27 mayo, 2019

¿Crisis de la poesía? El poetariado según Jean-Claude Pinson

de Laure Michel | Ensayos, Traducciones

Traducción de Juan Francisco Herrerías. Primera parte de dos.


¿Qué lugar para la poesía hoy? Cada uno de los ensayos de Jean-Claude Pinson [Nantes, Francia, 1947], desde el primero, Habiter en poète,1 publicado en 1995, hasta aquél que ha dado a imprenta en 2008, A Piatigorsk,2 se dirigen a esa pregunta. A la declaración de crisis, enunciada de manera habitual desde hace dos decenios por lo menos, Pinson opone constantemente el esfuerzo de un pensar que rehúsa resignarse a la idea de que la poesía se haya convertido en una práctica y en un género obsoletos. Numerosos en efecto son los cuestionamientos que, ya bajo la forma del anhelo, ya bajo la del lamento, han anunciado, y anuncian todavía, el fin de la poesía. En 1989 se publicaba en un número de Débat una encuesta entre algunos poetas con el título «¿Ausencia de la poesía?»: «[…] La constatación se impone, portando preguntas graves: la poesía, en tanto que tal, no tiene la presencia social ni la influencia pública que tenía aún en Francia, por ejemplo, en la posguerra».3 Quince años más tarde, un ensayo, L’Adieu à la littérature de William Marx, dedica un capítulo al «desastre de la poesía», en el cual el autor, apoyándose en «la frágil audiencia actual de la poesía», concluye en su «obsolescencia total».4 Haremos notar, junto con Jean-Claude Pinson, que la cuestión de la crisis de la poesía debe entenderse en diferentes niveles. Su marginación social y su poca recepción no son sino una de las facetas. Es también en tanto que género en competencia con la novela que la poesía estaría en crisis: «[…] ¿no hace falta reconocer un agotamiento histórico de la poesía, incapaz ya de abarcar los mil rostros de la existencia que la novela, ella sí, sabe exhibir con fuerza?»5 De hecho, ciertos autores, encabezados por Denis Roche, proclaman desde hace cierto tiempo el agotamiento de la poesía como género específico. Algunos otros, recuerda Jean-Claude Pinson, han tomado nota de esta crisis, pero para considerarla desde el interior de la propia historia de la poesía, como un «estado de cuestionamiento y de interrogación» inaugurado «hace poco más de un siglo por una revolución poética cuyo desafío es todavía actual».6 De esta forma Jean-Marie Gleize en A noir. Poésie et littéralité:

La poesía no existe, no existe más, lo que no significa, por supuesto, el desecamiento de la práctica poética, sino simplemente que la poesía vive un estado de crisis, sin duda, de su estado de crisis, un estado de crítica y autocrítica permanente que es desde luego su única definición posible hoy en día, ya se tome con entusiasmo y se le quiera portar al máximo de su intensidad devastadora […] o que se le deplore […].7

A lo largo de sus ensayos, Jean-Claude Pinson va a proponer varias respuestas a esa crisis de acuerdo con los distintos planos sobre los que esta se sitúa. El interés de su última obra, A Piatigorsk, es el de aproximarse al lugar de la poesía en el mundo actual a partir de un análisis económico y social basado, entre otros, en el pensamiento de Antonio Negri. Esto le permite pensar una situación muy precisa del poema y proponer una nueva política de la poesía, elaborada a través de los conceptos de poéthica y poetariado.

Para oponerse a la declaración de la «ausencia de la poesía», A Piatigorsk señala de entrada, como lo hacía ya Sentimentale et naïve, el segundo ensayo de Pinson publicado en 2002, la persistencia del hecho de que «hay poesía, siempre, todavía, de nuevo».8 Contra aquellos para los que el asunto parece indudable y la poesía «cosa obsoleta», se impone la evidencia del «hecho poético actual».9 Este no es esencialmente un asunto de número. Los tirajes pueden ser mínimos, los lectores raros, y no por ello deja de haber una diversidad y una fuerza de invención notables. Es esa, según Jean-Claude Pinson, una primera forma, «intensiva y discreta»,10 en la que la poesía persevera, manteniendo en el seno de la literatura una «importancia simbólica y de matriz»11 por el hecho de su relación privilegiada con el trabajo del lenguaje. Esto podría ser suficiente. En esto podrían consistir la relevancia y la fuerza de la poesía. Muchos son en efecto los poetas que, de modo semejante a la respuesta de Jacques Dupin a la revista Le Débat, reivindican para la poesía un lugar afuera, precisamente por su labor específica sobre el lenguaje:

