13 mayo, 2019

Las sacudidas dolientes

de Jacobo Sefamí | Reseñas

Pura López Colomé, Via corporis, FCE, 2016, 192 pp.

… se hincó en la tierra, y así, andando sobre los huesos de sus rodillas y con las manos cruzadas hacia atrás, llegó a Talpa aquella cosa que era mi hermano Tanilo Santos; aquella cosa tan llena de cataplasmas y de hilos oscuros de sangre que dejaba en el aire, al pasar, un olor agrio como de animal muerto.

Juan Rulfo


Fui a la Librería Rosario Castellanos el 19 de septiembre de 2017 para conseguir Via Corporis, de Pura López Colomé. Lo tuve en mis manos cuando sonó la alarma (no era simulacro) y de inmediato todo comenzó a sacudirse y los libros se caían de sus estantes; el pánico se generalizó, la gente corrió hacia la calle. Esperamos, esperamos, esperamos a que el movimiento se terminara, pero el temblor duró por algún tiempo, mareándome sin cesar. Días más tarde, pensé que muy cerca de allí vivía José Emilio Pacheco; recordé el final de Las batallas en el desierto (anterior al terremoto de 1985): «demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad», las ruinas a que se refería insistentemente. Me dije que la Colonia Roma de mi infancia y la Condesa de mi edad adulta eran mi casa (el hogar al que siempre aspiro y suspiro con volver), se caían con todos sus libros, como si el acabose del que hablaba Pacheco simbolizara la pérdida de algo sagrado que estaba en el subsuelo de mi memoria.


La poesía me guardó de pasar sustos peores. Es por eso, me dije, que tenía que estudiar y escudriñar el último libro de Pura López Colomé; reflexionar acerca del cuerpo doliente de la colonia, de la ciudad, pero a partir del sujeto que emana del poemario.


La tradición de la poesía y el dolor del cuerpo, la enfermedad, es larga. Siempre viene a la mente al célebre poema de Jaime Sabines dedicado a la muerte de su padre («Mirando su cadáver en los huesos / que es ahora mi padre, / e introduciendo agujas en las escasas venas, / tratando de meterle la vida, de soplarle / en la boca el aire…»). También acuden a mí los poemas póstumos de Neruda, en referencia específica al cáncer de próstata que le auguraba su fin, aunque en las últimas investigaciones se cuestione si verdaderamente el cáncer acabó con su vida. La tuberculosis permea la poesía de César Vallejo; el asma se escucha en las frases entrecortadas, que se detienen a atrapar el aire, en las cadencias interminables de la voz de José Lezama Lima; o el tartamudeo en algunos poemas de Gonzalo Rojas. También espeluznantes son el Diario de muerte, de Enrique Lihn; El chorreo de las iluminaciones, de Néstor Perlongher; o el Hospital Britanico, de Viel Temperley, que tan bien trabaja Tamara Kamenszain en su libro La edad de la poesía.


Aunque no propiamente de la enfermedad, también pienso en «Respuesta y reconciliación. Diálogo con Francisco de Quevedo», el último poema que escribió Octavio Paz, con la conciencia plena de que iba a morir, señalando el paso de tiempo en su estremecimiento corporal frente al final de la existencia: «¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde? / Rodaron sus palabras, relámpagos grabados / en años que eran rocas y hoy son niebla. / La vida no responde nunca. / No tiene orejas, no nos oye; / no nos habla, no tiene lengua. / No pasa ni se queda: / somos nosotros los que hablamos, / somos los que pasamos / mientras oímos de eco en eco y de año en año / rodar nuestras palabras por un túnel sin fin.» Efectivamente, como dice su título, los versos de Quevedo se oyen como un eco en el texto de Paz: «¡Que sin poder saber cómo ni a dónde / la salud y la edad se hayan huido!» Tema común también en otros barrocos como Góngora y la misma Sor Juana, que culminan en la evaporación del cuerpo: cadáver, polvo, sombra, nada.


El último poema de Perlongher, que murió de sida, se titula «Roma», aunque me apuro a aclarar que no es sobre mi barrio de infancia, sino sobre unos extraviados en el Vaticano, los peregrinos/pidientes que van al «encuentro de acuáticas antenas que captan / la náusea o el aullido», como si fuera el Howl de Ginsberg, el desesperado lamento del que se encuentra sin rumbo, casi como si se tratara de las sacudidas de los suelos y los libros que caen sin orden, la mirada final de ese mundo sacro que se desmorona ante nuestra vista.


