20 mayo, 2019

La flecha que nunca alcanza el blanco

de Isabel Zapata | Reseñas

Juan Sánchez Peláez, Antología poética, Colección Visor de Poesía, España, 2018, 164 pp.

1.

En la nota introductoria que escribió para el tomo del Material de Lectura de la UNAM de Juan Sánchez Peláez, publicado por primera vez en 1995, Julio Ortega cuenta que el día que llegamos a la luna, Sánchez Peláez estaba tan entretenido en una lectura que no quiso ver las imágenes por televisión. La anécdota apela, de algún modo, a la experiencia que brinda su poesía al lector: una caída libre que no por riesgosa es menos contemplativa, un camino que exige plena atención porque el recorrido puede cambiar de un segundo a otro.

La antología de Sánchez Peláez publicada recientemente por la colección Visor de Poesía, preparada por Marina Gasparini Lagrange y con prólogo de Alberto Márquez, presenta una muestra representativa de su obra poética que ilustra bien esta sensación; incluye fragmentos de sus cinco primeros libros –Elena y los elementos (1951), Animal de costumbre (1959), Filiación oscura (1966), Lo huidizo y permanente (1969) y Rasgos comunes (1975)– y sus dos últimos libros completos –Por cuál causa o nostalgia (1981) y Aire sobre el aire (1989)–, así como cuatro poemas finales que no forman parte de ningún volumen. La edición parece responder a la pregunta “¿cómo podemos dejarnos acompañar por la poesía de Sánchez Peláez?” Y procede a construir, partiendo de una selección cuidadosa y puntual, una respuesta que nos revela incompletos, extraviados, siguiendo sus versos como un mapa al que le faltan pedazos. Como una orquestra ante una partitura inconclusa.

Juan Sánchez Peláez nació en Altagracia de Orituco, Venezuela, en 1922 y fue enviado por su familia a Chile, donde, en vez de cumplir con las exigentes aspiraciones académicas de su padre, se dedicó a escribir. Ahí estableció nexos con el grupo de La Mandrágora, considerado por algunos el único auténticamente surrealista de Latinoamérica, y luego pasó varios años en París y en Nueva York, donde empezó a traducir –actividad que resulta tentador relacionar con un dato curioso de su biografía: el poeta era un experto en armas de fuego–. No sólo sabía disparar, sino que, según testigos, tenía excelente puntería. No es de extrañar, pues hay mucho de puntería en el oficio poético, mucho de poner toda la atención en un blanco imposible de alcanzar, como él mismo expresa en estos versos de Animal de costumbre, considerado ampliamente como su primer gran poema:

Hablo de mi oficio que me obliga a estar recluido
días y días;
que me obliga a olvidarme de mí,
a mirar islas distantes
y peces fuera del agua.

 

2.

Si bien Sánchez Peláez tuvo, desde sus primeros libros, un impacto potente en la poesía venezolana, hay en sus obras de madurez cierta extrañeza que representa la parte más delicada de su poética. Con el tiempo, esta tendencia se fue haciendo más clara, su rango cada vez más amplio, y su lenguaje adquiere una sonoridad definitiva:

Con una casi absurda paciencia
vivo

amurallado u oculto

libre

muerto.

 

3.

Como ocurre a menudo con los poetas que valen la pena, la obra de Sánchez Peláez se resiste a la clasificación. En el prólogo de la antología, Alberto Márquez escribe que es una obra “muy poco dada para permitir la construcción de un discurso sobre ella”. Esto es, por supuesto, algo positivo: la buena poesía le debe mucho a la duda y a la indefinición. Las búsquedas de un auténtico poeta no deben aquietarse nunca.

Sánchez Peláez es, a ese respecto, un nómada: no se coloca en ninguna parte ni tiene destino alguno. Quizá por eso está llena de espacios amplios; ráfagas de aire entran y salen del poema como si éste fuera una casa vacía de techos altísimos en medio del desierto. Su obra es un camino en el que hay lugar para todo: un camino libre pero lleno de imágenes que nos sostienen la mirada. Sus poemas en prosa, en particular los que componen Rasgos comunes, por ejemplo, son esculturas de apariencia extraña, obstáculos que cambian de forma y avanzan siguiéndonos los pasos en el sinuoso camino del que hablaba. Grandes pedazos de materia viva, palpitante, que el poeta nos obliga a examinar; al hacerlo, nos enfrenta a nuestra propia incompletud. Y no hay salida o la salida no alcanza a vislumbrarse.

 

4.

En el obituario que escribió Antonio López Ortega cuando Sánchez Peláez murió en 2003, el artista habla sobre los últimos días del poeta: “Si la luz se asomaba al balcón de su casa, él entrecerraba los ojos”, dice. “Flotaba, creo que flotaba porque se separaba del mundo, al menos del nuestro, de este código cifrado que colonizamos de palabras para no sentirnos del todo extraviados”.

 

5.

En “Filiación oscura”, uno de los mejores poemas del venezolano, escribe:

Hay vivos que deletrean, hay vivos que hablan tuteándose
y hay muertos que nos tutean,
pero uno no sabe nada.
En la mayoría de los casos, uno no sabe nada.

Sin saber qué es la poesía, sospecho que tiene que ver con eso mismo: deletrear, tutearnos con los muertos, saber nada.


Isabel Zapata / Ciudad de México, 1984. Estudió Ciencia Política en el ITAM y Filosofía en la New School for Social Research. En 2015 fundó Ediciones Antílope con cuatro amigos. Es autora del libro de ensayos Alberca vacía (Argonáutica, 2019) y del libro de poemas Una ballena es un país (Almadía, 2019).