Platón la expulsó de su República. Ella jamás ha vuelto. Jamás ha tenido derecho de ciudadanía. Está afuera. Insurrecta, siempre molesta, sumida en un sueño activo, en una inacción belicosa, que es su verdadero trabajo en el lenguaje y en el mundo, a pesar de todo y contra todos, un trabajo de transgresión y de fundación del lenguaje.12

Su ausencia de los circuitos comerciales, su poca visibilidad, son la oportunidad y la condición de su poder.

La poesía tal como es recibida, o más bien rechazada, extraviada, perdida de vista, me basta y me colma. No es, y se rehúsa a ser, un género literario, un producto cultural, una mercancía editorial. Es, por suerte, deficitaria para los cálculos de mercado. Es irrecuperable para la máquina de la difusión y la rastrilla mediática. La poesía no tiene poder de influencia, en el sentido que usted lo entiende, porque ha renunciado, desde el primer día, al brillo público, en favor de la propagación en el cuerpo oscuro, la combustión invisible y las transmutaciones subterráneas.13

Poco importa entonces la escasa audiencia de la poesía. Lo importante es que «nunca ha habido tantos poetas en los que la presencia, la experiencia y la práctica sean así de singulares, de instauradoras».14 La poesía continuará subterráneamente su trabajo de resistencia, porque es así como encuentra su eficacia. Lejos de ser inadecuada para lo real, es bajo condición de un alejamiento, incluso de una ocultación, que encuentra la distancia justa para trabajar sobre ello.

Esa línea de defensa, que no aleja a la poesía de los intercambios sociales sino para permitirle subvertir mejor lo real, incluso lo político y social, no es sin embargo la que elige Jean-Claude Pinson, quien toma, de manera original, el bando de una «poesía extensiva, extendida por todas partes».15 Esto no quiere decir para él alentar la asimilación de la poesía al arte en general por medio de diferentes prácticas artísticas, las creaciones multimedia por ejemplo, que marcarían el inicio de la «postpoesía». La «extensión» de la poesía de la que aquí se trata concierne a su presencia en la vida de cada uno. Se puede encontrar esta propuesta particularmente optimista. Se apoya sobre una comprobación, la de una práctica de la poesía muy expandida, y sobre una redefinición del concepto de poesía, que estira su acepción al insistir en su nexo con la vida.

Desde sus primeros ensayos, Jean-Claude Pinson proponía responder a la doble pregunta del fin de la poesía, de su presunta expiración así como de su dirección, mediante un concepto: el de poéthica,16 que pone el acento sobre la articulación del decir y del vivir, sobre la capacidad de la poesía para informar la vida, para darle forma. Apartándose del horizonte heideggeriano que implica el título de su primer obra, Habiter en poète, Jean-Claude Pinson desvía el habitar poético hacia el lado de la ética, hacia la «formación de un ethos, de un modo de existencia».17 La poéthica implica el rechazo de la poesía que se enclaustra en los límites del lenguaje en tanto que pretende resistir al lamento que nace de la pérdida de la ilusión romántica. Si la poesía debe ceder a sus ambiciones ontológicas así como políticas; si es verdad que «puede poco» según una fórmula de Christian Prigent que a Jean-Claude Pinson le gusta retomar, «queda la pregunta por lo que puede hacer en cuanto al individuo».18 Esto no es poca cosa. ¿Cómo puede entonces la poesía tener esa función existencial de contribuir, como escribe Pinson, a «vigorizar la existencia»?19 Es a Foucault a quien se refiere esto último, y a sus trabajos sobre las escuelas filosóficas de la Antigüedad tardía: la escritura tiene la capacidad de contribuir con la constitución de una «ética de uno mismo», puede transformar un modo de existencia.20 Sin embargo, ese nexo ethopoiético entre la escritura y la vida no es exclusivo de la literatura. La escritura filosófica o incluso el diario, por ejemplo, cumplen muy bien esa tarea. Se podría temer entonces que un argumento tal disuelve la especificidad de la escritura poética, eso si no hubiera en la propuesta de Pinson un nivel de articulación de la poesía a la existencia del todo esencial: la poesía podrá ser considerada como un «ejercicio existencial» en la medida en que su «efecto de formación» procederá de «la activación de recursos rítmicos y afectivos, corporales y acentuales del lenguaje, como de la invención semántica y sintáctica al igual que prosódica».21 El poeta está entonces, según la bella fórmula de Pinson, en situación de «acentuador de la existencia».22

