28 enero, 2019

Hemos sido todas una, invencibles

de Elena Anníbali | Inéditos

1.

Oigan, mujeres de las casillas, oigan
mujeres de la ruta, de los tinglados
y de los galpones, óiganme, mujeres
que hacen pastar al ganado y se queman al sol como culebras, óiganme, las amo y las he amado,
siempre.
Maternando en los colectivos, dando
oscura, agria leche, o tibia y dulce, las he visto
cubiertas de asfódelos, en mi memoria, aún
las afantasmadas, las idas, las difíciles figuras perdidas
en la noche del tiempo. He paseado
con ustedes, en trenes, las he visto
correr bajo la lluvia en altos tacones rojos, martirizadas
en la ardiente cocina del patrón, golpeadas, tiradas
en las banquinas, moliendo maíz, o sacando el piojo
al perro, al niño, al mono, sin muecas de asco
o de rencor hirviendo la carne, la sopa,
los trapos infectos de los enfermos, o quemando azúcar
ante el muerto o la tripa del hijo, o la mierda del ajeno.
Las he visto en las alcantarillas. Mi ciudad es una cartografía
del horror, el campo es una cartografía del horror, las casas,
las piezas, los puertos, los ríos, las fábricas, las iglesias son
una cartografía del horror. ¿Nos hemos acostumbrado?
¿Nos da pereza? No nos importa verlas secas, heridas, marcadas,
perdiéndose, los ojos vueltos hacia adentro, los puños
apretados, la flor de la mansedumbre y la resignación,
incubado por siglos el huevo de la vergüenza y la rabia ha parido
mujeres muertas. Pero yo en trenes, óiganme, en casillas,
óiganme, mujeres de los barrios altos, en los hornos, manejando
camiones, arando el campo, barriendo suelos ajenos en
hospitales, óiganme mujeres que en la noche, las amo
y las he amado. Aún tocadas por la codicia, el espanto,
la guerra, óiganme mujeres, soy la hermana que también,
sí, no sé por qué o cómo, sí, también, se me tuerce la boca,
¿saben? Sí, yo también he sido el cuerpo donde ha caído la mano
equivocada, el palo, la humillación, la tensada cuerda del
desprecio. También he sido aquella vez en que me ahogaron,
ahogándome, quitándome del medio la palabra, el uso
del aire, la respiración cortada, el cuerpo una interrogación,
una oscuridad, un corte, también he sido lo que todas nosotras,
una noche, o un día, algún día, hermanas mías. Las amo
y las he amado. Yo he sido todas, he sido
yo, óiganme, mujeres del aire, de las casillas, de las rutas,
golpeándome las costillas, hemos sido todas una, invencibles,
unidas invisiblemente como las majadas por el trueno,
corriendo, de aquí para allá, haciendo dulzura, comida, lavando
hijos, trastos, hemos sido la fuerza de este mundo, la rotura
ardiente de nosotras echando vida. ¿Qué mal nos harán, hermanas?
Qué mal nos harán. Somos
un solo cuerpo vibrando.
Estamos a salvo.
Las amo, las he amado.

 

2.

Este hombre que sale a la noche con un cable en la mano, y con la mano
de untar grasa de cerdo en las correas, tomar la cuchara y dar vuelta las hojas
de mora buscando el gusano de la destrucción, con esa mano, digo, ejecuta un nudo y prueba
la resistencia, y se imagina, una vez más,
su propio cuerpo pendiendo en la oscuridad, primero,
en la luz, luego, y más tarde, en una cuna inacabable
o danza aérea con el aire, a través del aire, en la que
no adormecido sino otra cosa, un comportamiento
del cuerpo en que la palabra choca
con la experiencia, por ser inédita, la experiencia
e intraducible, este hombre, digo, mira hacia arriba
y ve no a Dios, claramente diré que no ve a Dios, pero sí
las estrellas pendiendo, también, mas no esta vez
por ningún cable o artificio, sí por causas oscuras o veladas
al entendimiento común de los hombres comunes puestas allí
—y no es que
hubiese hombres preferentemente iluminados
mas bien hay hombres que imaginan que pueden
explicarlo todo, saberlo todo—,
ve, como decía, las estrellas, sujetas al inacabable silencio
y encuentra probable la idea aproximada de un destino, algo que
claramente trascendería el dolor y todo
lo conocido y lo por conocerse en materia
de sentimientos, sean estos bondadosos
o anulatorios, como el que lo atravesaba hace
un momento atrás, porque ahora, viendo, advirtiendo
por primera vez, en su —hasta aquí— magra experiencia de la belleza,
cómo todo se alinea y se concentra, se expande
o fuga según su naturaleza, el hombre, este hombre que
con la mano de tusar ovejas, probar la dureza del grano, al estar este
en su punto, ya libre de toda humedad y grávido, con la mano
con que alguna vez alcanzó un ramo de caléndulas a una mujer, no porque
le parecieran particularmente hermosas, si no porque, en su particular
creencia de lo hermoso en aquel tiempo figuraba lo colorido, arroja
lejos de sí el cable, aún en su forma original, sin lazo, al patio, y vuelve
a la casa, acomete otra vez el ahora no tan dificultoso proceso de dormir,
y se duerme, sólo por una noche más.

