24 septiembre, 2018

El oro del principio

de Hernán Bravo Varela | Reseñas

Fernando Pessoa, 35 sonetos (Eduardo Langagne, versión y nota), 91 pp.; Dinu Flămând, Sombras y rompeolas (Catalina Iliescu Gheorghiu, traducción e introducción), 159 pp.; Rae Armantrout, Recurrencias (David Ojeda, traducción y prólogo), 219 pp.; Antonia Pozzi, Palabras (Carlos Vitale, traducción y selección); Ana Luísa Amaral, Oscuro (Blanca Luz Pulido, traducción y prólogo), 139 pp. Monterrey: UANL, Col. El Oro de los Tigres, 2017.

En la “Nota” a su traducción de los 35 sonetos de Fernando Pessoa, Eduardo Langagne afirma que el traductor “traduce lo intraducible”. Si el objetivo del arte, de acuerdo con el lusitano, es lo imposible; si “el poeta expresa lo inexpresable”, el traductor, entonces, libra una doble imposibilidad: reformular aquello que no tenía palabras para, así, proponer un original equivalente, una inefabilidad derivada.

El sexto tomo de “El Oro de los Tigres”, enciclopedia de traducción de poesía editada por Minerva Margarita Villarreal para la Universidad Autónoma de Nuevo León, presenta cinco nuevos títulos —el de Pessoa-Langagne, entre ellos— que se unen a los veintiséis anteriores para celebrar lo que Edith Grossman denomina “la escritura del traductor”. Desde las “aproximaciones” de José Emilio Pacheco a Cavafis hasta la versión a nuestra lengua de Dios de Victor Hugo, emprendida por Tomás Segovia —pasando por Poema sucio de Ferreira Gullar en voz de Paula Abramo, Cuatro poemas de Wallace Stevens en la de Tedi López Mills o Poemas a Lesbia de Catulo en la de Aurora Luque—, “El Oro de los Tigres” conforma una antología de antologías. No de poetas y poemas, sino de traductores y traducciones. Un florilegio donde “la rosa sin porqué”, según Ángelo Silesio, florece porque alguien consiguió trasplantarla sin ofrecer respuestas —solo, si acaso, con puro olfato— al enigma de su naturaleza.

En esta flamante caja, “El Oro de los Tigres” compendia dos clásicos del siglo XX (el ya mencionado poeta portugués y la italiana Antonia Pozzi), dos estrictos contemporáneos entre sí (el rumano Dinu Flămând y la estadounidense Rae Armantrout, ambos nacidos en 1947), y a Ana Luísa Amaral, paisana de Pessoa. Elocuentes deudos y difuntos conversan aquí. (O, más bien, se dan cita de citas.) Pessoa, en esa otra heteronimia de escribir en inglés, redacta sonetos shakesperianos en pentámetros yámbicos que Langagne traduce en metro alejandrino: una elección tan vistosa y arriesgada como la formal y lingüística de aquél. El soneto XXXII, por ejemplo, parece más una poética (y una profética) de la traducción que una fenomenología del acto creador:

    Cuando capto el sentido y el sentido aparece,
    Sentir tiene sentido antes que sienta ser.
    Si escucho, oigo el Oír y lo que escucho crece.
    Si veo, es la vista lo que veo antes de ver.
    En parte soy el alma, en todo lo que toco
    Alma soy en común, y todo lo merece.
    La parte que castigo en mi sentido evoco,
    Sé que se engaña, pero aún me pertenece.
    El resto es suponer lo que esto significa.
    Viene la explicación y se va de repente,
    Imita un mensajero los mensajes que indica.
    Explicarlo no explica la explicación en mente.
        Como tener la clave de una carta sellada
        Y hallarla escrita en una lengua extraña, ignorada.

Dinu Flămând, quien ha vertido al rumano varias obras de Pessoa, medita, como este, en el pensamiento y el significado de las cosas con nostálgico escepticismo y una equilibrada amargura. En la lectura al español de Catalina Iliescu Gheorghiu, Flămând exclama:

    ¿qué pudo haber quedado no dicho
        no vivido
        no tocado
        no explicado
    entre nosotros o en el hueco algún día habitado por nosotros
    para que te levantes desde el interior de tan inmensa
    dificultad del sueño en esta luminosa confusión
    como la envergadura de un árbol hacia el cielo?

    en parte estas cosas vienen de ti
            otras son mías
    y hay un ímpetu de dudas y dobles sentidos
    como si todo hubiera sido precedido por algo que existe
    con el único fin de anunciar algo distinto
    y a la vez suprimido
    para inutilizar la ruta del significado

Recientemente fallecido, el narrador David Ojeda legó entre sus papeles un conjunto de poemas de Rae Armantrout, integrante medular pero poco conocida de los “poetas del lenguaje” estadounidenses. Con versos que, en palabras de Ojeda, rehúyen a “una lírica patética o anecdótica para descomponer y reducir su referencia natural hasta sus últimas dimensiones, atómicas y antihistóricas”, Armantrout lleva a cabo una nanoescritura capaz de registrar el más imperceptible movimiento —traslación— de sus componentes:

    La manera como una palabra
    perdida

    vaya a regresar
    sin haber sido invitada.
    Eso no te interesa
    ahora,

    sino
    sólo saber
    dónde ha estado.

Dicho registro también obsesiona a Antonia Pozzi (1912-1938). Sus poemas, concisos como los del primer Giuseppe Ungaretti —“se advierte que en [Pozzi]”, dice Eugenio Montale, “está el deseo de reducir al mínimo el peso de las palabras”—, son transcripciones de relámpagos, hechas a imagen y semejanza de su tormenta interior. Carlos Vitale traduce así “Reflejos”:

    Palabras — vidrios
    que infielmente
    reflejan mi cielo —

    en ustedes pensé
    después del ocaso
    en una oscura calle
    cuando sobre los guijarros cayó una vidriera
    y los fragmentos largamente
    esparcieron en el suelo luz.

Oscuro, de Ana Luísa Amaral (1956), es una reescritura de los mitos fundacionales y literarios de Portugal. Los Lusíadas de Camões o las Cartas de la monja portuguesa, de Mariana Alcoforado, son la “épica sordina” desde la que resuenan, en términos de la traductora Blanca Luz Pulido, “la intimidad personal [y] la intimidad de la historia”. Al final del poema “La ceremonia”, el tiempo no sólo es irredimible, sino ubicuo. Todo tiempo es tiempo fuera; tanto, que parece apelar a nosotros, mexicanos del siglo XXI a grito de guerra florida:

    ¿Por qué me niega esa memoria
    las rosas que, en un futuro,
    pronunciadas como guerra,
    habrían de diezmar a tanta de mi gente?

    ¿Por qué otra noche cambiaron
    mi oscuridad?

En el poema que inspiró el nombre de esta colección, Borges apunta: “Con los años fueron dejándome / los otros hermosos colores / y ahora sólo me quedan / la vaga luz, la inextricable sombra / y el oro del principio”. Aquilatar el último, convertirlo en una insospechada piedra filosofal —o, si se quiere, una piedra de Rosetta— ha sido la misión de estos treinta y dos libros: convertir el principio ajeno en un fin propio. No existe traducción que no posea un afán tan noble, urgente e imposible.


Hernán Bravo Varela Ciudad de México, 1979. Es autor de cinco libros de poemas y dos de ensayo literario. Ha publicado, en versión suya al español, diversas obras de Emily Dickinson, Gerard Manley Hopkins, T.S. Eliot y Seamus Heaney, entre otros autores. Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte y editor del Periódico de Poesía de la UNAM.