14 enero, 2019

Paradise Lost, o la epopeya (re)made in Mexico

de Mario Murgia | Ensayos



Cuán sorprendente resulta enterarse de que John Milton, el mayor de los poetas ingleses (sin demérito de Shakespeare, harina de otros genéricos costales) haya gozado de admiración profunda en México durante el siglo XIX. Alguna evidencia de esto puede encontrarse en una carta que, en 1872, el polifacético Ignacio Manuel Altamirano envió a una joven y anónima poetisa. Ahí, Altamirano escribe que “los más grandes poetas modernos han excusado con empeño comparar los acentos de su lira con el sonido majestuoso del arpa antigua […] por el temor justísimo de parecer pálidos y raquíticos en presencia de sus modelos. Sólo debe exceptuarse a […] Milton y Klopstock; pero ¡qué excepciones!” Con ánimo de ejemplaridad y advertencia, Altamirano revela a una muchacha de fogosos ímpetus poéticos la singularidad y la excepcionalidad de aquellos artistas extranjeros que, en una modernidad más o menos incipiente, se volcaron al verso épico con talento quizá irrepetible, aunque de seguro digno de tímida imitación, diseminación y trascendencia. Más allá de su educación privilegiada, en este momento es baladí especular sobre las vías por las cuales Altamirano, o incluso la diletante versificadora a quien se dirige en su misiva, pudieren haber accedido a Milton: ¿habrán leído El paraíso perdido en el inglés original (cosa improbable aunque no imposible), en alguna traducción francesa, como la de Chateaubriand de 1837, o acaso en castellano —idioma que para fines del XIX, y al menos en la Península, no desconocía del todo las glorias retóricas de “Juan Miltón”? Si ese último hubiera sido el caso, ¿a qué Milton hispanizado habrán recurrido los lectores mexicanos decimonónicos?

Ya que estamos en las elucubraciones histórico-literarias, gocemos un rato con la idea de que Altamirano pudiera haberse sorprendido casi tanto como nosotros, los adeptos a la poesía en los albores del siglo XXI, al conocer que la primera traducción de la epopeya de Milton en la América hispánica se realizó en 1857, nada menos que en la ciudad de Toluca.1 Sí, en Toluca, para después publicarse en la Ciudad de México, por virtud del afamado impresor Ignacio Cumplido, al año siguiente. Quizá más asombroso sea enterarse de que el traductor fue un tal Francisco Granados Maldonado, intelectual y poeta cuyo lugar y fecha de nacimiento se desconocen, pero cuya muerte se registró en la ciudad de Chilpacingo de los Bravo en 1872 (curiosamente, el mismo año de la carta de Altamirano). ¿Y quién se acuerda de Don Francisco Granados?2 Serán tal vez los poquísimos aventureros, si acaso alguno, que se han topado con su largo poema Cantares de la melancolía (1857) o con aquella versión suya, en endecasílabos blancos, de la epopeya prelapsaria inglesa del siglo XVII, cuyo ejemplar autografiado se empolva y desmorona en los anaqueles de la Biblioteca Nacional, alojada en Ciudad Universitaria.

No conozco otra versión completa de Paradise Lost hecha en México, pero sí reconozco que los versos de Granados, tan suyos como de Milton, evocan lo que Octavio Paz llamara “el antiguo vínculo que unía la poesía al mito pero sólo para, inmediatamente después, unirla a la idea de Revolución”. Así pues, fue Granados un revolucionario que logró lo que nadie en Hispanoamérica había conseguido antes o alcanzaría luego: trasladar la grandilocuencia puritana y republicana (sin oxímoros) del polemista inglés al tumultuoso carácter poético de un país que continuaba —y en más de un sentido aún sigue— en posrevolucionaria conformación. Fue en Milton que Granados encontró los hechos verbales que igualmente constituyen las revoluciones, la poesía y, acaso, las naciones.

