14 enero, 2019

El tenis o la vida

de Julio Trujillo | Ensayos

Deporte mudo y generalmente blanco, épica del individuo en que la fuerza física no es nada si no hay fuerza mental, metáfora perfecta de la vida y sus perseverancias, mezcla de ritmo, belleza y potencia, velocísimo y vivo ajedrez, el tenis se presta o debería prestarse como una eficaz herramienta literaria. No obstante, no abunda la bibliografía.

Mi primer recuerdo de lo que debería ser un prolijo y fértil amasiato (tenis y literatura), se lo debo no sé si a Donald Davie o a Hugh Kenner, eruditos en la vida y obra de Ezra Pound, en un párrafo perdido en el que uno de los dos cuenta que el poeta de Idaho gustaba de jugar tenis, y que su saque era una inverosímil contorsión que dejaba pasmados a sus contrincantes. Esa imagen de un Pound desgreñado, en shorts, doblándose y desdoblándose en la preparación de su servicio, me ha acompañado durante años, y suelo agregarle al poeta gritando tenez! al momento de hacer contacto con la pelota —así, en francés—, para recordarme el origen de su nombre y también que es un deporte en el que impera la cortesía.

Alcanzo a recordar, también, una foto de Tolstoi jugando sobre pasto (cuando se trata de tenis uno se ve tentado a escribir “césped”) y, vagamente pero con emoción, unas líneas de Shakespeare en que Pericles, semimuerto en las costas de Grecia, compara al océano con una vasta cancha de tenis. Son citas y recuerdos que llegan al botepronto (como un pasaje en la formidable y tóxica novela Money, de Martin Amis, en que el narrador critica a los ingleses que afirman saber jugar tenis, en comparación con los gringos que sí saben), pero en realidad son muy escasos. La referencia obligada es, por supuesto, David Foster Wallace, un escritor tan obsesivo, puntilloso y concentrado en el detalle que resultó ser la pluma ideal para describir las bondades del deporte. Tenista él mismo en sus juventudes, Foster Wallace alcanza vuelos líricos en su prosa tenística (hoy reunida en un libro titulado String Theory), y es célebre su ensayo “Roger Federer como experiencia religiosa”, en el que, por ejemplo, cuenta con lujo descriptivo un punto de dieciséis golpes entre el suizo y Nadal en la final de Wimbledon de 2006, o bien se frustra al no poder describir la belleza y el genio del juego de Federer. Y remata: “Es un asunto estético al que hay que abordar de manera oblicua, o —como Tomás de Aquino hizo con su propio, inefable tema— intentarlo definir en términos de lo que no es”.

Pero vayamos a la poesía, que algo hay. Dos de mis poetas favoritas, y amigas entre sí, Anne Sexton y Sylvia Plath, tienen poemas de tenis, y uno puede imaginarlas vestidas de blanco y bellísimas jugando entre sí, con esa gracia fatal que sólo tienen las poetas suicidas. Y fatal lo era Anne Sexton en grado sumo, obsesionada con su propia muerte y con la decadencia de su cuerpo. En su poema “La adicta”, cuenta sobre las coloridas píldoras que se toma todas las noches antes de dormir como un entrenamiento para la muerte, y cierra así:

Es una ceremonia,
y como cualquier otro deporte
tiene reglas.
Es como un juego de tenis musical
en que mi boca atrapa la pelota.
Aquí yazgo, en mi altar
elevada por ocho besos químicos.
Qué manera de arroparme
con dos “buenas noches” rosas, dos naranjas,
dos verdes y dos blancos.

Brutal, como suele ser ella, y con esa imagen de “tenis musical” que nos queda rondando en la cabeza. Por su lado, Sylvia Plath (quien molestó muchísimo a su amiga al quitarse la vida antes que ella) capta con languidez y melancolía el paso del tiempo con esta imagen memorable de su poema “18 de abril”:

Un futuro se perdió ayer
tan sencilla e irrevocablemente
como una pelota de tenis en el ocaso.

