21 enero, 2019

Pacheco y López Velarde: la lucha por recobrar lo perdido

de Álvaro Ruiz Rodilla | Reseñas

José Emilio Pacheco, Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil, selección y epílogo de Marco Antonio Campos, México, Ediciones Era, 2018, 140 pp.






Durará más que tú, provisional habitante,
tu obra mejor que el mármol,
tu moral de la simetría.

—José Emilio Pacheco


“Has caído en manos de la policía judicial literaria”, le dice José Emilio Pacheco al fantasma de López Velarde, a la lumbre de la vida y obra cuyas ascuas debe aprovechar el crítico. “Mira, te presento al comandante Marx, al capitán Freud, al inspector Lukács, al teniente Lacan, al sargento Foucault”, continua la interpelación de JEP, en lo que hoy podríamos reconstruir como uno más de esos inolvidables pasajes de periodismo literario: un “Diálogo de los muertos”, en donde José Emilio y López Velarde pasean juntos por la colonia Roma del 2019, observando las ruinas del pasado y el esplendor del presente —como la Casa del Poeta—, las reminiscencias de esa otra provincia del poeta jerezano.

A pesar de querer recluirse en la imagen irónica del crítico como sabueso, rumiando chismes, fantasías psicológicas y especulaciones fieles al espejo diario de su propia obsesión, pocos como José Emilio Pacheco ejercieron con semejante lucidez la crítica literaria. Innumerables prólogos, antologías y, sobre todo, columnas (desde la anónima Calendario hasta las cuatro décadas que duró Inventario), la parte más dispersa de su obra, hoy pasan un umbral, se reconstruyen y vivifican, en manos de los que, en acuerdo con la ética implacable del autor, son sus verdaderos propietarios: los lectores. Gracias al trabajo de la editorial Era, vuelve a nosotros una compilación de Marco Antonio Campos indispensable no sólo para internarse en los vericuetos de la obra velardeana, sino para entender la labor crítica de Pacheco.

Perdurables porque el arco del libro va desde 1971 hasta 2001, en los que surge la confirmación de una lectura incisiva, la evolución de sus tesis y relaciones, el papeleo acumulado en su estudio periodístico. El tiempo parece detenido en 1988, año del centenario de López Velarde, así como podrá suceder de nuevo en 2021. Pero esa pausa no corresponde al oportunismo del crítico periodista: es la conversión de las efemérides en credo pachequiano de los ciclos de lectura —equivalentes a reescritura y actualización del pasado— y, dentro de Inventario, en artes poéticas que acaban por verterse en el libro de poemas (véase la sección “Ocasiones y circunstancias” de Los trabajos del mar). En este sentido, es un acierto que La lumbre inmóvil (un verso de JEP del poema “Caracol”) haya buscado combinar entre sus páginas poesía y periodismo. Esta veta, que el autor de Inventario practicó en un mismo taller creativo, hereda del modernismo lo mejor de ambas prácticas: concisión y síntesis, giro final y conciencia del público lector. Los vasos comunicantes entre artículos como “La prisionera del Valle de México” y el poema “Caracol” repuntan de inmediato. Remiten a la condición del poeta muerto, cuya vida y obra se petrifican y someten a la revisión del tiempo, a la “rapiña”:

Defendido del mundo en tu externo interior
que te revela y encubre,
eres el prisionero de tu mortaja,
expuesto como nadie a la rapiña.

Sabemos que Pacheco escribió, explicitando el género híbrido, artículos en verso. Esa relación se transparenta ahora, especialmente en poemas-homenaje como “Caracol”: son verdaderos inventarios poetizados.

Pero antes de que la crítica se vuelva materia del poema, el punto de vista debe madurarse. Desde 1971, y es una tesis central, José Emilio busca restituirle su lugar al poema que, gracias a la difusión inicial que tuvo en la revista El Maestro (de nuevo se conjugan poesía y periodismo), se convertiría en emblema nacional tras la revolución: “Es natural que se haya intentado hacer de ‘La Suave Patria’ el poema épico que le faltó al movimiento revolucionario”. Pero no hay nada de eso, según JEP: el autor del poema quiso “poetizar sus diarias sensaciones y reflexiones sobre la realidad íntima, no histórica ni política, del país”. De modo que “La suave Patria” no es ni será producto de una nueva “tradición de poesía nacionalista”, sino el texto que representa mejor el último anochecer del modernismo, y eso lo reitera JEP en varios de los artículos aquí recogidos.

Pero los contextos históricos de la lectura modifican perpetuamente el texto. Pacheco como crítico, un verdadero historiador de la literatura, tiene conciencia plena de ello. “La intención bucólica hizo sonreír a quienes en 1946 celebraron los primeros veinticinco años del poema. En 1971 el desengaño del progreso y la impugnación a la sociedad industrial le dan un nuevo sentido”, apunta. Es una constante en el periodismo cultural del autor de La lumbre inmóvil: no sólo alumbrar desde el presente el nuevo sentido, sino restituir lo perdido, la forma en que esos textos se leyeron en su tiempo. Por eso, en “López Velarde hacia ‘La Suave Patria’” (2001), JEP exhuma las reseñas que recibieron mal al jerezano en los años veinte (entre ellas, una de Enrique González Martínez), para después concluir: “La crítica siempre es efímera”. De ahí que las “escuelas” críticas (marxistas, estructuralistas, psicoanalíticas) no sean baluarte alguno ante la intemperie de la historia. Pero la crítica literaria, en la forma que desarrolló el autor en Inventario, puede ofrecernos, al menos, el relato de esa pérdida.

Entre dos polos opuestos, que observa JEP, su postura queda clara. Si los autores se alejan de nosotros, porque “las nuevas generaciones no pueden sentir nostalgia por un tiempo que no conocieron” —un argumento retomado de Juan Domingo Argüelles (en “La posteridad de López Velarde”, 1988)— el remedio es “lo que en 1971 nos fascinó en López Velarde: precisamente lo que llamó Walter Benjamin ‘la nostalgia de lo inmemorable’”. Poder actualizar una lectura implica el conocimiento detallado de las épocas históricas por las que ha pasado la obra. Es, dicho de otro modo, abocarse a uno de los trabajos del poeta, resumido en los Cuatro Cuartetos (aquí en traducción del propio Pacheco):

Sólo existe la lucha por recobrar lo perdido
Y encontrado y perdido una vez y otra vez
Y ahora en condiciones que parecen adversas.
Pero quizá no hay ganancia ni pérdida:
Para nosotros sólo existe el intento.
Lo demás no es asunto nuestro.


Álvaro Ruiz Rodilla / Ciudad de México, 1988. Es traductor y editor. Actualmente trabaja en la revista Nexos. Obtuvo el doctorado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Toulouse y por la Universidad de Sevilla con una tesis sobre la columna Inventario de José Emilio Pacheco.