24 enero, 2022

Una economía de las sombras: la traducción de poesía como trabajo

de Tanya Huntington | Ensayos

 

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Escuché a Robert Bly leer cuando yo tenía 15 años. Al preguntarle sobre la escritura de poesía versus su traducción, dijo que escribir era como caminar a solas por la orilla de una carretera, mientras que traducir era como bailar desnudo por la línea divisoria. No he dejado de pensar en ello.

Tweet de Robin Myers, 23 de noviembre de 2021

Hace unos días, en el vuelo a Washington, D.C., la forma de aduanas que se había distribuido entre los pasajeros requería que se palomeara una cajita con un “Sí” o un “No”, en respuesta a la afirmación número 10: “El propósito principal de este viaje es el trabajo”.

Debo reconocerlo, me hizo dudar.

Pensé: bueno, ciertamente hay un aspecto laboral en toda la organización que se requiere para preparar un simposio de la envergadura de The Shared Language of Poetry [El Lenguaje Compartido de la Poesía]. Como una de las coordinadoras, puedo constatarlo. El gran equipo del Instituto Cultural Mexicano, de la Universidad de Georgetown y de la Universidad de Maryland está trabajando duro para que esto funcione. Es su chamba. Hay, además, una cantidad modesta de remuneración en juego, gracias a nuestros amigos de la National Endowment for the Humanities [Fondo Nacional para las Humanidades]. Y sin embargo, ¿es realmente un negocio? ¿Somos nosotros los empresarios del verso?

Me daría mucha pena, querido público, que le den a entender lo contrario, pero nadie va a enriquecerse repentinamente como resultado de este simposio. La poesía puede constituir un negocio, pero difícilmente será uno rentable, a menos que estemos hablando de las listas de Billboard, en tanto antología poética u otras formas de compensación que nada tienen que ver con el dinero. Es casi seguro que cualquier bien derivado de este evento será de naturaleza no capitalista. Tratándose de esa cuestión, aunque no sea cierto, preferiría asociar los múltiples premios de la poesía con el placer y no con el negocio.

Eso, en cuanto a la lengua compartida de la poesía en general. En cuanto a la traducción de la poesía, y como alguien que ha gastado varias décadas en la traducción freelance a fin de mantener las luces prendidas, me siento calificada para afirmar que, de todos los diversos tipos que existen y que he practicado de este oficio —los cuales varían desde manuales para electrodomésticos hasta acuerdos legales internacionales, desde recetas de cocina hasta boletines de prensa, desde novelas detectivescas hasta discursos de empleados de gobierno—, la poesía es absoluta y definitivamente la que menos paga. Lo cual no significa que no crea que deba ser mejor compensada, desde luego. ¡Siéntanse en libertad de dejarme una propina, si gustan!

Entremos al negocio —o bien, al placer— con una definición de la palabra “traductora”. Me gusta bastante la de Kate Briggs que aparece en su delicioso libro Este pequeño arte, y que ahonda de manera brillante sobre el tema de la traducción en general, aunque no le entre demasiado a la poesía propiamente dicha: “Traductora: escritora de nuevas oraciones basadas en su cercanía con otras, productora de relaciones. En primerísima instancia, de su propia relación personal con los libros que lee y se esfuerza por traducir”.1

Lo anterior, para mí, resulta un punto esencial; sé que hay muchas personas que preferirían definir la existencia y el significado del texto fuente como algo preponderante. Hay, desde luego, cierta lógica en ello. Después de todo, si no existieran los poemas que se van a leer como parte del simposio, no cabría la posibilidad de que yo los tradujese. Son la causa y raíz de mi efecto, o lo que esto signifique.

A pesar de mi doctorado en Letras Latinoamericanas, para el que trabajé muy duro en la Universidad de Maryland, ciertamente me siento mucho mejor calificada para hablar sobre mi efecto que sobre sus causas de raíz. Sobre todo cuando se trata de describir el acto de la traducción que, para bien o para mal, no implica en absoluto a la poeta original. A menos, por supuesto, que dé la casualidad de que la poeta esté viva y dispuesta a contestar mis tontas preguntas, o suficientemente versada en la lengua de la traducción como para ofrecer sus observaciones y, mejor aún, entrar en un diálogo. Lo cual es maravilloso aunque, por desgracia, imposible en lo tocante a Federico García Lorca, el primer poeta al que traduje.