Hay muchos ejemplos más y me doy cuenta de que se podría armar una antología interesante como Relatos enfermos, dedicada a la prosa; la llamaría Dolientología poética.


Via corporis continúa la línea de trabajo de Santo y seña, con que López Colomé obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia en el 2007 (compartido con Elsa Cross). Se trata en esta ocasión de buscar detrás de la superficie, lo que se encuentra en el subsuelo de la epidermis, órganos del cuerpo vedados a la vista, fracturas invisibles que delatan padecimientos, malestares del sujeto que transita en pena; es el camino del sufrimiento, como en la Via dolorosa, el viacrucis en tierra santa, aunque aquí se reenfatice el tránsito del cuerpo, la calle que devela el peregrinar del organismo.


El libro se compone de 35 poemas numerados (y con título) y una especie de coda, con un texto final intitulado «Ese cadáver». También acompañan a los poemas una serie de imágenes a colores de Guillermo Arreola, que se titulan Sursum corda (la frase que se dice en latín como prefacio al iniciar la misa católica, «levantemos el corazón», a la que los fieles responden «lo tenemos levantado hacia el Señor»). Se trata de un archivo de placas radiográficas encontradas en un basurero afuera de un hospital. El artista pintó acrílicos sobre dichas placas, de modo que los padecimientos evidentes están ocultos en las imágenes abstractas o difusas de Arreola. El pintor invitó a la poeta a tratar de recuperar la imagen original y ella empezó, según declara, a «hablar de la enfermedad, de afecciones pulmonares, renales, cardiacas. Al rato ya estaba hablando de mi propia persona, de mis propias enfermedades, de las enfermedades de mis seres queridos…» [entrevista de Raúl Olvera Mijares]


Según ha dicho en múltiples ocasiones, López Colomé pasó su adolescencia en un internado católico de monjas benedictinas, en Dakota del Sur (la infancia, en Ciudad de México y en Mérida). Allí comenzó a leer con asiduidad en inglés (se convertirá en una talentosa traductora) y a escribir poemas. Pero quizá derivada de esa experiencia, su poesía no solo exhibe el padecimiento humano sino que también traza una línea de introspección espiritual. Es tal vez por esa misma razón que el diálogo con Arreola se hace intenso, puesto que no solo se trata del dolor solapado, la enfermedad comprobada con radiografías, recubiertas de color, sino de la visión hacia el misterio divino en que deriva todo.


También es importante señalar que, en su estrategia escritural, López Colomé combina el verso con la prosa, como si se tratara de un diálogo entre el cuento y el canto, una «duplicidad de espacios expresivos, de manera que el poema en prosa se presta más a las referencias concretas, personales, frente a la pluralidad de significados del tempo lírico» [entrevista de Raúl Olvera Mijares]. En el caso de Via corporis, los textos intercalados en prosa presuponen anécdotas, historias reales o imaginadas que señalan el envés de los versos. Es decir, los poemas realizan en su interior esa doble realidad que señala lo visible y lo invisible, lo abstracto y lo concreto, la circunstancia y su divagación, lo sagrado y lo profano.


No hay una pauta secuencial en el orden de los 35 poemas, aunque sí están enmarcados por un principio y un final. En el primer texto dice: «deletreo una simple carta, a vuelta de correo, sin remitente o destinatario, desde este mundo y país dolientes, hasta ese otro en que todo es gozo sin miembros, sin anatomía, sin espíritu» (p. 14). El ámbito de tal pauta está signado por un faisán (normalmente precioso), pero despojado de sus plumas, goteando sangre, «muriendo, / exhalando. / disfrutando / su agonía» (p. 13). La imagen del faisán podría estar emparentada con el acrílico de Arreola, como si se impusiera esa concretización de lo abstracto, aunque el poema sea más que nada simbólico de cómo la belleza huye, se escurre, se despoja de lo que la engalana y termina por buscar esa otra orilla, ese origen remoto en el edén perdido. A partir del faisán se trazará el tránsito por diversas afecciones corporales, quizá numeradas para marcar las estaciones del dolor, hasta confluir en «Ese cadáver», el último poema del volumen, que llega a la muerte, pero con aceptación, ¿el descanso eterno?. Un cadáver «digno, no feo, solo cuerpo muerto, / fresco como una mañana… / oliendo a sus aromas y a podrido, / carente de expresiones, emociones / tan extraño y familiar, / rebosante de tejidos u órganos que donar» (p. 189). A ese nuevo estado lo signa el «sinfín», el mundo que se abre a territorios ignotos y que, por lo tanto, elimina el llanto y la pesadumbre que tradicionalmente se vincula con ese último momento de la vida.


