17 septiembre, 2018

Cuatro poemas de James Tate

de James Tate | Traducciones

Versiones del inglés de Ezequiel Zaidenwerg.

La tribu perdida

Un frisbee rojo pasó volando y todos nos arrodillamos
y rezamos. No tengo idea de por qué rezábamos. De hecho,
ni siquiera sé qué hacía yo con ese grupo de lunáticos.
Estaban todo el tiempo en busca de señales. Yo, la verdad,
no creía en esas cosas. Pero cuando se arrodillaban a rezar,
yo lo hacía también, salvo que no rezaba. “¿Qué piensas que
significa esa bandada de palomas?”, me preguntó uno. “Significa
que nos hemos alejado del abrazo de Dios”, le dije. “Qué tragedia,
¿no?”, me dijo. “En efecto”, le dije. Atravesamos un campo
de tréboles. Había un viejo tractor todo oxidado.
Una mujer se tropezó y se cayó. “Déjenla, que así nos va
a estorbar”, dijo el líder. Dos ciervos nos vieron y escaparon al galope.
“Son días santos, el final se acerca”, dijo mi compañero. Todos en ese instante
nos hincamos y nos pusimos a rezar. “No creo que el final se esté acercando”,
dijo alguien. “Está muy claro que el final se acerca”, dijo otra persona.
“La señal son dos ciervos galopando, ¿no?” “Dos ciervos galopando
significa que algo prodigioso está a punto de ocurrir”, dije
yo. “Yo no vi ningún ciervo. Para mí que te los imaginaste”,
dijo alguien. “Mejor sigamos viaje. Dentro de poco se va a hacer
de noche”, dijo el líder. Poco después, entramos en un bosque. “Me parece
que esto es un error. Nos vamos a perder”, dije yo. “Sólo se pierden
los de poca fe. Acuérdate, va a haber una señal”, me
dijo. “Hay demasiadas señales en el bosque”, dije yo. Un pájaro
carpintero se lanzó en picada y pasó apenas encima de nosotros. “Aquí
tenemos que acampar”, dijo el líder. Estaba anocheciendo cuando
armamos las carpas. “No me gusta este lugar”, dije yo. “Dios
no nos va a defraudar. Jamás defrauda”, dijo mi compañero. Se hizo
de noche. Yo dije, “Nos tenemos que ir de aquí. Va a pasar
algo horrible”. Nadie me respondió. Encendí la linterna
y empecé a caminar entre los árboles. Esa gente
nunca me cayó bien. Eran una tribu perdida y yo no estaba perdido,
apenas confundido.

La mujer de Waylon

Loretta tenía un gallo que era tan arisco
que ya nadie la podía ir a visitar. Loretta amaba
a ese gallo, y el gallo amaba a Loretta
y pensaba que era su mujer. Así que solamente
veíamos a Loretta cuando bajaba al pueblo.
Nos encontrábamos en Mike’s Westview Café y tomábamos
cerveza con ella toda la noche. El gallo
se llamaba Waylon, y ella se la pasaba hablando de Waylon
toda la noche, y si uno no sabía habría creído
que hablaba de su esposo. Yo sabía,
y aun así creía que hablaba
de su esposo. “Waylon no se sentía del todo
bien esta mañana.” “Waylon estuvo tan dulce conmigo
anoche.” “Waylon es tan hermoso, a veces
no lo puedo dejar de mirar”. Sigue siendo
divertido salir con ella, y a mí me parece totalmente
normal. Cuando cierran el bar, nos despedimos
y yo le doy un beso a Loretta, apenas un piquito, porque
sé que está casada con un pollo, y eso me parece digno
de respeto. Waylon la hace feliz de maneras de las que yo nunca
sería capaz. El cielo estrellado, la policía escondida en los
arbustos, por Dios qué lindo es estar vivo, pienso, y
hago pis detrás de mi auto en la oscuridad de mi propia oscuridad
privada.

