20 mayo, 2019

Percepción, meditación y poética de Elsa Cross

de Alejandro Higashi | Ensayos

En la nueva alineación de las Obras completas del 2012 de Elsa Cross, puede descubrirse una concentrada trilogía formada por libros que se escribieron de forma independiente entre 1988 y 1998 (y se publicaron en 1992, 1995 y 1999), pero que expresan sus vínculos a través de un patrón bipartita en sus títulos y su contigüidad editorial (los tres están unidos en un mismo bloque, a pesar de su distancia cronológica, y de la presencia de otros poemarios publicados entre esas fechas). Me refiero a Casuarinas o de la percepción, Urracas o de los pensamientos y Cantáridas o de las palabras.

La unidad de los poemas probablemente ya estaba definida desde su propia escritura a lo largo de una década; en todo caso, en una entrevista viva e inteligente publicada por la poeta María Vázquez Valdez en 2004, titulada “Todo cede a la luz”, Cross confirmó por primera vez la unidad implícita de los tres poemarios, así como los temas que se expresarían después en los títulos secundarios:

Junto a poemas como El diván de Ántar –que tendrá sesenta cuartillas, dividido en 25 cantos– he escrito también poemas muy breves. Esto incluye Urracas (1995) y Cantáridas (1999). Este último librito surgió de un viaje a Delfos, y aborda la serpiente délfica y la palabra, mientras que el tema de Urracas son los pensamientos. Un poema anterior, “Casuarinas” (en el libro con el mismo título), trata sobre la percepción.

Desde los mismos títulos, Cross plantea la coexistencia de un correlato objetivo, ligado a la naturaleza (árboles, aves e insectos), con otro exclusivamente epistemológico (percepción, pensamientos y palabras). Los vínculos establecidos entre ellos permiten ver una progresión explícita; en el caso de los correlatos, la vida latente y el arraigo del árbol dan paso a su contrario, el ave vital cuya libertad no respeta ninguna atadura; esta autonomía se presenta concentrada en su antítesis, el insecto que se alimenta del árbol, volador y también libre, a menudo repulsivo, siempre diminuto. Podemos deducir que en la poética de Elsa Cross la percepción, el pensamiento y las palabras tienen esa misma relación, simultáneamente de oposición y complementariedad, pero que también comparten un ciclo vital.

En “Casuarinas”, primero de la serie, se niega cualquier posibilidad articulatoria. La primera condición para una percepción plena y extendida es el silencio, ese estado purgativo de la mística que invita a magnificar los estados perceptuales justo a partir de la suspensión de lo decible y lo sensible:

Te detienes al borde de lo decible.
No hay diferencia entre el cúmulo de palabras
               y los labios sellados.

Los ojos giran hacia dentro,
todo desaparece–.

Esta apertura perceptual en varios planos será el camino que conduzca a la aniquilación del yo como unidad que se cierra sobre sí misma y dé paso, más bien, a una forma de dejar fluir al ser; el artificio del poema será no mostrar resistencia al lenguaje, sino comunicar la experiencia de forma directa, con frases simples y redondas, desprovistas de imágenes, como si el lenguaje no importara:

Te abres a toda percepción.
Lo que surge, en ti ocurre,
               pero no viene de ti.
Tú eres sólo el lugar donde acontece.
En ti el mundo se aniquila.
Y mientras no retraiga sus orillas,
mientras no calcine su simiente entera,
su cambio impredecible,
sigues presa en su juego.
Tus imágenes vuelven a su fuente.
Cada cosa retorna a su elemento,
enmudece, se aquieta,

               se deshace.

Dejas ser,
dejas tomar la forma y perderla.
Quedas a solas como el mar en calma.

Para Occidente, la percepción es una vía de conocimiento; para Oriente, se trata de una siempre apertura. Como apunta Swami Muktananda, maestro del Siddha Yoga, en su libro El juego de la conciencia (1978): “el cuerpo humano puede parecer un trozo de carne, pero no es eso realmente. De hecho, es una creación maravillosa, compuesta por 72 millones de nādīs o canales. Estos nādīs, junto con los seis chakras y las nueve aperturas, forman una especie de casa”; el cuerpo no es sino el centro de una red de infinitas conexiones. En El budismo zen, Dominique Dussaussoy ha visto este mismo fenómeno en su comentario de la colección poética de Shitou Xingsi (700-790), autor del Cantongqi:

Los objetos y sus atributos existen independientemente de nosotros en el mundo que nos rodea, y no obstante el color del mar, el perfume de una flor o el canto de un pájaro existen sólo mediante nuestros órganos de los sentidos. El hombre es el hombre y el mundo es el mundo, pero si el ser humano abre las seis puertas de la percepción (los cinco órganos de los sentidos más la conciencia), se convierte en el mundo y el mundo se convierte en el ser humano. Shitou hace algo más que recordar la unidad última de todas las cosas, la define como una interpenetración.

