24 septiembre, 2018

La Gran Maniquí busca y encuentra su piel

de René Crevel | Traducciones

Versiones del francés de Adalber Salas Hernández.


Autobiografía

(Originalmente insertado en la primera edición de Mon corps et moi)

Nacido en París el 19 de agosto de 1900, de padres parisinos, lo cual le permite tener un aire eslavo. Liceo, Sorbona, Facultad de Derecho, servicio militar hasta finales de 1923, de lo cual queda la impresión de no haber vivido verdaderamente sino unos pocos meses. No ha ido al Tíbet, ni a Groenlandia, ni siquiera a América, pero los viajes que no han ocurrido en la superficie, han sido intentados en las profundidades. Así, puede jactarse de conocer bien ciertas calles y ciertos hoteles de día y de noche.

Tiene horror de todos los estetismos, trátese del de Oxford y pantalones largos, de los remordimientos del cine con sus casas vistas de soslayo, de los negros y el jazz, de los bailes populares y los pianos mecánicos, etc. En verdad quisiera, para las novelas futuras, encontrar personajes tan desnudos, tan vivos como los cuchillos y los tenedores que figuraban junto a los hombres y las mujeres de las historias que se relataba a sí mismo en su infancia, destinadas a permanecer inéditas.

Había comenzado la investigación para una tesis de doctorado en Letras sobre el Diderot novelista cuando, con Marcel Arland, Jacques Baron, Georges Limbour, Max Morise y Roger Vitrac fundó una revista, Aventure, que le vale el olvido del siglo XVII a cambio del siglo XX. Es entonces cuando conoce a Louis Aragon, André Breton, Paul Éluard, Philippe Soupault, Tristan Tzara y, un día, ante un cuadro de Giorgio De Chirico, al fin recibió la visión de un mundo nuevo. Abandonó definitivamente la vieja buhardilla lógico-realista, tras comprender que había sido un cobarde al confinarse en una mediocridad razonante y que, en los verdaderos poetas, no encontraba ni juegos de palabras ni juegos de imágenes, sino que los amaba —y, entre ellos, a Rimbaud y Lautréamont particularmente— por su poder liberador.

Participó en las primeras experiencias hipnóticas, de las cuales extrajo André Breton los argumentos para su Manifiesto del surrealismo. Así pues, pudo constatar por sí mismo que el surrealismo era el menos literario y el más desinteresado de los movimientos y, persuadido de que no hay vida moral posible para quien no es dócil ante los caminos subterráneos o se niega a reconocer la realidad de las fuerzas oscuras, decidió de una vez por todas y a riesgo de pasar por un Don Quijote, arribista o loco, intentar, tanto en sus acciones como en sus escritos, abrir las barreras que limitan al hombre y no lo sostienen.

Su primera novela, Détours (NRF, 1924), una obra, un retrato (agotado), era un paseo preliminar en el que los críticos, y en particular Benjamin Crémieux, Edmond Jaloux, Albert Thibaudet, reconocieron actitudes, callejeos y rabias característicos de los jóvenes actuales. Mon corps et moi (1925), novela cuyo héroe lleva en sí todas sus aventuras y donde los gestos, los personajes no son sino pretextos, es un panorama interior.



Respuesta a un cuestionario aparecido en The Little Review, vol. 12, no. 2 b

No sé qué es lo que más quisiera hacer, ser, conocer. Hacer es ser, y conocer es hacer. Y toda la vida es un círculo… no un círculo mágico, sino un círculo vicioso, como decimos en francés. Pero en este círculo vicioso no hay lugar para vicio alguno.

Y dado que el tiempo no es tan simple, las cosas, los hombres, las mujeres, los caballos, los gatos, los perros, los automóviles del pasado no se han ido para siempre, sino que mantienen siempre su curso. Y si he conocido algún día feliz o desgraciado por alguno de ellos, esas cosas buenas o malas (para mí)… hombres, mujeres, caballos, gatos, perros, automóviles, pueden ser en mi memoria (y la memoria es la vida) el conocimiento de lo que fueron por primera vez. Pero el problema de la vida no reside en la felicidad o la desgracia. No me amo ni me detesto. Mi trabajo es manzanas caídas de un árbol (yo), pero soy un árbol desprovisto de alma o, si prefiere, mi alma no se encuentra en mi cuerpo. Mi alma prefiere otra morada. Hoy, mi cuerpo está en Pau y, allí, hay viejas damas inglesas con sombreros verdes y rosas. Si usted ve mi alma (puede que aún esté en la buena ciudad de París, junto a todo lo que amo), hágale sus preguntas. Pero creo que un manzano nunca habla de sí mismo. Un hombre que habla de sí mismo es un hombre repleto de huecos. Dice lo que metería en los huecos. Yo no quiero nada que tape mis huecos.