Siento que la traducción de poesía es un ejercicio que, para comenzar, debe tomarse con mayor ligereza, dados los alegatos que circulan por allí sobre la amenaza potencial que representa este arte. ¿Cuál amenaza, se me preguntará, con cierto dejo de alarma? Tal vez a la hora de asistir a este panel, ustedes, los participantes, no se sentían particularmente amenazados. Tal vez algunos son traductores de poesía. Y sin embargo, la descripción para nuestro panel dice: “La traducción a menudo se ha visto con sospecha como un género que claudica las posibilidades del significado, que presenta una comprensión limitada de otras culturas y, en última instancia, que amenaza la posibilidad de comprender plenamente al otro”. Y, ¡pum!, ahí está: ese alegato pegajoso de traduttore, traditore que no podemos quitarnos de encima, al parecer, hagamos lo que hagamos.

Traddutore, traditore es tanto un proverbio como un juego de palabras que se refiere al cargo levantado por los italianos contra lo que consideraban traducciones deficientes al francés de la Comedia de Dante durante el siglo XVI. A mayor escala, se trató de una acusación que ha formado parte de una guerra cultural específica, y que involucraba la supuesta superioridad de ciertas lenguas romances sobre otras. ¿Eso significa que nuestras buenas intenciones como traductores están pavimentando alguna especie de camino al infierno? Me imagino que los traductores de Dante sí estaban, de hecho, intentando pavimentar un camino al Inferno.

Ahí está el detalle: creo que este tema debería tomarse con un toque de humor o, si prefieren, de irreverencia. Así que aquí va mi primera confesión, la cual no necesariamente debe tomarse en serio: preferiría ser considerada una traidora que envolverme en el aura bendita de homenaje, mientras me inclino al pie de un altar donde destacan los bustos en mármol de grandes autores canónicos. De esa dicotomía (bastante machista, como han notado Sherry Simon, Luise Von Flotow y Lori Chamberlain, entre otras) de la traducción como fiel y servil y leal, o bien como ligera y libre y poco confiable, preferiría lo último. Preferiría el placer.

Me explico: como traductores de poesía somos, en esencia, muy irrespetuosos y hasta subversivos. ¿Cómo nos atrevemos? ¿Quién nos dio permiso de meter nuestras pezuñas en la obra maestra de Dante? A cada medida de tributo sigue otra igual o mayor de desacralización, como señaló Octavio Paz (si es que puedo relevarlo momentáneamente de su estatus de busto) en Homenaje y profanación.

También creo, hipotéticamente, que resulta útil trabajar hacia atrás, como a menudo hacemos los traductores. Resulta que tampoco tenemos mucho respeto para la causa y el efecto del tiempo en sí cuando, como solemos en nuestras labores, intentamos regresar el reloj con la esperanza de que nuestro tiempo presente no solo reescriba el tiempo pasado, sino también proyectarlo hacia el tiempo futuro, para parafrasear a Eliot. (Y ahí tenemos otro busto.)

Mis colegas se ponen nerviosos cuando empleo palabras como “reescribir”. Quizás algunos de ustedes ya están retorciéndose en sus asientos. Pero creo que necesitamos reconocerlo; no podemos negar que tiene algo que ver con lo que hacemos. “[…] escritora de nuevas oraciones basadas en su cercanía con otras”, para volver a esa cita de Briggs… ¿No será una bonita manera de decir “reescribir en otro idioma”?

Sería útil mirar con mayor cercanía algunos de esos alegatos sobre la amenaza que representamos nosotros, los traductores hardcore que reescribimos la poesía. Una pregunta que suele surgir es: ¿pero no resulta tremendamente difícil?

