24 junio, 2019

Algo salvajemente primario. Entrevista con Fernando Fernández

de Mario Alberto Medrano | Entrevistas

Oscuro Escarabajo (Ediciones Monte Carmelo, 2018) representa el retorno de Fernando Fernández (Ciudad de México, 1964) a la poesía tras ocho años de ausencia en este género. El poeta me concedió una entrevista en la que charlamos no sólo de este libro, sino de la poesía en general y algunas otras cuestiones.

Considero que Oscuro escarabajo es un libro de poesía en el que el sujeto no pierde, en ninguno de los poemas, la atención al detalle; su ojo está interesado en aquellos pequeños elementos que lo rodean. ¿Coincides con esta observación?

Yo creo que todos los detalles, aun los que parecen insignificantes, son importantes en poesía. Los poemas que más nos gustan están llenos de detalles que nos entusiasman; pienso en La Gatomaquia o en Ifigenia cruel, por mencionar los primeros que se me vienen a la cabeza. Sé que te refieres a otra cosa, a que los poemas del libro se ocupan de los detalles del entorno, y eso también es cierto. Una de mis actividades preferidas es la observación porque me tranquiliza y alecciona. De hecho, leer no es sino observar atentamente las palabras, como detalles que se acumulan hasta dibujar la figura completa que también observamos. La realidad, como la buena poesía, está repleta de detalles que hacen que valga la pena vivir en ella.

Creo que el ritmo es —casi— todo en el poema. En los tuyos, a través de tu combinación de heptasílabos y endecasílabos, vas marcando la música de lo que quieres decir. ¿Consideras tu poesía más musical que visual?

Yo diría que el ritmo lo es todo en poesía. En Oscuro escarabajo hay el tipo de versos que señalas, pero también otros, no todos de métrica italiana. Sin embargo, mis poemas tienen un elemento visual y por eso adviertes en ellos unos versos cortos y otros largos, en sucesión y juego permanente. A tal grado el ritmo lo es todo, que ese recurso visual tiene, también él, en última instancia, el objetivo de abonar al ritmo de los versos —el cual, como ves, depende también del aspecto formal del poema—. En específico, los versos largos responden a algo más: a una suerte de narratividad cuya cuerda basta y algo grosera, por decirlo de algún modo, tiene la aspiración última de entretejerse con el hilo de oro de la poesía.

Siempre he considerado el encabalgamiento como un salto al vacío. Tú eres un poeta que utiliza mucho esta pausa del verso.

Esa fracción de segundo que pasa entre el momento en que saltamos del final de un verso, del lado derecho de la página, al inicio del verso que sigue, del lado izquierdo, tiene varias funciones; una de ellas es dejar en suspenso, por un instante, lo que se está diciendo, con la inquietud y la sorpresa que eso puede llevar implícito. Hay otro recurso por el que no me preguntas, pero que está presente a lo largo del libro: los versos rotos, que se vuelven un problema en manos de editores poco experimentados. Es una de las soluciones más socorridas de cierta etapa afortunada de Octavio Paz. Son un elemento más, también visual en este caso, que forma parte del sistema rítmico del poema.

Hay otras figuras que están muy presentes en tus poemas: el hiato-sinalefa —entendidos como una sola presencia—, la anáfora, la sinécdoque, la metáfora. Creo que leer tu poesía es un excelente curso para entender y saber utilizar de manera correcta los diversos elementos que puede incluir un poema.

No soy para nada experto en figuras retóricas y tropos, y desde luego no escribo teniendo presente lo que sé de ellos, al menos no conscientemente. He intentado estudiar mi oficio todo lo posible, pero también he procurado no envenenarme demasiado con conceptos. Quisiera que eso se notara en el resultado.

¿Por qué elegiste Oscuro escarabajo como título de tu libro?

En cierto sentido me pareció la frase más afortunada del libro y, por lo tanto, aquella con la que podía titularlo. No por tratarse de un heptasílabo, desde luego, sino porque se produce en ella un tipo de fenómeno que me gusta, que ocurre en parte de la poesía que más me entusiasma, y que tiene que ver, en concreto, con el juego de las sílabas “oscu” y “esca”, escuchadas de manera sucesiva en la frase “oscuro escarabajo”. Asimismo, ese poema se refiere a una postura ante la escritura que es, cada vez más, la mía.

Creo que, en el panorama de la poesía mexicana actual, eres de los pocos poetas que atiende con tan esmero la forma. Cuéntame un poco de tu trabajo en cuanto a métrica, rima, acentuación.

Hace rato te dije que en la poesía el ritmo lo es todo. Me equivoqué: el ritmo y la forma lo son todo (y la emoción, desde luego, y a veces la profundidad y otros valores en los que ahora no entro). El que no se atienda con esmero la forma es una de las causas por las cuales carece de interés la mayoría de la poesía publicada en México. Todos los poetas que admiro, contemporáneos o no, sin excepción alguna, atienden el problema de la forma como un asunto esencial de la poesía.