El resto de los poemas va registrando dolencias de diferentes personas y, aun, de la misma autora, según los posibles padecimientos de los enfermos que pasaron por el hospital a hacerse radiografías, gente anónima, quizá desaparecida, con males de todo tipo: el desprendimiento de una córnea, una hemorragia interna, una glándula enfermiza en los órganos reproductores, la agonía de un desfalleciente, una membrana que recubre el cuerpo como si fuera una momia, las células cancerígenas que se delatan en la voz, un tumor escondido detrás de la piel, un silbido profundo que viene de un pulmón magullado, una artritis que desencaja las articulaciones, un dolor de riñón que quiebra tiempos felices, una infección pulmonar (quizá una neumonía), un humor negro subcutáneo que conlleva la melancolía, un descalabro, un coma inducido, una queja final ante la tomografía y la resonancia magnética, las cuales perfilan la presencia de un tumor que acaban poco a poco con el «cabello de oro ensortijado» y acorrala al cuerpo, y lo dirige hacia su destino final, enfrentado sin temor.


Por razones de espacio, me concentraré en dos poemas; el II y el XXXV. En «II. Muerte ilusoria», dice: «Creí que transferir / era cambiar de féretro. […] Estoy viendo rostros / por todas partes, / todos me hablan; / entre otros muchos, / los de la trinidad / divina, / la divinidad trina, / oculta tras la nube, / que emergió instantes / después o antes, / no se sabe, / pero emergió arco iris, / puro matiz diferenciado, / multiplicado, / puro matiz de seres» (p. 17). Esa búsqueda por lo que está oculto podría derivar precisamente en un hallazgo iluminado. El féretro es la piel que recubre el cuerpo; «cambiar de féretro» significaría reemplazar un mundo por otro, cambiar de envoltorio. Aparece la idea macabra de alguien enterrado en vida. En el texto en prosa dentro del poema, se cuenta la historia de un féretro que tiene que trasladarse a otro cementerio; se abre el ataúd sin querer, con «los brazos plegados al frente, las uñas crecidas como garras tiesas, como de ave de rapiña enjaulada; todo indicaba que habían rascado, hecho profundos surcos, en el revés de la tapa, al grado, casi, de perforarla» (p. 19).


En «The Uncanny» (un ensayo de 1919, titulado originalmente en alemán «Das Unheimiliche«, que ha sido traducido al español como «Lo siniestro» o como «Lo ominoso»), Freud se refiere a esta idea de lo siniestro, representado por imágenes de los órganos cercenados y por la noción de vivir encerrado en otro organismo. Es dicha imagen la que se desarrolla como un extrañamiento frente a lo familiar:

Extremidades cortadas, una cabeza cercenada, una mano separada del brazo […], pies que bailan por sí mismos […], todo esto tiene algo de siniestro sobre todo cuando, como en el último caso, se tiene actividad autónoma. Ya sabemos que esta especie de lo «unheimlich» deriva de su proximidad con el complejo de castración. Algunos otorgarían la categoría máxima de lo «unheimlich» a la idea de ser enterrado vivo, tras una muerte aparente. Sin embargo, el psicoanálisis nos ha enseñado que esta terrible fantasía es solamente una variante de otra, que no era en lo absoluto aterradora, pero que portaba cierta lascivia; esto es, la fantasía de vivir en el vientre materno.


Esa espantosa imagen de estar enterrado vivo, «la peor angustia imaginable», se diluiría en su valencia positiva si se piensa —como Freud— en el vientre materno. López Colomé reúne el feto y el féretro («lo que será el transcurso al feto que va de retro rumbo al féretro», p. 18) casi como un guiño a Freud, y propone asimismo la sacralidad del silencio como contraparte del «ruido», del «escándalo» de alguien que quiere reventar el cascarón en que está encerrado. De alguna manera, la noción de vivir (o morir) en paz implicaría la aceptación del techo, del féretro, de la piel que nos recubre. El camino de la existencia por el dolor sería un tránsito hacia el amor o el bienestar espiritual; «en el cristianismo —señala la poeta— la vía de la cruz nos ilustra al respecto» [Entrevista con Reyna Paz Avendaño].


