8 abril, 2019

Sobre la censura

de Tomás Segovia | Ensayos, Rescates

El problema de una censura, apenas se ahonda un poco en él, se vuelve de una gran complejidad, porque revela siempre el problema de una sociedad, del que no es más que una de las manifestaciones.

Los intelectuales y artistas, víctimas las más habituales, aunque no necesariamente las más afectadas, de los hábitos de la censura en la mayoría de las sociedades modernas, hemos tomado la costumbre de protestar constante y desordenadamente ante ella, pero sin ponernos a pensar en general en sus límites o su necesidad. Es muy probable, por ejemplo, que muchos de los escritores que firman constantemente manifiestos contra la censura, si tuvieran que redactar una constitución ideal, se verían impelidos, no dudo que después de muchos combates interiores, a incluir en ella una u otra forma de censura.

Casi todos los que nos indignamos cuando uno de los escritos de nuestros colegas ha sido censurado en la forma que sea, somos los mismos que hemos dicho también muchas veces que deberían prohibirse, por ejemplo, las películas de orientación nazi o fascista. Esto, me parece, no es falta de honradez, sino de claridad.

Por ello se hace necesario meditar un poco sobre este problema y, si no encontrar una fórmula precisa y definitiva sobre él (pues me parece en efecto demasiado complejo para que esto pueda suceder pronto), por lo menos buscar la manera de plantearlo con toda la lucidez posible.

Es preciso aclarar en primer lugar que todos nosotros, creo, no empleamos esta palabra en un sentido muy técnico. Lo cual me parece muy bien. Siendo como es la censura una coerción ejercida por un poder sobre unos individuos, el tecnicismo está casi siempre demasiado hecho a la medida para que el poder se justifique o enmascare y rehúya toda explicación. Es lo que sucede en nuestro país, donde “técnicamente” no existe censura, sino sólo “supervisión”. Distinción que yo, seguramente por mi impreparación jurídica, confieso no entender. Porque, en fin, está dicho en la Constitución que ninguna expresión de ideas, etcétera, podrá ser prohibida previamente, siendo así que vemos todos los días a un señor “supervisor” impedir el estreno de una obra de teatro o de una “serie” de televisión, en nombre de no se sabe qué derecho.

Pero la amplitud del concepto no se limita tampoco aquí. Si todos, con un rigor técnico quizá poco extremado, pero con evidente razón humana, sabemos que la supervisión es censura y nada más que censura, tampoco es difícil entender que las presiones “extraoficiales” de diferentes tipos que se ejercen sobre las manifestaciones de la cultura son también en este sentido real actos de censura.

Lo cual pone de manifiesto un punto importante: la censura, como todo fenómeno social, no es un acto del Estado sino en la medida en que el Estado representa la codificación de la coerción (o llamémosla “orden”) que una clase en el poder ejerce sobre la sociedad total. De esta afirmación, que no pasa de ser hoy lugar común, una de las primeras consecuencias que se deducen, es que, por un lado, resulta inútil protestar ante el Estado de un acto que en realidad no emana de él, sino de las fuerzas que lo sostienen, y por otro lado, en consecuencia, que la censura “extraoficial” es tan censura del Estado como la oficial, puesto que sólo el mecanismo social que se supone regulado por ese Estado puede permitir que se ejerza esa presión en el sentido en que se ejerce, ya que este sentido es siempre unívoco. Quiero decir que si los supervisores oficiales se lavan las manos ante la presión que las clases poderosas, en un país determinado, ejercen sobre la expresión de las ideas, este lavado de manos es puramente “técnico”, puesto que en la realidad es esa organización concreta de la que los supervisores son los agentes, la que permite que los poderosos ahoguen unas expresiones y otras no.

Así pues, todos los que alguna vez hemos exclamado “¡cómo es posible que permitan esto!” (y serán rarísimos los que no lo hayan hecho nunca), no podemos hacer a la censura, en rigor, más que uno de estos dos reproches: o bien el de ser la expresión fiel de un orden social que consideramos injusto, en cuyo caso resulta infantil atacarla a ella, primero porque sólo cambiando ese orden podrá cambiar, y segundo porque está implícito que otra censura, la que correspondiese a un orden social justo, sería inobjetable; o bien podemos hacerle el reproche de no reflejar fielmente un orden social que nos parece aceptable; en este segundo caso tampoco estamos atacando a la censura, sino sólo al detalle de esta censura, y habría entonces que precisar qué perfeccionamientos serían deseables para que se ajustase más al orden social que la respalda.

