20 mayo, 2019

Urbanizaciones inacabadas

de Antonio Rivero Taravillo | Inéditos


El hombre y la ciudad se corresponden
como al durmiente el sueño, al pecador la transgresión oculta

Luis Cernuda, “Otras ruinas”

I

With usura there is no clear demarcation
and no man can find site for his dwelling.

Ezra Pound, “Canto XLV”

Escombros que preceden el desplome
o siguen al de bancos y gigantes
con pies de pluma
o barro
y ruinas anteriores a las ruinas,

son formas físicas de la melancolía
estas urbanizaciones inacabadas
que el hombre abandonó en el terremoto
–monedas apiladas–
del dinero,

Pompeyas bajo la lava de la especulación
y la codicia
en el reloj adelantado de lo que va a morir
sin figuras humanas
sorprendidas por la erupción:

estas hay que buscarlas en los barrios fatigados,
en calles demasiado conocidas,
soñando en los hogares que no fueron,
en las alfombras que jamás se colocaron,
en cuadros sin colgar, en los fulgores
de lámparas que alumbran otros cuartos
o que directamente están, siguen a oscuras
nunca compradas en bazares y almacenes
vencidos en la noche
cuando el último empleado baja el interruptor.

Los interiores diáfanos, ventanas
que nunca serán madres de cristales,
los huecos para enchufes que no alimentarán pantallas
donde se vean las fotos de grupo,
las vacaciones transcurridas
muy lejos
de estas falsas viviendas
inhabitadas,
de estas ausencias de mortero y piedra,
de hierro y de ladrillo,
la soledad de las solerías que faltan;
descarnado esqueleto, las paredes
que separan proyectos de fracasos
sobre la tierra rota y enterrada.

El amante no verá ya
acercarse a su amor por la mirilla,
ese telescopio con que avista un lucero
que se aproxima y que devora ahora,
en el universo paralelo de lo irrealizado,
el agujero negro de lo no.

Estas ruinas de lo no culminado
que hormigueros albergan y no alcobas.
Estas hileras sin aleros,
las casas unifamiliares sin familias,
los aposentos
del palacio extensísimo y mortal
de la derrota,
un cadáver que espera que su tumba
lo abrigue.

¿Pero quién da sepultura a una lápida?
¿Qué sepelio recibe un mausoleo
en que yace enterrada la esperanza
de haber visto crecer sueños e hijos?
Desprovistas de seres y de enseres,
donde están las estancias hay
únicamente retratos velados, documentos
borrados de memorias desaparecidas.

Quedan las casas, el hardware
de un disco duro que no duró ni un suspiro
y queda como mal de este rellano,
y queda como molde sin relleno
de una estatua sin vida, solo piedra,
simétricos cascotes, truncas cumbres
que en vez de ser cimas son simas.
Escamas que asfixian, monstruosas,
el respirar pesado de la tierra.

El prólogo ahora es el epílogo
de un relato que es solo borrador,
la página pautada sin que una sola nota
interrumpa el silencio.
Con la naturaleza postergada,
callan también los frutos de los hombres,
abandonados
antes de que la mano los tomase.

Detrás de esas fachadas que nos miran
con sus ojos de ciego,
el ruido de los trenes no perturba
el insomnio de nadie.
Niños fantasmas no nos dicen adiós
con manitas de bruma transparente.

Picota o cadalso en que se ejecuta
–¿por qué condena o crimen?– el futuro,
estos nidos desnudos en que faltan
las últimas ramas y briznas,
estos nidos que incuban
sin huevo alguno la tristeza.

 
II

 

cuya afrenta
publica el amarillo jaramago

Rodrigo Caro, “Canción a las ruinas de Itálica”

De esas chimeneas solo sale
la espectral humareda de la nada,
un aéreo espejo de quien mora
en la bruma aunque el día resplandezca.
El peso de una mosca desharía
los felpudos que pisan
ausentes pies, zapatos de neblina
e inexistencia
venidos del país donde el jamás
es monarca, y su ley,
un dictado borroso, nunca escrito
a fuego y con cenizas asfixiantes.

En las casas huecas, vacías,
también son huecos los ladrillos;
con cámaras de aire que no habla,
callan obstinados, silencian
un aliento que en sí mismo se agota,
el vientre de una madre que imagina
que está preñada,
la ilusoria fe con que una virgen
cree que abortará a su primogénito
y al benjamín no nato.