 

3.

Antes pensaba que lo ominoso irrumpía en la vida
de las mujeres que —como yo— son comunes, de una forma
devastadora y radical: lentas bolas de fuego cruzando el cielo,
la materialización de la laguna negra que, en algunos sueños,
irradia mi imagen o tal vez yo, que me hundo, no devorada sino
en amoroso llamamiento. Pero no, no adviene la destrucción
con maneras tan evidentes. Un gajo de durazno quebrado
en la plenitud del verano —la fruta hinchada de humedad,
en su punto el rosado almíbar—, un hombre que cruza la calle
y reconozco de antes, no tan viejo ni joven, no, pero
de mi edad y diría que ambiguamente feliz, aún así
con los signos de alguna clara devastación sentimental
trabajándole el rostro —o ni siquiera el rostro, diría que
los ojos en los que hubo fijado la noche, y los pensamientos
de la noche, una patente oscuridad— las casas, en la ciudad, después
de las casas, y los altos basurales, y el destierro. ¿No estaba
todo eso antes, sin embargo, de mí, que miro y creo
que lo real me dice cosas en secreto, como si fuera, yo,
además de un ama de casa que se levanta temprano procurando,
con verdadera voluntad, que rinda el día en labores mínimas,
un sujeto de verdadero interés en la develación o el alumbramiento
de trascendentales verdades? Justo yo, que apenas despierta,
miro la ventana, no para ver los primeros rayos de sol, o escuchar
a los gorriones —pequeños y sin gracia, pero sobreviviendo, aún,
en una ciudad devastada y casi, ya, sin árboles— no para
aliviar mi corazón, no —tal como lo hacía mi madre— con una oración,
sino porque me considero pequeña e infeliz, y debo tener tiempo,
en el pensamiento —cuando todavía el hijo duerme, dulce, y ya
sin sueños— para estar conmigo y pensar en las cosas
que tengo y que no tengo, y abrazarme en la madrugada,
y con suerte calentar —brazo a brazo— la piedra helada
del corazón.

 

4.

No bajé de los montes, de los lugares aéreos, níveos,
solemnes, por silenciosos. Tampoco de las ciudades.
Me vio nacer el campo con su larga cola verde de veneno.
Tarde comprendí ese huevo peligroso, puro
en la muerte, puro
por la muerte de la muerte
vaciada aquí y allá, una
vez, otra vez, dada vuelta
la luz, asperjada, aún,
en lo muy pequeño del pájaro y la ortiga,
morida, allí, ida, disuelta.
Aún en las columnas graves de golondrinas,
aún en el damasco, el eucalipto, las moras,
lo malo estuvo. En lo precioso, estuvo,
en la lengua que supo que podía o no
podía nombrar el gesto de la mano al dar vuelta
la hoja donde se escondía el gusano, en la
lengua que hurgó el material con el que podía
o no articular la probable causa de las aves
transmigrando de la vida hacia un no, la probable
razón de la gente secándose, apartada del aire,
para siempre, del aire, de la oveja enfermando
de un tumor, incomprensible para sí y para
todos, algo
grande y severo
desbandándose, haciendo
polvo lo hermoso.
Y gentes al sol secando sus ropas, porque así se hacía, gentes
en el viento, abriendo la boca a la pestilencia, y entrando
por la boca una oscuridad que no era de este mundo,
pequeñas avispas de lo innoble cuajando
la sangre, por la sangre,
las potrancas en las lagunas, las
lagunas, los espejos, las palomas,
la flor de lo ruinoso, abierta,
esplendiendo.

 

* Estos poemas pertenecen al libro Guadal, que se publicará este año en la editorial El Salmón.


Elena Anníbali / Córdoba, Argentina, 1978. Es Licenciada en Letras Modernas por la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba. Se dedica a la docencia, coordina talleres y clínicas sobre poesía argentina. Ha publicado: Las madres remotas (2007), tabaco mariposa (2009), El tigre (2010), La casa de la niebla (2015), Curva de remanso (2017) e Inéditos reunidos (2018).