En la poesía de Elsa Cross, la percepción del sujeto es el vórtice donde confluyen las partes, no su dispersión. También en “Casuarinas”, el verso partido confiere dinamismo y fluidez a la experiencia y, como en una cascada conceptual, un verso desemboca en otro para revelar la unidad de los cuatro elementos: el mar de agua se continúa en el de tierra, aire y fuego sin solución de continuidad; la percepción del sujeto es unitaria:

Tu imagen se funde en lo demás,
no se eleva por encima de las otras imágenes,
no reclama ya mirada alguna,
se pierde
en ese mar lentísimo de arena,
mar de agua,
      en corrientes subalternas
mar de aire
      en el repliegue del viento
      contra las casuarinas,
mar de tierra
      abriendo y replegando
capas sucesivas,
      fuegos fatuos.

Cuando la percepción se libera de la esfera conceptual, la conciencia se ensancha y da cabida a la unidad absoluta, donde los opuestos se complementan hasta llegar a la perfecta geometría de la esfera. El lenguaje, sin duda, es imperfecto, pero en la pluma de Elsa Cross estos elementos diversos tienen un origen y un fin común, una unidad esencial que la palabra poética, con todos sus límites, puede subsanar:

Sumergirte
sin saber si volverás a mirar la superficie de las cosas.
La conciencia en cada límite se ensancha
donde algo termina
y algo más no acaba de empezar,
como entre el día y la noche,
entre dos pensamientos,
entre el ruido

               y el silencio–
se ensancha,
se abre.

Los sentidos devoran,
la mente devora,
la conciencia

              -y de pronto
tu mente es una esfera.
Están dentro de ti todas las cosas.
Todo lo abarcas,
lo penetras,
lo circundas.
Está la realidad dentro de ti,
el mundo mismo,
tu propio cuerpo allí,

               visible apenas.

Al final, el mundo percibido penetra al sujeto de la enunciación y lo abre a la experiencia del mundo.

En Urracas o de los pensamientos, esperaríamos una racionalización de la percepción, pero Cross sorprende al asumir esa perspectiva orientalista donde los pensamientos se identifican con formas de prejuzgar la realidad. Al contrario, Cross desarrolla la alegoría del pájaro-pensamiento indisciplinado que irrumpe en plena meditación como una presencia indeseable:

Las urracas cruzan
el alba pálida de la mente.
Se encienden y se extinguen
         en el negro vestíbulo.

[…]

Urracas en bandada,
      frecuentación sonora,
irrumpen
    como en un día festivo,
dejan caer al vuelo filamentos.

Estos pájaros-pensamientos, al final, se identifican con la imperfección del lenguaje que se superpone, sin éxito, a la desnuda perfección de lo no dicho:

Como palabras,
       oh pertinaces,
cubren lo ya desnudo,
se acumulan
sobre la perfección
      de lo no dicho (2012: 493).

Las reflexiones previas no podrían estar completas si Elsa Cross no se refiriera a la forma en la que cobran cuerpo tanto la meditación como los pensamientos.

Las Cantáridas (o palabras) son pequeños coleópteros de un color verde esmeralda metalizado, muy llamativos, que sirven como correlato objetivo a su exploración. Ahí, las palabras tienen un valor secundario, como remanentes secos y muertos de la experiencia vital:

Palabra
sangre seca en la roca
      hilos de voz.
[…]
Todo desaparece
      en una luz adentro

el silencio devora las palabras
como insectos pequeños
         cantáridas.

La negación del concepto racionalista y la del lenguaje no pueden traducirse automáticamente en la negación de la poesía. Si las palabras son “sangre seca” o “insectos pequeños”, la poesía hecha de palabras es una forma que persigue una conexión trascendente con la percepción y el ser como un fluir del mundo. Esta perspectiva negativa del lenguaje, pero favorecedora de la poesía en tanto que se aparta de la racionalidad del lenguaje, también es un eje en la obra de Swami Muktananda; en su colección de aforismos, titulada Mukteshwari (1972), uno de sus primeros libros sobre el Siddha Yoga, Muktananda deja claro que la unión con una conciencia divina (Ātman) se da a través de la poesía verdadera, más allá de los libros:

A través de los versos de los poetas verdaderos,
en los mantras de los Upanishads,
habla el éxtasis del yo.
El conocimiento interno es mayor
que el conocimiento que viene de los libros.

En una serie de entrevistas realizadas durante dos viajes por Estados Unidos, Europa y Australia (entre 1974-1976 y 1978-1981), Muktananda  subrayó la centralidad del canto y los mantras en la meditación y llegó a afirmar, entre otras ideas, que “el canto hace puro lo supremamente puro”. Esta misma paradoja parece resolverse en el centro de la poesía de Elsa Cross: si la palabra y el concepto estorban a la expansión perceptual del ser, la poesía es una herramienta para restaurar la unidad del yo con el universo, más allá del lenguaje utilitario del racionalismo. Justo ahí, donde se cruzan percepción, meditación y poética.



* Texto leído como parte de la cátedra Elsa Cross de Poesía Iberoamericana (Universidad del Claustro de Sor Juana – Casa del Poeta ‘Ramón López Velarde’).


Alejandro Higashi Ciudad de México, 1971. Es profesor investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua y del Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea.