28 enero, 2019

El género del sonido (2)

de Anne Carson | Ensayos, Traducciones

Traducción de Valeria List. Puedes leer aquí la primera parte de este ensayo.



Para la definición formal de la naturaleza humana preferida por la cultura patriarcal, la cultura se basa en la articulación del sonido. Como dice Aristóteles, cualquier animal puede hacer sonidos para registrar placer o dolor, pero lo que diferencia al hombre de la bestia —y a la civilización de lo salvaje— es el uso racional del discurso articulado: logos. A esta descripción de la humanidad le siguen reglas severas de lo que constituye un logos humano.

Cuando la esposa de Alexander Graham Bell, una mujer que se quedó sorda en la infancia y sabía leer los labios pero no muy bien cómo hablar, le pidió que le enseñara la lengua de señas, Alexander le contestó: “El uso de la lengua de señas es pernicioso porque la única manera en la que un lenguaje puede ser dominado completamente es usándolo para la comunicación del pensamiento, sin que se traduzca a ningún otro lenguaje”. La esposa de Alexander Graham Bell, con quien se había casado un día después de patentar el teléfono, nunca aprendió la lengua de señas ni algún otro lenguaje.

¿Qué es lo pernicioso de la lengua de señas? Para el esposo Alexander Graham Bell, así como para un orden patriarcal como el de la Grecia clásica, hay algo perturbador o anormal en el uso de signos para transcribir, sobre la superficie exterior de un cuerpo un significado que viene del interior del cuerpo sin pasar por el punto de control del logos, un significado que no esté sujeto al mecanismo de disociación que los griegos llamaron sofrosine del autocontrol. Sigmund Freud aplicó el nombre “histeria” a este proceso de transcripción cuando ocurría en pacientes femeninos cuyos tics, neuralgias, parálisis, desórdenes alimenticios y episodios de ceguera podían ser leídos, según esta teoría, como una traducción directa en términos somáticos de eventos psíquicos en el cuerpo de la mujer. Freud concebía su tarea terapéutica personal como un reencauzamiento de estos signos histéricos a un discurso racional.

Heródoto nos cuenta de una sacerdotisa de Atenas en Pedasa que no usaba el discurso para las profecías, sino que le crecía una barba cada vez que veía que el infortunio llegaba a su comunidad. Heródoto no registra sorpresa por la “conversión somática” (como lo llamaría Freud) del cuerpo profético de esta mujer, ni hubiera llamado a su condición “patológica”. Pero Heródoto era una persona práctica, menos preocupada por descubrir patologías en sus sujetos históricos que en felicitarlos por brindar “otredad” al uso cultural. Y la anécdota sí nos da una fuerte imagen de cómo la cultura antigua construía la “otredad” de la mujer.

La mujer es una criatura que muestra lo interior en el exterior. Por proyecciones y filtraciones de todo tipo —somáticas, vocales, emocionales y sexuales—, las mujeres exponen o expenden lo que debería guardarse dentro. Las mujeres dejan escapar una traducción directa de lo que debería ser formulado indirectamente. Hay una historia sobre la esposa de Pitágoras, quien una vez se descubrió el brazo; alguien comentó “Lindo brazo” y ella contestó: “¡No es propiedad pública!”. El comentario de Plutarco a esta historia es: “El brazo de una mujer virtuosa no debería ser propiedad pública, ni su discurso, y debería modestamente cuidarse de exponer su voz a los extraños, como debería cuidar que su ropa no se deslice. Esto porque en su voz, mientras ella grita, se pueden leer emociones, su carácter y su condición física”.

A pesar de sí, la mujer de Plutarco tiene una voz que actúa como una lengua de signos y que expone sus hechos internos. Psicólogos antiguos desde Aristóteles, y a lo largo del incipiente Imperio romano, nos dicen que un hombre puede saber datos privados por el sonido de la voz de una mujer, como si está menstruando o no, o si tiene experiencia en su vida sexual. Aunque es útil saber estas cosas, podría ser malo escucharlas o incomodarían a los hombres. Lo que es pernicioso de esta lengua de señas es que permite una continuidad directa entre lo interior y lo exterior. Esta continuidad es espantosa para la naturaleza del hombre. La virtud masculina de sofrosine o autocontrol tiende a obstruir esta continuidad, a disociar la superficie exterior de un hombre con lo que ocurre dentro de él. El hombre rompe la continuidad al interponer el logos —cuyo censor más importante es la articulación racional del sonido.

Cada sonido que emitimos es un poco una autobiografía; tiene un interior totalmente privado pero su trayectoria es pública. Una parte de adentro es proyectada hacia afuera. Censurar estas proyecciones es una tarea de la cultura patriarcal que (como hemos visto) divide la humanidad en dos especies: aquellos que pueden censurarse a sí mismos y aquellos que no.

Para explorar algunas de las implicaciones de esta división, consideremos cómo es que Plutarco describe la historia de la esposa de un político que es puesta a prueba por su esposo. El político inventa una historia loca y una mañana se la cuenta a su esposa en secreto. “Ahora, mantén tu boca cerrada sobre esto”, le advierte. La esposa, de inmediato, le cuenta la historia a su sierva. “Ahora, mantén tu boca cerrada sobre esto”, le dice a la sierva, quien enseguida se lo cuenta a toda la ciudad y, antes del mediodía, el político escucha su propia historia de vuelta. Plutarco concluye esta anécdota diciendo: “El esposo había tomado precauciones y medidas cautelares para probar a su esposa, como uno puede probar una si una vasija está agrietada no llenándola con aceite o vino, sino con agua”. Plutarco compara esta anécdota con una historia sobre actos de habla masculinos. Es una descripción de un amigo de Solón llamado Anacarsis:

Anacarsis, quien había cenado con Solón y estaba descansando después de cenar, fue visto presionando su mano izquierda sobre sus genitales y su mano derecha sobre su boca porque creía que la lengua requería una moderación más poderosa. Y estaba en lo correcto. No sería fácil contar cuántos hombres han perdido a través de la incontinencia en placeres amorosos, tantos como ciudades e imperios han sido arruinados por la develación de un secreto.

Al valorar las implicaciones de los sonidos de un género para una sociedad como la de los antiguos griegos, tenemos que tomarnos con seriedad la conexión que Plutarco hace entre la continencia verbal y la sexual, entre la boca y los genitales. Porque resulta que esa conexión es muy diferente para los hombres y para las mujeres. La virtud masculina de autocensura con la que Anacarsis responde a sus impulsos interiores, se muestra simplemente como no disponible para las mujeres.

Plutarco nos recuerda más adelante en el ensayo que la sofrosine perfecta es un atributo del dios Apolo, cuyo epíteto Loxias significa que es un dios de pocas palabras y expresión concisa, no uno que habla de más. Ahora, cuando una mujer habla de más, hay mucho más en juego que un desperdicio de palabras: la imagen del jarrón de agua cuarteado con el que Plutarco concluye su primera anécdota, es una de las figuras más comunes en la literatura antigua para representar a la sexualidad femenina.

Las formas y los contextos de esta representación (el jarrón de agua cuarteado de la sexualidad femenina) han sido estudiados por otros académicos, incluyéndome, así que pasemos directo al corazón, o más bien a la boca de la materia.

Es un antiguo axioma griego y romano de la teoría médica y la discusión anatómica que una mujer tiene dos bocas: el orificio por el cual se genera la actividad vocal y el orificio por el cual se realiza la actividad sexual. Ambos son denotados por la palabra stoma en griego (os en latín) con la adición de los verbos ano o kato para diferenciar la boca de arriba de la de abajo. Las bocas vocal y genital están conectadas al cuerpo por un cuello (auchen en griego, cervix en latín). Ambas proveen acceso a una cavidad hueca que es custodiada por unos labios que es mejor dejar cerrados. Los antiguos escritores médicos no sólo aplicaron términos homólogos, sino también medicamentos paralelos para las bocas superior e inferior en algunos casos de mal funcionamiento uterino. Estos médicos notaron con interés, como muchos poetas y escolásticos, síntomas de respuesta fisiológica entre la boca superior y la inferior; por ejemplo, que un exceso o bloqueo de sangre en el útero se muestra como estrangulamiento o pérdida de la voz; que demasiados ejercicios vocales resultan en la pérdida de menstruación, y que la defloración provoca que el cuello de una mujer se engrose y que su voz se profundice.

“Con una voz pura y aguda porque aún no ha sido atacada por el toro”, describe Esquilo a Ifigenia (Agamenón). La voz cambiada y la garganta engrosada de la mujer que se ha iniciado sexualmente son una creciente proyección de cambios irrevocables en la voz inferior. Una vez que la vida sexual de una mujer empieza, los labios del útero nunca se cierran por completo de nuevo —excepto en una ocasión, como lo explican los escritores médicos: en su tratado de ginecología, Sorano describe las sensaciones que una mujer experimenta durante un encuentro sexual fructífero. Al momento de la concepción, alega el doctor helénico Sorano, la mujer tiene una sensación escalofriante de que la boca de su útero se cierra en su semilla. Esta boca cerrada, y el buen silencio de la concepción que protege y significa, también provee el modelo de decoro para la boca superior. Sófocles citaba con frecuencia el dictado “El silencio es el kosmos de la mujer”, que tiene su análogo antiguo en los amuletos que muestran un útero equipado con un candado en la boca.

Cuando no está sellada, la boca puede abrirse y dejar salir cosas innombrables. Los mitos griegos, la literatura y el culto muestran rastros de ansiedad cultural por la eyaculación femenina. Por ejemplo, está la historia de Medusa, quien, cuando su cabeza fue cortada por Perseo, dio a luz a un hijo y a un caballo volador a través de su cuello. O, de nuevo, la inquieta y locuaz ninfa Eco, con seguridad la mujer más ambulante de la mitología griega. Cuando Sófocles la llama “la niña sin puerta en la boca”, podemos preguntarnos a qué boca se refiere, especialmente dado que la leyenda griega casó al final a Eco con el dios Pan, cuyo nombre implica la unión conyugal con todas las cosas vivas.

También deberíamos considerar la rara práctica llamada aischrologia, que ha sido explicada de distintas maneras. Aischrologia significa “decir cosas feas”. Algunos festivales de mujeres incluían un intervalo en el que las mujeres se gritaban comentarios groseros, obscenidades o bromas sucias entre sí. Los historiadores de la religión clasifican estos rituales de malos sonidos como alguna especie frazeriana de fertilidad mágica o como un tipo de bufonería vulgar pero alentadora en la que (como dice Walter Burkert) “se juega con el antagonismo entre los sexos y se encuentra alivio”. Pero el hecho es que, por lo general, los hombres no eran bienvenidos en estos rituales y la leyenda griega contiene más de unas cuantas historias de advertencia sobre hombres castrados, desmembrados o muertos cuando se topaban con una de estas ceremonias por error.

Estas historias sugieren una acumulación de furia sexual detrás del blando rostro de la bufonería religiosa. La sociedad antigua estaba feliz de que las mujeres drenaran esas tendencias desagradables y emociones salvajes en un ritual hermético. La estrategia aquí es catártica, basada en una suerte de división psicológica de trabajo entre los sexos, como Pseudo-Demóstenes lo menciona en una referencia al ritual ateniense llamado Choes. La ceremonia del Choes se llevaba a cabo el segundo día del festival dionisiaco Anthesteria. Se realizaba una competencia entre los asistentes para drenar una jarra gigante de vino y concluía con un simbólico (o quizá no) acto de unión sexual entre el dios Dionisio y una mujer representativa de la comunidad. A esta persona se refiere Demóstenes al decir “Ella es la mujer que descarga las cosas indecibles por el bien de la ciudad”.

Detengámonos un momento en esta antigua labor femenina de descargar las cosas indecibles por el bien de la ciudad, y en las estructuras que la ciudad levanta para contener dicho discurso.

Una estructura ritual como la aischrologia es difícil de definir, porque en una sola actividad catártica colapsan dos aspectos diferentes de la producción del sonido. Hemos notado esta táctica combinatoria a lo largo de las discusiones de la voz de casi toda la Antigüedad y algunas de la Modernidad: es molesto escuchar el sonido femenino tanto porque la calidad de la voz de la mujer es censurable, como porque la mujer la usa para decir cosas que no deben ser dichas. Cuando estos dos aspectos se funden, algunas cuestiones importantes sobre la distinción entre las características esenciales y las construidas del ser humano se borran en una circularidad. Hoy en día, la referencia sexual en el lenguaje es un tema de diversos alcances y está en un debate que no ha sido resuelto. Se dice que los sonidos emitidos por las mujeres tienen diferentes patrones de flexión, diferentes rangos de entonación, diferentes preferencias sintácticas, diferentes campos semánticos, diferente dicción, diferentes texturas narrativas, diferentes tipos de comportamiento y diferentes fuerzas contextuales que los de los hombres.

Algunos vestigios atractivos de antiguas muestras de estas diferencias pueden ser leídos, por ejemplo, en algunas menciones de Aristófanes al “lenguaje de la mujer”, que el hombre puede aprender o imitar si quiere (Thesmophoriazousai), o de la conspicua construcción onomatopéyica de llantos femeninos como el ololyga y en nombres femeninos como Gorgo, Baubo, Eco, Siringa e Ilitía. Pero, en general, no se puede extraer una cuenta clara de la Antigüedad de nociones estratégicamente ambiguas como la homologación de la boca femenina y sus genitales, o de actividades estratégicamente ambiguas como el ritual de la aischrologia. Lo que sí emerge es un consistente paradigma de respuesta a la otredad de la voz. Es un paradigma que se forma a sí mismo como catarsis.