De mi infancia, en que jugué mucho tenis con mis primos, recuerdo nuestra obsesión por seguir y seguir jugando incluso cuando el sol se metía y la pelota, sí, se perdía en el crepúsculo, imagen hermosa y desoladora muy al estilo de la autora de Ariel.

Hay pocos poemas (buenos) de tenis en español, aunque la escena de Caravaggio jugando contra Francisco de Quevedo en la novela Muerte súbita, de Álvaro Enrigue, es altamente poética (por no hablar de las pelotas de tenis hechas con el pelo de la decapitada Ana Bolena). El enorme poeta Leopoldo Lugones, experto en lunas, imagina una escena casi pastoril en que unas señoritas juegan tenis. Su poema “Tenis” abre así:

Las chicas del tenis, en grupos parejos,
agracian de blanco la pradera verde
que flora en un polen de sol, y a lo lejos
en serenidades azules se pierde.

Y cierra así:

En leve centella cruza la pelota
con tales arrojos de triunfo y de azar,
que más de un sensible corazón rebota
y en la red se queda prendido al pasar.

La elegancia del deporte, su demarcación sobre el pasto o la superficie verde, el ir y venir de la pelota-centella, ese ritmo que en realidad es un diálogo y, por qué no, un cortejo, invitan a los poetas a trazar postales de marcada coquetería, como esta del catalán Josep Carner:

Por la hierba del prado caminabas
y volaba tu brazo adolescente;
y por la red de la raqueta alzada
se filtraba la luz del sol poniente.

¡Hasta las raquetas se prestan al lirismo! Porque el tenis, además de su explícita belleza, funciona muy bien como símbolo de la voluntad, del esfuerzo individual, del ritmo y el poder necesarios para no sucumbir ante las derrotas ni crecerse demasiado en las victorias. Tal es la hermandad de ese deporte con la poesía, que desde hace una década Wimbledon tiene a un poeta oficial encargado de hacer una composición diaria durante el torneo, y no sólo eso: en la cancha central de esa Meca del tenis (en palabras de Foster Wallace), hay un cartel de madera con dos versos del celebérrimo poema “If” de Rudyard Kipling (probablemente el poema más declamado en idioma inglés), y es tradición que, año con año, los campeones del torneo los lean en voz alta. Podemos imaginar a Venus Williams recitando:

Si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso
y tratar a esos dos impostores de la misma manera…

Muchas citas y anécdotas se me quedan en el tintero (ahora recuerdo haber leído que al poeta Randall Jarrell, jugador él mismo, le gustaba dar sus clases de literatura en una cancha de tenis), pero no quiero terminar sin recordar esta declaración famosa de Robert Frost: “Para mí escribir en verso libre es como jugar tenis sin red”, que mereció esta respuesta de Carl Sandburg: “Decir que escribir en verso libre es como jugar tenis sin red, equivale a que una cebra le diga a un leopardo ‘Prefiero mis rayas a tus manchas’. Ha habido poetas que jugaron tenis más de una vez con raquetas invisibles, rematando pelotas fantásticas sobre una red insustancial, en una cancha iluminada por la luna”.


Julio Trujillo / Ciudad de México, 1969. Es poeta. Cursó la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM. Se ha dedicado a la edición de suplementos y revistas culturales, como la Revista de la Universidad de México, la Revista Mexicana de Cultura, El Huevo y Letras Libres. Es autor de los libros Una sangre (Trilce, 1998), Proa (Marsias, 2000), El perro de Koudelka (Trilce, 2003), Sobrenoche (Taller Ditoria, 2005), Bipolar (Pre-Textos, 2008), Pitecántropo (Almadía, 2009), Ex profeso (Taller Ditoria, 2010), La burbuja (Almadía, 2013) y El acelerador de partículas (Almadía, 2017).