22 abril, 2019

Poemas y desempleo

de Xitlálitl Rodríguez | Ensayos

Lejos de redundar en lugares comunes y hacer apología de tópicos con los que todo mundo está de acuerdo, lo que me interesa es palpar los lindes entre desempleo y escritura. En mi experiencia —en los últimos años he amasado una extraordinaria trayectoria como desempleada—, el desempleo es algo que siempre se quiere secretamente. Como una especie de inmanencia vital que nos llevará de la mano desde el hambre y la privación de todo en el capitalismo tardío, a la experiencia poética. En la adolescencia me parecía extravagante la idea de vivir en una sucia y oscura buhardilla en la mollera de París, sin más luz que la encendida vela verde de la última gota de absenta, ni más brillo que la sífilis. Era presa, desde luego, de la terrosa gloria de los poetas del Parnaso. Por fin sola bajo el sol negro de Nerval.

Mi fantasía, desde luego, no incluía el cláxon de guerra que se alza en la avenida Circuito Interior, en la CDMX, ni los celestiales acordes metálicos de la basura que nos regocijan por igual a mí y a las larvas que palpitan de blanco, todos los martes, en el bote de desechos orgánicos.

Mi esperanza ha mermado. Hace apenas un par de años creí que podría regalarme una residencia de escritura en un centro de rehabilitación —uno, claro, donde pudiera entrar y salir a mi gusto, que no fuera católico (a menos de que fuera a Oceánica, ese resort cinco estrellas, la mayoría de estos centros están lejos de la secularización)—, donde quizá podría escribir un gran poema y subsistir algunos meses en lo que encontraba una renta más barata. Además, borraría esa vergonzosa mancha de jamás haber pisado la cárcel —ni los separos, vaya—, como varios de mis amigos y familiares, entre quienes hubo uno que se entregaba a la noble labor de reseñar la calidez de los centros de detención que constantemente visitaba por manejar en estado de ebriedad.

Pero no fue así. Poco a poco, a través de días en un principio luminosos sin tener que ir al trabajo, y luego, en otros más atardecidos hasta entrar en semanas de noche cerrada, me fui dando cuenta de que la palabra llega por sus propias formas. Una de ellas es el silencio.

No sé cómo sería antes, pero a estas alturas los despidos, por lo general, ocurren sin aviso. Y eso que ahora las contrataciones ya traen un vencimiento formal. En el último lugar donde me emplearon, una editorial de literatura infantil y juvenil que solía ser mexicana —ahora está en manos de una trasnacional—, al firmar el contrato tuve que llenar una forma destinada exclusivamente a las mujeres. En ella se incluían preguntas como si alguna vez nos habíamos sometido a alguna cirugía estética, cuántos embarazos habíamos tenido, cuántos abortos, qué método anticonceptivo usábamos. Ocho meses después me corrieron de un día para otro, sin mayor liquidación, desde luego, que una mirada de Raid Mata Bichos; cuando ya era demasiado tarde y había comprado el regalo del intercambio que se celebraría en la oficina durante la posada.

Si bien diciembre no es el mes más cruel, sí es el más molón. Chupa dinero. Una vez instalada en el universo doméstico, los espacios adquieren nuevas dimensiones, los desperfectos de la casa parecen respirar o inflamarse conforme pasan los días, hasta que costras de techo o pared van cayendo y poblando el piso, que hay que barrer de inmediato para evitar la aterradora suciedad. Porque si hay que estar en casa, por lo menos que esté limpia. Además, el desempleo tiene una implicación vagamente masculina. Descuidar la limpieza del espacio no me dejaba margen suficiente como para abandonarme a la lectura. Tele, ni pensarlo. La sola idea de permanecer horas y días frente al televisor me daba pánico. Afortunadamente, la deuda de mi tarjeta de crédito estalló antes de que pudiera soldarme las retinas viendo Netflix. En los días de desempleo hay que mantenerse activos, porque así como se dice que en la cárcel también hay sintecho, dentro del desempleo también hay periodos de trabajo y vacaciones.

Escribano en la Plaza de Santo Domingo, 1949.


Hice ejercicio (vivo en un quinto piso sin elevador, así que es inevitable), cociné hasta que la moribunda quincena me lo permitió y vendí ropa usada afuera de la casa: encontré el rectángulo justo para levantar mi tendedero sin molestar a los vecinos y donde no pudieran multarme por poner un puesto en la banqueta. Fue en ese rectángulo donde encontré la dificultad para escribir.

