27 mayo, 2019

La voracidad de los pájaros de presa

de Gabriela Jauregui | Inéditos

Todos los pájaros de Los pájaros de la playa

Los pájaros pasaban muy alto, buscando las rocas de la costa para anidar, como si ya
    conocieran desde milenios ese trayecto
El paso de los pájaros era la única incisión al silencio
El golpetazo de un pájaro sobre las tejas
Adicto al caldo de pichón de paloma y al sopor
Eran pájaros de la playa antes de emprender el primer vuelo,
ensayando las frágiles alas
prestos a afrontar el viento en remolinos
Una garza moribunda vino a caer en la ventana: un abanico mojado
sobre los triángulos de vidrio, las torres y las tejas
los pájaros caían fulminados, tiesos.
También murieron las palomas y muchos otros pájaros
—¿Esperan pájaros?
—Ya pasaron
Doble salamandra, posible pájaro
La voracidad de los pájaros de presa
Un pájaro de presa ávido de nuestro propio desperdicio, se esconde en cada trazo
Caen fulminados hombres y pájaros
Por la ventana entraban pájaros refulgentes en esa época de celo
La repetición mareante de ramilletes y pajarracos
Ignora el escarceo de las aves
Todos estamos cansados, señora, hasta los pájaros.
Pájaros precisos
Los pichones emprendían sus primeros vuelos de reconocimiento
Una cacatúa jovencita
de plumas esmeralda y
pupila anaranjada
El limbo de las palomas
Pajarracos envueltos
Un colibrí ingrávido en el aire
sobre un terrón de azúcar y
el pájaro a su vez atraído por la fosforescencia
ingurgitaba de un solo bocado a un cocuyo
Lagartos y pájaros
Gaviotas que vuelan muy estables
Dos gallos —entre nosotros: de pésimo gusto—
Un pájaro terco, que vio en el cráter la posible concavidad de un nido, se aventuró
en el interior y allí perdió el rumbo
Pasaron pájaros, quizá desconcertados
Esos muros de gaviotas compulsivas sobre las olas
Pasa un pájaro, inconcebible silencio
La cacatúa estaba fanée como podía esperarse:
era buche y pluma nada más con
cuatro penachos de ceniza y
un carácter tan agriado que según se le acercaban,
comenzaba a lanzar injurias y picotazos en el aire
Y un revoloteo de estridentes pájaros
¿Cuántas serán, en cada habitación o en el hospital entero, las gaviotas,
cuántas las menudas flores, cuántas las montañas al fondo?
Como esculturas de cera derretida
en que a penas se reconoce la forma original
yacían las garzas,
trapos manchados, muertas
Era una calabaza seca
con piedrecitas en el interior y dibujos negros
—salamandras y pájaros—
grabados en la esfera
Divisó desde lo lejos dos neones gigantescos y parpadeantes,
tan altos, que se distinguían las figuras
que trazaban contra el cielo:
una lagartija colosal y parada en las dos patas traseras,
más bien una salamandra;
junto a ella, y también en esa improbable posición, un pájaro
Aparecen excesivos pájaros colorinescos, convirtiendo los tilos en árboles
de miniaturas persas
Estreno de trinos, minúsculos revoloteos de azufre —los jóvenes
canarios— alrededor de la cúpula de cristal
También los viejos eran pájaros de la playa
incapaces de levantar el vuelo
les queda del cuerpo en majestad de ayer:
la agudeza de la mirada, vultúrido al acecho.

El aire parecía estar repleto de alas.

 

Eurostopodus diabolicus

El chotacabras diabólico no
es un recipiente
crepuscular
vinculado al demonio

extraño
de aspecto
y con gritos
de pequeño cabrón

oriundo de Sulawesi

experto en camuflaje
digo en serio
reticulado y reptiliano
un sapo
o cabeza de víbora

su nombre
un ruido en mitad
de la noche
Plop plop
este maniaco miniatura
te sacó los ojos.

 


Gabriela Jauregui / Ciudad de México, 1979. Autora del libro de cuentos La memoria de las cosas (Sexto Piso, 2015), así como del libro de ensayo y poesía ManyFiestas (Gato Negro, 2017) y los libros de poemas Leash Seeks Lost Bitch (2016) y Controlled Decay (2008). En 2018 editó y prologó la antología de mujeres escritoras Tsunami y en 2017 fue incluida por el Hay Festival en la lista Bogotá39 de los mejores escritores latinoamericanos menores de cuarenta años.