24 junio, 2019

Las noches quebradas

de Zoe Marquines Guerrero | Inéditos

1.

Hoy.
Escucho a mi madre aullar desde la puerta (que) este mundo la ha comido y le sigue
     chupando los huesos.
Mi madre dice que me cuide.
Yo me amarro los zapatos y pienso en su queja,
pienso en ese sonido infinito de cerrar una puerta.
De entablar 20 pasos, 5 pasos, 200 pasos,
los un millón ciento ocho pasos —que me llevaron— a una foto tamaño infantil de aquella
     niña que nunca conoceré.
La miro (como si hoy tuviera ganas de vivir) a los ojos y gritando quedito le digo
“Esto lo hago por ti”.
Mi niña no tiene dientes, nunca responde.
Pienso en la lucha jodida que me cantan las ramas cada día.
Las hojas siempre son verdes, les digo.
Las hojas son más verdes cuando les da la luz,
me responden.

 
2.

En las tardes —pequeña— el alimento era el sol.

En las noches, la bebida era el mar.

En las playas los niños desnudos se bañan. Se agarran en la arena y se dejan caer, sienten
     cómo la sangre es un ritual de piel.

En las lanchas, los viejos negros irán a casa, con sus esposas gordas y sus hijos flacos.

En las lanchas —pequeña— remaremos para ir en busca de un deseo. Las brisas
      maliciosas

nublan la vista, y solo encontramos una concha rota.

Hoy están pintando las casas,

todos los intentos de tortugas mal hechas —se desvanecerán al sonido de lo espeso.

Hoy están parchando las calles,

todas las peticiones y demandas —se irán con lo muy poco que nos quedará después de eso.

Te miro a los ojos, pequeña, y sé que te hubiera encantado.

Pues las batallas de los hilos en el aire dejaban perplejo a cualquiera.

El aullar de las señoras y los perros cantando al tiempo que los borrachos caían y hacían
     retumbar la tierra.

Las noches quebradas, mirando hacia Marte, creyendo ser listo,

privándote de decir que ese es el único puntito rojo en el cielo.

“Porque todas las aves azules del mundo son buenas”.

En un cambio tan repentino, como el de seis a ocho de la noche, tan desapercibido como las
     diecinueve horas; arrullan —pequeña—.

Quieres dormir mirando al cielo, pero Dios no te ha dicho que lo hizo azul para mantenerte
     despierto.

 
3.

Las siluetas de sudor sobre la cama se sienten como la guerra.

Has perdido.

Solo esperas que el aire pase por debajo de tus orejas, al igual que los secretos que
     escupiste aquel día —esperando sorprender a tu madre.

Las frutas no duran mucho.

La carne se pudre y el cabello se nos derrite.

Desesperas porque los pájaros no le han cantado a la tarde.

Pasa la luz,

pones el dedo, tapando el fastidio que emana, pensar en la hora que no es.

El agua no pasa.

Cae sudor del techo.

 
4.

En la oscuridad

la gente se vuelve tenue a las insinuaciones precoces,

la pequeña atmósfera de luz nos hace incrédulos a lo que seremos al día siguiente.

Un cuadro neón verde es el infierno.

Paraíso de almas regurgitando

todo el placer de la noche

que engaña

y cantando nos calma diciendo

que en algún lugar del mundo,

amanece.


Zoe Marquines Guerrero / Acapulco, Guerrero, 2000. Poeta y narradora. Estudia en el Centro de Educación Artística Diego Rivera, perteneciente al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. En 2017 publicó el libro de cuentos Tina, la tortuga marina de Copala. Es fundadora del colectivo multidisciplinario Dialéctica.