3 septiembre, 2018

Pablo Neruda presenta y traduce a cuatro poetas rumanos

de | Rescates

…pido perdón por cuanto sus poemas hayan perdido fuerza esencial o gotas de ámbar al cambiarlos de vaso. Pero sabrán, lo creo, que puse mucho amor en el trabajo, siempre inconcluso, de traducir su poesía.

El idioma rumano, pariente sanguíneo del nuestro, contiene una abundancia de la que no disfrutamos: sus esquinas eslavas. En estas esquinas perdemos el paso, miramos hacia arriba, hacia abajo, y por fin nos agarramos del francés para no quedarnos a oscuras.

Pero la lengua rumana, lejos de ser un castellano oblicuo, saca su eléctrico lirismo de los aluviones idiomáticos que desembocaron en Rumania. Firme y esplendoroso es el lenguaje rumano y poético por excelencia.

“Palabras del traductor” (fragmento)

Testamento
Tudor Arghezi (1880-1967)

Cuando me muera no dejaré bienes,
un nombre sobre un libro, nada más.
En la noche rebelde que partió
hacia ti desde mis antepasados,
porque a través de abismos y de fosos
por donde se arrastraron mis abuelos,
hacia ti comenzó a marchar mi libro:
Hijo mío, los míos te esperaban.
Deja este documento en tu almohada.
Es la primera vez que se expresaron
los siervos de hopalanda, es la palabra
de sus huesos vaciados en mí mismo.
Para que hoy por la primera vez
se transforme la pala en lapicero
y en tintero la tierra,
nuestros antepasados amasaron
el sudor del trabajo de los siglos.
Con ruda voz, hablándole a los bueyes,
di nacimiento a las palabras nuevas
y a la canción de cuna de mañana.
Luego amasando el largo tiempo duro
le di forma de ídolos y sueños.
Convertí los harapos en coronas.
Y cuando transformé el veneno en miel
la dulce forma se mantuvo intacta.
Hilando el hilo del insulto a veces
tejí la gentileza o la blasfemia.
Y en el atrio patricio la ceniza
de los muertos cambié en un dios de piedra:
En esa alta frontera de dos mundos
fue mi deber velar desde la altura.
Mis tristezas amargas, mis dolores,
en un solo violín se acumularon
a cuyo son puede el señor bailar
como si degollaran un carnero.
Del fango, de las llagas, del horror,
hice que renaciera la belleza.
El látigo de ayer es hoy palabra,
es el dulce castigo para el hijo
por el crimen de todos y las cárceles.
Es el derecho de una rama oscura
que sale de la selva hacia una estrella
y así como un racimo de verrugas
se anuncia el fruto del dolor humano.

Perezosa, tendida en el sofá,
ay, la princesa sufre por mi libro.
Porque, letra de fuego o de herrería,
en mi libro se casan y se funden
como el hierro quemante y la tenaza.
El siervo lo escribió. El señor lo lee,
pero no ve en el fondo de sus letras
la cólera de mis antepasados.

1927

 
Canción de rebelión, de amor y de muerte (fragmento)
Geo Bogza (1908-1993)

Acuérdate de la rebelión, de la nostalgia, de la luz de los grandes bulevares,
acuérdate de las radiografías, de la exasperación, del juego violento
         de los juegos artificiales
y de las palabras venenosas que me quemaban los labios a medianoche
cuando yo sabía que tú eras la virgen amarilla emparentada
         con todos los
         desastres del amor
como las ondas quemadoras del simún están emparentadas
         con la lenta locura
         de las ciudades africanas
y como la bandera blanca izada sobre las ciudades asediadas
         está emparentada
         con todas las páginas sangrientas de la historia.

Virgen amarilla, pariente de la locura, del suicidio y de otros violentos
         privilegios del amor y de la biología,
así como, agrandados por el miedo, los ojos de los marinos
         se unen a la ola gigantesca
que se tragará su navío en el último instante.

Virgen amarilla, de sonrisa parecida a la autopsia como flor de vitriolo
         de la neurastenia,
virgen amarilla, pariente de la autopsia como flor de vitriolo
         de la neurastenia.

Así como las palabras de este canto se unen
         a los sueños violentos de mi adolescencia
y como el vuelo de los cuervos sobre la campiña se parecen
         a las horcas levantadas allí donde reina la tiranía.

Virgen amarilla, semejante al amor que soñé en mi adolescencia
como los cuerpos helados de los exploradores se parecen al silencio
         del paisaje polar
y como el ojo frío de los muertos se parece a la tierra que gira
         entre astros desiertos, por los milenios que vendrán…

Recuerda la flor convulsiva y humeante del insomnio.
         Recuerda
la luz implacable esparcida por estos astros
         que traen la desgracia,
recuerda las ciudades de mármol sobre las cuales
         se balanceaban las noches como un océano.

Recuerda las noches de nostalgia, de tormentos,
         con exasperaciones y suicidios,
las noches con tu sonrisa —una autopsia— con mis miradas,
         flores de vitriolo y neurosis.

1945

La esposa del geólogo
Verónica Porumbacou (1921-1977)

Él acerca su oído a la tierra
y escucha:
Él conoce su historia densa,
antigua, extrañamente rica.
Algunas veces
me parece verlo a través de la ventana,
lejos,
más allá de las ciudades, de los barrios, de los bosques.
Él le habla geológicamente a la tierra, la madre
que lo llama
para entregarle la palabra mágica del sésamo.
Y yo?
En qué lugar estoy?
Espero… Las mujeres siempre esperan.
—No has llegado todavía,
y el pensamiento de tu partida me entristece.
Aún no te has ido,
y ya me alegra la idea de tu regreso.
No me has dado el beso de hoy
y llevo en los labios la tristeza del último.
Nunca nos separamos;
en la sal de mis lágrimas siento
la dulzura de mañana, de tu beso…
Sí, nuestro hogar es el instante.
Son las paredes pintadas de blanco
y el techo verde.
Cada vez tengo para tu llegada
nuevos muebles hechos con mis palabras
y cuelgo en las ventanas
cortinajes de estrellas.
Qué pequeña es la casa! Qué grande es!
Oh, y cuánto mal me hace
el ruido de la puerta cuando partes!
Por el hueco penetra el viento inquieto
que borra las estrellas.
Tú, tú no lo sabes. Y no sabrás tampoco
nada cuando vuelvas.
Pega tu oído a la tierra
y escucha
la antigüedad terrible de su historia
y su historia futura.

 

 
Al lector
Nicolae Labiş (1935-1956) 

Para que esté tejida con las implicaciones y el desvío más puro,
con los cristales frágiles que al centellar se trizan,
tiembla cuando la toques, cuando entres en ella
como si en el invierno penetrando a una selva,
entre ramas heladas, te mirara una fiera.



Tanto los poemas como las “Palabras del traductor” fueron tomados del volumen 44 poetas rumanos traducidos por Pablo Neruda, Buenos Aires, Losada, 1967.