La escritora neoyorkina Vivian Gornick veía cierto entendimiento en la forma de un rectángulo luminoso que vivía algunas horas y que poco a poco se iba reduciendo hasta cerrarse por completo. Éste era su escritura. Para mí, ese rectángulo al salir de mi casa era el aura potencial de un peatón que se convertiría en comprador al pasar frente a mi edificio. Mi establecimiento comercial irregular pronto impuso una coreografía de sumisión a la escritura, la cual requiere estar sentada todo el día. La mayoría del tiempo escribí cosas que valían poco la pena, que tuve que borrar y reescribir una y otra vez, hasta llegar a una mancha de sentido que permaneciera en la página. Un tuit, por ejemplo. Primero tuve que despedir mis aspiraciones de leer En busca del tiempo perdido. Por más que intenté pasar las fiestas a las que iba Charles, ya entrado A la sombra de las muchachas en flor, nunca logré terminar ese volumen —al menos no en ésta, la que espero que haya sido la edad dorada de mi vida en la miseria.

Sin embargo, las lecturas para el desempleo se van forjando durante las largas jornadas de trabajo asalariado. Para mí, la lectura de poesía en horas de oficina ha sido un espacio de resistencia y, a la vez, una patera para salvaguardarme de la angustia que produce el encierro.

Ahora, al trabajo que llego, llega conmigo el poema de Robert Walser (en traducción de Rosa Pilar Blanco), que escribió entre 1897 y 1898, “En la oficina”:

La luna nos mira desde fuera
y me ve languidecer como un pobre oficinista
bajo la mirada severa
de mi jefe.
Me rasco el cuello, turbado.
Nunca he conocido
el sol luminoso y duradero de la vida.
La penuria es mi sino;
tener que rascarme el cuello
bajo la mirada del jefe.

La luna es la herida de la noche,
y gotas de sangre las estrellas.
Acaso esté lejos de la felicidad plena,
pero a cambio me han hecho modesto.
La luna es la herida de la noche.1

Este poema representa al oficinista, al empleado, como un girasol lunar cuyo entumecimiento vira en pos de la luz blanquecina de las lámparas, mientras la ominosa figura del poder le hace sombra. No me parece que haya una representación más idónea de las horas de angustia y desasosiego que la de las esquinas abismadas de las salas de redacción en diarios y editoriales, que son los sitios que conozco.

Mi madre dice que la noche agrava a los enfermos. Pienso que, de la misma forma, el poder de la noche anida en el solitario cuerpo invisible, para quien la comezón en el cuello resulta el único signo vital y, al mismo tiempo, un escape bajo el verdugo que da y ejerce la orden de la permanencia: el jefe. Este cuerpo abraza la herida de la noche como signo de humildad y, socarronamente, de libertad. “Acaso esté lejos de la felicidad plena”, afirma Walser. Quizás esa hora inabarcable del día libere un poco de la grandilocuente existencia, que puede ponerse muy pesada en las horas de mayor tráfico.

Lo terrible de este hábito de lectura, intercalado en las labores oficinescas, es que luego una se va a otros textos y entonces, en el caso de Robert Walser, será muy frecuente encontrarse con personajes soporizados por el trabajo que deciden irse a dar un paseo a media jornada —lo cual, desde luego, resulta tentador—. He perdido un par de empleos por estas rondas matinales a la manzana, a falta de campo.

Por otra parte, pienso que todas las decisiones sobre mi desempeño laboral me han llevado a lo que siempre quise: ganarme mi lugar en la mesa de los chiquitos. Tengo una experimentada trayectoria corrigiendo pruebas, coloreando errores, dibujando faltas. Siempre hay alguien mirando sobre mi hombro; ahora empiezo a tener jefes a quienes les llevo una buena década. Por más que he intentado difundir la secta Walser, no ha surtido efecto.

En el poema “¿Qué es lo vivido?”, Dolores Castro abre ventilas al encierro de la pregunta. ¿Trabajar es vivir?, me pregunto mientras transito este poema —que se va abriendo paso ante el estupor de esta línea de producción que son los días útiles. ¿Qué permanece debajo de todo esto?

V

Es de tarde, la sombra se extiende:
los altos edificios, jaulas de oro,
se levantan al paso: el autobús
sortea un chirrido de frenos y el obstáculo.
Apenas veo. Vamos de pie, y cada uno a solas
en esta multitud.
El camionero hace malabarismos,
cobra el pasaje, pide: ¡Pasen al fondo!
¿Al fondo de qué?
de sus diez horas de trabajo,
mientras bajan y suben las hormigas.
Allá, en las jaulas de oro, los burócratas
del turno vespertino
van tras el humo de sus cigarrillos
fuera de las ventanas.
Ha pasado la hora del café, y del último chiste
subido de color.
Los pálidos del ocio
también miran
caer la tarde, mientras todos
nos preguntamos: ¿por qué y para qué?