La naturaleza, la flora y la ornitología, sobre todo, son una presencia constante en tus poemas.

Los que mencionas son temas que me interesan, es cierto. Por ejemplo, el Palo de Brasil que tengo al lado de la ventana, que yo estaba convencido de que no echaba flores y que un día floreció de manera repentina y vigorosa. Luego me dijeron que esa floración era el anuncio de la muerte inminente de la planta, la cual, no obstante, un año y medio más tarde (y no en abril, como la primera vez, sino en diciembre) volvió a llenarse de flores, esta vez más bellas, más esplendorosas y aromáticas. Su olor, por cierto, es lo que justifica la segunda parte de su nombre científico, Dracaena fragrans. Ese tipo de cosas pueden ser la causa de un poema como el que está en la primera página de Oscuro escarabajo. Así puede suceder con plantas, flores, pájaros o cerdos, pero también con un santo de marfil, ciertas personas, un mueble barroco, un pequeño cuaderno de muestras botánicas o el patio silencioso de un monasterio.

No dejo de pensar que Oscuro escarabajo es, de una u otra forma, un libro de viajes. Creo que en tus poemas incluyes mucha rotación, mucho movimiento de esa voz poética.

Sí, un libro de viajes; me gusta pensar que lo es. En sus páginas asoman dos edificios del siglo XVI mexicano que están lejos de la Ciudad de México, un par de museos extranjeros, una carretera que va al norte y otra al sur, dos personajes que vuelven de un viaje. También, una serie de ciudades que pueden estar en cualquier país, pero que tienen su contraparte en esa especie de apretada judería que conforman los recuerdos en nuestro interior, donde todos los lugares que hemos visitado están irremediablemente confundidos.

¿El poema “Samuel” es un guiño a Mark Twain?

No, ese poema es más bien la evocación de un poeta de mi generación que está desaparecido, de quien no se sabe nada hace una buena cantidad de años: Samuel Noyola. Lo vi unas cinco o seis veces y siempre me impresionó su personalidad. Era un hombre con un profundo conflicto interior que se notaba en actitudes temerarias y violentas. Al mismo tiempo, tenía un inmenso talento para la poesía. Recuerdo asuntos sobre los cuales lo escuché hablar o sobre los que él escribió algunos poemas, en especial su viaje a Nicaragua y su visita a la tumba de Rubén Darío. Con frecuencia me fijo en la calle, en donde dicen que acabó viviendo, atento a la posibilidad de volverlo a ver.

Háblame, por favor, del gran poema —así lo considero yo— sobre las nubes que se incluye en Oscuro escarabajo. Creo que es un paréntesis dentro del libro, otra manera de ver el paso del tiempo. Es también una forma de viaje interior y, quizá, otra voz poética dentro del conjunto.

Era, y hasta cierto punto sigue siéndolo, un poema unitario, aunque esté despiezado a lo largo del libro. Lo escribí cuando empezaba a dar forma al volumen: estaba preocupado por resolver su arquitectura interna y no lo conseguía satisfactoriamente. Un día me di cuenta de que si lo partía en seis fragmentos y limitaba con ellos cinco grupos de cuatro poemas cada uno, la estructura del libro quedaba resuelta. Me gusta que esos cinco grupos, de temas establecidos y específicos, estén separados por unas breves líneas que nos recuerdan cada cierto número de páginas lo fugaz sobre lo que está fincado todo —ese tipo de cuestiones sobre las que aleccionan las nubes a quienes se toman el tiempo de observarlas.

Una de las características de tu poesía, y me refiero tanto a Oscuro escarabajo como a El ciclismo y los clásicos y Palinodia de rojo, es su tono conversacional.

Me gusta creer que imito los poemas de López Velarde, que tienen algo de charla fresca y espontánea, y al mismo tiempo están fijados con perfecto rigor:

Magdalena, conozco que te amo
en que la más trivial de tus acciones
es pasto para mí, como la miga
es la felicidad de los gorriones.

Háblame de las intertextualidades que hay en tu libro, de los autores con quienes dialogas al momento de escribir poesía.

En los poemas del libro hay, efectivamente, algunas alusiones a otros escritores. Eso se explica porque, al escribir, se me aparecen de cuando en cuando algunos de los pasajes que más me han impresionado de cuanto he leído. Ocurre, sobre todo, con la obra de algunos autores del Siglo de Oro. Hasta donde creo, en Oscuro escarabajo hay un solo verso citado de manera literal, razón por la cual está reproducido en letras cursivas. Procede de un soneto erótico del capitán Francisco de Aldana, uno de los poetas que más admiro. Lo incorporé de manera natural en el momento de escribir el poema, y luego lo dejé porque me pareció que decía con precisión y belleza algo que en ese momento necesitaba decir yo. (Por cierto, una vaga referencia al mejor Aldana, que es el de la “Carta para Arias Montano”, vuelve a aparecer unas páginas más adelante, en “Hojas, plantas, flores”, pero esta vez de manera más sutil; sin embargo, ese poema no está inspirado en su obra sino en un romancillo de Góngora que me encanta, el que empieza diciendo “Frescos airecillos”.) En el libro hay todavía otro poema, “Leandra”, enteramente dedicado a jugar con un pasaje de Cervantes que está al final del primer Quijote, y también hay una especie de versión libre de uno de los cantos más conocidos de Catulo, el del pájaro con el que se divierte Lesbia, tema que se repitió hasta el cansancio en el Siglo de Oro, con todo y la divertida identificación entre el pájaro y el miembro viril.