Tinteros vacíos y estilográficas
atoradas aun antes de escribir,
son los agujeros
de una flauta callada y por lijar,
apenas rama en su árbol prendida,
las notas no emitidas y durmientes
en su mutismo;
caparazones sin tortugas,
nubosidad sin precipitaciones,
vasos llenos de sed
y chibaletes sin palabras.

Encías de dolor sin dentadura,
caries sin muelas,
amputaciones,
troncos despojados de sus miembros,
noches sin días,
el cuero de una bolsa en que no cantan,
agudo tintineo, las monedas,
y las cosas que nunca comprarán,
languidecientes.

Campanas que no tienen más badajo
que las esquilas
que doblan por sí mismas, de sí viudas
y muertas.
Un espinazo, que no tuétano,
y cárcel de costillas sin su hueso.

Los ingredientes ya llenan la olla
pero ninguna mano los cocina.

Un coitus interruptus, un malogro;
un camino, de pronto senda ciega,
callejón sin salida, vía muerta,
una linterna cuyas pilas
aún no han fecundado sus entrañas
y fuera permanecen
o quedan sulfatadas en su vientre.

Un laberinto sin Teseo
ni Minotauro,
esta acumulación
de lo inútil que alza mano y cede
y se conforma
con ser solo el cadáver de sus sueños.

 

III

 

What ceremony of words can patch the havoc?

Sylvia Plath, “Conversation Among the Ruins”

Aunque un día quisiesen terminarlas,
ya no trabajarán los albañiles,
les faltarán los fontaneros,
ausente ya estará el electricista,
retirados los técnicos del aire
o la calefacción,
cuando más calor haga, o más frío,
y jubilados el herrero
y el arquitecto,
así como oxidada la herramienta,
las herramientas numerosas
de cada uno,
lejano de la obra en que estuviera.

Los peritos en lunas no pondrán
con masilla cristales en sus huecos,
los carpinteros dejarán
las corrientes de aire a su albedrío,
los marcos bostezando
vencidos por el duro aburrimiento
de no ver nunca a nadie en los umbrales.
Ninguno ya estará de cuantos dieron
forma a las casas,
inconcreción al sueño,
posibilidad a lo imposible
que nada puede modelar
si no es acaso el hombre
y la mujer,
los hijos que recorran los pasillos
y su heredad.

¿Quién regresará sobre sus pasos
para acabar lo que es viejo aun sin nacer?
¿Y quién querrá beber, o emponzoñarse,
llevándose a la boca de las manos
sus aguas estancadas?

Una nave que no tiene timón,
un naufragio sin olas, una muerte
que no tuvo una víctima a su alcance,
un vivo condenado a perdurar
cada vez más deteriorado.

Los tal vez y los puede, los quizá
sumidos bajo el peso de lo no.
La lágrima que llora ajena al ojo
en la cuenca vacía.

Derrumbes sin alzarse previamente,
en las manzanas solitarias
nadie recorre
las calles donde viven malas hierbas,
y tiene residencia la derrota.

Lunares en los campos cancerígenos,
un papel vegetal calca en la tierra
la sombra de estos predios lacerantes,
emborronando
el verde y doblegándolo hacia el gris.

Por entre estos feos
jardines de cascotes y ferralla,
en estos yermos,
únicamente el eco del silencio
y la desolación.


Antonio Rivero Taravillo / Melilla, España, 1963. Poeta, traductor, aforista, biógrafo y ensayista, reside en Sevilla. Ha obtenido el Premio Comillas de Biografía por su trabajo sobre Cernuda, el Premio Antonio Domínguez Ortiz por su biografía de Cirlot, el Premio Andaluz de Traducción por sus versiones de Keats, el Premio Rafael Pérez Estrada por una colección de aforismos, y el Premio Feria del Libro de Sevilla. Ha publicado siete libros de poemas aparte de una abundante obra en prosa (viajes, novelas, estudios). Son reconocidas sus traducciones de la poesía de Shakespeare, Marlowe, Donne, Hopkins, Yeats o Pound. Ha traducido también los ensayos literarios de Edgar Allan Poe y El canon de la poesía, de Harold Bloom. Dirige la revista Estación Poesía.