Considerada de esa forma, la poesía puede permanecer como el asunto de tan sólo unos cuantos. No se alcanza a ver realmente cómo ese nexo con la vida produce una «poesía extensiva, extendida por todas partes», cómo refutaría la poéthica la declaración de crisis de la que hemos hablado desde el inicio. A partir de Sentimentale et naïve, y sobre todo de A Piatigorsk, el análisis de Pinson cambia de escala. La poesía es considerada con el poder, en derecho, de enlazarse con la vida de todos y cada uno. Y en la pregunta por el número se llega a la dimensión política de su respuesta.

En las primeras páginas de Sentimentale et naïve el autor evoca el itinerario de los poetas de su generación, que rara vez permanecieron indemnes de la forma «de ilusión político-poética» de un «Gran Relato» en donde la poesía se veía a sí misma con el poder de cambiar la época.23 Al haberle dado la espalda a esa ilusión, el poeta, que no es guiado ya en su práctica de escritura sino por la cuestión de «cómo vivir», por la cuestión poéthica, ¿ha renunciado, se pregunta Pinson, al deseo de transformar el mundo? Ante la ausencia de una revolución política, se puede esperar al menos de la concepción poéthica de la escritura una transformación en la vida de cada uno: «[…] porque no es solamente a un pequeño número de elegidos, sino a todos, que es dirigida, en los tiempos del individualismo democrático, la pregunta por un modo de vida que pueda ser más auténtico, que esté a salvo de ser domesticado por todos esos conformismos que crean lo ordinario de la prosa del mundo».24 La respuesta de Pinson se apoya sobre la naturaleza de una época, la nuestra, que él designa a menudo en su obra como la época del individualismo democrático en el sentido de Tocqueville. En aquel contexto, toda persona es en derecho poeta, en particular la «persona ordinaria, la de enorme número, advenida con la democracia moderna» que puede convertirse en «ese posible (y paradójico) héroe anónimo del que habla Michel de Certeau».25 Esta defensa de una práctica poética democrática no carece de audacia por parte de Pinson, porque supone una redefinición del status cultural de la poesía en un país en el que su lugar simbólico permanece del lado de la cultura patrimonial, prestigiosa y elitista.

Ahora bien, Jean-Claude Pinson es el primero en reconocer que la poesía practicada por todos corre el riesgo de la mediocridad, que muestre rápidamente «los extravíos y las debilidades de un gusto no siempre capaz de eludir las presiones del kitsch».26 Sucede que esa práctica de la poesía no escapa, según él, al contexto general del arte actual, cuyo sentido es el de la cultura de masas y de la circulación de las obras que depende de los valores mercantiles de la industria cultural. Se puede con razón, por lo tanto, preguntar si es realmente esa producción, con su mal gusto, sus estereotipos, la que se desea defender para rebatir la idea de la crisis de la poesía. El argumento podría parecer insostenible si no se tratara de poner el acento en la potencia creadora de cada uno, más que sobre el objeto producido. En una serie de reflexiones sobre el arte, notablemente en L’Art après le grand art,27 Hobby et dandy,28 «De la démocratie en PoéZie»,29 Jean-Claude Pinson sitúa la práctica popular del arte en general, y de la poesía en particular, en el contexto de la oposición entre dos culturas: una cultura erudita, patrimonial, y una cultura democrática, cuya expresión más evidente ha sido el desarrollo del jazz en los Estados Unidos. La poesía, en tanto que práctica a menudo privada, dirigida a fines personales, podría ser considerada así del lado de la cultura popular, en la cual el arte vale sobre todo como experiencia personal, como praxis, como creatividad —en el mismo sentido de la creatividad manual de las prácticas cotidianas analizadas por Michel de Certeau—. Lo importante no es que cada uno pueda producir una obra que sea del orden del gran arte, sino que «cada uno esté en posición de ser el autor de una posible grandeza personal»,30 que puede muy bien tener lugar en el anonimato. Eso no impide que vean el día en otro plano, el de una relevancia intensiva, cualitativa, las obras dignas del «gran estilo» (Nietzsche). Desde esa perspectiva, la poesía practicada por el mayor número de personas podría escapar a la categoría de «hobby», de simple entretenimiento, para convertirse en la posibilidad de la invención de uno mismo y del crecimiento existencial. Por supuesto, se pueden tener dudas acerca de la difusión a gran escala de esta capacidad de la poesía, pero se debe notar que esa idea no es ajena a la creación y al desarrollo de talleres literarios.