Estremecimiento

Un pájaro en mi cráneo,
un pájaro sin voz,
batiendo las plumas sin son,
un pájaro que no ha volado,
un pájaro que no ha cantado,
propenso al temblor de lo gastado.



Duda

El sol se ha roto en los vidrios de hierro blanco.
Muertas las flores de mi herbario.
Las neurastenias son rosas en miga de pan.
¿Y si tratamos de jugar al trictrac?
Saltan los dados.
¿Hombre o mujer?
¿Gata o gato?
Pero estará el perro que igualmente será gato,
la vieja canción de las partidas que quedan,
y luego la butaca de madera.
Los pechos no tienen sino un seno en lo alto de cuerpos sin sexo.
¿Entierran mi juventud? ¿Es cierto?



Proyecto de futuro

Los dedos de nuestros pies tocarán escalas.
Tras el juego de anagramas,
un poeta
islas
cree
en porcelana de histeria.
En la calle cuenta los pisos,
desde el octavo de las casas nuevas
caen, caen los amores.
Entre los continentes meterán diques de piedra.
Sin embargo, Jérôme ya no será un nombre de flor.



Mirada

Tu mirada color de río
es el agua dócil que cambia
con el día que abreva.
Madrugada, túnica de ángel
un trozo de abrigo celeste
bajo tus pestañas, entre las riberas
ha encallado. Fluye, fluye, agua viva.
La noche se va, pero el amor permanece
y mi mano siente latir un corazón.
El alba quiso engalanar nuestros cuerpos con su candor.
Corpus Cristi.
El deseo matinal volvió a tomar nuestros cuerpos desnudos
para esculpir una carne que creímos fatigada.
A lo lejos, sobre los ríos ya pasan los barcos.
Nuestras pieles, tras del amor, tienen el olor del pan caliente.
Si el agua de los ríos es para nuestros miembros,
tus ojos lavarán mi alma;
pero tu mirada líquida, en el mediodía que temo,
¿se volverá de plomo?
Tengo miedo del día, del día demasiado largo,
del día que da de beber a tu mirada color de río,
oro en una noche cubierta de triunfos dobles.
Si la victoria grita la voluptuosidad de los ángeles,
que se revele en él la majestad de un Ganges.



No basta la elocuencia

No basta la elocuencia.
Esta noche mi corazón se balancea
y se desliza al borde de un párpado,
lámpara de desgracia
que no me ilumina la noche.
Hombre negro pero no de ónice,
hombre color de despecho
titubeando en el pantano de los odios pequeños,
quisieras, como una alondra su espejo,
un sol donde morir con tu pena.
Buscas pero eres demasiado inquieto
como para hallar tu Monumento.
Nada brilla,
ni los ojos, ni el hierro, ni el amante anónimo
liberan de sus mil clavos
tu dolor,
donde el enjambre de moscas de vuelo cojo,
de moscas con una sola ala,
alumbra con estrellas pobres la sangre.
Malabarista,
malabarista de palabras,
tus palabras se machacan contra los muros.
Tu angustia –todavía una cinta frívola–
corona
un cerebro que ha jugado por demasiado tiempo al veo-veo.
Las cartas de la desesperanza
esta noche
son iguales a las cartas de la felicidad de antaño.
¡Qué puedo decir entonces!
Qué podría decirte,
hermano nacido de mis pies,
sobre un suelo donde nada más vives para espiarme.
Vereda que he seguido
en su mentira de granito.
Olvidé que allá abajo estaba el mar
y huí del agua espejo de estrellas
para cantar una mano
en otra mano.
Río verde.
Infancia suave,
piedad para el hombre que pasa,
el hombre que muerde su labio
en sus labios,
porque teme olvidar el sabor de la boca.
Timonel moreno, bajo la tela azul,
la piel color de cabellos,
¡hola! Bello viajero,
ibas hacia el mar,
ahora caminas sobre el oleaje
y yo, que busco en el cielo un hueco, una ventanilla,
estoy ahogado de tierras.
Di que no es demasiado tarde,
orgullo mío, para jugar al faro.
Y sobre el colchón de hierbas tiernas,
cae en triángulos de metal.
Mi corazón quisiera aullar su mal,
con mi corazón yo haría cordeles,
cordeles que sabría tender
o retorcer en cifras
más definitivas
que los huevos en sus cáscaras
y las momias en su túnica de oro.
Y tú, cuerpo mío, maldice los sentidos como un enfermo
maldice sus muletas.



