apantallar. La trilogía publicada en Ediciones Sin Nombre ya había señalado esa seguridad en su voz y esa ambición literaria. Sin embargo, el pesimismo amable que hay en su último libro tal vez tenga que ver con el deterioro físico que lo aquejó en sus últimos años, fruto de un accidente automovilístico y de la factura que la vida pasa en términos biológicos. Es, en sentido machadiano, un libro escrito cuando se mira atrás la senda que, más que no volver a pisar, se quiere seguir pisando aunque sea con pie tembloroso y mano menos firme. De allí su enorme vitalidad sin resabios nostálgicos. Consigue que la desilusión no se vea como una derrota.

En varias de las presentaciones en las que estuve (como editor, crítico o público) fui testigo de cómo esa actitud transformaba esos ya gastados ritos en una especie de happening festivo que testificaba su amor a la vida. Es probable que la sensación que muchos de sus amigos tenían es que ese diablo de feria fuera más que un ángel, como insinué al principio, una gran persona, y que eso impidiera ver que además era un notable poeta. La transparencia que a veces lo invadía no era algo fácil de percibir, pues su evidencia era una necesidad natural del hecho poético: la encarnación verbal de la experiencia, misma que no se cumple justamente sino como expresión.

Su filiación rockera y cantada es evidente, y se debe en buena medida a que escribe con el oído. No era extraño ver acompañar sus poemas de un rasgueo sobre una guitarra imaginaria, pero su oído se formó tanto en la escucha como en la mirada y en la lectura. La experiencia nos indica que se puede escuchar lo que no se ve de manera más natural que no oír lo que se mira. Paco pegaba el oído a la palabra que se le revelaba en la experiencia vivida/escrita. La misma cuestión que en los años veinte plantearon los movimientos de vanguardia, lo planteó el movimiento beat medio siglo después. Toda poesía estaba escrita en el camino. Sin embargo, como también ocurrió con las vanguardias, esa actitud no se redujo a la condición de gesto, sino que se transformó en hecho, y en hecho textual. Por ejemplo, los poemas del hospital que cierran Qué epidemia de rosas son en cierta manera proféticos, escritos desde la experiencia individual del enfermo a la experiencia colectiva de la peste. Así, un escritor como Paco no es un profesional de las letras, pero sí es un artesano y un hombre de letras. La conciencia de su escritura le permite diferenciar entre su oficio y su condición de vate romántico. Lo que el rock dijo para él es que todos somos Hölderlin en su torre abolida, y la reversibilidad del gesto se nos vuelve impositiva: todo poema es de amor porque tiene a la muerte en el horizonte, y la muerte más literal, la desaparición física.

La dialéctica, más bien una simple oscilación, que constituía el movimiento del poeta en busca de su canto, lo lleva plantear una dialéctica individual que, por frecuente, se muestre trillada. Por eso, entre los santos patrones de la poesía, junto a Homero y Dante, están Francisco de Asís y François Villon, y Paco, tocayo de ambos, se adscribe en apariencia e intención al segundo, pero en esencia al primero, pues todo poeta en los últimos 200 años quiere ser maldito y conseguir por ese camino la santidad. Martínez Negrete consigue no la santidad sino la iluminación y la gracia, o sus equivalentes, la pureza y la ingenuidad. Fue un lento y perceptiblemente doloroso aprendizaje. Se puede rastrear una hipnosis que el rock provocó en la literatura; primero en la gringa, a través de la generación beat, y de allí a la literatura mexicana e hispanoamericana (es fácil ver el nexo que va de En el camino de Kerouac, a Se está haciendo tarde de José Agustín, y Que viva la música de Andrés Caicedo), y sobre todo a la poesía de una generación posterior (véase, por ejemplo, el libro La sombra del rock, de Carlos Mapes, hasta ahora único, pero ya con varias reediciones). La celebración vital incluye sinsabores, pero no pierde la esperanza y esta, en el mejor de los casos, se transforma en aceptación, sin amagos de resentimiento. Martínez Negrete, y la paradoja es bien deliberada, no dejó de ser poeta hasta que consiguió serlo. Y así consiguió serlo siempre. Lamento que ya no esté aquí para decírselo.


José María Espinasa / Ciudad de México, 1957. Poeta, ensayista y editor. Es editor fundador de Ediciones Sin Nombre y director del Museo de la Ciudad de México. Fue secretario de redacción de las revistas Tierra Adentro y Casa del Tiempo, así como del suplemento La Jornada Semanal. En Piélago (1977-2007), publicado por la UNAM, reunió buena parte de su poesía escrita. Es, asimismo, autor de múltiples volúmenes de ensayo como Notas sobre la literatura mexicana después de 1968 (2019).