Pero aunque en realidad casi todas las protestas contra la censura se basan a la vez en los dos reproches, lo hacen de un modo confuso e inconfesado. Preguntemos a un progresista si debe permitirse la propaganda del Ku Klux Klan en una sociedad justa, preguntemos a un derechista si deben divulgarse los discursos de Fidel Castro en la América Latina; ya sabemos cuáles serán sus respuestas. Pero eso no impedirá al primero reprochar a un país capitalista su censura capitalista, ni al segundo encontrar muy saludable que se divulgue en América Latina la archiconfusionista consigna “cristianismo sí, comunismo no”.

Atacar a la censura es pues en general atacar al orden social en que se basa, puesto que el segundo reproche enumerado antes no es en realidad atacarla, sino sólo querer que funcione mejor y quizá incluso más estrechamente. Y sin embargo cabe la posibilidad de otra posición para no aceptar la censura. Esta posición sería la única que estaría de veras contra la censura, contra toda censura. Consistiría en admitir que en una sociedad, quizá únicamente en una sociedad justa, debe permitirse la propagación y la divulgación de todas las ideas y posiciones, incluyendo el nazismo, el racismo, el sadismo, la morfinomanía, etcétera, etcétera.

Dicho así, resulta evidente el carácter utópico de esta pretensión, que sólo puede basarse en un idealismo optimista y ligeramente anticuado, una especie de liberalismo a rajatabla prácticamente inexistente en la realidad concreta. Sería muy difícil, en efecto, encontrar este programa defendido por alguien que esté mínimamente impregnado de los conflictos concretos cotidianos que se producen en el seno de la sociedad.

Y sin embargo el rechazo de semejante programa no resulta tan simple como eso. Si pasamos a los detalles concretos, empezaremos a encontrar salvedades, y creo que no sólo para los escrúpulos de los intelectuales, sino también en parte a los ojos de los honrados hombres de bien. Parece claro que no debe permitirse la propagación del racismo, pero en concreto, ¿estaremos todos de acuerdo en que se prohíba a Ezra Pound? El sadismo parece nefasto, pero ¿nadie protestará porque se quemen todas las obras de Sade? Las drogas minan la sociedad, pero ¿qué hacer con los escritos en que Aldous Huxley y otros hacen el panegírico de la mezcalina o con las Memorias de De Quincey? ¿Prescindiremos de Virgilio porque incita, y no por alusiones sino bien claramente, al homosexualismo? Es muy probable que en el caso de los autores modernos mencionados sean principalmente intelectuales los únicos que se opongan, pero eso es por otros motivos; toquemos a uno de los establecidos en la mente del buen burgués, o del buen socialista (para esto es igual): pocos admitirán la desaparición de Virgilio o de Platón.

Entonces hay excepciones. Entonces en ciertos casos sí se tiene derecho a propagar las ideas más antisociales o decadentes. Entonces hay un plano donde sí funciona el ingenuo idealismo de que a nadie se le puede impedir en ninguna medida tener las ideas que le dé la gana. Pero ¿cómo determinar dónde empieza ese plano? ¿Quién nos dirá qué individuos merecen gozar de esa libertad de expresión y cuáles no? Al Derecho le pasa lo que a la Gramática: ambos regulan una materia que les escapa totalmente. La Gramática no cuenta con ningún medio para definir desde el interior esa materia lingüística que sin embargo regula:1 cuando define la oración, unidad de la que parten todas sus demás definiciones, como “unidad de sentido”, está renunciando de hecho a tocar en cualquier medida la realidad que no obstante es su objeto; porque “sentido” no es un concepto gramatical, ni se podrá nunca por medios gramaticales determinar qué conjuntos fonéticos forman sentido y cuáles no. Es preciso pues que tengamos previamente un lenguaje, un sentido cuyo conocimiento o definición se abandona a otras ramas del saber: a la pura experiencia práctica e intuitiva en general, o profundizando más, a una filosofía del lenguaje. De modo parecido, el Derecho, que regula el ejercicio de la Justicia, está incapacitado para conocer desde su interior qué sea esta Justicia que él norma. Este conocimiento sólo puede ser, a su vez, una filosofía, ya se la llame moral o ya se la considere como la investigación objetiva de la realidad social y de sus leyes.

