24 junio, 2019

El fin del soliloquio

de Luis Vicente de Aguinaga | Ensayos

Dos recuerdos aparentemente inconexos, aunque simultáneos, me han llevado a pensar en algo que, a falta de mejor nombre, llamaré la tradición del soliloquio en la poesía mexicana moderna. Rectifico de inmediato: en realidad, es más correcto hablar de una tentación que de una tradición del soliloquio. Pero detrás de toda tentación palpita una fantasía. Todavía más correcto es, entonces, hablar de la fantasía del soliloquio en la poesía mexicana.

El primero de tales recuerdos me condujo hasta mediados de los años 80. Por ahí de 1987 debo haber leído, en un ejemplar ya viejo de la revista Nexos, un ensayo de Hermann Bellinghausen a propósito de cierta poesía escrita en México entre 1968 y 1984.1 En ese texto, Bellinghausen dictaminaba que Octavio Paz había erigido en El mono gramático un «espléndido monumento al soliloquio» y que Carlos Montemayor, poeta de la generación de 1968, escribía «una poesía monológica que se antoja más aristocrática que marginal». Me quedaban claras las connotaciones negativas que Bellinghausen quería inyectar en las nociones de monólogo y soliloquio en ambos casos.

El segundo recuerdo me involucra de un modo más personal. Hace quince años, refiriéndose a un libro que yo acababa de publicar, un reseñista exasperado se preguntaba (palabras más, palabras menos) por qué los poetas jóvenes de México no escribíamos como lo que éramos, esto es: como jóvenes. Me aquejaba, según ese diagnóstico, un síndrome de vejez no sólo prematura, sino voluntaria, capaz de suscitar —valga la paradoja— un escándalo punto menos que senil en aquel abanderado de la eterna juventud. Hoy, más viejo (si cabe) que aquel anciano vocacional que fui en 2004, no tendría ninguna razón para creerme obligado a escribir, actuar o hablar como los jóvenes del siglo que corre.

¿Qué buscaba demeritar Bellinghausen al señalar que Paz y Montemayor, con éxito variable, cultivaban o hasta enaltecían el soliloquio? Me pregunto qué ingrediente predominaba en las objeciones del crítico: ¿una reserva ética, una diferencia política, una discrepancia estética? No hace falta hurgar mucho en antologías o bibliotecas para observar que la sección más notoria y celebrada de la poesía mexicana del siglo XX se construyó sobre la base del soliloquio. Luego, al reprobar la propensión de Paz o de Montemayor por el monólogo, ¿es apenas la obra de un par de poetas lo que se critica o es una tradición en su conjunto, empezando por sus patriarcas, fundadores y protagonistas?

Muy joven, a los veintiocho años, Ramón López Velarde le atribuyó a su prima Águeda la causa de su particular afición al soliloquio:

Creo que hasta le debo la costumbre
heroicamente insana de hablar solo.

Más joven todavía, Xavier Villaurrutia se refirió a la poesía en estos términos en su primer libro, Reflejos:

Eres la compañía con quien hablo,
de pronto, a solas.

Octavio Paz, a los cuarenta y tantos años, escribió este verso en «El mismo tiempo», poema que recogió en Salamandra:

¿Con quién hablamos al hablar a solas?

José Emilio Pacheco, en un libro que terminó a los veintinueve años, afirmó con cierto desamparo:

Nuestra época
nos dejó hablando solos.

No presentaré más ejemplos: los cuatro, además de ser obra de poetas importantes y hasta decisivos en el siglo XX mexicano, coinciden explícitamente en el tema del soliloquio. Para uno, hablar solo es un rasgo de locura heroica; para otro, hablar solo es una prenda de repentina inspiración; para el siguiente, hablar solo es, quizá, una forma de hablar con alguien más; para el último, hablar solo es la evidencia de una derrota histórica o, en todo caso, generacional. Dos hablan solos en singular, diciendo yo; dos más lo hacen en plural, diciendo nosotros. Tres hablan solos formulando afirmaciones; uno habla solo haciéndose una pregunta.

Subrayo las edades que tenían al escribir sus respectivos poemas con el fin de asentar que López Velarde, Villaurrutia y Pacheco representaban, cada cual en su día, lo que a partir de algún momento se llamó «poesía joven». Sólo el poema de Paz corresponde a una edad más avanzada, y es llamativo que su pregunta surja cuando el poeta registra, en un parque, la presencia de un anciano hablando solo:

En una banca un viejo habla solo
¿Con quién hablamos al hablar a solas?
Olvidó su pasado
                                 no tocará el futuro
No sabe quién es
está vivo en mitad de la noche
                                                        habla para oírse

Ahora bien, conviene averiguar lo más elemental, a saber: si los poetas, cuando tratan el tema del soliloquio, verdaderamente hablan solos. En mi opinión, que los poetas manifiesten alguna simpatía por el soliloquio no significa que lo practiquen. En última instancia —como han sostenido, entre otros, Bajtín y Lévinas—, ningún texto literario puede ser monológico, ya que la misma constitución del ser que habla y de la lengua en que habla es, de suyo, dialógica. El monólogo no tiene realidad estructural sino, en todo caso, temática o formal: puedo hablar del monólogo, puedo cultivar el género del monólogo, pero no puedo hacer que las palabras hablen sólo por mí ni sólo de mí.

En la poesía mexicana del siglo XXI, es decir: en la poesía que, siendo posterior a López Velarde, Villaurrutia, Paz y Pacheco, se plantea la pertinencia de adoptar sus modelos o de cuestionarlos e incluso rechazarlos en busca de nuevos referentes, ha ido generalizándose una visión del poema como palabra del otro. En todo libro y en todo poema significativo de las primeras dos décadas del siglo XXI mexicano, de Fosa escéptica de Gerardo Deniz a Los muertos de María Rivera, de Mi vida con la perra de Francisco Hernández a Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto de Jorge Humberto Chávez, de 1331 de Ángel Ortuño a Tríptico del Desierto de Javier Sicilia, de Principio de incertidumbre de Jorge Fernández Granados a Uccello de Jorge Esquinca, de Antígona González de Sara Uribe a Vergüenza de Martha Mega, de Álbum Iscariote de Julián Herbert a Parafrasear de Tedi López Mills, no es el yo sino el otro quien sistemáticamente toma la palabra. Excepción ayer, norma hoy, la voz del otro se rige por una sintaxis fragmentaria, una gramática inestable, una prosodia oral y, en suma, por una escritura en palimpsesto. ¿Quiere decir que asistimos al fin del soliloquio, y que los poetas mexicanos renunciaron un día, de golpe, a su vieja soledad y sus viejas palabras?

No lo creo. Me parece más admisible postular que tras la fantasía de la soledad se ocultaban, complementarias, las fantasías de la comunión y de la otredad. Hágase la prueba y se constatará que los mismos poetas que alguna vez preconizaron el soliloquio también ensalzaron el diálogo. Desear el surgimiento del otro y escuchar su palabra en la multitud no excluye, a decir verdad, un deseo simétrico de construir la identidad personal en soledad.



1 El ensayo, que luego pude rastrear, se titula «Poesía mexicana reciente, 1968-1984» y se publicó en el núm. 81 de Nexos (septiembre de 1984).


Luis Vicente de Aguinaga / Guadalajara, 1971. Poeta, ensayista y traductor. Recibió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes y el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta en 2004, así como el Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos en 2005 y la Medalla Wikaráame al Mérito Poético en las Lenguas de América 2019. Qué fue de mí (2017) es su libro de poemas más reciente.