Como tal, el ritual griego de la aischrologia tiene algún parecido con el procedimiento desarrollado por Sigmund Freud y su colega Josef Breuer para tratar a las mujeres histéricas. En Estudios sobre la histeria, Freud y Breuer usan el término “catarsis” y también el de “cura de conversación” para esta terapia revolucionaria. En la teoría freudiana, las pacientes con histeria son mujeres que tienen memorias o emociones negativas atrapadas dentro de sí como una contaminación. Freud y Breuer se consideran capaces de drenar esa contaminación al poner a las mujeres en un estado de hipnosis para que hablen de las cosas de las que nunca hablan. Las mujeres hipnotizadas producen algunos sonidos notables. Una de las mujeres en los estudios de caso descritos por Freud al principio, sólo puede cloquear como gallina; otra insiste en hablar en inglés aunque sea vienesa; otra utiliza lo que Freud llama “parafasia”. Pero todos los casos son canalizados en algún punto por el psicoanalista a la narrativa conectada y la exégesis racional de los síntomas histéricos. Freud y Breuer afirman que los síntomas desaparecen, limpiados por este simple ritual catártico de drenar los malos sonidos de las cosas de las que no se habla. Aquí, Josef Breuer describe su interacción con la paciente, quien aparece bajo el seudónimo Anna O.:

[…] Solía visitarla por la tarde, cuando sabía que la encontraría en su hipnosis, y entonces la liberaba de todo el conjunto de productos imaginarios que había acumulado desde mi última visita. Era esencial que esto se completara para obtener buenos resultados. Cuando se hubo realizado, ella se calmó por completo y al día siguiente estaba agradable, fácil de controlar, industriosa y hasta alegre. Ella describió hábilmente este proceso como “cura de conversación”, mientras que se refirió en broma a él como “deshollinar la chimenea”.

Así lo llamemos “deshollinar la chimena”, aischrologia, ritual de lamento funeral, hullabaloo o mujeres riéndose como un bistec, el mismo paradigma de respuesta es evidente. Como si todo el género femenino fuera una mala memoria colectiva de cosas de las que no se habla, y el orden patriarcal, un bienintencionado psicoanalista que parece concebir su responsabilidad terapéutica como la canalización de este mal sonido a contenedores políticamente apropiados.

En apariencia ambas bocas femeninas, la superior y la inferior, necesitan de esta acción controladora. Freud menciona con timidez en una nota al pie de Estudios sobre la histeria que Josef Breuer tuvo que suspender su relación analítica con Anna O. porque “de pronto, ella manifestó hacia Breuer una fuerte y positiva presencia de transferencia de naturaleza sexual inconfundible”. No fue sino hasta 1932 que Freud reveló (en una carta a un colega) lo que en realidad había pasado entre Breuer y Anna O.: Fue la tarde de la última entrevista con ella que Breuer entró al departamento de Anna y la encontró en el piso con dolor abdominal. Cuando le preguntó qué tenía, ella le contestó que estaba a punto de dar a luz al hijo de él. Fue este “suceso desafortunado”, como Freud lo llama, lo que causó que Breuer retrasara la publicación de Estudios sobre la histeria de 1881 a 1895 y que, al final, lo llevó a abandonar la colaboración con Freud. Incluso la cura de conversación debe permanecer en silencio cuando ambas bocas femeninas están hablando al mismo tiempo.

Es confuso y vergonzoso tener dos bocas. La cacofonía genuina es el sonido producido por ellas. Consideremos un ejemplo más de la Antigüedad de la cacofonía femenina en su momento más confuso y vergonzoso. Hay un grupo de estatuas de terracota recuperadas de Asia menor y datadas en el siglo IV a.C. que representan el cuerpo femenino en una alarmante forma de cortocircuito. Cada una de estas estatuas es una mujer que consiste en casi nada más que sus dos bocas. Ambas bocas están soldadas juntas en una masa inarticulada que excluye cualquier otra función anatómica. Además, la posición de las dos bocas está invertida. La boca de arriba, para hablar, está colocada en la parte inferior de la panza de la estatua; la boca inferior o genital se abre arriba de la cabeza. Los iconógrafos identifican este monstruo con la mujer vieja llamada Baubo, que aparece en la leyenda griega como un alomorfo de la vieja Yambe (en el mito de Deméter) y es una suerte de santa patrona en el ritual de aischrologia.