Supongo que sí es una tarea desafiante y, a veces, acomplejante. En particular, cuando regresamos a todos esos títulos que brincamos y dejamos para después. (¿No aborrecen ustedes los títulos?) Sin embargo, debo admitir que disfruto la traducción de poesía mucho más que limpiar el arenero del gato, acudir a la dentista para una endodoncia o lidiar con la verificación del coche. De hecho, disfruto enormemente traducir poesía. Es, tomando prestado un verso de Oscar Hammerstein, «una de mis cosas favoritas». Lo encuentro desafiante y gratificante —aunque no en términos financieros, por supuesto—. Volviendo al negocio o al placer, aquí hablamos de calcular letras, no números.

Sí, hay dificultades inherentes a la traducción en general y, específicamente, a la traducción del español al inglés. El tiempo subjuntivo… ¿Hace falta agregar algo más? Pero tampoco es imposible, ¿o sí? Lo cual nos lleva al siguiente alegato en nuestra contra: ¿no es imposible, en última instancia, la traducción de la poesía?

Existe algún tipo de consenso que subyace a la traducción poética en tanto esfuerzo inútil: no puede hacerse, aseguran. La poesía se considera un género de un nivel tan arcano o elevado o sagrado —aquí aparecen, de nuevo, aquellos bustos de mármol—, que hay algo casi blasfemo en trasladar el verso de su lexicografía original a una especie de versión pirata. Ello tiene que ver con el brillo del genio que ha emanado de la poesía, cuando menos desde que Longino inventó el término en Sobre lo sublime. ¡Ah, el genio! Aquel equivalente post-ilustrado de la beatitud, según un artículo de Marjorie Garber.2 De nueva cuenta, mi problema parte de la irreverencia: no debemos aproximarnos a las culturas como si fueran panteones del genio. La palabra me conjura imágenes de aquel Wile E. Coyote, descrito en las tarjetas de presentación que él mismo diseñara como un Súper Genio. En tanto traductora, no siento que participo de una hazaña que le haga eco al genio o me convierta a mí misma en tal, aunque sí confieso cierta afinidad con el ingenio del odioso Correcaminos: encontrar una solución astuta u ocurrente a las apabullantes probabilidades. De cierto modo, las desafío a pulso de bip-bip.

Cuando aquellos que entablan sus dilemas se sienten generosos, modifican su alegato original sobre la imposibilidad de las traducciones de poesía para insistir en que solo un poeta puede traducir a otro poeta. ¿Podemos ser más específicos, por favor? ¿Se refieren a un poeta publicado? Yo ya publicaba traducciones de otros poetas mucho antes de que se editase mi primer libro. En efecto, me gustaría pensar que lo que hice entonces era una forma de transgresión. Debemos inclinarnos a eso como traductores de poesía. Sí, estamos en el negocio de elaborar versiones pirata. De trabajar en una economía de sombras.

La traducción debe considerarse como una forma de competencia desleal, como la de esos atletas que toman esteroides. Porque la traducción, de hecho, puede darnos una ventaja considerable como poetas. Pareciera que, de repente, nos hubieran otorgado superpoderes. Cosa de aprender a leer, o a cortar y pegar a manera de intertextualidad. La traducción cuela nuestros poemas amados a través de un filtro muy distinto, que pertenece a nuestra propia destreza creativa. La traducción como una dinámica de lectura cuyo rendimiento se ha visto incrementado a través de la escritura.

Para concluir, me gustaría mencionar a tres maestros que tuvieron la culpa de que me haya convertido en traductora de poesía. Primero —dado que uno de los anfitriones de este simposio es mi alma mater, la Universidad de Maryland—, mi mentor y querido amigo José Emilio Pacheco. Mientras yo estudiaba en College Park, José Emilio estaba enfrascado en traducir los Cuatro cuartetos de Eliot. Tuve la fortuna de que me diera un papel menor como «sondeadora» durante el periodo en que ambos coincidimos aquí. Aunque a Eliot le tomó ocho años escribir el poema —mientras se completaba su transformación en busto de mármol—, a Pacheco le llevó más de dos décadas traducirlo, y redactar las notas que se sentía obligado a añadir porque, para él, la traducción era un modo de investigación literaria. (Las notas, por cierto, exceden por mucho la longitud del poema original).

