10 junio, 2019

Cae la noche

de David Huerta | Inéditos

Cae la noche

Cae la noche desde la boca izquierda de un demonio.
Cae la noche con un acompañamiento de dragones minúsculos
y catoblepas radiantes. Cae la noche con una lentitud de discóbolo,
con una pausa roja y luego una pausa azul de ninfa coronada.

Cae la noche hasta la empuñadura de todo reloj que asoma
y se desarrollan en su agua maldita embriones curvos, larvas inquietas de oro,
minerías de grises cristalizaciones y astronomías inversas
de estrellas resonantes que empapan la ropa con una fluida ceremonia
de párpados y de ciénagas. Cae la noche vigilante entre la torpeza del crepúsculo y la
            estridencia de la madrugada.

Cae y cubre. Cae y se revuelven los papeles, se doblan
páginas de tristeza infinita, libros angulosos se mojan aceleradamente
hasta la extenuación. Cae la noche: húmeda, sin lluvia. Sólo cae, oscura, con su cuchara
de Hypnos y Traum, metiéndose entre los diccionarios
de diversos idiomas que, cerrados, con una obstinación políglota,
murmuran bajas babeles hasta los ceniceros de Nemrod.

Pero en la noche que cae hay cosas bruscas también como alfileres de color violeta
cuya picadura es un veneno de insomnio y desasosiego.
Hay en la noche suspiros multidimensionales, fabricados
con ruda hermosura de cinceles y estatuarias melancolías; hay
orillas de cuerpos atrapados entre líquenes y nostalgia,
orladas anatomías de playa y de murmullo, huesos y pieles
que caen como la noche en pozos profundos con un rechinido de Eclesiastés.

Y en el hundido labio de la noche caen, a su vez,
tenedores huidizos y miedos en forma de puntiagudos dólmenes.
Labio nocturno: cuelgan de su borde ducal y de sus grietas deprimentes y secas
riadas de palabras de encendido fulgor, de luida y ronca amnesia.
Labio nocturno: mudo acantilado, ruina de civilizaciones insumisas.

Pero en la noche que cae hay, asimismo, despiertas agonías
de alcohol y droga, crispaciones de muchedumbre cuartos adentro
y miligramos inconsolables depositándose a puñados en el ardor de venas y pupilas; hay
sedentarismo de esbeltas esperas y carreras de signos en la estriada carne de la angustia.

Almacenes hay en la caída de la noche que atesoran la tinta forajida del contrabando
y guardan el tembloroso lápiz que hace una carta saturada de desesperación y exánime de
            tartamudeo, de amor.
Tiendas hay en la noche que se abren como ojos ante manos que se agitan
y dinero tirado de cualquier manera en desvanes y sótanos, en albañales y agua turbia.

Cae la noche con una dirección de gallo metálico que se deshace sobre el techo del
            mundo y se encaja
detrás de las obligaciones y desde ahí promulga su canto extraviado.
Cae la noche con una túnica de negatividad y clausura, con una luna izquierda
para la pupila del hambriento y una luna derecha para la tensa lágrima de la viuda.
Cae la noche y suena. Cae la noche y el mes se despuebla. Cae la noche
y el segundero bizquea con un remolino de enantiomorfos deshilachados.

Cae la noche con una benevolencia enemiga. Un pie se detiene, otro avanza.
En la noche un cuerpo cae y otro se levanta,
un hombre duerme y una niña que estaba a punto de caer
se esconde en medio de las espigas nocturnas y espera ahí, con una mirada palustre,
la salvación que la noche prodiga en los diamantinos territorios del corazón.

 

* Del libro que publicará la Universidad Autónoma de Querétaro, titulado Los instrumentos de la pasión.

La foto David Huerta en Tepoztlán, 2018 de Alejandro Arras, se usa con una licencia Creative Commons License Creative Commons.


David Huerta / Ciudad de México, 1949. Es uno de los poetas fundamentales de la lengua. Entre los premios que ha recibido se cuentan el Premio de Poesía Carlos Pellicer en 1990 y el Premio Xavier Villaurrutia en 2006. Su poesía reunida hasta 2011 se publicó en dos tomos bajo el título de La mancha en el espejo (FCE, 2013). Es creador emérito del Sistema Nacional para la Cultura y las Artes.