3 junio, 2019

Albercas

de Ileana Garma | Inéditos

Nadie me enseñó a nadar

Estuve horas enteras en la alberca de un hotel blanco. Tres piscinas. Una de ellas era un simple chapoteadero para niños del que me cansé con rapidez. Otra era una piscina para niños mayores que yo. Recorrí esa alberca sujetada a los bordes. Por pequeños instantes me atrevía a dejar las orillas. ¿Dónde estaban los adultos? Alrededor de esas piscinas se extendía una red de pasillos llenos de sol, puertas de madera. Los números de las habitaciones estaban escritos en relieve dorado. Había jardines diminutos debajo de las escaleras. Los barandales atrapaban a los vacacionistas en esa claridad. Yo lograba sumergirme y salir sin ayuda. No tardé mucho en comenzar a flotar, pero pasaron varios días antes de que me atreviera a nadar al centro. Finalmente fui a la tercera piscina, tenía sed y quería nadar de extremo a extremo. Ante mis ojos de siete años, aquella piscina adquirió dimensiones olímpicas. Ahora, cuando pienso en mi infancia, siempre estoy sentada en la orilla de la alberca, observo el agua y sumerjo los pies.

 

Comencemos por el principio

Cuando mis padres fueron juntos a registrarme como un ser vivo y decidieron mi nombre, se amaban, ellos se amaban. Algo debió pasar después, para que mi padre se alejara, para que mi madre se guardara en un interior de telas frías color pastel. Su tienda departamental. Todavía sueño que voy a registrarme, que de alguna manera es obvio que una recién nacida vaya a registrarse. Coloco mis huellas y pido la pluma para escribir. No sé, de alguna manera es natural que una mujer sea un remolino, donde su nombre y su rostro chocan siempre.

 

Abuelo

Hombre de pocas palabras. En mi primera charla grave con él, me aconsejó guardar silencio. Recuerdo que sin mucha convicción me acercaba a recibirlo con un abrazo. Sus mejillas eran rasposas y podían verse los puntitos blancos de una barba incipiente. En mi primera charla seria con él me aconsejó ser solitaria. La piel oscura de sus brazos era suave y una redecilla de arrugas le comenzaba a colgar de la garganta, mientras que el resto de su cuerpo parecía fuerte, musculoso. En mi primera charla oscura con él, me dijo que la única música que valía la pena era la música clásica. Olía a cigarrillo fuerte y a polvo. La única vez que lo observé con miedo, abuelo escuchaba a Brahms y lloraba.

 

Me veo sentada en el asiento trasero de un carro desconocido

Mi madre y mi hermana están a mi lado. Mi madre llora. Abuela conduce y su copiloto es mi padre. No puedo verle el rostro, pero de alguna manera ya lo conozco, sé cómo es. Mira hacia adelante sin ver nada. Una de las mangas de su camisa blanca parece percudida, vieja, como un girón de tela sobre un cuerpo náufrago. El interior del automóvil me resulta asfixiante. Estoy frente a una alberca de dimensiones olímpicas, tres o cuatro metros de profundidad. Salto y comienzo por nadar, pero me hundo, doy brazadas con todas mis fuerzas y me hundo más y más. Cierro los ojos y me abandono. Sé bien cómo es mirar hacia el frente sin ver nada.


Ileana Garma / Mérida, Yucatán, 1985. Estudió la carrera de Artes Visuales en la Escuela Superior de Artes de Yucatán. Es egresada de la Escuela de Creación Literaria de la Sociedad General de Escritores Mexicanos (Sogem). Diplomada en Literatura, Protocolo y Periodismo por Editorial Santillana. Ha publicado 29Días de fiesta y otros cuentos, Ternura y 7 obra poética, entre otros. Fue becaria del Fonca y del PECDA.