22 abril, 2019

Piérdete

de Juan Carlos Bautista | Inéditos

La Giralda

Una vez conocí un hotel
donde los huéspedes se quedaron a vivir para siempre.
Las putas tendían la ropa en los balcones
con el gesto severo de cualquier ama de casa.
Los niños nos miraban tímidos detrás de las puertas
y los machos torvos, en sus camas, no acababan de despertar.
Extrañas familias de puertas abiertas,
con la elegancia requemada de los bereberes.
Ahí, habría pasado mi vejez
en un cama olorosa a chorizo.
Ahí pude haber lavado toda una juventud de amores sin suerte.

En medio del silencioso furor,
las mujeres se daban tiempo
de trabajar y de cantar susurrantes,
como todas las madres del mundo.

Iba ya solo cuando salí
y la calle me recibió a gritos.
Sentí de pronto una tristeza inmensa y ardiente
de muchacho que deja atrás su niñez.

Se llamaba, creo, La Giralda.
O una cosa así, soñada.

(El resplandor de las teles era un ángel
con su jazmín eléctrico recorriendo las habitaciones.)


El muchacho del autobús

¿Qué sería de aquel muchacho
que una tarde
me dio su mano de pronto
en medio del autobús,
su mano durísima de muchos trabajos?
Sin mirarme,
con la cabeza baja,
me dio su mano de pronto,
sin decirme nada.

Era tanta la gente
que íbamos muy juntos y serios,
como esposos,
mirándonos sin vernos.

¿Qué sería de su belleza
y de su compasión?

Hoy puede ser cualquiera
de los hombres que viajan
a mi lado, abatidos.
Pero esa vez,
aquella vez…

¿Qué sería de sus manos?
¿Seguirá mirando así, sin mirar?
¿Seguiría platicándome así, sin hablar?
El viaje, recuerdo, fue largo
y, de pronto, él se apartó con delicadeza
y se fue.

Ah, bodas extrañas
y profundas
de los que no quieren conocerse
y se entregan completos en un roce furtivo,
cogiéndose de las manos
para dejarle al otro,
                        sin pedir nada,
una moneda deslumbrante como un pezón.


La vuelta de telémaco

¿A dónde, Telémaco, tus pasos conducirás
en busca de un padre extraño, apenas soñado?
¿Qué tierra te comerá la bella planta de los pies
y quemará con cal y salitre el rostro divino,
para dejar, como dos ascuas
en medio de la carne viva, la mirada de aquel al que buscas?
En Ítaca estás, la escarpada,
y en Ítaca debieras quedarte.
Mas, como la sangre quema y la soledad te empuja como un viento negro,
ve a buscar ese fantasma que asusta tu corazón de niño.

Grande fue Odiseo,
pero los árboles de su estatura
no debieran tener hijos que luego se quemen bajo su sombra.
Solo angustia es la heredad de padres a hijos.
Solo angustia y fracaso
y un punto ciego de dolor en el cuerpo
que nunca se atina.
¡Ah, Telémaco, una diosa hostil
lleva tus pasos por un camino de carbón ardiente!
No hay retorno, no se puede volver la mirada
cuando el destino es un padre que ha crecido en la imaginación,
un padre que se pasea por tu vigilia
y te punza el costado apenas te distraes.

Alista, pues, tus arreos
y échate al camino.
Ítaca te vio crecer;
Ítaca fue tu juventud y tu carne.

Mas nadie que quiera ser hombre debe permanecer en Ítaca,
la que es hermosa al atardecer.

Échate al mar, al ponto fiero,
en busca del padre atado al mástil de tu memoria.
Pero no sigas a la diosa razonable, la ojiglauca hija de Zeus.

Haz solo aquello que tu corazón exige:
piérdete.


Juan Carlos Bautista / Tonalá, Chiapas, 1964. Poeta y narrador. Beneficiario de las becas Salvador Novo en 1986 y 1995; y del Programa Jóvenes Creadores del FONCA en 1993 y 1995. Autor de los libros de poemas Lenguas en erección (Instituto Mexiquense de Cultura, 1990), Cantar del Marrakech (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1993), Bestial (El Tucán de Virginia, 2003) y El horroroso caso y otros poemas (Nieve de chamoy, 2017), así como del libro de aforismos Aluvión de pensamientos inútiles y sublimes (Quimera, 2010) y de la novela Paso del Macho (Quimera, 2011).