Cuando examinamos de cerca y con algún rigor el cuerpo de una gramática, acabamos por descubrir siempre que las reglas gramaticales son la última instancia arbitraria. No hay ningún motivo real para que se nos “prohíba” emplear tal giro o tal forma verbal, y estas prohibiciones no tienen, filosóficamente hablando, fundamento alguno, pues que sólo pueden tomar su realidad de la realidad previa del lenguaje, la cual no se atiene en absoluto a unas “normas” que sólo pueden existir después.

Aunque los problemas de la corrección gramatical parezcan frívolos junto a los de la libertad de expresión, esta comparación que hemos emprendido no deja de ser fecunda, porque nos permite abarcar algunos rasgos comunes a todas las llamadas ciencias normativas. Así se nos revela una contradicción constantante que existe en estas ciencias y que les es esencial y por lo tanto insoluble. El hecho de que la Gramática enuncie reglas para una realidad que sólo puede existir a condición de nacer fuera de esas reglas no es un hecho particular atribuible sólo a la estructura del fenómeno lingüístico. A todas las ciencias normativas les sucede lo mismo. Esto se debe a que toda ciencia normativa tiene necesariamente por objeto una materia histórica, y sus hechos son hechos de sentido. Se ocupan del devenir, y en este devenir intentan introducir un sentido por medio de la formulación de normas. La institución de una norma es el intento de introducir en el devenir la fijeza del Ser: de dar sentido al de-venir, o sea de colocarlo en cierta relación con el Ser. Una ciencia “objetiva” busca dar sentido al devenir natural estableciendo una relación con el Ser que se enuncia en forma de ley científica. Su objeto es el devenir natural y su terreno el de la necesidad. Pero el objeto de una ciencia normativa es el devenir histórico y su terreno el de la libertad. Por eso la ley científica logra como un reposo, un equilibrio entre el devenir y el Ser, una necesidad en una palabra. La “norma” en cambio no es una necesidad, sino un deber.

Por más que se haya querido llevar a ese terreno los métodos de las ciencias “objetivas”, una norma no podrá nunca coincidir totalmente con una ley científica, por la razón de que aquí, en el reino de la libertad, de la ambigüedad y del sentido, o sea en la historia, el devenir va siempre adelante del Ser. La distancia podrá acortarse infinitamente, pero nunca suprimirse. El Ser que lo histórico puede alcanzar será siempre como una sedimentación de su movimiento que le hace sin cesar devenir futuro. La historia es ser pasado, mientras que la naturaleza es ser presente, el eterno presente.

Bajemos de estas nubes y volvamos a nuestra Gramática. Esta estructura histórica de su materia es la que hace que una gramática sea en realidad una contradicción insoluble. Y sin embargo, ¿basta el reconocerlo así para que renunciemos totalmente a ella? ¿No es una necesidad práctica en la vida social? El resumen esquemático de las consideraciones anteriores podría ser así: la necesidad de la norma gramatical, como la de toda norma, es la de hacer aparecer el Ser en lo histórico, y por eso tiene derecho a reprocharle a un escritor que incurra en un solecismo; pero la estructura de lo histórico impide que el Ser aparezca en plenitud, y por eso no se le puede reprochar a Shakespeare que incurra en un solecismo. Para que lo social tenga un ser, para que no se disipe en lo irreal, es necesario, entre otras cosas, un lenguaje normado; pero como por otra parte lo social es devenir, nunca del todo ser, el lenguaje deja de ser verdadero lenguaje en la medida en que pasa a ser norma. De esta contradicción, de este intervalo insalvable provienen las “excepciones” de que hablaba antes. Así pues, el ingenuo idealista que no admite que se censure a Virgilio o a Proust no era tan ingenuo ni tan idealista, sino que tenía su fundamento en la estructura misma de la realidad. Si los hábitos lingüísticos de Shakespeare no pueden “censurarse” (que también se dice así, y no por casualidad) es porque en este sentido Shakespeare representa el lenguaje mismo. Si a Virgilio tampoco se le pueden censurar sus ideas, será quizá porque estamos considerando que el poeta representa la sociedad misma —o acaso la Humanidad misma.

