3 junio, 2019

¿Crisis de la poesía? El poetariado según Jean-Claude Pinson (2)

de Laure Michel | Ensayos, Traducciones

Traducción de Juan Francisco Herrerías. Puedes leer aquí la primera parte de este ensayo.


Una concepción tal de la poesía, que la articula de manera ideal con la existencia de todos y cada uno, no es únicamente una respuesta democrática, por el número, a la cuestión de la crisis de la poesía. La poéthica, tal como la define Jean-Claude Pinson, permite no solamente dar un lugar social a la poesía, sino igualmente hacerle jugar un papel político. Es de hecho en la medida en que contribuye a inventar formas de vida que la poesía puede «integrarse a un movimiento más amplio de resistencia biopolítica».1 Si es verdad, como lo afirma Pinson apoyándose en Michel Foucault y Antonio Negri,2 que el poder toma cada vez más como objetivos la vida y el cuerpo, que es un biopoder, entonces es porque la poesía ejerce su fuerza creadora sobre la vida misma que puede participar con las múltiples vías alternativas en las que el trabajador actual merodea e inventa una existencia que se resiste a tal poder. Al intentar, a través del concepto de multitud, «asir la importancia de las transformaciones recientes de la economía global», Michael Hardt y Antonio Negri analizan efectivamente la producción actual no tan sólo «en términos meramente económicos, sino más generalmente por su carácter de producción social: no sólo la producción de bienes materiales, sino también la de la comunicación, las relaciones y las formas de vida».3 Poniendo el acento en la hegemonía del trabajo inmaterial que, si bien no es mayoritario, tiende de cualquier modo a transformar las otras formas de trabajo, los dos autores muestran en cuánto esa producción de información, de saberes, de ideas, de imágenes, de relaciones y de afectos concierne, más allá de la economía, a la producción de relaciones sociales:

El trabajo inmaterial es biopolítico en tanto que está orientado a la creación de formas de vida social. Así pues, ese trabajo no queda confinado a lo económico, sino que de inmediato se convierte en una fuerza social, cultural y política. […] la producción a que nos referimos aquí es la producción de subjetividad […]. Quiénes somos, cómo vemos el mundo, cómo nos relacionamos entre nosotros, todo ello se crea por medio de esa producción social y biopolítica.4

Ahora bien, debido a esas características del trabajo inmaterial, la multitud, que es «el conjunto de la fuerza creativa del trabajo»,5 es capaz precisamente de producir nuevas formas de resistencia adaptadas al biopoder, porque se sitúan sobre un terreno idéntico: el del cuerpo y la vida. Es en ese contexto que Jean-Claude Pinson propone el concepto de poetariado,1 a partir del modelo de cognitariado y de precariado que, según Negri y Hardt, definen el carácter a la vez precario e instruido de los nuevos trabajadores productores de bienes inmateriales. El poetariado se refiere a esa tendencia masiva de la multitud a la invención de nuevas formas de vida, de relaciones, de afectos y subjetividades, que resisten al biopoder. Este concepto tiene el mérito de poner el acento sobre la dimensión poiética, creativa, de tal resistencia. Pone en evidencia igualmente cuánto puede la poesía, en tanto que poéthica, participar en esa producción alternativa y ser «eminentemente política».7 Pero hay que señalar que la integración de la poesía a un movimiento de resistencia biopolítica más general tiene un cierto precio. Por una parte, la especificidad de la poesía en relación a otras artes desaparece. Es por lo mismo que no importaría cuál práctica artística, diferente del poema, invente formas de vida en resistencia. Por otra parte, la poesía tiende a veces, en la argumentación de Jean-Claude Pinson, a confundirse con la dimensión poiética de la existencia en general. Este último evoca incluso, junto a un «poetariado» de poetas, «poetariado en sentido estricto», a un poetariado en sentido amplio, representado por el conjunto de los nuevos proletarios que buscan «volverse los poetas de su propia existencia».8 La fórmula nietzscheana, utilizada en numerosas ocasiones por Pinson para subrayar los nexos entre la vida y la poesía, tiende aquí a legitimar la importancia política de la poesía mediante una acepción particularmente extensa de esta última. El mismo Jean-Claude Pinson lo reconoce: «Es entonces evidentemente una definición no poética (textual), sino filosófica la que prevalece, con el riesgo sin duda (pero lo asumo) de cambiar de materia, de perder de vista la poesía stricto sensu, su núcleo duro que aún resiste».9 El autor no deja, desde luego, de defender en múltiples ocasiones la pertenencia de la poesía a las artes del sentido y del lenguaje. Si bien la poesía apunta a un afuera que sería la existencia de cada uno aumentada por la potencia de invención del poema, la obra impresa permanece como indispensable para la realización de una «vida poética»10 o incluso «poiética», es decir, creadora de ella misma y liberada de conformismos y estereotipos: «[…] la vida sólo puede ser un poema no impreso en aquella persona que haya podido nutrirse de poemas impresos […]».11 Y además: «Se tratará de hacer que las formas textuales contribuyan a iluminar y nutrir, amamantar y cambiar, engrandecer e intensificar, en su poder de resistencia, a las formas de vida».12 Sin embargo, como lo señala Pinson, «en esta perspectiva, no se trata solamente de política de la literatura (de la escritura y del texto), sino de política de la poesía —entendida en el sentido amplio de una búsqueda de la vida poética».13