Don Francisco Granados traduce Paradise Lost con la humilde intención de “[seguir] el original hasta el grado de parecer prosaico en algunos momentos, mejor que alterar el testo con el pensamiento, como se notará precisamente en los primeros versos del poema”, como él mismo apunta en su prefacio. He aquí el inicio del Libro I de El paraíso perdido de Granados:

Del hombre la primer desobediencia,
Y del árbol prohibido el mortal fruto        
Cuyo sabor la muerte al mundo trajo
Con todos nuestros duelos, al perderse
El venturoso Eden, hasta que un dìa
El hombre grande, entre los grandes hombres,
Del bien perdido recobró el asiento,
Canta celestial musa los arcanos.
Tú que de Horeb en la secreta cima
Y en Sinaì la inspiración le diste
A aquel pastor que le enseñaba al hombre
Su primitivo y escogido orígen,
Y como el cielo y la fecunda tierra
Del tenebroso caos se produjeron.
Y si de Sion en la colina santa
Mas te deleitas, y en las limpias olas,
Y en los rayos de Siloe, atenta,
De Dios escuchas, firmes los oráculos,
De allá invoco tu ayuda poderosa
A mi atrevido canto que alzar quiero
Con vuelo audaz, mas lejos que la cima
De los montes altivos de la Aonia:
Y si entre tanto sigues animándole
Podré entonar dulcísimas canciones
Y tú, sublime espíritu, si siempre
El corazón humilde y puro escoges
Como santuario, con tu ciencia instrúyeme,
Tú, que presente en el principio fuiste
Y con potentes alas de paloma
En raudo vuelo, y con tu aliento santo
A las generaciones fecundaste
Dando vida á los gérmenes del mundo,
Girando en medio del inmenso abismo,
Dame en mi oscuridad tu luz sagrada,
En mi debilidad sostén mi aliento;
Y de este objeto augusto la grandeza
Celebraré con magestad sublime
Y con nobleza afirmaré en mi canto
La Providencia eterna, la justicia
Vindicando de Dios ante los hombres.

[Of Mans First Disobedience, and the Fruit
Of that Forbidden Tree, whose mortal tast
Brought Death into the World, and all our woe,
With loss of Eden, till one greater Man
Restore us, and regain the blissful Seat,
Sing Heav’nly Muse, that on the secret top
Of Oreb, or of Sinai, didst inspire
That Shepherd, who first taught the chosen Seed,
In the Beginning how the Heav’ns and Earth
Rose out of Chaos: Or if Sion Hill
Delight thee more, and Siloa’s Brook that flow’d
Fast by the Oracle of God; I thence
Invoke thy aid to my adventrous Song,
That with no middle flight intends to soar
Above th’ Aonian Mount, while it pursues
Things unattempted yet in Prose or Rhime.
And chiefly Thou O Spirit, that dost prefer
Before all Temples th’ upright heart and pure,
Instruct me, for Thou know’st; Thou from the first
Wast present, and with mighty wings outspread
Dove-like satst brooding on the vast Abyss
And mad’st it pregnant: What in me is dark
Illumin, what is low raise and support;
That to the highth of this great Argument
I may assert Eternal Providence,
And justifie the wayes of God to men.
]3

Francisco Granados —según él mismo afirma— traslada el poema al castellano a partir del inglés original, tarea que lo separa de muchos traductores españoles que, desde el siglo XVIII, habían traducido a Milton del francés. La fluida conversión del verso blanco de Milton a la prosodia de la poesía heroica castellana puede explicarse con relativa facilidad si uno considera, por parte de Granados, la posible imitación, y aun exageración, de la sintaxis latinizante del poeta inglés: en los primeros versos del poeta mexicano, por ejemplo, “canta” se recorre hasta el octavo endecasílabo, incluso más lejos que el sing de Milton, que se encuentra en el sexto verso. La versión en español (de México) de till one greater Man / Restore us and regain the blissful Seat (PL 1.4–5) ilustra también las ambiciones retóricas y prosódicas de Granados: “hasta que un dìa / El hombre grande, entre los grandes hombres, / Del bien perdido recobró el asiento”. Aquí, el poeta-traductor presume una figura digna de sus predecesores barrocos: se trata de un pronunciado quiasmo que, en un afán compartido con la retórica miltoniana, también reproduce la construcción hebrea de los superlativos.

