15 abril, 2019

El método poético

de Claudina Domingo | Reseñas

Elisa Díaz Castelo, Principia,
Fondo Editorial Tierra Adentro, 2018, 88 páginas



La propuesta de Elisa Díaz (Ciudad de México, 1986) consiste en un agotamiento de los fenómenos de estudio —poemas— con el fin de explorar hipótesis verificables en la experiencia. Basta leer cualquiera de sus poemas para advertir una cuidadosa conciencia de las evoluciones de la propia voz poética. A través de esta mirada, concentrada pero plena de ocupación emotiva, la autora nos revela la naturaleza y los acontecimientos ocultos de cuanto nos rodea: “De niña, colocaba una mano frente a la linterna / para mirarme el cuerpo a contraluz y rojo / encarnizado, denso y rutilante / como imagino el plasma. Me parecía / que al envés del cuerpo lo habitaban / elementos extraños y luminosos”.

La poética de Principia es original y refrescante; devuelve al lector a la curiosidad infantil por lo natural misterioso —aquello que nos rodea en su grandeza pero también en su meticulosa pequeñez—. Las galaxias son equiparables a las venas azules bajo la piel y al enorme universo en que viven los microbios. Así, leemos en uno de sus poemas:

Animalejos
insidiosos o inocuos,
pero, ante todo, diminutos
o, por lo menos, discretos. De varias patas
o ninguna, redondos o alargados, con
o sin ojos, con o sin dientes, asexuados
o calientes, procreativos. Sobre todo
invisibles o bien ocultos, invertebrados
(por suerte), inveterados. Desde siempre
nos habitan, huéspedes, y nosotros, anfitriones,
no podríamos vivirnos solos, mantenernos.

De esta manera, los poemas poseen dos puntos, cuya distancia es trazada por los versos: al recuerdo de la imaginación poética infantil corresponde la mirada adulta, escéptica, que somete las experiencias a una suerte de investigación y experimento: “Identifica fuentes de variación. / [Cada noche cubrías la jaula de los canarios / con un manto negro.] / [A veces, antes de la operación, Madre y tú / fingían ser turistas / y se colaban a la alberca del hotel. Bajo la superficie / se miraban / divididas y unidas / por el agua.] / Pero quizá nada de esto es / estadísticamente significativo”.

En Principia la mirada narrativa imagina constantemente. Leemos en “Credo”: “Creo en los tinacos corpulentos/ negros, en el sol que los cala y en el agua / que no veo pero imagino, quieta, oscura / calentándose”. La imaginación como una extensión de la mirada. Mediante un lenguaje plástico, las metáforas y los símiles se convierten en parte sustantiva de las diferentes historias que cuentan los poemas, y enfatizan la configuración imaginaria que es el lenguaje poético.

En otro momento, en “Agujero negro”, aparece esta vivisección de las experiencias por parte de la imaginación lírica, mientras descubre la putrefacción de la mascota: “Imagino la escena desde la ventana / la lenta transformación del cuerpo / en materia, en hueso, en aire / venenoso. Mis ojos / sobre su lenta huida de sí mismo”. Son los sucesos vitales, incluida la muerte, una detenida concatenación de símiles y metáforas que se expanden bajo una mirada microscópica, a la que nunca abandona un rastro de desencanto.

¿Es esta melancolía producto de aquella misma vivisección? Con afilada factura lírica, la autora propone: “Mirada que no se deja ver / cámara oscura, inspectora de sombras / blancas, donde el cuerpo recóndito / da fe de sus volúmenes inversos: / los órganos son palomas / guarecidas en la cúpula del hueso”. Quizá este desencanto provenga de la pérdida de la inocencia durante la infancia, de la aparición del dolor como una revelación: “Aquí las lagunas, las cumbres. Aquí / la geografía del dolor, que él nombra / sin asombro ni deleite”. Pero es en la mortalidad de la madre cuando el dolor toma su forma de terror y, en él, la decantada melancolía de Principia se torna desgarramiento: “Determina los factores ruido [tu madre llorando en la regadera, la palabra dolor tiene dos ojos, tu madre todo el día en la oscuridad]”. La reiterada operación del pensamiento científico en la enunciación refuerza el dramatismo de los poemas: “Desarrolla la hipótesis (es una afirmación incierta). / [Madre no morirá. / Madre morirá.]”

El apartado “Sobre el movimiento de los cuerpos” explora emociones compartidas, también con una semántica científica —relacionada, en este caso, con la física y la astronomía. La experiencia del amor espiritual y erótico, el reconocimiento de las propias pulsiones en otro cuerpo, aparecen como si fuera la cara de luz de la moneda: “Tal vez nadie puede existir por completo. Casi nunca. Sólo entre dos mitades de las fuerzas, su único flotante dependiendo. Equilibrio simple, general, lugar libre de vértigo. Para volcar el agua, para romper los vasos. Ninguno pertenece”.

También el cuerpo es el que hace palpar, como materiales, las emociones; el centro en torno al cual gravitan esos momentos son los detalles y su cuidadosa disección en el poema: “La primera vez que me miraste de ese modo, / tratando de descifrar el acertijo de mi cuerpo, / mi sangre se espesó de pronto, fui piel / plenamente, a mediodía”. Si el eje del primer apartado es Thanatos, el del segundo es un resplandeciente Eros, que hace de la memoria un laboratorio: “Tenías razón / en mis manos, mis labios, / mis alargadas clavículas, lo visible / y manso de mi cuerpo. Me conocías / a flor de vista, a golpe de ojo y sin saberlo, / es cierto, me tocabas”.

Mathematica y Poetica, esta Principia exhibe un laboratorio de gran frescura discursiva, en el que Díaz Castelo trabaja al cuidado exquisito del detalle, la forma y el ritmo, esos otros métodos científicos de su escritura


Claudina Domingo / Ciudad de México, 1982. Es poeta, narradora y ensayista. Su libro Tránsito (Tierra Adentro, 2011) ganó el Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2012. Fue nombrada “escritora emergente del año” por la revista La Tempestad en 2011. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2016 por Ya sabes que no veo de noche, y en 2017 publicó el libro de relatos Las enemigas. Ha sido becaria del Programa Jóvenes Creadores del Fonca en tres ocasiones.