28 enero, 2019

Recuento de nostalgia de la muerte

de Víctor Palomo | Reseñas


Christian Peña, Expediente X.V., Vaso Roto, México, 2018, 104 pp.

I
¿Es un crimen la muerte de un poeta? De ser así, ¿quién es el culpable? ¿Qué luto se puede guardar ante la muerte de un poeta —y más aún, de un poeta que le cantó a la muerte, musa principal de su panteón poético? ¿Cuál es el traje apropiado para enterrarlo? Xavier Villaurrtia nos enseñó a describir a la muerte, a entrever sus ojos semiabiertos en la penumbra, a percibirla de otra forma antes de que cayera él mismo bajo el influjo de su propio letargo: de su propia nostalgia por la muerte.

López Velarde murió a los 33 de angina de pecho y Villaurrutia lo haría a los 47… ¿De angina de pecho? ¿En Navidad? ¿Paralelismos? Las fechas difieren; no hay coincidencias, salvo que ambos murieron muy cerca el uno del otro, en el mismo cuadrante de la ciudad que tanto amó uno y odió el otro, en un radio no mayor a un kilómetro. ¿Vasos comunicantes? Ninguno, salvo que cuando murió López Velarde dejó en Villaurrutia un vacío impresionante. Un vacío que perduró toda su vida, una ausencia intermitente que dibujó con sus manos en la oscuridad, con todos sus ecos por las noches. Finalmente, Villaurrutia muere en la Navidad de 1950 —y la muerte se queda un poco viuda—, a veintiséis años de la muerte de López Velarde. No es casualidad que estos dos espíritus estén engarzados al inicio de Expediente X.V., de Christian Peña (1985). Las palabras de ambos se entrelazan sin tocarse. Tampoco es gratuito aquel epígrafe de Michael Drayton que emplea Villaurrutia para sus nocturnos: Burned in a sea of ice and drowned amidst a fire.

El deseo se pone guantes negros. El luto guarda su propio minuto de silencio. La noche hace girar las estrellas en sentido contrario. Velarde y Villaurrutia se unen en el sueño de un poeta que los sueña. Y en el sueño, la voz de Christian Peña madura en un árbol de nochebuena que crece sobre la tumba de un poeta, al mediodía. “Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera, / y el grito de la estatua doblando la esquina”. Y la voz que madura dentro del sueño que Christian sueña, escribe “quemadura”, es un bosque soñado: “líquida sombra en que me hundo”.

II
Expediente X.V. es algo más que un libro de poesía: un epitafio para la tumba de Xavier Villaurrutia, en el cerro del Tepeyac; la autopsia de ley practicada sobre la última noche del poeta —en Navidad—, la esquela en un periódico de 1950, una carta necrológica a los huesos de Nostalgia de la muerte y tres pares de zapatos que bailan entre las sombras, “en medio de un silencio desierto como la calle antes del crimen”:

Dibujo en la pared
con la sombra de las manos
todo lo que la noche no me dice.

Apunta Peña en la reconstrucción de la escena. El verso es diálogo y eco:

Lo imagino: un traje, una corbata
el doble nudo Windsor del que pende el ahorcado,
un banquillo, una patada,
y los brazos que oscilan en el vacío.

En esta minuciosa exploración de los sentidos, Peña revisa los objetos que rodearon las últimas horas de Villaurrutia. Desanda el camino de esa última noche. Descubre las cartas. Desanuda las palabras. Abre las cortinas de la habitación. Llama por teléfono. Hace venir a la hermana, Teresa. Va a la máquina de escribir y escribe. Busca un rastro de polvo en esas palabras: “La piedra alcanza la transparencia del agua / cuando cae y toca la oscuridad del pozo”. El crimen no paga; la poesía, tampoco. Expediente X.V. es la bitácora de la investigación acerca de la muerte, el posible suicidio o crimen, la angina de pecho o el paro cardiaco de Xavier Villaurrutia, pero es también el diario de quien escribe. El diálogo viaja al interior y el interrogador se hace preguntas: “¿Es un poema de amor, o de muerte?” ¿Resultado? El cuadro completo. El análisis consciente del mapa. El recuento de aquellas siete horas del poeta a solas con la muerte: desde que sus acompañantes y compañeros de baile lo dejan a la puerta de su casa, hasta que su hermana Teresa lo encuentra tirado en el piso, sin aparentes signos de vioencia, a las diez de la mañana.

El Expediente… incluye, por supuesto, el acta de defunción más dos piezas clave en el asunto: una póliza de seguros y una declaración del propio difunto, escrita ni más ni menos que en un ejemplar de Cantata a la muerte de Federico García Lorca, perteneciente a la biblioteca personal de Alfonso Reyes. Como cabe esperar en un suicidio así, hay una carta lacrada para cierta persona; como cabe esperar en un crimen, hay un sospechoso, una coartada y tres pares de zapatos. Por lo demás, de acuerdo con su doctor de cabecera, Xavier Vilaurrutia González nunca padeció del corazón, aunque tal fuera la razón oficial de su fallecimiento.

Se dice que Xavier Villaurrutia murió
de una angina de pecho, fulminado de golpe,
pero hay quien asegura —así empiezan los chismes—

que se murió de amor por un bolero
o que se suicidó, el punto es que su rostro
era nocturno y pálido dentro del ataúd.

En el libro también aparece la declaración de los testigos: galería de fantasmas, defensa y condena de quien rehusó la última invitación de los amigos. Novo, Nandino, Owen y Torres Bodet aparecen en la corte de las revelaciones, recortan entre todos la sombra de un nocturno.

Christian Peña es un poeta que arma sus libros con la madera de la tradición; es decir, con la palabra de los viejos poetas que nos enseñaron, entre muchas otras cosas, la lotería, el dos de muertos, los trenes de juguetería, la piedra de sol y los paisajes: provincianos en el caso de López Velarde, Pellicer o Rulfo, o citadinos como Novo, Reyes o Xavier Villaurrutia. Peña ha tendido un puente entre la tradición del siglo XX —los Contemporáneos, las vanguardias— y el presente, antes de caer en el vacío y la banalidad de la era tecnológica.

Expediente X.V. es más que un libro de poesía: un homenaje y un documento, un recuento y una antología personal: un andar despacio por las avenidas del panteón del Tepeyac, donde se ha dejado un ramo de flores con el olor acre de la duda; luego por Los Remedios, Paseo de la Reforma y la colonia Roma —lugar este último en el que un joven bolero pregunta si le da grasa a los zapatos—. Pero todo es ilusorio: Christian, o el poeta Villaurrutia, permanece sentado en una losa de Tepeyac; piensa en el antiguo Egipto; divaga, en el delirio de la sobriedad, sobre los cuerpos embalsamados de los faraones, los zapatos de baile, la isla Hashima; y piensa de nuevo, a la luz del vino y en la claridad ingente de las cosas:

Nadie muere de amor. Nadie, se mata.
Toda causa de muerte es una conjetura.


Víctor Palomo / Saltillo, Coahuila, 1969. Poeta y editor. Obtuvo el tercer lugar en el Primer Certamen de Poesía Manuel Acuña y mención honorífica en la cuarta edición del mismo. Tiene publicados los libros de poesía Cartas de Amor para la Señorita Frankenstein (1999), y Vigilancias: poemas y canciones (2015). Obtuvo el Premio Nacional de Novela “Ignacio Manuel Altamirano” 2016 por su novela El pasado.