En cuanto a la rentabilidad, ese empeño no tenía sentido. No creo que José Emilio se haya ganado una beca, o un adelanto, para realizar esa traducción. Fue una labor amorosa; para lograrla, Pacheco tuvo que bajar a Eliot de su pedestal y rehumanizarlo al indagar en sus numerosas elecciones personales y poéticas. En cuanto al tiempo involucrado, obviamente denota una obsesión y no una fijación saludable. (Quizá podamos agregar los términos “acosadores de poetas” o “chismosos” a nuestros cargos previos de irreverencia y soltura.)

Me gustaría decir que aprendí todas esas cosas de José Emilio cuando me pidió que revisáramos juntos, y con lupa, su traducción. (Una tarea realizada durante mi tiempo libre, porque no había seminarios sobre traducción en nuestro programa de posgrado de Lengua y Literatura Hispanas en aquel entonces.) Realizar traducciones como trabajo académico sigue siendo denostado, como lo denunció Lydia Davis. (Una sola vez me salí con la mía en el doctorado porque se trataba de una traducción “anotada”.) Con todo, la de Pacheco fue una de las experiencias más formativas y provechosas de mi carrera académica. El hecho de que un escritor tan admirable como José Emilio quisiera la opinión de una pobrecita inédita como yo, me hizo darme cuenta de que etiquetas como la de “mayores” solo forman obstáculos para encontrar maneras ingeniosas de hacer bip-bip —o sea, de reescribir la obra de otra persona en otro idioma.

*

A veces tenemos que tensar nuestro valor hasta el punto de quedar firme y de confrontar “lo imposible” —entre comillas porque sí puede hacerse y, es más, debe hacerse—. A menos que resultemos demasiado egoístas para compartir la lengua de la poesía. A menos que estemos dispuestos a dejar que la poesía languidezca en su nicho de lengua original. A menos que estemos dispuestos, como en mi caso, a prescindir de Szymborska, Bashō, Cavafis, Ajmátova y un muy largo etcétera. Lo cual me devuelve una vez más a aquella descripción del panel, que alega nuestra promoción de la desidia a través de la creación de la «tradudependencia» -y que, a su vez, nos lleva invariablemente a un callejón sin salida: la imposibilidad de conocer al otro–. O sea, para poder conocer verdaderamente a quienes acabo de nombrar —y que cuento entre mis poetas de cabecera—, ¿primero tendría que dominar el polaco, el japonés, el griego y el ruso? ¿No pueden alivianarse tantito, oh hacedores de alegatos? O quizá podemos entablar algún tipo de intercambio: digamos, García Lorca por Ajmátova. Si sueno bromista, es porque trato de explicar lo inútil de una lógica capitalista de propiedad, de exportar o importar procesos poéticos que existían mucho antes que la propiedad privada o, incluso, la palabra escrita.

Los primeros que me motivaron a dominar el español fueron, en primer lugar, los poetas. Lo cual me lleva a mi segunda motivación, una maravillosa maestra de español en una preparatoria no muy lejos de aquí, en Bethesda-Chevy Chase. Daba la casualidad de que era una refugiada de la Guerra Civil Española que se había casado con un sobreviviente polaco del Holocausto, y así adoptó el apellido Susynski. La señora Susynski nos enseñó a amar la poesía y a memorizar versos de la Generación del 27: “Córdoba./ Lejana y sola./ Jaca negra, luna grande,/ y aceitunas en mi alforja”. Como nací en Dakota del Sur, pude inferir que “jaca” tenía que ser algún tipo de caballo, pero tuve que buscar “alforja” en el diccionario. Y así se echó a andar la bola porque, en aquel entonces, mi yo preparatoriana aún tenía que traducirlo para poder comprenderlo. Luego, mientras trabajaba en el verano como secretaria, a menudo mantenía la apariencia de estar absorta en mi trabajo con la traducción de poemas de Federico García Lorca. No porque alguien me lo hubiera pedido, ni porque mis versiones fueran a publicarse algún día, sino porque era la mejor manera de aprender de él, tomando en cuenta la diferencia en nuestras edades y el hecho de que los fascistas lo fusilaran muchas décadas antes de que yo naciera.