Pero, ¿quién decide cuándo un artista, un pensador, un escritor, empieza a ser el lenguaje mismo o la sociedad misma? Este problema de lo ejemplar y excepcional, fundado, como hemos visto, es una estructura real, es en la vida cotidiana de los censores y los censados cosa de todos los días. No hace mucho, un gerente de televisión (no un “supervisor” oficial, pero sí uno de esos “censores sociales” que manejan medios de presionar) “censó” la transmisión por su canal, entre muchas otras cosas del mismo tenor, de unos “encuerados y encueradas” que ofendían a su moral o lo que fuera. Se trataba de los frescos de la Sixtina, que no parecen ofender la moral, seguramente más sólida, de Su Santidad. Todos sabemos que este tipo de censura es el que más universal indignación despierta. Si esas “encueradas” fueran obra de un joven pintor desconocido o quizá simplemente de un bien intencionado fotógrafo, no hubiéramos despreciado al señor gerente tanto como lo despreciamos.

Lo que me parecía importante aclarar sobre este particular es que esas excepciones que todos hacemos espontáneamente no están en absoluto infundadas. Ya dije al principio que no me siento capaz de imaginar una solución al espinoso problema de la censura. Sólo quería intentar poner en algunos planteamientos la claridad que me sea posible.

Diré en conclusión que no sé cómo podría concebirse una censura aceptable, ni tampoco si algún día podrá suprimirse totalmente. Pero sí creo que esa supresión supondría una sociedad mucho más sana y justa. No porque se hubiera suprimido en ella esa contradicción de lo histórico que me parece insoluble, sino porque la contradicción habría sido abordada en un plano más profundo, y no transferida al terreno exterior y mecánico del control de sus manifestaciones. Y también creo, en cuanto a la situación actual y concreta de la censura, en la mayoría de los países modernos, que aunque siempre habrá lugar para la discusión en lo que respecta a la sociedad intelectual y artística, de todas formas el análisis de los fundamentos de la censura muestra que no es ningún capricho alegar los derechos del arte y del pensamiento cuando nos enfrentamos a esa represión. La articulación del problema está justamente en el encuentro del pasado con el futuro, de lo instituido con lo creador, de la regla con el futuro, y por ello un censor, a quien debería exigírsele, como a todo hijo de vecino, una preparación adecuada a su tarea y una responsabilidad correspondiente, no debería ser un especialista en leyes, sino ante todo un especialista en arte, en cultura (aunque claro que, por ahora, nos conformaríamos con que fueran inteligentes). Y aún queda intacto todo otro enfoque, que es el proceso que siempre los individuos pueden emprender contra las instituciones o personas que coartan su libertad en cualquier sentido, y que es otra de las líneas melódicas en que se despliega la historia.




1 Me refiero, por supuesto, a la gramática en el sentido tradicional de la palabra: cuerpo de reglas del «buen» hablar o escribir; no a la materia que estudia la lingüística moderna y a la que a veces llama «gramática» (o mejor: gramáticas) en un sentido bien diferente: tan «gramática», en este otro sentido, es la del «buen» hablar como la del «mal» hablar; nada más alejado de los objetivos de la lingüística que la intención de «limpiar», de «¡fijar!», y la pretensión de «dar esplendor». ya se la llame moral o ya se la considere como la investigación objetiva de la realidad social y de sus leyes.


* Ensayo publicado originalmente en la Revista Mexicana de Literatura, en 1961. El ensayo presentado pertenece a los Ensayos completos de Tomás Segovia, publicados por primera vez por la Universidad Autónoma Metropolitana en 1990. Tal volumen fue reeditado por Ediciones Sin Nombre gracias al apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, a través del Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales


Tomás Segovia / Valencia, España, 1927 – Ciudad de México, 2011. Poeta, ensayista y traductor, Tomás Segovia es considerado como uno de los poetas más destacados del idioma durante la segunda mitad del siglo XX, así como una de las voces fundamentales del exilio español. En la última década de su vida recibió premios tan importantes como el Octavio Paz, el Juan Rulfo y el Federico García Lorca. Su poesía ha sido reunida bajo el título Cuaderno del nómada por el Fondo de Cultura Económica.