El último poema de la serie, «XXV. Queja», comienza con un yo desdoblado en el espejo. El extrañamiento ante la propia persona refleja la perplejidad con que la hablante se mira en el espejo; por dentro, el espíritu se rompe en «pedacitos», configurando la fragmentación a que alude Freud. El tumor cobra vida propia: «esas siluetas oscuras, informes, se deslizan, cosa rara, poseen movimiento propio, presencias sutiles» (p. 185). La monstruosidad con que se presentan esos organismos dentro del cuerpo actúa como agente triturador del bienestar, «Como si me hubieran cincelado el cráneo / y por ningún lado apareciera el instrumento de tortura». El cabello se cae a pedazos, anhela el «cabello de oro ensortijado» (que emula los cánones de belleza del Renacimiento y del Barroco), y todo parece una fuga, una huida ante el mal que la carcome, aunque se sepa «acorralada / entre la espada irreconocible / y la pared del vacío reconocible». La «queja» encuentra su reverso o su doble en el «jaque» (como si se tratara de un eco: queja, jaque, queja, jaque). Es allí donde encontrará esa otra orilla «donde no se sienta nada». Termina con un desafío, el noli timere (no temas), las últimas palabras que expresó el poeta Seamus Heaney (a quien ella admiró y tradujo) antes de morir. Como el preludio antes de la muerte, preparar el cuerpo para ese tránsito; se encuentra en la última estación (la del poema XXXV). Es por ello que el próximo y el último poema carece de numeración: el cruce se ha realizado, el cuerpo deviene cadáver.


Hay, por lo demás, una continuidad en la visión del cuerpo y de los órganos como entes autónomos, distantes del yo que habla, siguiendo esa sensación que ofrece Freud de lo ominoso, lo que aterroriza al convertir lo familiar en algo extraño, irreconocible, el «yo es otro» rimbaudiano: «cuando ya no eras tú. / Si acaso una disolvencia ideal. / Un mero anonimato / entre azul a secas y abismo, / entre azul cielo y melancolía total, / entre agasajo azul meridiano / y luto profundo, sin regreso» (p. 39).


Así, pienso en ese otro que fui; en esa Colonia Roma, desbaratada; en ese paseo arbolado de la Avenida Álvaro Obregón, que veía todas las tardes desde la ventana de mi casa, y pienso que en las ruinas del edificio también desbaratado y en esa misma calle, trato de ir al subsuelo de mi memoria para recuperar un algo de lo que fui –aunque los edificios se colapsen y los libros caigan a diestra y siniestra, y todo sea una melancolía, un viacrucis, un tránsito del dolor. Y aunque en ese acabose yo, a diferencia de Pura, no reconozca una utopía, una redención, un salve final: ese cadáver es sombra, es polvo, es nada; es sombra, es polvo, es nada; es polvo, es nada; es nada… Nada.



* Texto leído en el congreso Nepantla, entre Comala y California, y otros destinos. XXI Colloquium on Mexican Literature. Universidad de California, Santa Barbara, 11 de noviembre, 2017.


Jacobo Sefamí / Ciudad de México, 1957. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán (ENEP-Acatlán), de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y el doctorado en la Universidad de Texas. Fue profesor de Literatura Hispanoamericana en la New York University y es profesor de Literatura Latinoamericana en la University of California, Irvine. Es autor, entre otros, de los libros El destierro apacible y otros ensayosXavier VillaurrutiaAlí ChumaceroFernando PessoaFrancisco CervantesHaroldo de Campos (1987), Contemporary Spanish American Poets: A Bibliography of Primary and Secondary Sources (1992), El espejo trizado: la poesía de Gonzalo Rojas (1992), De la imaginación poética: Conversaciones con Gonzalo Rojas, Olga OrozcoAlvaro Mutis y José Kozer (1996) y MedusarioMuestra de poesía latinoamericana (junto a Roberto Echavarren y José Kozer, 1996).