Es entonces, finalmente, bajo el precio de una cierta indiferenciación, no solo respecto de las otras artes, sino también de aquello que en el arte atañe a la pura potencia de creación, al poiein, que Pinson alcanza a defender el lugar social y político de la poesía. De cualquier modo, incluso a ese precio, la gran valía del concepto de poetariado es que invita a pensar de una manera nueva el lazo de la poesía a la política. Como lo señala Pinson, la época actual no es más la del «gran relato de la Emancipación»,14 que atravesó todo el siglo XX alimentando un «prometeísmo poético-político»15 al que fue particularmente sensible la generación de Pinson.16 La política de la literatura que se deriva de aquél, cuyo modelo de comunidad proviene de una tradición que se remonta a la ciudad antigua reunida en su teatro, y que da forma aún a la teoría sartriana de la literatura comprometida, ha tenido de cualquier modo la tendencia, desde mediados del siglo XIX, de descartar a la poesía de su campo de interés. Una equivocación, sin duda, ya que los análisis de Jacques Rancière muestran muy bien, en contra de Sartre, que pueden ser altamente políticas obras como la de Mallarmé, a pesar de estar marcadas por «el enclaustramiento del lenguaje en sí mismo y la desconexión con el mundo»,17 según los términos de William Marx, que observa allí una de las causas de la obsolescencia de la poesía y de su descrédito social. La palabra poética en Mallarmé no se aparta de los intercambios ordinarios con el fin de reservarse para alguna élite que sacraliza el arte en contra de la gente. Rancière analiza esta separación como un reparto de lugares y de roles en el que el poeta toma a su cargo la glorificación de una «residencia nueva para la comunidad»,18 la institución simbólica de un esplendor en común en la que participan de manera silenciosa los trabajadores, atrapados por su parte en el orden económico de la reproducción, en la alternancia del día —destinado al cambio de trabajo en moneda— y de la noche reparadora. El poeta es el «intruso» que vendrá a romper la cadena económica para «preparar las pompas y la gloria de una comunidad»,19 comunidad supremamente igualitaria: la gloria que el poeta afirma es la del «no importa quién», y él mismo hace esto «sin una legitimidad en la distribución de roles».20


Se podrá por supuesto objetar que, desde Mallarmé y el fin del siglo XIX, las formas de la democracia han cambiado y que el «reparto de lo sensible» no puede seguir siendo el mismo. Desde la perspectiva de Mallarmé, el poeta y el trabajador ocupan cada uno un lugar distinto en una repartición que era ya, como indica Rancière, todo a lo largo del siglo XIX, «cuestionada por los militantes de la emancipación obrera» que reivindicaban para los obreros una parte «de la riqueza del pensamiento y de la comunidad».21 Es justamente el interés de la reflexión de Jean-Claude Pinson situar las posibilidades de la política del poema en la actualidad, teniendo en cuenta las mutaciones políticas, económicas y sociales del fin del siglo XX y principios del XXI. La política del poema no puede apoyarse más sobre el reparto complementario entre la economía y la estética como en Mallarmé, precisamente porque, en la era del trabajo inmaterial, la multitud tiende a subvertir la partición de las dos esferas a través de su poder de creación, de subterfugios, de desvíos. En la medida en que la multitud es un poetariado, hay un «recubrimiento y una pertenencia mutua»22 de lo económico y lo estético.


¿Cuál es la «forma específica de comunidad»23 que una política del poema, fundada en el concepto de poetariado, permitiría configurar? ¿Qué «común a repartir» daría a encontrar? En la perspectiva del poetariado, las modalidades mismas de identificación y elaboración de un mundo en común cambian de naturaleza. Jean-Claude Pinson no aborda de manera explícita la cuestión de la comunidad en sus ensayos, pero esta se deja deducir del concepto de multitud, que da pie al de poetariado. Con la multitud, el modelo de comunidad como cuerpo político pensado a partir de un principio de identidad, cede lugar a un modelo en el cual la unidad es la de un «sujeto múltiple, interiormente diferenciado».24 El concepto de multitud, que se distingue de pueblo, de masas y de clase obrera, es un concepto «abierto e inclusivo»25 que retoma del pensamiento de Deleuze la idea de red y de multiplicidad. Lo común no es «orgánico» y «uno»26 como el cuerpo político en la filosofía tradicional heredera de Platón, sino que resulta de un proceso dinámico de «interacción de singularidades».27 «Lo común que compartimos», según los términos de Negri y de Hardt, «no se descubre sino que se produce».28 Pensado en términos del poetariado, esto significa que el poema no se concibe como lo que reuniría e instituiría desde lo alto a una comunidad revelada a sí misma, sino como una actividad múltiple que forma una red en la que las singularidades, permaneciendo siempre irreductibles, crean de manera inmanente a través de su trabajo de resistencia y de invención un porvenir común. El poeta no puede, en ese contexto, continuar situándose como el que habla por «el pueblo». Por una parte, efectivamente, ese pueblo no es un pueblo ya constituido; es, en términos deleuzianos, «eso que falta»,29 en el sentido de que siempre está delante del poema, por venir en el tiempo de la creación. Por otra parte, el poeta no puede colocarse más como un solitario respecto de la comunidad por la cual habla, o como apartado de ella, si decide rechazarla y habitar en sus márgenes. No solitario, sino a la vez singular y múltiple, el poeta es parte importante de esa red abierta e inacabada: el poetariado, donde se inventan en la escala privada —la de la vida de cada uno— las vías de una resistencia que es necesariamente colectiva.