Abducida

Mavis decía que la habían abducido extraterrestres. Tal vez fuera
cierto, no lo sé. Dijo que habían tenido sexo con ella, pero
era diferente. Le habían puesto un dedo en el medio de la frente
mientras emitían una especie de zumbido. Dijo que era más placentero
que el sexo convencional. Le pregunté si podía probar y
me dijo que no. Poco después, Mavis desapareció para siempre. No
se despidió de nadie y nadie sabía adónde había ido. Empecé
a soñar con ella. Con frecuencia eran sueños perturbadores,
pero cuando aparecían extraterrestres eran muy reconfortantes. Creo
que secretamente deseaba que me abdujeran. Por supuesto, jamás
se lo confesé a nadie. No digo que le creyera a Mavis, pero creo
que experimentó lo que dijo. La gente ve cosas que no
están todo el tiempo. Alguna de esa gente está loca y
otra no. Mavis no estaba loca. No éramos amantes, pero sí
buenos amigos, y la extrañaba. Pero la vida seguía. Una o dos
veces por semana me tomaba un par de cervezas con Jared. Iba
a comer o al cine con Trisha de vez en cuando. Una vez toqué
a la puerta del departamento donde vivía Mavis y contestó una mujer
que no hablaba inglés. Había salido un artículo en el diario sobre una mujer
que habían encontrado en el fondo de un lago. La policía no había
podido identificarla. Fui a la morgue enseguida. “Me gustaría
ver el cadáver de la mujer que se ahogó en el lago”, dije.
“Disculpe, no va a ser posible”, me respondió el empleado. “Pero tal vez
sea una amiga mía”, dije yo. “La policía me dio órdenes
estrictas. Nadie la puede ver”, me dijo. “Pero quizá podría
identificarla”, le dije. “Créame que nadie podría identificar lo que
tenemos aquí”, me dijo. Me fui y volví a casa. Jared vino
esa noche. Le dije que me preocupaba que la mujer en
la morgue pudiera ser Mavis. Me dijo, “¿Quién es Mavis?”. Le dije, “Tú
sabes perfectamente quién es Mavis. Saliste varias veces con ella.
Creo que hasta te estabas enamorando de ella, pero
te dejó”. “No conozco a ninguna Mavis, y estoy seguro de que nunca
salí con ella. No tengo tan mala memoria”, me dijo. “Te vi una
noche con ella en Donatello’s”, le dije. “Nunca fui a
Donatello’s”, me dijo. “Jared, ¿qué estás haciendo?”, le dije.
“Te digo la verdad. Nunca conocí a ninguna mujer que se llamara
Mavis”, me dijo. Cuando se fue Jared, me puse a pensar
en eso. Ya ni siquiera me acordaba de la cara de Mavis. Era
muy triste. La estaban borrando. Quería ponerle el dedo
en la frente, pero ya no estaba.

La guerra de aquí al lado

Me pareció ver a algunas víctimas de la última guerra vendadas y
cojeando por el bosque al lado de mi casa. Me pareció reconocer
a algunas, pero no estaba seguro. Era como un sueño difuso
del que trataba de despertarme, pero seguían ahí, ensangrentadas,
algunas con muletas, otras sin alguna extremidad. Este
triste desfile duró horas. No podía moverme de la ventana. Al fin
abrí la puerta. “¿Adónde van?”, grité. “Sólo estamos
tratando de escapar”, me respondieron con un grito. “Pero la guerra
terminó”, dije. “No, sigue”, me dijeron. Todos los noticieros informaron
que hacía días que había terminado. No sabía a quién creerle. Mejor
no hacerles caso, pensé. Se van a ir. Así que fui
a la sala y agarré una revista. Había una foto de
un muerto. Que acababa de pasar por al lado de mi casa. Y reconocí
a otro muerto. Corrí de vuelta a la cocina y miré por la ventana.
Había un grupo que venía hacia mí. Abrí la puerta. “¿Por qué
no peleaste con nosotros?”, me preguntaron. “Les juro que no
sabía quién era el enemigo”, les dije. “Está bien. Yo tampoco
terminé de entender”, me dijo uno. Los otros lo miraron
como si estuviera loco. “El otro bando era el enemigo, obvio,
los de los ojitos brillantes”, dijo otro. “Eran crueles”,
dijo otro, “terribles”. “Uno fue muy amable conmigo, me acunó
en sus brazos”, dijo uno. “Bueno, ahora están todos muertos. De
poco les sirvió”, les dije. “Estamos recobrando nuestras
fuerzas”, dijo uno. Cerré la puerta y volví al
living. Al principio escuché que rascaban la ventana, pero pronto
pararon. Escuché un clarín a lo lejos, después el rugido de
un cañón. Todavía no sé en qué bando estaba yo.


James Tate Kansas City, 1943 – Amherst, 2015. Fue un poeta estadounidense ganador del Premio Pulitzer y del National Book Award. Autor de una veintena de libros, entre los que cabe señalar Worshipful Company of Fletchers: Poems (1994) y Selected Poems (1991).


Ezequiel Zaidenwerg (Buenos Aires, 1981) es autor de los libros de poemas Doxa (Vox, 2007); La lírica está muerta (Vox, 2011; Cástor y Pólux, 2017); Sinsentidos comunes, ilustrado por Raquel Cané (Bajo la luna, 2015); Bichos: Sonetos y comentarios, en colaboración con Mirta Rosenberg e ilustrado por Valentina Rebasa y Miguel Balaguer (Bajo la luna, 2017); y 50 estados: 13 poetas contemporáneos de Estados Unidos (Bajo la luna, 2018). Ha traducido a Mark Strand, Ben Lerner, Anne Carson, Weldon Kees, Robin Myers, Joseph Brodsky, Mary Ruefle, Denise Levertov y Kay Ryan, entre otras y otros. Compiló y prologó la muestra de poesía argentina Penúltimos (UNAM, 2014). Desde 2005, administra el sitio www.zaidenwerg.com, dedicado a la traducción de poesía.