La Gran Maniquí busca y encuentra su piel

Miradas en forma de boutique, miradas destinadas en modo alguno a ver, sino a ser vistas, cuántas fragilidades, cuántas confesiones, hasta en las más suntuosas de sus impertinencias.

Les apetece hacer su Júpiter, a estas fachadas cuyos pisos seis, ocho, diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta coronan las ojeadas de la planta baja, ninguna Minerva invulnerable está lista para nacer de las ambiciones del mármol o las neuralgias del ladrillo. Más bien al contrario. Las arquitecturas más minerales, desde la primera incisión, admiten arquitecturas a medio camino entre lo vegetal y lo animal, a medio camino entre lo que se marchita y lo que sangra. En los detalles más minúsculos de una ingenuidad, así como en las más atronadoras apoteosis de un exhibicionismo sensacionalista –lanas que se drapean, sedas que se pavonean, telas ornadas, en coqueterías con volutas– las artimañas de los tejidos no alcanzan a hacerse más transparentes que los vidrios que las protegen. Por mil vueltas y revueltas, el invertebrado se esfuerza en fascinar aquello que le permitirá tomar forma. Las grandes tiendas, sobre todo durante las exposiciones de blanco, son mercados de la piel, kilómetros de piel se ofrecen a los deseos de la Gran Maniquí.

¿La Gran Maniquí?

—Pues sí, usted lo sabe bien, la Gran Maniquí, ese iris de savia violeta, violenta, demasiado violeta, demasiado violenta como para aceptar las hipocresías boutiqueras extendidas en escaparates a golpe de mentiras carmesí, trapacerías desteñidas, perfidias aterciopeladas. Le hacen falta otros jardines, distintos de estas platabandas cuyas hipocresías pretenden contener el ascenso de las avenidas más, mejor decididas al espacio. Ella es demasiado salvaje como para resignarse a los roles del puro desfile, a las actitudes sin eco. Los explotadores han querido condenarla a la reclusión. El hielo de un vidrio, los melindres rabiosos de una fachada, en vano, han intentado detener su impulso.

¿Le pusieron casco, la acorazaron de insensible? Una vieja piel no es menos un bosque de papilas que se conmueven con la primera caricia de sus dedos. Sobre su pecho, una seda deshilachada murmura tiernamente. Cuando se acerca, los trapos viejos encuentran juventud y vida de nuevo. Se ponen a cantar con todos los colores.

En las esquinas de las calles sórdidas, en las encrucijadas de la miseria europea, ella pasea una majestad de África, a la cual ninguna falda sabría obstaculizarle las largas zancadas. Con todo su resplandor, llama a sus amantes, sus hermanos, los hombres de pieles sombrías que los grandes perros de las capitales roen hasta los huesos. Salta sobre las trampas y las ferocidades de la ironía. Como para un carnaval, la vistieron de mal gusto, aprisionada en un viejo claustro. Y, no obstante, hela aquí libre, a la vez testigo y avara de un tiempo, espejo cuyos reflejos iluminarán mañana, haz de luces alegres ya en pensamientos trágicos, decisivos, exigentes. Así, siempre, en las opacidades más cotidianas, ella brota, ramo de precisiones, géiser de cólera, llamas del porvenir, sol cuyo puño de azufre desgarra, estrangula las lepras de las albas sentimentosas. Pero no sólo violenta, es también dulce la Gran Maniquí, esta mujer doblemente mujer por ser hija de la vestimenta femenina y de la desnudez femenina, la Gran Maniquí, esta Antígona que sabe, por su aderezo, poner en sonrisas muy carnales las complejidades edípicas. La Gran Maniquí, es gracias a ella que su tejido de padre puede vivir una vida tan plena como su propio cuerpo, su cuerpo de bella cilíndrica, hecha como torre, la perfecta, tan perfecta que no siempre se toma la molestia de llevar consigo, en sus peregrinaciones, una cabeza, brazos, piernas. Las piernas, esas tijeras para cortar el espacio, por cierto es de lo que se avergüenza menos frecuentemente.