Desde una perspectiva tal, la cuestión de la crisis de la poesía planteada en términos de audiencia social y de recepción, pierde su pertinencia. Del poetariado «en sentido estricto», ese que vale para «todos aquellos que de una manera u otra ponen el arte en el centro de su existencia y se proponen ser creadores», entre los cuales los «apasionados de la poesía», al poetariado «en sentido amplio», el de aquellos que inventan «el día a día y, en los intersticios, formas de vida, si no alternativas, por lo menos apartadas del modelo dominante», hace falta, según Jean-Claude Pinson, pensar un continuum.30 Situado así en la intersección donde «una mutación social profunda se encuentra con una mutación del régimen propio del arte»,31 el poetariado es actualmente, sin duda, una oportunidad para la poesía. Se le puede reprochar a esta noción de pecar de exceso de utopía. Es, en efecto, poco probable que el poetariado, del que no se puede esperar que todos sus miembros sean adeptos al Gran Arte, produzca más lectores para los poetas contemporáneos más exigentes y más difíciles. Sin embargo, permite pensar la situación actual de la poesía de una manera distinta a la del problema de la escisión entre algunos autores y un público amplio. Coloca a los unos y los otros en una relación de continuidad, al interior de un campo más vasto, donde coexisten las obras más formidables y otras más mediocres, pero donde la poesía como invención de uno mismo, practicable por todos en derecho, tiene también un valor por sí sola en tanto que actividad, independientemente de los textos producidos. No se puede sino reconocer la magnitud democrática de esta perspectiva abierta por Jean-Claude Pinson.


1 A Piatigorsk, op. cit., p. 93.
2 Ver Michael Hardt y Antonio Negri, Multitud: Guerra y democracia en la era del Imperio, Debate, España, 2004, pp. 33-34: la guerra que «propende a extenderse todavía más, a convertirse en una relación social permanente» se ha vuelto «un régimen de biopoder, es decir, una forma de dominio con el objetivo no sólo de controlar la población sino también de producir y reproducir todos los aspectos de la vida social.»
3 Ibíd., pp. 17.
4 Ibíd., p. 93-94.
5 Antonio Negri, Du retour. Abécédaire biopolitique, Calmann-Lévy, París, 2002, p. 150.
6 A Piatigorsk, op. cit., p. 101.
7 Ibíd., p. 100.
8 Ibíd., pp. 100-101.
9 Ibíd., p. 26.
10 Sentimentale et naïve, op. cit., p. 35.
11 Ibíd., p. 40.
12 A Piatigorsk, op. cit., p. 93.
13 Ibídem.
14 Ibíd., p. 83.
15 Ibíd., p. 81.
16 Ver el relato que hace sobre esto en Ecrire, mai 1968, Argol éditions, París, 2008, pp. 205-213.
17 L’Adieu à la littérature, op. cit., p. 133.
18 Jacques Rancière, «L’intrus. Politique de Mallarmé», Politique de la littérature, Galilée, París, 2007, p. 94.
19 Ibíd., p. 103.
20 Ibídem.
21 Ibíd., p. 105.
22 A Piatigorsk, op. cit., p. 108.
23 Jacques Rancière, Politique de la littérature, op. cit., p. 11.
24 Antonio Negri y Michael Hardt, Multitud, op. cit., p. 128.
25 Ibíd., p. 17.
26 Ibíd., pp. 374-375.
27 Antonio Negri, Du retour, op. cit., pp. 213-214.
28 Multitud, op. cit., p. 17.
29 Gilles Deleuze, Cinéma 2. L’Image-temps, éditions de Minuit, París, 1985, p. 282.
30 «Jean-Claude Pinson : poéthiquement impur (1)», entrevista con Jean-Claude Pinson realizada por Fabrice Thumerel, publicada en el sitio Libr-critique el 3 de marzo de 2009, http://www.libr-critique.com/.
31 Ibídem.


Laure Michel / Es profesora en la Universidad de la Sorbona y miembro del Centro de Estudios de la Lengua y de las Literaturas Francesas. Se especializa en poesía francesa de los siglos XX y XXI. Es autora de René Char. Le poème et l’histoire. 1930-1950 (Honoré Champion, 2007). Sus ensayos más recientes versan sobre el valor y la situación de la poesía contemporánea.


Juan Francisco Herrerías / San Lorenzo, 1990. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Recibió la beca del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca en 2016-17.