Cuando reescribí las palabras green how I adore you green, sentí como si estuviera traicionando un secreto que había sido bien guardado, cuando menos en mi cultura de origen. Y así fue como aprendí que la traducción de poesía era como los chismes de adolescentes. Una versión inmadura de la ropa sucia de Eliot que lavaba José Emilio. Y sin embargo, al igual que nuestra soltura o irreverencia, ¿no es ese término peyorativo, “chismoso”, una virtud de nuestro oficio?

Y, finalmente, llegamos al primer maestro. Mi primera incursión en el español tuvo lugar porque mi padre, un estudiante de biología y también el primer miembro de su familia en obtener una educación superior, había estudiado la lengua. También hablaba un poco de ruso, razón por la cual me puso el nombre de Tanya en plena Guerra Fría. Gracias a ello, pude aprender el significado de aquel slogan político “mejor muerto que rojo”. A veces creo que, para él, yo era el equivalente de «Un chico llamado Sue», la canción de Johnny Cash. Una chica llamada Tanya durante la Guerra Fría… Qué locuaz, ¿cierto?

Cuando nací, mi padre enseñaba español en la reserva Eagle Butte del pueblo Oglala Sioux en Dakota del Sur, de donde provienen ambos lados de mi familia, granjeros y campesinos. Era muy pequeña cuando a mi padre se le metió a la cabeza el llevar a sus estudiantes a conocer la Ciudad de México, la gran Tenochtitlan, donde apreciarían vastos murales que celebraban la cultura e identidad originarias. Nos mostraba postales a mi hermana y a mí de Ciudad Universitaria —es decir—, el campus capitalino de la Universidad Nacional Autónoma de México, y nos señalaba los dos volcanes que había al fondo. Para que nos acordáramos de sus nombres, nos dijo que eran Purple Caterpillar (Popocatépetl) y Extra Seawater (Iztaccíhuatl). A fin de cuentas, no pudo juntar el dinero suficiente y la experiencia no pasó de una esperanza. Nunca se imaginó que un día su hija formaría parte de una generación de mujeres nombradas Tania, con “i” latina, algún día y que se iría a vivir bajo esos dos volcanes.

Supongo que estarán pensando: “Bueno, me compro lo de José Emilio y la señora Susynski, pero tu papá, Jerry, suena a un pésimo maestro de traducción del español. ¿Qué tienen que ver orugas moradas y agua de mar de sobra con Popocatépetl y Ixtacíhuatl?” Y sin embargo —dado que, a lo mejor lo habrán notado, he estado trabajando al revés, como hacemos a menudo los traductores—, no puedo sino preguntarme: ¿no resultó fundamental el Principio de Rebus —o la creación de versiones de algo que suenan como lo que es, aunque signifiquen algo distinto— para el origen de la palabra escrita? ¿O cuando menos, de su transición de pictograma a fonema? O —dado que el Rebus es, esencialmente, un juego de palabras—, ¿no será una señal de que no hace falta tomar en serio la traducción de poesía para que ésta sea importante?

¡Bip-bip!

 

*Ponencia impartida en el simposio The Shared Language of Poetry [El Lenguaje Compartido de la Poesía], celebrado del 10 al 14 de noviembre de 2021 en el Instituto Cultural Mexicano de Washington, D. C.

 

Puedes seguir a Tanya Huntington en Twitter: @TanyaHuntington


1 Kate Briggs, This Little Art, Londres, Fitzcarraldo Editions, 2017. p. 45.
2 Marjorie Garber, «Our Genius Problem», The Atlantic, Diciembre de 2002. https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2002/12/our-genius-problem/308435/


Tanya Huntington / Dakota del Sur, Estados Unidos, 1969. Artista y escritora binacional, es jefa de redacción de la revista bilingüe Literal: Voces latinoamericanas y autora de varios libros, de los cuales el más reciente es Solastalgia (Almadía / UAA, 2018). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del FONCA.