4 septiembre, 2018

Migraciones: poema en movimiento

de Isabel Zapata | Reseñas

Gloria Gervitz, Migraciones (poema 1976-2016), Mangos de Hacha / Secretaría de Cultura, 2018, 286 pp.


Observar un objeto en movimiento puede ser un reto: apenas crees haber llegado a un punto, aquello cambia de lugar, serpentea y vuelve sobre sí mismo. Eso ocurre también con Migraciones, de Gloria Gervitz, un poema en movimiento que se desplaza (por momentos a gran velocidad) a través del tiempo, el espacio y el lenguaje.

En su edición más reciente (Mangos de Hacha / Secretaría de Cultura, 2018), Migraciones reúne la poesía completa de Gervitz, que empieza en 1976 con Fragmento de ventana, seguido de Del libro de Yiskor y Leteo. A su vez, estos primeros tres libros se convirtieron en las secciones de la primera edición de Migraciones, publicada por el Fondo de Cultura Económica en 1991 y reeditada en 1996 por El Tucán de Virginia, junto con Pythia y Equinoccio. Desde sus primeras aproximaciones, el poema invita a seguirle la pista: en las múltiples versiones y traducciones que se han hecho se han incluido fragmentos distintos hasta llegar a la versión actual, que presenta los libros anteriores junto con dos nuevos, Treno y Septiembre, pero sin señalar ni sugerir las secciones que lo componen de modo alguno. “Llevo años escribiendo un poema que me crece como si fuera un árbol”, dice Gervitz, y así como las ramas de un árbol son el árbol, las partes se han convertido en el poema completo, que crece y se alza y se bifurca.

Migraciones evoca, en su capa más visible, la historia de las mujeres judías que emigraron a principios del siglo XX de Ucrania a México, entre las que se encontraba la abuela de su autora. Pero visto más de cerca, el poema también explora territorios más íntimos que Gervitz ha recorrido desde 1976 al tiempo que ajusta, borra y traslada versos y fragmentos completos de un lugar a otro: “El poema ha seguido creciendo del medio, casi podría decirse que ha crecido de la panza, como si se embarazara, y ahí es donde hay posibilidad de dar a luz”.

Migraciones, de hecho, migra. No sólo entre continentes, épocas e idiomas, también entre sentidos (“puedo ver fragmentos casi los aromas”). Se mueve, de algún modo, a través de pares: ausencia/presencia, vida/muerte, movimiento/estática, voz/silencio; abre y cierra paréntesis, recovecos en espiral. Desde las curvas se detiene, toma ritmo y cambia de dirección. ¿Qué marca el paso del tiempo en un poema así? La lluvia, por ejemplo, que pasa por el poema como por el mundo: en Migraciones llueve o va a llover o ha llovido. También los recuerdos, las fotografías que ajustan la memoria, marcan el paso de otro tiempo, uno más lineal. Por eso el poema puede leerse como un álbum fotográfico: el camisón arrugado, lo hombres jugando dominó, los aretes de perla de la madre, el vestido con el que una mujer desembarcó en el Puerto de Veracruz. Al fondo, resuena la pregunta: ¿por qué tomamos unas fotos y no otras?: “(en realidad es una mañana igual a las demás) / ¿por qué es ésta la que guardo?”

De la mano de esos recuerdos, Gervitz habla de los sueños propios, pero también de los ajenos que se ha apropiado: los de su madre, los de su abuela, los de su nana (personajes que, por momentos, son imposibles de distinguir en la lectura). Se trata de sueños inventados o reales, que a fin de cuentas no es cosa tan distinta, en los que se construye a sí misma con cimientos oníricos. Y como sucede a veces en los sueños, el idioma es un amasijo impenetrable. Migraciones está escrito en español, a excepción de algunas partes en inglés, hebreo y griego, pero podría estar escrito en cualquier otro idioma: su lengua es ajena a las naciones, su gramática y sintaxis de otra índole. Está escrito desde la conciencia de lo que no permanece, sus palabras son de arena, de sal, de agua, de polvo. Gervitz se construye una casa de palabras con la plena certeza de que viene la lluvia, el viento, el huracán que la tumbarán y pronto habrá que reconstruirla otra vez.

Quizá esa fragilidad tiene que ver con que Migraciones sea también un poema profundamente corporal, táctil. Empezando por el cuerpo propio: en una de las nuevas secciones, Gervitz describe “la primera mañana del primer día de primavera” en la que se masturbó, acaso por primera vez, en una sensación que se expande hasta invadir los cuerpos que la rodean: el de las frutas del mercado, el del pulpo flácido, el de la música de los violines, el de las mujeres del Istmo con pezones de amapolas.

Si bien Gervitz ha declarado que ésta es la última revisión que hace del poema, pues “no tiene nada más que agregar”, tanto sus antiguos lectores como los que recién lo han descubierto encontrarán en Migraciones un poema vivo al cual volver, volver, volver.

Sobre la vida personal de Gervitz se encuentra poco, e incluso en entrevistas no habla demasiado de sí misma. Acaso respondiendo a este impulso, en su última edición el poema está casi desprovisto de dedicatorias, notas, fechas de composición, epígrafes. La huella biográfica está, eso sí, en la afirmación de vida con la que termina el poema, sólo para volver a empezar:

      y yo
            que un día
          moriré
      estoy aquí
            en este instante
      que es todos los instantes
      estoy viva.


Isabel Zapata / Ciudad de México, 1984. Estudió Ciencia Política en el ITAM y Filosofía en la New School for Social Research. En 2015 fundó Ediciones Antílope con cuatro amigos. Es autora del libro de ensayos Alberca vacía (Argonáutica, 2019) y del libro de poemas Una ballena es un país (Almadía, 2019).