No sorprende, desde luego, que Francisco Granados se regodee en las figuras, el vocabulario y las formas de la epopeya clásica. En su introducción a El paraíso perdido, cuando discute la estatura de Milton como uno de los grandes poetas modernos, Granados afirma que “En el poema épico, lo que hay de mas consideracion como esencial es la unidad y la grandeza, y para conocer si en Milton se encuentran estas cualidades, no hay mas que compararle con los dos mas grandes poetas épicos”. Tras comparar brevemente a Milton con Homero y Virgilio, Granados concluye que El paraíso perdido alcanza fácilmente la misma altura de los clásicos grecolatinos y europeos: “Nada puede ser mas grande [que los temas de Milton], nada mas magnífico, nada mas sublime”.

Pero quizá el indicio más claro de los esfuerzos que hace Granados para reproducir una verdadera epopeya en castellano, en vez de imitar tan sólo el registro poético de Milton, se percibe en pasajes inusitados que, por su brillantez estilística, sobresalen entre las incontenibles tiradas de versos. Consideremos felices sorpresas como “En mi debilidad sosten mi aliento” o bien “la justicia / Vindicando de Dios ante los hombres”, que corresponden respectivamente a what is low raise and support (PL 1.23) y al famoso justifie the wayes of God to men (1.26). Estos versos castellanos se alejan de los originales ingleses no sólo en lo que se refiere a su vocabulario y su sintaxis, sino también en lo tocante a las limitaciones imagísticas que presupone la traducción y, sobre todo, la apropiación de poesía de este calibre. El evocativo y conmovedor verso “En mi debilidad sosten mi aliento” comunica una fragilidad y una contrición que simplemente no pueden hallarse en el inglés de Milton. En contraste, el vigor contenido en los recovecos sintácticos de “la justicia / Vindicando de Dios ante los hombres” acusa las laudables intenciones de Granados al traducir Paradise Lost en un (y para un) ambiente postindependentista. Además, lo que llama la atención aquí es el “rompimiento” del justifie de Milton en dos unidades de significado notables por sus sugerentes ecos: “justicia” y “vindicando”. La justicia evoca el tan discutido propósito épico de Milton, mientras que la acción vindicatoria bien pudo haber insuflado en el lector mexicano del XIX no nada más la idea de lucha, sino también la noción de servicio patriótico y cultural que, sin duda, Granados intentaba ofrecer a su joven país: “Desgraciadamente entre nosotros son muy pocos los que se dedican al estudio de las literaturas extrangeras, y aunque algunos de nuestros jóvenes compatriotas, sepan más de la francesa que de la de su lengua, puede decirse que de la literatura alemana, inglesa é italiana no se sabe lo bastante […] una literatura sábia es una de las mayores ventajas que puede tener un pais”. Son estas las palabras de un poeta fascinado con una poesía hasta entonces inexplorada en las latitudes de su América, así como con las afinidades emotivas, estéticas y culturales de dos lenguas, dos historias y dos naciones que se reúnen y se vivifican en los altos vuelos de un solo gran poema convertido en dos.



1 El paraiso perdido, trad. de Francisco Granados Maldonado, Mexico, Imprenta de Ignacio Cumplido, 1858. 
2 Existe un “discurso cívico”, fechado el 27 de septiembre de 1856 y pronunciado en la Alameda de Toluca, en el que Granados mismo se presenta como “Individuo de la Academia de Literatura de San Juan de Letran, presidente fundador del Liceo Hidalgo, socio corresponsal de la Falange de Estudios de Guadalajara, socio fundador y de número de la Academia Sócrates, miembro corresponsal del Liceo Potosino y de otras sociedades Cientificas y Literarias de la República y estranjeras”. 
3 Conservo las ortografías de Granados y de Milton en todos los casos.


Mario Murgia / Ciudad de México, 1973. Es profesor de literatura, traductor y poeta. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran Singularly Remote. Essays on Poetries (MadHat Press, 2018) y el poemario El mundo perdone (Alios Ventos Ediciones, 2018).