En una entrevista que te hicieron hace poco, mencionabas que Palinodia del rojo podría ser tu despedida del género. ¿Consideras que Oscuro escarabajo será el último libro de poesía que publiques? 

Realmente no lo sé. De eso trata la cita de Auden que llegó a mis oídos cuando más la necesitaba: ante sus propios ojos un poeta “sólo lo es cuando hace la última corrección de un nuevo poema, ya que antes de eso sólo era un poeta en potencia y después es alguien que dejó de escribir poesía, quizás para siempre”. En 2010, cuando publiqué Palinodia…, que reunía apenas dieciséis textos producto del trabajo de once años, creí que ya no iba a escribir más poemas. Me dolió, pero empecé a aceptarlo, hasta que algunas experiencias en 2015 funcionaron como un detonante con el que no contaba. Ahora que publico este libro, pienso que esas experiencias u otras similares podrían repetirse. Que al final conduzcan a la escritura de poemas, es algo que no puede predecirse.

Además de la poesía, el ensayo es otro de los géneros que más te interesa. ¿Qué diferencias encuentras entre uno y otro? ¿Cómo te ayuda la escritura del ensayo al momento de escribir poesía?

No tienen nada que ver, más allá de que son dos géneros en los cuales me siento cómodo. Mientras que el ensayo es mi trabajo cotidiano, y a través de él respiro y pienso diariamente, la poesía es, al menos para mí, algo excepcional que sólo tiene que ver consigo mismo.

Platícame un poco de Viaje alrededor de mi escritorio, con el cual celebras los diez años de tu blog Siglo en la brisa.

Más que de ese libro, que es apenas un proyecto, te puedo decir algo del blog. En efecto, este año se cumple una década de su fundación, en 2009. Han sido más de quinientas entradas a lo largo de diez años, y en ellas hay una bitácora bastante precisa de lo que he hecho durante ese tiempo. Ahí están mis lecturas, mis curiosidades, mis viajes, mis afectos. Ahí está, en suma, la escuela de mi escritura. Tomé el nombre de un verso de Gerardo Deniz, mi entrañable maestro y amigo, sobre quien hice mi tesis de licenciatura en 1989 y sobre el que escribo actualmente un extenso libro con el apoyo del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Me pareció un título afortunado para un cuaderno en línea: el “siglo” representa al tiempo mismo, cargado de todo género de acontecimientos, pero que está suspendido en ese ámbito frágil e inasible que es internet, cuya virtualidad me gusta comparar con la naturaleza incorpórea de la brisa. De ahí “Siglo en la brisa”.

¿Qué opinas de la actualidad de la poesía mexicana?

Hay un pequeño grupo de poetas que admiro con entusiasmo. A otros los respeto, aunque no me interese mucho lo que hacen. Por último, veo una enorme mayoría compuesta por quienes intentan a toda costa ser originales pero carecen de lenguaje, no muestran ningún interés en el oficio, confunden la poesía con la sociología o intentan sustituir la falta de sensibilidad con ideas ingeniosas. La poesía tiene algo salvajemente primario que se resiste a los fuegos de artificio disfrazados de posibilidades de época. Lo que hace esa multitud de poetas me produce indiferencia, pero tampoco lamento que estén ahí, alimentándose de la pasión por este género apasionante.

Además de Viaje alrededor de mi escritorio, ¿estás trabajando en algo más?

Sí, en el programa de radio sobre libros que hago y que este año cumplirá una década al aire, y en las dos revistas que edito actualmente: Quodlibet, para la Academia de Música del Palacio de Minería, como he hecho a lo largo de los últimos nueve años, y desde hace unos meses Liber, para Arte y Cultura Grupo Salinas, la fundación que dirige Sergio Vela. Para este, con quien me une una amistad que pronto cumplirá cuarenta años, escribí recientemente un extenso monólogo que va a decirse entre los números musicales de su más reciente trabajo escénico: un nuevo montaje de El rapto en el serrallo, la preciosa ópera de Mozart. Ya en otras ocasiones he trabajado para las puestas en escena de mi amigo. El teatro es uno de mis grandes amores, ahora ya no tan secretos.


Mario Alberto Medrano / Escritor y periodista. Estudió Ciencias de la Comunicación, especializándose en Periodismo, en la FES Acatlán (UNAM). Actualmente trabaja como reportero y corrector de estilo en el diario Excélsior y es colaborador en la revista Este País. Poemas suyos han sido incluidos en diversas revistas electrónicas y en antologías. Está por aparecer su primer libro de poesía.