El nombre Baubo tiene un doble significado. De acuerdo con el Greek-English Lexicon, el nombre baubo es usado como sinónimo de koilia, que denota al útero femenino pero que, como pieza de sonido, deriva de baubau, la onomatopeya griega del ladrido de los perros. La acción mítica de Baubo también tiene un doble significado. Como la vieja Yambe, Baubo se caracteriza en la leyenda por el gesto doble de quitarse la ropa para mostrar sus genitales y gritar lenguaje obsceno y bromas. El grito de Baubo provee una etiología para el ritual de la aischrologia. Su acción de mostrar los genitales también podría haberse transformado en el culto como una acción ritual llamada anasyrma (el “levantamiento” de la falda). Si es así, entonces podríamos entender esta acción como un tipo de gesto visual o un ruido proyectado hacia ciertas circunstancias para cambiarlas o desviarlas al modo de una expresión apotropaica.

Plutarco describe el uso del anasyrma de las mujeres en circunstancias asediadas: para repeler al enemigo, se paran en algún muro de la ciudad y levantan su vestido para exponer cosas indecibles. Plutarco aprecia esta acción de exposición de las mujeres como un ejemplo de virtud en su contexto.

Pero la supuesta tendencia de las mujeres de poner lo de adentro en lo de afuera, podría provocar una reacción bastante distinta. Las estatuas de Baubo son una fuerte evidencia de esa reacción. Esta Baubo nos presenta un simple diagrama caótico de la indignantemente manipulable identidad femenina. La duplicación e intercambiabilidad de las bocas, engendrar una criatura en quien el sexo es cancelado por el sonido y el sonido es cancelado por el sexo. Esto parece una respuesta perfecta a todas las preguntas que se presentan y los peligros planteados por la confusa y vergonzosa continuidad de la naturaleza femenina. Las bocas de Baubo se apropian la una de la otra.

Los historiadores culturales difieren en cuanto al significado de estas estatuas. No tienen información certera del género, la intención o el estado mental de las personas que las hicieron. Sólo podemos adivinar su propósito como objetos u obras de arte. En lo personal las encuentro feas, confusas y casi graciosas, como la revista Playboy en su actual predilección por colocar fotografías centradas de mujeres desnudas con largos e intensos artículos empáticos sobre feministas de alto perfil. Esto, más bien, es un oxímoron. Hay una muerte del significado al colocar estas falsedades —cada una de ellas, la mujer desnuda y la feminista— como un constructo social comprado y mercantilizado por la revista Playboy para hacer más fácil esa fantasía de la virtud del hombre, que los antiguos griegos llamaban sofrosina y que Freud llamaba represión.

Al considerar la pregunta de cómo nuestras presunciones sobre el género afectan la manera en la que escuchamos el sonido, he planteado mi red de una forma más bien amplia, y he mezclado evidencia de distintos periodos de tiempo y de diferentes expresiones culturales, en una manera que algunos revisores de mi trabajo desechan como ingenuidad etnográfica. Yo creo que hay un lugar para la ingenuidad en la etnografía, al menos como un lugar irritante. A veces, cuando leo textos griegos, me fuerzo a buscar todas las palabras en un diccionario, inclusive las que conozco. Es sorprendente lo que uno aprende así. Algunas palabras terminan sonando muy distinto de lo que una pensaba. A veces, la manera en la que suenan puede llevarte a preguntarte cosas que de otro modo no te habrías preguntado. Últimamente, he empezado a cuestionarme acerca de la palabra griega sofrosina. Me pregunto sobre este concepto de autocontrol y si en realidad es, como los griegos pensaban, una respuesta a muchas de las preguntas sobre la bondad humana y los dilemas de la civilidad. Me pregunto si no podría haber otra idea del orden humano que la represión, otra noción de la virtud humana que no sea el autocontrol, otro tipo de humano que uno basado en la disociación interior y exterior. O, en efecto, otra esencia humana que el ser.

* “The Gender of Sound” por Anne Carson, en GLASS, IRONY, AND GOD, copyright ©1995 de Anne Carson. Reproducido con autorización de NewDirections Publishing Corp.


Anne Carson / Toronto, Canadá, 1950. Es una poeta canadiense en lengua inglesa. Además, es ensayista, traductora y profesora de literatura clásica y comparada. Algunos de sus libros traducidos al español son Autobiografía de rojo (Calamus 2008, traducción de Tedi López Mills), La belleza del marido (Lumen 2003, traducción de Ana María Becciu) y Albertine (Vaso Roto 2016, traducción de Jorge Esquinca).


Valeria List / Puebla, 1990. Estudia la maestría en Letras Españolas en la UNAM. Trabaja como editora en el Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas de la UNAM. Es cofundadora de la agencia de servicios editoriales Ahuehuete. Su primer libro de poemas será publicado por Cuadrivio en 2019. Tuitea y sube fotos como @quenmotoca.