           
El individuo, última contención de la ciudad, avanza como bólido, se afianza del tubo del registro oral, de la lengua viva, la lengua del día. La lengua permanece a pesar de la masa, de la veloz contingencia de los metales estridentes y es, ahora y siempre, una prestación vitalicia. Las “jaulas de oro”, a las que pertenecen los usuarios del servicio de transporte, son flanqueadas por el lenguaje, y éste, empotrado en su coraza de pregunta, las rompe. Ante la orden del chofer, ese jefe improvisado, “¡Pasen al fondo!”, el cuestionamiento abre la puerta de salida: “¿Al fondo de qué?” La respuesta es terrible por verdadera. Al fondo, desde luego, de las diez horas de trabajo y la pesadumbre del cuerpo que podemos cargar, hormigueantes, día a día. Los empleados, los ocupados, a quienes hay que prestarles la debida atención porque derraman utilidades. Y entonces aparecen “los pálidos del ocio”.

Algo del mito órfico asoma, voltea. Como Eurídice, estos ociosos en el infierno del mutismo, miran; pero no están mirando el sol álgido y cegador del mediodía, sino que miran su caída, ante la pregunta atónita del resto. El fragmento final de este poema tiene la respuesta: “Mi mano tiene muerte,/ el polvo de sus alas entre mis dedos/ me recuerda que está viva”.2 Al experimentar el asombro ante el mundo y sus distintas velocidades, llega el miedo de perderlo. Éste es el llamado de la muerte, y la alarma de que, sin duda, se está vivo.

Hay otros múltiples recordatorios de vida. Así como el azoro ante el engrane cotidiano del orden, también está el sonoro rugir de las tripas cuando tenemos hambre. Y esto nos lleva hacia el “Diálogo entre Babieca y Rocinante”, que abre El Quijote.

B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?
R. Porque nunca se come, y se trabaja.
B. Pues ¿qué es de la cebada y de la paja?
R. No me deja mi amo ni un bocado.

B. Andá, señor, que estáis muy mal criado,
pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.
R. Asno se es de la cuna a la mortaja.
¿Queréislo ver? Miraldo enamorado.

B. ¿Es necedad amar?
          R. No es gran prudencia.
B. Metafísico estáis.
         R. Es que no como.
B. Quejaos del escudero.
           R. No es bastante.

¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,
si el amo y escudero o mayordomo
son tan rocines como Rocinante?

           
Sancho Panza era freelance y el Quijote, un emprendedor, pero Rocinante no tenía adónde hacerse. Vivía de su fuerza de trabajo y eso no era suficiente. Antes de lanzarse a su aventura de mil páginas que le contienen chistes, historias de fantasmas, porno renacentista, etcétera, no consideró llevar comida porque, según dice, cuándo se ha leído en las novelas de caballeros que coman para sobrevivir. Es la voz de Rocinante quien plantea la precarización de la vida con su gordito rival, Babieca, el caballo del Cid Campeador, acaso tan fuerte como su dueño. Y Rocinante, con una pragmática que sólo el hambre puede dar, juzga a su dueño como un idiota embelesado por el amor —que lo llevó a la ruina.

Rocinante recurre a la metafísica por falta de alimento; el proceso metabólico lo acerca tanto a la muerte que el caballo experimenta la iluminación, y se da cuenta de que su amo lo está matando de hambre mientras se mata a sí mismo de amor —lo cual lo asemeja a un asno.
           
Estos poemas, junto con tantos otros —Los poemas de la oficina, de Mario Benedetti, es otro ejemplo, muy extraño en el registro del autor— conforman un espacio de resistencia dentro de la jornada laboral. La poesía se erige como alteración, anomalía, diferencia. Un claro en el bosque al que no llegaremos si no andamos.



1 Robert Walser, Desde la oficina, trad. Rosa Pilar Blanco, Ediciones Siruela, España, 2011, p. 9.
2 Dolores Castro, ¿Qué es lo vivido? Antología 1959-1980, Universidad Autónoma del Estado de México / Instituto Mexiquense de Cultura, 1989.


Xitlálitl Rodríguez / Guadalajara, Jalisco, 1982. Poeta y editora. Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Autora de los libros Polvo lugar (La Zonámbula), Datsun (Punto de Partida, UNAM), Catnip (La Ceibita, Fondo Editorial Tierra Adentro) y Apache y otros poemas de vehículos autoimpulsados (Mono, Conaculta). Con el libro Jaws [Tiburón] (Mantis / Conaculta) obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2015. Ha colaborado en diferentes revistas literarias de México y del extranjero, y ha sido becaria del FONCA en dos ocasiones.