También encarna el sueño de todos los Prometeos infantiles, cuya hambre recrea, para saciarse mejor, el cuerpo materno, lo unifica de los hombros a los tobillos, haciendo un terreno de juego y felicidad, lo embellece con suaves y acogedoras curvas, demasiado suaves, demasiado acogedoras como para ahondarse en precipicio alguna vez. Pero, sobre todo, que no se valla a desexualizar a la Gran Maniquí. La insuficiencia, el equívoco, esto no es apenas su obra. Puede travestirse. Hermafrodita, no es la caricatura ni de Hermes ni de Afrodita. Es lo uno y lo otro cuando, bajo una forma esencialmente masculina, se une a su contrario, al seda, en un abrazo tan suavemente envolvedor que, del conjunto rígido y de la tela floja, del maniquí y de su tela, de la tela y de su maniquí, nacerá una nueva, doble y total realidad.

Será la síntesis, la pareja, el derramamiento de un canto de amor.

Dado que esperan mucho de ella, los hombres son torpes y tímidos con la Gran Maniquí. No saben cómo presentarle la variedad de epidermis que se cambia más a menudo que las camisas. Para seducirla, intentan lo pomposo. Ahora bien, lo pomposo siempre es macabro. Sobre la boutique de la que será el ornamento más bello, sobre el ojo del que será la pupila, se hincha un párpado de pañería bastante mortuoria, bastante fúnebre con, a modo de pestañas, pesadas lágrimas de seda. Pero, apenas ella aparece, se hace la primavera. Una bola de flores le sirve de cabeza. Su cerebro a la vez es la colmena y el ramillete. Por corpiño, tiene un seno. Cintas de miel le sirven a la vez de nervios y cabellos, bailan sobre sus meninges de pequeñas hojas parlanchinas, luego bajan en hondas hasta la cintura que entallan.

Las columnas griegas no tienen sino que ser las hijas del Partenón. Los vestigios más soberbios de la Antigüedad están más que felices de plegarse a sus menores caprichos. Un teatro mismo, la calle se abre para singulares ballets, donde la sombra ya no osa moverse, pues la sombra escucha la canción del silencio.

La Gran Maniquí con piel de romance. El romance para nada se volverá cantinela. Ella sabe salir de sí misma, tal como sus focas –esas focas dignas de ser los animales familiares de aquella que tiene su plenitud– a las que, para descuartizarlas, bastaba, según el autor de un viejo bestiario, hacer una larga incisión a lo largo del lomo y después torturarlas, enloquecerlas hasta que, en su huida precipitada, salgan los músculos desnudos y sangrantes de su vestimenta aceitosa.

Orfeo de las pieles nuevas de esqueleto, la Gran Maniquí arrastra en su estela todas las telas que, por turnos, habitó. Ramos de paseos juveniles. Lo que la ama, la sigue. El resto muere. Los escaparates se vuelven cementerios, se llenan de piedras tumularias. Del jarrón de los lamentos caen charcos de inutilidad.

La Gran Maniquí en su pequeño interior encantador.

No está hecha para la torre de marfil. El narcisismo, la orquestación de sutilezas egocéntricas, no tardan en hacerla salir de sí.

Pero con semejante criatura se sabe alguna vez dónde se está.

Ya le ha dado la espalda a su doble y, en el umbral de la noche, se va, echa vuelo. En vano, durante el crepúsculo, un telón de hierro cae entre ella y el paseante, para hacerla prisionera, reducirla a la soledad. Un párpado que se cierra no puede abolir el universo, sino al contrario, madura con su calor sombrío todo el fósforo disperso en el iris del amor.

Sobre el globo del ojo, la Gran Maniquí se desliza vestida de vía láctea. Sus antenas, sus sueños la conducirán hasta el secreto del hombre.




*Textos pertenecientes a Ruego se me incinere, antología de René Crevel (compilación y traducción de Adalber Salas Hernández), de próxima publicación en Amargord Ediciones.


René Crevel París, Francia, 1900 – 1935. Fue un poeta francés adscrito al movimiento surrealista. Autor de Détours (1925), Babylone (1927) y Êtes-vous fous? (1929), entre otros.


Adalber Salas Hernández (Caracas, 1987) es poeta, ensayista y traductor. Con seis libros de poemas en su haber, ganó en 2015 el XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita con Salvoconducto. Es autor de Insomnios. Ensayos sobre poesía venezolana (2013). Ha traducido a Marguerite Duras, Antonin Artaud y Charles Wright.