1 Jean-Claude Pinson, Habiter en poète. Essai sur la poésie contemporaine, Champ Vallon, Seyssel, 1995.
2 Jean-Claude Pinson, A Piatigorsk, sur la poésie, Cécile Defaut, Nantes, 2008.
3 «Absence de la poésie?», Le Débat, núm. 54, marzo-abril 1989, Gallimard, París, p. 169.
4 Ver L’Adieu à la littérature. Histoire d’une dévalorisation. XVIIIe – XXe siècles, Éditions de Minuit, París, 2005, pp. 142-143, y «Du tremble-ment de terre de Lisbonne à Auschwitz et Adorno: la crise de la poésie», Les Temps Modernes, núm. 630-631, marzo-junio, 2005, pp. 5-26.
5 Habiter en poète, op. cit., p. 42.
6 Ibíd., p. 43.
7 Jean-Marie Gleize, A noir. Poésie et littéralité, Éditions du Seuil, París, 1992, p. 102.
8 Jean-Claude Pinson, «Du fait poétique aujourd’hui», Sentimentale et naïve, Champ Vallon, París, 2002, p. 11.
9 Ibídem.
10 A Piatigorsk, op. cit., p. 26.
11 Ibíd., p. 24.
12 «Absence de la poésie», op. cit., p. 179.
13 Ibíd., p. 180.
14 Ibíd., p. 179.
15 A Piatigorsk, op. cit., p. 26.
16 En francés, este concepto es una unión entre poésie (poesía) y éthique (ética). Intentar emular esta unión en español daría por resultado poética, un vocablo que ya existe en nuestro idioma. Por esta razón, para hacer distinguible el nuevo concepto de Pinson, he decidido mantener la «h» del francés. N. del T.
17 Ibíd., p. 56.
18 Ibíd., p. 53.
19 Sentimentale et naïve, op. cit., p. 101.
20 A Piatigorsk, op. cit., p. 56.
21 Ibíd., p. 57
22 Ibídem.
23 Sentimentale et naïve, op. cit., p. 26.
24 Ibíd., p. 28.
25 Ibíd., p. 33.
26 A Piatigorsk, op. cit., p. 101.
27 L’Art après le grand art, Éditions Cécile Defaut, Nantes, 2005.
28 Hobby et dandy. Sur l’art dans son rapport à la société, Éditions Pleins Feux, Nantes, 2003.
29 «De la démocratie en PoéZie (Contexte)», Sentimentale et naïve, op. cit., pp. 112-129.
30 L’Art après le grand art, op. cit., p. 72.


Laure Michel / Es profesora en la Universidad de la Sorbona y miembro del Centro de Estudios de la Lengua y de las Literaturas Francesas. Se especializa en poesía francesa de los siglos XX y XXI. Es autora de René Char. Le poème et l’histoire. 1930-1950 (Honoré Champion, 2007). Sus ensayos más recientes versan sobre el valor y la situación de la poesía contemporánea.


Juan Francisco Herrerías / San Lorenzo, 1990. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Recibió la beca del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca en 2016-17.